Un grito en las montañas

En un lluvioso día de invierno rotundo Una jovencita se aleja de su ruka Es la madre del valiente Orompelo Que urge en el vientre por ver la luz del mundo.

Cobijada por ancianas araucarias Entre los picos de una cordillera milenaria Avanza la parturienta pisando con suavidad la nieve Desafiando a leones y cóndores, el héroe a la vida viene.

Con las piernas tambaleantes metidas en el río Grita los estertores de su embarazo En una ofrenda de sangre, placenta y brío. Rota por el pueril llanto que cae al agua sin buscar los brazos

Un halcón se posa en la rama de un roble Un potro abreva frente a la nueva madre Un trueno acalla a los espíritus del aire Es Pillán que bendice al neonato con su sangre.

El infante ha caído al agua y nada por su vida Tal es la costumbre de su raza y de sus dioses Solo los más fuertes pueden alzar sus voces E imponer al destino su voluntad empedernida.

Con su vientre plano y su amoratado trofeo Que ya busca sus vírgenes pezones La mujercita vuelve adolorida y orgullosa La leche abunda en los pechos de la moza.

La criatura duerme plácida aún sin nombre Esa es la herencia de su abuelo reclamada al hacerse hombre Lo recibirá más tarde cuando demuestre su valía En competencia con sus hermanos de otras madres.

En medio del bosque crece, caza y se alimenta Entrena, estudia y se convierte en un guerrero Esta es la historia de Orompelo El campeón mapuche de Nahulebuta.

Amelia

Parte de la antología de cuentos eróticos PORNOLOGIA, una muestra de lo que puedes encontrar en este libro que está disponible en Antártica Libros.

9789569568107

Hola, me llamo Amelia, tengo 16 años, curso segundo medio, quiero ser astrónoma y llegar virgen al matrimonio. Como no me va muy bien en el colegio mi mamá me sugirió que le pidiese a mis amigos en cursos superiores que vinieran a ayudarme con las materias, sobre todo con matemáticas. Es que para ser astrónomo hay que estudiar primero una licenciatura en Física o Matemáticas porque la Astronomía es la aplicación de la Física y las Matemáticas al entendimiento del comportamiento de los cuerpos celestes. El astrónomo en realidad es un astrofísico. Se le llama Astrónomo más por una tradición que otra cosa. Las tradiciones son importantes, como la de llegar virgen al matrimonio, por ejemplo.

Hoy viene Matías, él está en cuarto medio, las matemáticas se le dan fácil, lo mismo que el atletismo. Sus ojos son color avellana, sus manos son grandes y sus uñas bien cuidadas. Sus zapatos normalmente brillan y tiene una manera particular de anudarlos en la cual las dos orejas del nudo cuelgan hacia afuera. Usa un cinturón delgado de cuero y la camisa dentro del pantalón. El nudo de su corbata va normalmente suelto a dos centímetros del cuello abierto que deja ver sus pelitos del pecho. Siempre que pienso en él tirándose al agua, en sus rizos azabache y su piel bronceada por el sol, en esos hombros poderosos y esa sonrisa perfecta, me dan muchas ganas de romper mis votos, solo pensando en Gabriel, mi párroco, logro controlarme.

Gabriel siempre me dice que tengo que imaginarme en el confesionario, relatando los pecados que estoy a punto de cometer, contándoselos a él. Yo a Gabriel le tengo absoluta confianza y me entrego por completo a la hora de la confesión; todos mis malos pensamientos, mis tentaciones y pecados se quedan en ese lugar, y pago las penitencias que me asigna tal como mi madre me enseñó a hacerlo; de rodillas ante el altar.

Matías me habla lentamente, me mira a los ojos y repasa los números repitiendo los pasos que debo seguir para resolver la ecuación de segundo grado, yo solo le miro su dentadura perfecta y sus carnosos labios, desde donde sale esa voz melodiosa que para mí no es más que un ruido de fondo. Asiento con la cabeza, él sonríe y me desordena el cabello como si fuese una niña pequeña. Yo no soy una niña pequeña, pero Matías no me ve de otra forma. A él le gustan las mujeres mayores, me lo dijo una vez, su mujer ideal es una de treinta y cinco años, como mi mamá.

Mi madre trae salame, queso, papas fritas y una cerveza helada para Matías, que agradece tomando un largo sorbo, el cual me permite observar como la manzana de adán sube y baja en su grueso cuello con cada trago. Siento ganas de lanzarme sobre él y llenarlo de besos, pero me contengo. Los exámenes de fin de año son en dos semanas más y necesito entender la materia, no puedo perder el tiempo pensando en desabotonar la camisa de Matías, de enredar mis dedos en sus ensortijados cabellos, de acariciar sus amplios pectorales…

Mamá nos interrumpe, quiere saber si Matías puede ayudarla a abrir un tarro de conservas, él dice que sí y me deja haciendo ejercicios que apenas si entiendo. Mamá suele pedirle a Matías que la ayude con tareas domésticas cuando estudiamos, es que papá es el único hombre de la casa y casi nunca está debido a su trabajo. Quiero resolver los ejercicios para que Matías esté orgulloso de mí cuando regrese, pero no logro concentrarme en logaritmos ni las funciones imaginando el tarro de conservas que mamá le ha pedido que abra… el grueso cilindro de vidrio entre sus muslos y sus enormes y fuertes manos alrededor de la tapa de metal, sus brazos nervudos y ese hermoso rostro con el ceño fruncido al hacer el esfuerzo…

