Middgard y los gigantes de Hielo. (director’s cut)

Ricardo era un hombre desprovisto de todo sentimiento, vivía solo en un departamentito de un ambiente que arrendaba por que no deseaba tener ataduras, quería tener la seguridad de que podría dejarlo todo y partir sin dejar nada atrás, sin embargo, su rutina era la misma desde hacía ya 15 años.

Su trabajo le permitía interactuar de forma exigua con otros seres humanos, y eso le traía contento, todo estaba balanceado en su vida, compraba la misma comida todos los meses por internet clonando una lista que repetía como un mantra cada 30 de cada mes, entre los víveres, el agua mineral y los artículos de limpieza, siempre venía un paquete de tres condones, para las tres veces al mes que visitaba a su meretriz.

Como todos los días, Ricardo se levantó a las 6 de la mañana, apagó el despertador a cuerda de un golpe, se destapó, se levantó y se subió a la bicicleta estática, pedaleo por una hora mirando el decomural de la pared, en el cual encontraba nuevas figuras todos los días, las que luego anotaba en cuadernito que guardaba en el velador derecho con un lápiz negro de color amarillo de punta fina que destapaba parsimoniosamente repasando los nombres con los cuales había bautizado las figuras anteriores.

Luego se dirigió a la cocina, tomo la caja de fósforos de el mueble de cocina, encendió un cerillo, movió la llave del gas y luego puso el regulador del calefón junkers en donde estaba marcada la palabra piloto, introdujo el palillo y espero a que se encendiera, luego regulo al máximo la capacidad del aparto.

Esperó a que su reloj marcase exactamente las 7:30 am y abrió la puerta del baño, corrió la cortina y entró al pequeño cuadrado de loza y giró la llave del agua caliente.

Exactamente a las 8:00am abrió la puerta del baño y surgió completamente vestido, afeitado y perfumado de entre una nube de vapor.

Salió de su departamentito de un ambiente en el centro de la ciudad y se dirigió hacia la oficina, camino dos cuadras y luego entró al edificio, se subió al elevador y espero ante la puerta hasta que su reloj marcó exactamente las 8:00am, giró la manilla y entró, miró a la secretaria de forma distante como todos los días y dijo:

– Buenos días.

Ella lo miro somnolienta y respondió

– Buenos días don Ricardo.

Ricardo entro al enorme salón lleno de cubículos, busco el numero 87 y se sentó, encendió su máquina y comenzó con la monótona tarea de todos los días.

A las 1PM exactamente, dejó de trabajar, abrió su maletita y sacó una manzana, la cual saboreó lentamente, contando exactamente 52 masticaciones para cada bocado.

A las 2PM, ni un minuto más ni uno de menos, estaba con los dedos puestos en las teclas.

A las 5PM, Ricardo se estiró, elongó, y apagó su máquina, se levantó tomó maletita de cuero azul, se colocó su chaqueta y se puso de pié en la entrada de su cubículo.

La oficina se llenó de voces, hombres y mujeres se levantaban y se despedían mutuamente, algunos se ponían de acuerdo para tomarse un trago después, otros para comer y conversar, otros solo con la mirada se daban a entender que se encontrarían en el motel que queda a 3 cuadras para tener sexo.

Ricardo observaba a los otros, y se sentía diferente, le asqueaba esa maraña de seres superfluos y desordenados, y cuando se cuestionaba su versión de la realidad siempre terminaba por encontrarse la razón, él no tenía ningún deber con el resto de la humanidad, y no tenía por que hacer ningún esfuerzo para comunicarse ni generar lazos con ningún otro individuo en el mundo, los otros siempre guardarían su distancia y él siempre guardaría su distancia, por que eso le resultaba cómodo, por que le gustaba su vida sin nadie entrometiéndose en ella, sin tener que hacer concesiones, sin tener que aguantar otros olores ni otros esquemas de tiempo ni tener que tratar de entender el devenir de los pensamientos de otro ser vivo.

