Como rata

Fernando se escondiò en los tunles mejor que sus camaradas, que sus amigos, que los adolescentes que intentaban mejorar su vida en la ùnica manera que conocìan, en la ùnica manera que ese mundo les permitìa, ellos eran los ladrones de los opresores, ellos le robaban al ladròn, al malvado, al enemigo de todos.

Algo asì no podìa durar, los perros del Señor de la ciudad entraron a los tùneles gracias a las indicaciones de uno de sus compañeros, el joven habìa sido torturado brutalmente, habìan empesado por llevarlo al gran edificio donde residìa el gran jefe y lo habìan llevado al sotano, a la luz de las velas le habìan sacado las uñas, luego le rebentaron los dedos de los pies uno por uno con un martillo, y por ùltimo, comenzaron a golpear sus gònadas repetidamente con una vara de aluminio, se habìa desmallado varias veces, pero lo reanimaban para que siguiese sintiendo dolor, el muchacho finalmente hablò, hablò para acabar con el sufrimiento, hablò para que sus verdugos terminasen por fin con su vida, Hector era el mejor amigo de Fernando.

Los demàs jovenes que estaban en el refugio fueron ejecutados en la medida que los atrapaban, sus cabezas rodaron por las mudas alcantarillas,  sin ratas y sin testigos, la mercaderìa fue recuperada y el gran jefe se quedo tranquilo.

Fernando habìa perdido todo, sus amigos, su independencia, sus mujeres, su lugar seguro, decidiò que era suficiente, el entrarìa al salon del gran jefe y lo descuartizarìa de una ves por todas.

Tomo sus cuchillos y comenzò a afilarlos, descansò bastante y comiò bien, repasò en su mente el plan que venìa barajando desde hacìa tiempo, habìa conseguido localizar la entrada al gran edificio, una que no habìa sidfo descubierta, preparò los viveres y las antorchas y comenzò su vagancia por los tuneles.

El chisporroteo de las antorchas, el sonido de su respiraciòn, y sus pasos eran lo ùnicop que rompia el cumulo de pensamientos que lo embargaban, estaba cometiendo una locura, lo sabìa, lo màs probable era que muriese en el intento y sin embargo no habìa nada que perder en este mundo acabado, y si mucho que ganar, ganarìa un reino, mujeres y comida a destajo, gloria, y lo màs importante, obtendrìa venganza.

Avanzò durante tres semanas deteniendose para comer y dormir, sin tener idea de la hora, los tuneles plomisos eran perpetuamente oscuros, y las antorchas se le estaban acabando, era mejor caminar con menos peso, pero eso le indicaba que sus provisiones se estaban agotando, se sintiò perdido en varios momentos, y la posibilidad de no encontrar la salida le hiso sudar frìo y sentir que el miedo le atenasaba el corazòn, no era la primera ves, habìa estado perdodo otras veces en los inmensos tuneles, cuando recien los descubriò, cuando aùn no soñaba con tener poder, con mandar, con comer decentemente todos los dìas, ahora su destino y su futuro tenìan un sentido y no querìaextraviarlos en medio de las cloacas.

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