Cuando llega papá me saluda con un piquito en la boca y una palmadita en las pompas, mis amigas dicen que es raro, que sus papás no las tocan de esa manera, creen que mi papá es guapo y me envidian porque es cariñoso conmigo y me consciente en todo, y es que yo sé como hacer que mi papá diga que sí, pero eso no se los cuento a ellas. Roberto, el psicopedagogo del colegio, dice que las niñas tienden a enamorarse de los padres cuando están más chicas. Complejo de Electra le llaman, pero no es mi caso. Papá tiene cincuenta y ocho años, pero representa mucho menos; es alto, de quijada cuadrada y ojos verdes, usa su cabello castaño con canas en las sienes y forma el marco perfecto para su nariz perfilada. Es gerente de una gran empresa y está muy enamorado de mi mamá que es joven y bonita. Ella tenía dieciocho años cuando quedó embarazada y mi papá estaba tan contento que dejó a su otra esposa, que no le quería dar hijos, y se vino a vivir con nosotras.

Para mí, papá es el hombre perfecto y Roberto dice que no hay nada de malo en que yo lo vea de esa manera. Una hija que acaricie a su papá en los lugares adecuados obtiene absolutamente todo lo que desea, dice mi mamá. Y Gabriel está de acuerdo, dice que mi papá tiene todo el derecho de tocarme donde quiera y yo quiero ser una buena niña así que para mí todo está muy bien.

Tomo el maletín de papá de sus manos y lo llevo a su estudio, lo coloco sobre el escritorio y él se arrellana en el berger de cuero, yo me siento en sus piernas y le acaricio la frente, le acomodo el pelo, le beso las mejillas y con mucho cuidado dirijo mis manos a su corbata, la acaricio suavemente desde la punta hasta el nudo, lo suelto un poco e introduzco mis dedos entre las vueltas de la seda, deslizándola lentamente mientras le pregunto cómo ha estado su día y él me cuenta poniendo la mano en la mitad de mi muslo, así me hace saber que necesita liberar tensiones. Yo dejo la corbata en el escritorio y le desabrocho un par de botones de su camisa para luego masajear su cuello, me encanta cuando mi papá suspira y se relaja por fin, olvidando su trabajo.

Matías se ha ido y yo no me he dado cuenta pues me he dedicado a hacer sentir bien a papá, mamá dice que vendrá mañana sin falta a revisar mis ejercicios, y ya es hora de dormir.

Al día siguiente salgo de mi casa corriendo, como siempre apenas he alcanzado a tomar desayuno, llevo la tostada con mantequilla colgando de la boca, es el quinto bocinazo del furgón escolar, una van amarilla conducida por el tío Guillermo, un hombre robusto de barba abundante y pelo negro. Su voz es ronca y poderosa y sus manos gruesas sostienen el volante con firmeza. El tío Guillermo es muy simpático conmigo, y me tiene reservado el asiento del copiloto, lo único malo es que soy la primera que pasa a buscar y la última que deja cuando nos trae de vuelta, y es que yo vivo en los suburbios. Apenas me subo me pregunta si me abroché el cinturón de seguridad, se detiene en la esquina y lo revisa con cuidado.

—A ver, Amelia, dejarme revisar si te lo pusiste bien —me dice mientras sus manos comprueban el seguro y sus gruesos dedos rosan mi cadera—. ¿Te imaginas que le diría a tu mamá si te pasa algo por que no revisé si tenías bien puesto el cinturón? —agrega con severidad mientras sus manos recorren la gruesa huincha ploma. Cuando llega a la altura de mis pechos se detiene, puedo sentir su aliento muy cerca de mi cuello, sus nudillos rozan mis pezones mientras comprueba la tirantez   de la faja.

—Mi trabajo es cuidarte hasta que lleguemos al colegio, hasta que te deje frente a la puerta del colegio eres mi responsabilidad —dice y yo cierro los ojos imaginando esos gruesos dedos entre mis muslos, jugando con los bellos de mi pubis, tratando de entrar entre mis labios vaginales, descubriendo la humedad y la calentura que me embargan cada vez que el tío Guillermo revisa el cinturón. La verdad no sé qué me pasa cuando se acerca a mí, su cuerpo grueso y poderoso me da una mezcla de miedo y deseo.

Cuando termina la inspección mis mejillas están rojas. No le quito la mirada a su entrepierna en todo el viaje, puedo notar como un enorme bulto palpita bajo la mezclilla y estoy a punto de estirar la mano para tocarlo cuando se sube el segundo pasajero. Tengo que conformarme con imaginar las manos del tío Guillermo en mi cabeza y mi boca llena de su carne y su leche de hombre. Lo imagino desnudo, gordo y peludo, moviéndome de un lado para otro con su gran fuerza, el hueco que se marcaía en sus nalgas si me penetrase salvajemente, su rostro pervertido mientras me tira el pelo, pegándome en las nalgas gritándome groserías, imagino su enorme pene entrando en mí con dificultad y apenas puedo controlar los deseos de tocarme pensando en tener a ese viejo feo como una morsa dentro de mí.