Cuando todos y cada uno de los otros se hubo retirado, Ricardo salió de la entrada de su cubículo y se encamino hacia la puerta, sin embargo, algo llamó su atención, en uno de los cubículos, el 53, alguien aún trabajaba, y golpeaba las teclas de manera frenética maldiciendo entre dientes la máquina que tenía en frente.

De alguna manera Ricardo se sintió molesto, él era siempre quien se retiraba último, era la única cosa variable que había en su vida, pues dependía de la velocidad con que los otros se retirasen. Muy calladamente camino hacia su la entrada de su cubículo y esperó. Sin embargo, pese a su enorme paciencia, después de dos horas, la voz del cubículo 53 seguía maldiciendo entre dientes.

Estaba profundamente frustrado, lo cual era bastante extraño, decidió entonces interactuar con aquella persona, se dirigió decidido hacia el cubículo 53, y se detuvo en la entrada para que la persona notase su presencia y le dirigiese la palabra.

La persona lo miró con la cara desencajada y le pregunto violentamente:

– ¿Qué quieres Ricardo?

– Veo que tienes problemas, y quiero ofrecerte mi ayuda – Respondió el interpelado sin un ápice de emoción en su voz.

– OK! – Exclamó la mujer refunfuñado mientras se levantaba de su silla para dejarle el espacio al hombre.

Ricardo no la miró en ningún momento, se sentó y analizó el problema detenidamente, 20 minutos después se levanto y mirando al la pantalla y dijo:

– Ahora puedes irte. –y se fue a su cubículo.

La mujer atónita vio que estaba todo en orden, apagó su máquina y se retiró.

Respiró tranquilo, salió de la oficina detrás de la mujer y se dirigió a su pequeño departamento.

Ricardo caminó lentamente, el sol había caído ya bajo el horizonte, sin embargo una luz dorada llenaba aún el espacio con un brillo casi palpable, una sensación de estar nadando en un mar dorado y fresco le inundó y le dio un sentimiento de bien estar incomparable.

El aire lleno del aroma de las flores primaverales inflamaba sus pulmones y acentuaba la sensación de libertad, de tener absolutamente todas las posibilidades abiertas para elegir que hacer o que dejar de hacer, los 452 pasos exactos que le tomo llegar a su edificio fueron un deleite y también una tortura, por que sabía en el paso 245 que la sensación que estaba experimentando se desvanecería pronto, y aún que permaneciera quieto en ese lugar la luz del sol y el hermoso brillo y la frescura del atardecer desaparecerían para siempre, sentimientos como aquel solo eran fugaces muestras de como trabaja la naturaleza.

Hurgó en su bolsillo hasta palpar la pequeña llave de níquel color plateada, la introdujo en la cerradura, la giró dos veces hacia la derecha y abrió la puerta, cruzó el ambiente y llegó al sector de la cocina, que no era más que un mueble donde se podían preparar alimentos. Abrió el refrigerador, extrajo una lasaña congelada y la metió al microondas de cuerdo con las instrucciones que aparecían en la caja.

Mientras el microondas calentaba la comida se dirigió hacia el ventanal sin cortinas que daba hacia la avenida, en la cual había un bandejón central, jugaba tratando de buscar el punto medio entre su reflejo y el exterior para mezclar las dos imágenes en su cerebro. Tomó el control remoto del equipo de música y colocó una selección aleatoria de piezas clásicas.

La campana del microondas interrumpió la quinta de Beetoven sin ninguna vergüenza ni escrúpulo, Ricardo se dirigió a la cocina y masticó calmadamente la lasaña congelada.

Terminó de comer, lavó votó a la basura el servicio plástico y la bandeja de la lasaña, se dirigió al baño, se dio una ducha, y se acostó, cerró los ojos y se sintió feliz por que en su vida todo estaba bajo control.

La mañana siguiente transcurrió igual a todas las mañanas de su vida, entró a la oficina y saludo a la secretaría con la distancia de siempre y recibió la somnolienta y usual replica.

Buscó el cubículo 87, acomodó su maletita, se desembarazó de la chaqueta, se sentó, encendió su maquina y comenzó a teclear como todos los días, como todos los días a la 1: 00pm sacó los dedos del teclado, abrió su maletita, extrajo una manzana verde y la masticó exactamente 53 veces.

