Caido del cielo

Ricardo caminó lentamente hacia su departamento, el sol había caido ya bajo el horizonte, sin embargo una luz dorada llenaba aún el espacio con un brillo casí palpable, una sensación de estar nadando en un mar dorado y fresco le indundó y le dió un sentimiento de bien estar incomparable.

El aire lleno del aroma de las flores primaverales inflamaba sus pulmones y acentuaba la sensación de libertad, de tener absolutamente todas las posibilidades abiertas para elejir que hacer o que dejar de hacer, los 452 pasos exactos que le tomo llegar a su edificio fueron un deleite y también una tortura, por que sabía en el paso 245 que la sensación que estaba experimentando se desvanecería pronto, y aún que permaneciera quieto en ese lugar la luz del sol y el hermoso brillo y la frescura del atardecer desaparecerían para siempre, sentimientos como aquel solo eran fugaces muestras de como trabaja la naturaleza.

Hurgó en su bolsillo hasta palpar la pequeña llave de níquel color plateada, la introdujo en la cerradura, la giró dos veces hacia la derecha y abrió la puerta, cruzó el ambiente y llegó al sector de la cocina, que no era más que un mueble donde se podían preparar alimentos. Abrió el refrigerador, extrajo una lasagna congelada y la metió al microondas de cuerdo con las intrucciones que aparecen en la caja.

Mientras el microondas calentaba la comida se dirigió hacia el ventanal sin cortinas que daba hacia la avenida, en la cual había un bandejon central, jugaba tratando de buscar el punto medio entre su reflejo y el exterior para mesclar las dos imágenes en su cerebro. Tomó el control remoto del equípo de música y colocó una selección aleatoría de piesas clasicas.

La campana del microondas interrumpió la quinta de Beetoven sin ninguna verguanza ni escrupulo, Ricardo se diriguió a la cocina y masticó calmadamente la lasgna congelada, no estaba particularmente deliciosa pero cumplia su objetivo, aplacar el hambre. 

Terminó de comer, lavó votó a la basura el servicio plastico y la bandeja de la lasagna, se dirigió al baño, se dió una ducha, y se acostó, cerró los ojos y se sintió feliz por que en su vida todo estaba bajo control.

La mañana siguiente transcurrió igual a todas las mañanas de su vida, entró a la oficina y saludo a la secretaría con la distancia de siempre y recivió la somnolienta y usual replica.

Buscó el cubículo 87, acomodó su maletita, se desembarazó de la chaqueta, se sentó, encendió su maquina y comenzó a teclear como todos los días, como todos los días a la 1: 00pm sacó los dedos del teclado, abrió su maletita, extrajo una manzana verde y la masticó exactamente 53 veces.

Estaba a punto de dar la segunda mascada a su manzana cuando apareció ella.

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