Apenas llego al colegio busco a Cecilia, ella es flaquísima, de pelo negro azabache muy liso, muy callada y muy inteligente, le va muy bien en lenguaje y dice que quiere ser poeta, supongo que por eso conversamos bastante, yo siempre le hablo de las estrellas y las constelaciones y de los compañeros de cursos superiores como Matías que van a mi casa y usan la piscina. Cecilia también va a mi casa, se queda a dormir y usamos mi telescopio para mirar la luna y los planetas. Fumamos marihuana que trae ella, conversamos de nuestros planes para el futuro y me lee sus hermosos versos. Estoy segura que algún día ella será famosa. A mi mamá le gusta Cecilia, dice que es bueno que tenga amigas con quienes conversar cosas de niñas, no es que no converse con mamá, a ella le cuento todo lo que me pasa, pero me anima a invitar a Cecilia a casa los fines de semana. Su mamá siempre se queda mucho rato tomando vino y conversando con mis padres antes de irse, supongo que esa amistad entre nuestros padres nos da la confianza que necesitamos para ayudarnos en nuestras necesidades más profundas.

Cecilia realmente es como una hermana para mí. Ella sabe muy bien lo que necesito en las ocasiones que el deseo me supera y me acompaña al baño de niñas sin hacer preguntas. Nos metemos rápidamente a uno de los cubículos y ella se sienta en la taza, se saca los lentes y los guarda en el bolsillo de su delantal, yo me levanto la falda tableada y ella me baja los calzones, entonces adelanto mi pelvis para que meta su barbilla entre mis muslos. Me gusta poner mi mano en su nuca mientras me lame, Cecilia sorbetea al principio pues estoy empapada, sus manos aferran mis nalgas y las abren mientras incrusta su lengua en mi vulva hinchada y luego la enrosca suavemente en mi clítoris haciéndome ver estrellas. Comienzo a sentir un calorcillo en mis mejillas y Cástor y Pólux se dibujan en mi retina. Cástor tiene su propia asociación estelar en la cual están Vega, Piscis Asturini, y Fomalhaut, la boca de pez, la boca de Cecilia que bebe de los espasmos de mi orgasmo.

Debo morderme la corbata para que las compañeras que orinan al lado y las que se maquillan en los lavamanos no escuchen mis gemidos. Entonces suena la campana y Cecilia sale de entre mis piernas temblorosas sonriendo, me saca los calzones empapados y los guarda en su bolsillo, yo tomo el par extra que traigo en la mochila, invariablemente de algodón blanco con pequeñas florcitas estampadas, y me los coloco antes de salir corriendo a la formación.

Me alegro de poder contar con una amiga como Cecilia, ella me ayuda a no pecar, a aguantar las ganas que tengo de dejar de ser virgen, pero sé que mi amiga no estará para siempre conmigo. Roberto, el psicopedagogo del colegio, dice que es normal tener esta energía sexual acumulada debido a la cantidad de hormonas que corren por mi cuerpo, además me dijo que eso de llegar virgen al matrimonio solo ayudaba a reprimir mis impulsos, generando una neurosis y haciendo que estos se vuelvan más salvajes y retorcidos. Me habló de varias aberraciones, e incluso me mostró imágenes de mujeres amarradas y golpeadas por látigos y fustas. A mí aquellas prácticas me parecieron bastante interesantes, sobretodo porque no había penetración. Roberto me dijo que esas cosas trataban de sublimar el impulso sexual por medio del dolor y el sometimiento, yo creí que era una opción viable hasta que sentí su miembro caliente y duro contra mi hombro, la verdad no pude evitar estirar mi mano para tocarlo mientras un hombre maduro paseaba a una chica con un collar de perro y una correa. Cuando Roberto se bajó la cremallera del pantalón y pude ver su enorme pene frente a mi rostro, se me hizo agua la boca y mis labios se abrieron automáticamente, avancé lentamente hacia el glande amoratado y puse mis labios a su alrededor mirándolo a los ojos.

—Amelia —suspiró Roberto cerrando los suyos y echando la cabeza hacia atrás pensando que yo iba a continuar, esto me sacó del trance en el que había entrado.

—Creo que debo ir a confesarme —dije y me levanté dirigiéndome hacia la puerta de la oficina. Él guardó su virilidad y cerró su laptop rápidamente. Yo me fui directo donde Gabriel, quién me felicitó por mi fuerza de voluntad, pero me hizo pagar de forma dolorosa.

Después de eso Gabriel me hizo volver donde Roberto y pedirle disculpas por haberlo tentado, él se disculpó también y desde ese día guarda su distancia. Conversamos temas interesantes por supuesto, y trata de guiarme para que me concentre en clases ya que normalmente me distraigo mirando los bultos de mis compañeros y profesores. No me gustan todos, pero es un sufrimiento para mí estar rodeada de tantos hombres. Sé que la mayoría son unos idiotas, que si se los ofreciera, cualquiera de ellos me haría perder la virginidad, pero no es eso lo que yo quiero en la vida, por eso mi actitud hacia a ellos es de completa indiferencia, de esa manera evito cualquier tentación mayor.