Ricardo se había relajado, se separó del teclado y tomo su maletita de cuero azul para sacar su manzana, en ese momento, una mano delgada pero decidida lo sostuvo del brazo y lo arrastro fuera de su cubículo.

-Vamos – dijo ella en tono imperante – Si no llegamos pronto ocuparan los mejores puestos.

La mujer lo agarro firme de la manga y literalmente lo arrastró fuera del edificio, caminaron dos cuadras y bajaron una escalera que llevaba a un sótano enorme bien iluminado, decorado con pinturas impresas en offset de autores de renombre, las mesas eran rectangulares con manteles con cuadritos rojos blancos y rosados, en el centro un florero plástico, de esos que venden en las tiendas de descuento chinas rematados por flores también de plástico le hacían compañía a una alcuza grasienta y una panera vacía llena de migajas.

– Sentémonos aquí –  La mujer lanzó al hombre en la silla y se sentó frente a él. Ricardo aún no salía de su asombro, no sabía que diablos hacía él sentado en un restaurant insalubre lleno de olores de comidas condimentadas mezcladas con olores de cuerpos que él no deseaba aspirar.

-Ahí viene la niña, yo siempre pido el menú – Comenzó a disparar la mujer – pero tu eres mi invitado y puedes comer lo que quieras, lo que pasa Ricardo es que yo quería agradecerte por que me ayudaste la otra noche por que resulta que mi hija estaba enferma y tenía que comprar unos remedios que me recetó el doctor que no fui ayer si no que llamé por teléfono y el que están amoroso, el doctor Gonzalez, uno que atiende ahí en esos edificios nuevos que construyeron, tu debes conocerlos, unos que están pintados de verde bien altos a cuatro cuadras de la oficina viniendo por la avenida principal , bueno lo llamé y le conté los síntomas y el me dijo lo que tenía que comprar es tan amoroso él con migo siempre que voy me dice cosas lindas, y luego fui a  comprar el remedio, pero estaba tan caro entones fui a la farmacia del frente…

 

La mujer no paraba de hablar mientras la “niña” recitaba el menú ejecutivo de hoy con un aburrimiento inconmensurable.

– yo quiero lo de siempre – dijo la mujer haciendo un paréntesis en su historia,  -¿y tu Ricardo que vas a querer?.

– Yo estoy bien gracias, no voy a almorzar aquí.

– Nada de eso Ricardo, tu fuiste amable conmigo y ahora vas a dejar que te devuelva el favor – dijo mirándolo fieramente, luego se dio vuelta y miro a la “niña” – Tráele tallarines con carne mechada eso le va a gustar.

La “niña” que debía rondar los 40 años giró su obeso cuerpo y su grasoso cabello y se dirigió a una bandeja enorme llena de servicios, los cuales luego deposito en pares a cada lado de la mesa, luego fue a tomar otros pedidos y se volvió a perder en los que se supone era la cocina.

Ricardo estaba cada ves más atónito, cuando pensaba que todo volvería a la normalidad las cosas se ponían cada ves más y más extrañas, así que decidió seguirle el juego a la mujer, la miro a los ojos e hizo como que escuchaba su perorata cuando en realidad se deleitaba con sus enormes redondos y voluptuosos y turgentes pechos que se movían juguetones de acá para allá cada ves que la mujer gesticulaba, luego recorría sus labios carnoso pintados con un rouge de mala calidad, sus dientes eran parejos y sus grandes ojos café, le permitían recorrerla con agrado, mientras asentía y repetía fingiendo asombro ante algunas de las ultimas frases o palabras, cuando ella hacía un alto.

Les sirvieron la comida al cabo de unos tres minutos, el sabor no pasaba de decente, sin embargo él sabía que esa cocina debía ser completamente insalubre, cada trago fue un suplicio por el cual maldecía el momento en que se le había ocurrido ayudar a la fémina que estaba frente a él, y decidió que mirarle los pechos y entretenerse con su bello pero cansado rostro no valía la pena, sin embargo no quería ser grosero para no tener más problemas en su trabajo, así que decidió usar un subterfugio un poco más elaborado.

