El Puto Mundo 3 – La balada de Ernesto Cardenas

Ernesto revisò el bolsillo del pantalòn donde habìa dejado el cartòn de loterìa, pero no encontò màs que pelusas, se levantò rapidamente y se dirigiò a la cocina, en donde habìa abierto el diario por primera ves uand llegò a su hogar el dìa anterior.

Estaba practicamente desnudo y el sol se habìa levantado ya, el piso de madera de la pequeña casa que habitaba con Julia hace ya tanto tiempo no estaba frìo, mirò la hora y diò un respingo, era demasiado tarde, su reloj despertador a cuerda nunca fallaba, y el habìa recordado poner el despertador a las seis y media de la mañana, como todos los dìas de su vida.

Ernesto cardenas se habìa quedado dormido y no habìa llegado al trabajo, eran las doce del dìa y èl aùn no sabìa que estaba haciendo en medio del comedor, la casa estaba desierta, la tetera no estaba en su lugar, el diario estaba en la mesa de la cocina y no en su velador, su despertador no habìa sonado, habia dormido màs de la cuenta, su esposa no preparaba el almuerzo y solo faltaba una hora para que ella caminara hasta la tornerìa de fierro con su lonchera de metal con el almuerzo recien preparado, con un trozo de pan batido reien comprado en la panaderìa, un poco de pebre y el menù diaria, Julia ejecutaba los preparativos de sus comidas exactamente como a èl le gustaba, pero ahora, Julia no estaba.

  Un escalofrio recorrio su espinazo un zumbido tapò sus oidos y se sintio mareado, un retorcijòn de estomago le provocò ganas de vomitar sus manos perdieron fuerza, su vista se nublo su corazòn latìa acelerado su sistole y su diestole eran un par de bombos que marcaban cada milesima de segundo del proceso de hacer suyo el nuevo conocimiento, procesarlo, entenderlo, aceptarlo y darse por aludido.

Con los ojos inyetados en sangre golpeò la mesa y lartiò en dos, se dirigiò a la pieza y se vistiò con la misma ropa de ayer resoplando de ira y frustraciòn, abriò el armario para buscar el revolver calibre treinta y ocho que habìa heredado de su padre y se diò cuenta de que faltaba la ropa y los zapatos de julia, la prolija mujer habìa dejado un hueco cortado con visturì en la vida, el alma y el hogar de Ernesto, quien con los nudillos blancos y la mano apretada en el mango del arma de fuego, avanzaba hacìa la puerta de la casa.

 Sudando copiosamente y con el rostro desfigurado avanzò hacia su objetivo, corriò hacia el centro de valparaìso atropellando a cuanta gente se le ponia por delante, jadeaba por el cansancio y las emociones que se acumulaban en su pecho, golpeò el asfalto sin mirar atras hasta encontrar la direcciòn que buscaba, sabìa que lo encontrarìa trabajando, avanzò hacia el interior de la talabarterìa y un fuerte olor a cuero le golpeò el rostro, su odio se acrecentò y su mano comenzò a temblar, cuendo el hombre lo vio le preguntò amablemente.

– ¿En què lo puedo ayudar, caballero?

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