Fue justamente a raíz de este problema de concentración que Gabriel me habló de un sacerdote Jesuita como él que se codeó con Albert Einstein y fue el padre de la teoría del Big Bang, este hombre de fe y ciencia se llamaba Gorges Lamaître, un Belga que estudió ingeniería y luego física. Posteriormente busqué fotos de él y me pareció un gordito muy simpático, y al leer más de su vida me inspiré y decidí convertirme en astrónoma. Gabriel me dice constantemente que cada vez que sienta que la tentación se cierne sobre mi debo pensar en las estrellas, las constelaciones y la vastedad del universo; en que las estrellas y galaxias que veo a través del telescopio se han apagado millones de años atrás, y que su luz es todo lo que queda de ellas, viajando millones y millones de años para impactar en mi retina y permitirme mirar el pasado del universo. Nuestras vidas, dice Gabriel, son más que esas luces, pues nuestras almas son eternas y su luz jamás se apagará si buscamos la santidad.

Es por eso que estoy en constante batalla con mi cuerpo y sus impulsos naturales. Según Roberto es propio del cuerpo adolescente que va alcanzando la madurez sentir deseos irrefrenables de reproducirse pues, hasta hace muy pocos años, la expectativa de vida de nuestra raza no alcanzaba más de treinta años. Eso significaba que la ventana para poder tener hijos y llevarlos hacia la madurez sexual no sobrepasaba los quince. Los humanos debían procrear para sobrevivir. La cultura actual, dice Roberto, no está en sintonía con la manera en que el ser humano ha evolucionado durante milenios, y este desfase genera una neurosis colectiva que hace que la civilización parezca no tener sentido. El sexo es la fuerza que nos mantiene vivos, el deseo está impreso en nuestros genes y es un llamado que no podemos ignorar.

Yo prefiero someterme a Gabriel, no quiero creer que los seres humanos somos simples animales cuyo único propósito es perpetuar la especie, es cierto que quiero tener sexo, que imaginármelo me provoca placer, que necesito de la lengua de Cecilia para superar mi neurosis. Pero también es cierto que en los seres humanos existe algo eterno, no sabría cómo explicártelo con palabras, pero es como un orgasmo con la lengua de Cecilia, en ese momento el tiempo se detiene para mí y la vida cobra un significado diferente. Es por esto que sé que quiero llegar virgen al matrimonio, porque cuando tenga mi primer orgasmo con un pene dentro de mi cuerpo, quiero que ese pene sea el de mi esposo, quiero que el sentido que tiene mi vida esté bendecido por Dios.

El día se me pasa lento, y al terminar le aviso al tío Guillermo que me pase a buscar más tarde a la parroquia, él me responde que ningún problema. Entro a la iglesia y me persigno con agua bendita arrodillada frente al Jesús crucificado y sangrante. Camino por la nave central y atravieso el lugar santísimo, abro una puerta y me dirijo a la oficina de Gabriel que me recibe con una sonrisa. Gabriel no es tan alto como papá, pero es ancho de espaldas, lleva su cabello castaño corto y usa una sotana negra hasta los pies. Me acerca una fuente de cristal llena de dulces y me indica que puedo sentarme, sale de su escritorio y se sienta frente a mí.

—Amelia, de nuevo en la casa del señor —dice sonriendo con total naturalidad—, no te sientas mal, sabes que puedes confiar en mí.

—Gabriel —le digo arrodillándome frente a él, perdóname porque he pecado.

—Has venido al lugar correcto pequeña, confiesa y yo perdonaré todas tus ofensas.

—Hoy he vuelto a tener malos pensamientos —le digo y mis manos se posan en sus fuertes muslos—. He imaginado al tío del furgón escolar, al psicopedagogo del colegio y a varios de mis compañeros haciendo uso de mi cuerpo, penetrándome por todos lados, salpicándome con su semen y no he podido evitar tocarme.

—Tranquila Amelia —responde dulcemente Gabriel colocando una de sus manos en mi mejilla—. ¿Te has tocado tu sola o le has pedido a Cecilia que te ayude?

—Cecilia me ha ayudado, pero eso no es lo peor.

—Continúa Amelia, no hay pecado que no se pueda redimir.

—Es que siento deseos de probar un pene, Cecilia ya no es suficiente, necesito un pene duro e hinchado, necesito tocarlo, chuparlo y…

—¿Y qué más Amelia? — pregunta él deglutiendo con dificultad, puedo notar el bulto en su entrepierna y lo rápida que se ha vuelto su respiración.

—Creo que si tú me dejas chupártelo, eso no sería pecado, Gabriel —le digo apretándole el pene por debajo de la sotana y por sobre el pantalón. Me las arreglo para desabrocharlo y sostener su miembro venoso entre mis manos, se siente tan duro y caliente que no logro controlarme y me meto debajo de su hábito, avanzo entre sus muslos en medio de la oscuridad, con mi boca abierta dispuesta a engullir ese mástil de carne hasta la garganta.

