El puto mundo 2 – Ernesto Cardenas

Ernesto Cardenas exigiò al chofer de la màquina la devoluciòn de su dinero, con el cual pagò un taxi colectivo que lo dejò a dos cuadras de su casa, era de noche y tenìa hambre, apreto el paso y las mandibulas mientras sus glandilas salibales expulsaban chorros de fluidos dentro de su boca y su mente le sugeria como se verìa olerìa y sabrìa la marraqueta crujiente con margarina derretida y mortadela lisa dentro su boca cuando sus dientes impulsados por sus musculos maseteros lo aplastaran repetidas veces.

Buscò entre las cosas que tenìa en el bolsillo, un dado, para jugar en el trabajo, las llaves del casillero deonde guardaba su ropa de calle mientras laburaba vestido con su mameluco azul que tenìa su nombre en el pecho, las llaves del otro casillero, donde guardaba sus herramientas despues de trabajar, y una cortapluma de imitaciòn suiza que recibiò de su padre cuando tenìa diez años antes de que este desapareciera en el mar.

Encontro por fin la aleaciòn de niquel y cromo, con la cual penetrò la cerradura, girò y empujò la puerta diciendo:

– Julia, ya lleguè, tengo hambre. – Mientas se sacaba la chaqueta la colgaba y se dirigìa con el diario en la mano hasta la mesa, abrìa el diario de par en par y continuaba la lectura justo deonde la habìa dejado.

Julia bajaba las empinadas y angostas escaleras interrumpiendo el planchado que le habìan encargado, 15 kilos de ropa por 5 mil pesos, no parecia mucho, pero para Julia era un ingreso que le permitian darse lujitos que para su marido no eran importantes.

Ella conocìa la rutina, sin decir una palabra encediò los quemadores de la cocina puso la vieja y saltada tetera, esperò puso el tostador, partiò la marraqueta con un corte horizontal y puso las mitades mirando hacia arriba con la parte dura hacìa el fuego y la miga al aire, al rato las diò vuelta, y en el momento preciso las fuè sacando y untando margarina sobre ellas, saco dos lonjas de mortadela lisa, juntò las mitades y luego las aplastò haciendo crujir prometedoramente la cascara del pan que puso en un plato pequeño, junto al emparedado colocò una humente taza de tè con tres de azucar, se limpiò las manos en el delantal y se sentò frente al hombre quìen juntò los brazos, dolblò el diario a la mitad, lo colocò al lado del plao y la taza cafe semitransparente y dijo:

– Gracias, estaba muerto de hambre – lavantò la taza, soplò la superficie y sorbiò sonoramente, con la otra mano sostuvo el sandwich y le diò un tarazcòn.

Al rato, Ernesto y Julia subìan al cuarto matrimonial, se acostaban ordenadamente, cada uno en su lado de la cama, encendian el aparato de televisiòn y veìan ciegamente las noticias. Alexis Sanchez pateaba el balòn que surcaba los aires cual aerolito e inflaba la red del equipo contrario, una sonrisa se dibujaba en el rostro de Ernesto, que vivia un poquito con el triunfo del niño maravilla, en ese momento, se percato que del bolsillo trasero de su pantalon que como todos los dìas habìa colgado en una silla, sobresalìa un papel.

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