—Amelia —suspira Gabriel casi sin fuerzas. Su pene choca con mi campana y mis labios abrazan el tronco palpitante—. ¡Amelia! —Grita poniéndose de pie y apartándome de un empujón—. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Es que yo… —balbuceo y siento que los colores se me suben al rostro, pero esta vez no hay calentura sino vergüenza.

—¡Fuera de mi oficina ahora!

—Pero Gabriel… —exclamo a punto de las lágrimas.

—¡Veinte padres nuestros y cincuenta aves marías, jovencita!

—Está bien Gabriel —respondo con la mirada en el piso, tomando mi chaqueta y mi mochila.

Está atardeciendo cuando el tío Guillermo llega a buscarme para llevarme a casa, yo estoy sentada en las escaleras de atrio de la parroquia rezumando mi vergüenza, me limpio el llanto de las mejillas y me subo cerrando la puerta tras de mí, ya no hay pena sino rabia y ganas de gritar. Avanzamos dos cuadras y el tío Guillermo se detiene en una esquina poco iluminada y me dice.

—A ver Amelia, déjame revisar si te lo pusiste bien —mientras sus manos comprueban el seguro del cinturón de seguridad sus dedos rozan mi muslo, pues al subirme apresuradamente mi falda se ha recogido—. ¿Te imaginas que le diría a tu mamá si te pasa algo por que no revisé si tenías bien puesto el cinturón? —agrega con severidad fingida mientras sus manos recorren la huincha. Cuando llega a la altura de mis pechos se detiene, puedo sentir su aliento a cigarrillo muy cerca de mi cuello, sus nudillos rozan mis pezones mientras comprueba la tirantez de la faja y mi corazón late rápido—. Mi trabajo es cuidarte hasta dejarte en tu casa, hasta entonces eres mi responsabilidad… — Me dice y coloca la otra mano sobre mi muslo.

—¡Suéltame viejo degenerado! —le escupo en el oído antes desabrocharme el cinturón,   bajarme del furgón escolar y dar un portazo. Imagino que Gabriel me está mirando y eso me llena de culpa.

Camino rápido, pero el tío Guillermo me persigue pidiéndome disculpas. Me pide que lo deje llevarme a casa, que nunca más se atreverá a tocarme. Yo solo miro el pavimento tratando de no llorar, después de dos cuadras de escuchar sus excusas ya no aguanto más.

—Si no dejas de molestarme me voy a asegurar que mi papá te meta a la cárcel por violador —le digo con los puños apretados. Esto es suficiente para que se largue. Ahí me baja la pena, lo he echado todo a perder, ¿cómo le voy a explicar a mamá?, ¿cómo voy a mirar a Gabriel a los ojos nuevamente?, ¿Qué es lo que voy a hacer sin la guía de Gabriel?

Un microbús se detiene delante de mí y abre la puerta con un sonido de aire comprimido, no me había dado cuenta que estaba sentada en un paradero, siento que he pasado horas esperando algo, pero no sabía qué. Curiosamente la micro va en dirección a los suburbios. Me subo pero entonces me doy cuenta que no tengo como pagar el pasaje. De todas formas atravieso el troniquete, al chofer parece no importarle y reanuda la marcha.

Me siento al fondo, cerca de la puerta trasera. Delante mío va un niño rubio de pelo ensortijado y lentes de marco negro que lo hacen ver bastante interesante. Va leyendo un libro grueso, lleva uniforme de colegio y por su insignia sé que no es el mío. No es que esté buscando un motivo para hablar con él, la verdad no estoy de ánimo para hablar con nadie, pero no estoy segura si ésta micro va a dejarme realmente en mi casa, así que decido preguntarle.

—Hola, ¿te puedo molestar? —le digo con una sonrisa, tocándole suavemente el hombro.

—Ah, ¿qué? —levanta la cabeza despistado.

—¿Si te puedo hacer una pregunta?

—Si claro, es que estaba concentrado en mi libro.

—¿De qué trata tu libro? —pregunto automáticamente.

—De un guerrero mapuche que tiene que ir al volcán Lanín a encontrar un martillo mágico para liberar al pueblo de una serpiente gigante…

—¿De verdad? —digo y nuevamente noto como las palabras salen sin control de mi boca.

—Sí, pero… ¿era esa tu pregunta?

—Oh no, yo quería saber si ésta micro pasa por los suburbios.

—¿Estas perdida?

—Algo así supongo, yo nunca ando en micro y me da miedo no poder llegar a mi casa.

—No te preocupes —me tranquiliza él—, esta micro llega a los suburbios recorre la calle principal y luego da la vuelta en la plaza.

—Yo vivo solo a unas cuadras de la plaza —interrumpo entusiasmada, sintiendo que mi suerte cambia un poco para variar.

—¿Te dio mucho miedo no poder llegar a tu casa?

—No, ¿por qué lo dices?

—Porque parece que estuviste llorando.

—Sí, pero lloraba por otra cosa—. Le respondo desviando la mirada.

—Está bien si no quieres hablar de ello, mira, cuando tengo miedo me pongo a orar, no es una oración normal, sino que hablo con Dios, y le pido que me cuide. Normalmente todo sale bien.

—¿Crees en Dios?

—Por supuesto, me llamo Eduardo, quiero ser abogado y llegar virgen al matrimonio —dice con una hermosa sonrisa.

—Mi nombre es Amelia —atino a responder un minuto después—, y también…

—Encantado de conocerte, Amelia —me interrumpe apurado—, esta es mi bajada, cuídate mucho, faltan unos veinte minutos para llegar a la plaza…

La voz de Eduardo se desvanece mientras salta del microbus y se pierde en la oscuridad. Lamento no haberle pedido su número, pero sé que la providencia me permitirá encontrarme con él nuevamente, porque ese es nuestro destino.

 

 

Mocha

El brujo y el aprendiz bajan de la balsa de cuero de foca, chapotean en el agua, sus pies se hunden en la arena, la arrastran hasta la mitad de la playa. El sol se precipita lentamente hacia horizonte, aún es un disco amarillo que forma arreboles en los girones que avanzan perezosos en lontananza, el olor a agua salada y el viento marino le revuelven los cabellos azabaches al chico.
A la izquierda, hacia el sur, hay una montaña de rocas partidas, un altar que ha sido destruido hace poco, Melián lo mira con aprensión mientras recoge ramas secas para hacer una fogata y cocinar los peces que han capturado durante la navegación. Sabe que ahí es donde se dirige con su maestro, que es en ese lugar donde enfrentará su prueba final. El crepitar del fuego y el cadencioso romper del oleaje envuelven a los hombres sentados en la arena, el camino de los cielos fulgura con alba luz mientras avanza la noche, la luna aún no despunta y los peces ya se han convertido en nada más que espinas dorsales y cabezas de ojos vacíos que se carbonizan entre las brasas.
—Este es el destino de las almas de los “reches”, los verdaderos hombres, aquellos que no se dedican a la guerra ni a las artes curativas, es aquí donde debes morir para nacer de nuevo como un neguepin, un maestro de la palabra. —Le dice Curiman a su discípulo que lo mira nervioso.
—¿Por qué no soy capaz de verlas?
—Porque no has muerto, necesitas morir para poder ganar la visión del otro mundo.
—¿De verdad tengo que morir aquí, no era suficiente que las Tempulkalwes me trajeran después de morir en el continente?
—Si eso hubiese sucedido no podrías volver a tu cuerpo. Hay una razón por la cual los Machis venían a aprender a esta isla, y también una razón por la cual Kai Kai Vilú, la gran serpiente se manifestó en esta isla precisamente. Existen puntos en la tierra en los cuales se unen los diferentes universos, conviven con mayor intensidad. El machi despierta luego de su paso por el mundo de los espíritus en donde aprende a ver lo invisible y a preguntarle a los Negen por el conocimiento que necesita para sanar a su pueblo. Los seleccionados venían aquí a caminar en el otro lado, a buscar la sabiduría y la conexión con el gran espíritu y con los Negen; los espíritus guardianes.
El viejo se incorpora y se saca el chaleco de cuero de huemul, de uno de sus cinturones extrae una calabaza tapada con cera de abejas, la abre y se la pasa a Melián quién bebe todo el contenido y luego queda mirando fijamente la pira.
—Durante la época de los primeros hombres, antes de que, Pu Am le encargase el cuidado del mundo a los seres humanos. —Comenzó viejo brujo Curimán —. Antu Pillán, el sol y Pire Pillán, quién está encerrado en el volcán Lanin, lucharon en cielo; en su enojo lanzaron a sus propios hijos a la tierra pisoteándolos y enterándolos destrozados en lo profundo de la corteza terrestre. Pu Am, el gran espíritu, compadeciéndose del llanto de las estrellas por sus hijos, juntó algunos de los trozos y formó con ellos una enorme serpiente; la cabeza del hijo de Antu formó el extremo llamado Tren Tren y la del hijo de Pire Pillan el extremo llamado Kai Kai, asegurando de esa manera el equilibrio entre el agua y la tierra en el mundo. Un día sin embargo, las serpientes entraron en disputa y así como sus padres lucharon por el amor de Kuyen, ellos lucharon por poseer esta zona del planeta. Kai Kai subía las el nivel de las aguas y Tren Tren elevaba las montañas. Los lituches, los primeros hombres corrían despavoridos en pos de las cimas de los montes. Los que no eran lo suficientemente rápidos para llegar a ellas, eran convertidos en peces, rocas o sumpalwes. Solo la intervención de los Ilochefes y la aparición de la Pillantoki pusieron fin al ataque vicioso de Kai Kai. Más tarde la gran serpiente despertó nuevamente y lanzó sus hordas de no muertos sobre las tribus del país del mar. Tus padres lucharon valerosamente por sus vidas y sin embargo perecieron. Hoy Melián; estás a punto de completar el primer paso en tu instrucción. Para poder vengar a tu clan, primero debes morir.
El brujo chasquea los dedos y el joven cae hacia atrás sin vida. Melián se levanta y ve su cuerpo recostado en la arena, mira Curimán y este le sonríe indicándole la montaña de rocas partidas. En la playa, enormes ballenas jorobadas varan y abren sus bocas para dejar que las almas de los muertos avancen por la costa y se pierdan en el bosque, entre ellos van muchos ancianos, algunos jóvenes y otros niños, todos se ven felices y corren etéreos por la isla en busca de sus familiares que los reciben cantando con júbilo. Fuegos fatuos arden azules y fríos en la noche y Melián camina sin dejar huellas hacia la otrora pirámide de los sacrificios. Sus padres, hermanos, primos, tíos y abuelos lo llaman desde el bosque, el joven se siente tentado de internarse en él y olvidarse de su misión, quiere ir y fundirse en el calor de los brazos de su madre, dejar de ser un huérfano, un niño despreciado, un paria, un abandonado. Recuerda entonces a Kutralpangui, el puma que ha decidido cuidar después de haber matado a su madre en las planicies del valle central, durante su rito de iniciación. Piensa en los parajes llenos de árboles y ríos del país del mar y lo vacíos que estaban sin su familia; él era el último vástago de su madre y toda su estirpe terminaría con él si decide desviarse del camino.
Melián sube los escalones tallados en piedra y entra por una grieta que se abre en uno de los costados de la mole derruida, dentro las paredes titilan con un verde oscuro que semeja el cielo nocturno, baja entre coscorrones de roca desgarrada hasta donde el agua de mar forma una laguna salada, en su centro se erige un laurel joven y en flor, en cuyo tronco se enrosca una culebra blanca y brillante. El aprendiz de brujo nada hasta quedar a solo un metro del árbol, flotando cerca de él, quedando bajo su abundante follaje. Se impulsa con habilidad y se cuelga de una de las ramas y, cuando está a punto de alcanzar con sus dedos una de las carnosas y blancas flores, la cabeza del ofidio sale de entre las hojas y abre sus fauces.
—¿Con que el brujo te ha dicho que bebas del néctar de las flores de este canelo? —Le habla la serpiente.
—En efecto, el brujo me ha dicho que para cumplir mi destino y ganar mi verdadero nombre, he de beber del néctar de las flores de este canelo, pues este es el árbol del conocimiento.
—¿Te ha dicho el viejo putrefacto, que si bebes del néctar de este canelo, ciertamente morirás?
—Morir es el destino de todos los hombres.
—Ciertamente todos los hombres mueren, pero todos vienen a esta isla y encuentran nueva vida antes de reunirse con Pu Am, el gran espíritu. Pero si tocas este árbol y bebes del néctar de sus flores, será tu alma la que muera y sea condenada a la Minchenmapu, la tierra de los espíritus en desequilibrio. Si bebes de ese néctar, serás ciertamente condenado vagar como un Wekufe, un demonio sin forma. Y de ese infierno pequeño Melián, no hay escape.
—Sabes perfectamente que no moriré—, Responde el joven arrancando la flor de cuajo. —Sino que mis ojos serán abiertos, y seré como los grandes espíritus que conocen los caminos del mundo de los vivos y del mundo de los espíritus, y veré las almas de mis parientes incluso mientras esté despierto.
Acto seguido se acerca la flor a la boca, entonces la serpiente se abalanza sobre él y le mordió la mano, enterrándole profundamente los huecos colmillos en la carne. Melián puede ver como el veneno se esparce por su cuerpo, petrificando cada una de sus falanges, cada uno de sus músculos. Se apresura a flectar el codo y beber el néctar de la flor, pero apenas el dulce líquido ha tocado su garganta, el joven cae de la rama; inconsciente, aterido y trémulo, hundiéndose en el lago salado. Su cuerpo llega al fondo suavemente, y su rostro se entierra en la arena que lo succiona, actuando como una membrana, o como una piel, que lo deja pasar por sus poros hacia el interior de un cuerpo etéreo, el cuerpo del gran espíritu. Melián se levanta y puede ver su cuerpo en posición fetal, aferrándose a la vida, él ya no está ahí, y se siente liviano, está parado sobre el mar, a su alrededor solo hay horizonte, una línea morada que se difumina hacia arriba y hacia abajo, formando una bóveda surcada por nubes rojizas, cuando mira hacia abajo puede ver que sus pies están sobre otros pies, lo que está debajo de él parece su reflejo pero no lo es, el mundo gira, queda frente a frente con lo que lo sostenía, es él, pero sus ojos reflejan el brillo de los ojos de la culebra mientras abre sus mandíbulas.
—Meliántu, cuatro soles, hijo de Mailen, hija de Ailin, hija de Suyai, hija de Lihuén, hija de Yankiray la que yació con un hombre convertido en roca por Ten Ten y devuelto a su forma humana cuando bajaron las aguas elevadas por Kai kai; pequeñajo deforme y torpe, despreciado por todos, nada más que un inútil, tú debes ser hijo del Trauco y no de tu padre. ¿Dónde podrías llegar tú?, si no eres más que un huérfano, sin Lof, sin linaje, no eres más que un ermitaño, no eres mejor que un Kofkeche inmundo y barbudo. ¿Quién te va a escuchar a ti?. Puedes engañar al viejo siendo servil, someterte a sus torturas y creer sus mentiras, pero en el fondo, pequeño Melián, yo sé que eres un fracasado. Y si yo lo sé, eso quiere decir que tú lo sabes. Y por lo tanto ha llegado tu hora de morir.
—No—, Se responde el niño a sí mismo.
El doble de ojos de víbora termina su soliloquio ponzoñoso con lágrimas en los ojos, ha sacado lo peor del jovencito y se lo ha escupido al rostro. Al no obtener una respuesta emocional se ofusca y se lanza sobre su interlocutor. El joven se mueve a un lado y toma la muñeca de su agresor, la dobla, pone la otra mano sobre la nuca de su doble y lo precipita al suelo boca abajo. Se sienta sobre él y le habla al oído, no son palabras sino intenciones que se transforman en los sonidos correctos sin que él sepa interpretarlos, entiende que ese es el conocimiento que le ha otorgado en néctar de la flor. Las palabras hacen tiritar y sudar frío a su gemelo que se retuerce con fuerza, hasta que de la boca de su doble sale reptando el ofidio blanco.
Más tarde despierta tiritando de frío. Está acurrucado dentro de una canasta de mimbre, por cuyo tejido se filtra el aire helado que punza su piel, en la cesta hay cuerdas vegetales, cántaros con agua y algunos atados de hierbas y leña seca. En el centro cuelga una cazuela enorme de greda en la cual arde un fuego, sobre ella hay una especie de toldo alto, el olor particular de la grasa le indica que probablemente se trate de piel de ballena, todo está rodeado de azul y un blanco húmedo. Curimán le sonríe y lo insta a ponerse de pie, Melián se da cuenta que están flotando a muchos metros sobre el mar, la canasta está amarrada a un globo de aire caliente hecho con la piel de una ballena. A lo lejos puede ver la cordillera de los Andes, blanca e imponente, al otro extremo solo hay una costura azul entre el cielo y el mar. Sus ojos ven movimiento dentro de los volcanes y sobre estos, pequeñas manchas que se mueven bajo el mar y entre los bosques a lo lejos.
—¿Por qué estamos aquí?— Pregunta.
—Porque acabas de resucitar—, Responde el viejo— ahora puedes ves los dos mundos de manera superpuesta, si hubieses despertado abajo, probablemente te hubieses vuelto loco, es necesario que recibas poco a poco los estímulos, para que tus mente se acostumbre al nuevo flujo de información.
—La culebra dijo que moriría.
—Y lo hiciste, su veneno te trajo de vuelta. Le gustó tu determinación así que también te ha concedido una vida larga; para que puedas aprovechar el conocimiento que has adquirido y el que estás a punto de alcanzar. Este es solo el comienzo de tu viaje. Pequeño Newen.

La culebra.

  

Con un suspiro se despierta de madrugada.

Los pájaros aun no cantan aun no cae la helada.

En el horizonte las luces brillan silentes.

Testigos de un tiempo muerto un tiempo fuera del del tiempo.

Todo parece vacío, agradable y helado.

La oscuridad se licúa en los brillos anaranjados de la luminaria.

No hay ecos que resuenen ni mar que imponga un ritmo.

No hay gaviotas ni gritos ni motores.

La acuosa oscuridad es como un oceano de petróleo espeso.

Los minutos pasan y el humo que sale de su nariz pesa tanto como su espíritu.

Desea que ese momento sea eterno.

No avanzar. No crecer. No morir. No vivir.

El sentido solo se encuentra en ese momento de silencio.

Donde el tiempo se convierte en una culebra.

Dónde el día muda su piel. Y la humanidad olvida lo que pasó ayer.

Victoria

Todos provenimos de linajes triunfadores

He conocido victorias y derrotas

Igual que mis antepasados

Hoy me presento ante ustedes como un derrotado y también como un victorioso

La libertad no se gana con la rebeldía sino con la renuncia

La renuncia al miedo

Al miedo a la muerte

Al miedo a la humillación

Al miedo al rídiculo

Al miedo a la traición

Al miedo a vivir

El miedo nos rescuerda que somos humanos que somos frágiles como una brizna de pasto

Las victorias son efimeras y las derrotas también deben serlo

Vencer, la verdadera victoria no es un logro es una actitud, una porfía alndestino, al hado de los dioses.

La victoria es levantarse una y otra vez a pesar de los dolores y las heridas, y amar intensamente como si fuera la primera vez.

Olvido

Cuando los lobos aúllan en la montaña

Y la luna se viste de plata junto a las estrellas

Cuando el búho le canta a su presa extraña

Y el croar de las ranas amansa las flores bellas

Cuando las olas rompen cadenciosas

Y el alacrán se esconde en las arenas sediciosas.
Cuando el halcón se lanza en picada

Y la serpiente envenena a su presa

Cuando el sol muestra la punta de su espada

Y el rocio anida en la represa

Cuando las aves cantan y el frío se recoge

Cuando el capullo de su vestido se despoje.
Yo escucharé tus pasos delicados

Que inundan el medio día en el llano

Los insectos se esconderán asustados

Y las flores miraran al astro soberano

El río cantará de camino al mar

Y tus besos me harán olvidar

El mundo se ha de diluir en un arrebol de caricias que detengan el tiempo y congelen el universo.