Ricardo comió como pudo los tallarines aceitosos mientras escuchaba las vicisitudes de la mujer, con la punta de los labios en el borde del baso estiró la lengua y probó el jugo desabrido y descolorido, apretó los ojos y tomó un trago.

La mujer no se había casado, pensando que eso le ayudaría a retener a su pareja, era hija de padres separados y no quería repetir la historia, por lo tanto había evitado el escenario del divorcio, sin embargo su hombre la había abandonado de todas formas, él era un oficinista como ella, trabajaba un par de edificios más abajo que ellos, cuando la mujer quedó embarazada y se negó a darle sexo, él empezó a salir con mujeres de su trabajo, varias veces ella descubrió las fotos y videos que él hacía, de sus encuentros furtivos grabándolos con su aparato móvil, mientras estuvo embarazada, ella no dijo nada, pero después de nacer la bebé, y después de los cuarenta días que recomienda el ginecólogo, ella reclamo lo que le correspondía.

Sin embargo su pareja no respondía como solía hacerlo,  por lo cual, comenzó a desesperarse, y a hablarle sucio al oído mientras ejecutaban el coito, vio que esto daba resultados parciales y su desesperación creció, pero con ella también la esperanza de retener a su hombre, así que decidió dejar que él invitara a sus amantes a tener sexo y se permitió realizar todo tipo de orgías en las cuales su hombre respondía de forma maravillosa, este tipo de encuentros sexuales sin embargo la habían pervertido, disfrutaba lamiendo otras vulvas y anos para que su marido las penetrase luego, ella misma empezó a enviciarse con el sexo, y no solo invitaron mujeres sino también otras parejas, luego otros hombres, no solo uno, llego a entregar su cuerpo a cinco hombres al mismo tiempo, el frenesí sexual había llegado a limites insospechados, los placeres que había experimentado eran increíbles, mejor que cualquier droga.

Un vacío comenzó carcomer el interior de la mujer, había perdido a su pareja para siempre en aquel torbellino de vulvas, escrotos y prepucios. Cuando él le pidió que se acostara con su jefe para conseguir un asenso, ella decidió que era suficiente y lo echó del departamento en que vivían, él le confesó que en verdad era una alivio, por que no deseaba estar con ella, nunca la había querido y estaba con ella solo por que era buena en la cama.

 

-¿Y tu? – pregunto ella después de terminar su relato susurrando, para que los comensales en las otras mesas no oyeran.

Ricardo tragó saliva sonoramente, tenía una erección que se le marcaba en el pantalón, pero estaba profundamente conciente de que todo aquel relato, cierto o falso, era una estratagema de la fémina que tenía en frente para involucrarlo, él debía ser más fuerte que su carne, su cerebro debía mantenerse calmado pues ahora le tocaba su turno de mover las piezas.

Ella lo miraba a los ojos mientras se mojaba los labios carnosos, movía las piernas una junto a la otra dando a entender lo mojada que se había puesto relatando su pasado, del cual decía no se arrepentía.

-Yo – Dijo Ricardo titubeando, se aclaró la garganta y tomo impulso para contraatacar.

– Escúchame bien amiga – Ricardo la miró detenidamente a los ojos hizo una pausa y continuó – por que después de lo que me revelaste no te puedo llamar de otra manera, y ya que has sido sincera conmigo, yo te contaré también mis más oscuros secretos.

– Mi nombre no es Ricardo, yo soy Kuthulu, un ser multiforme de la duodécima dimensión negativa, estoy en este mundo con un propósito definido pero borroso pues hasta los designios de nuestra especie son tenebrosos, como todo lo que hay en nuestros designios, nosotros nos alimentamos de la fuerza vital de los seres humanos de este planeta, hemos logrado abrir  portales en varios lugares propicios del mundo, stone henge, la torre Eifel, el cerro san cristobal, las torres gemelas, las cuales por cierto no fueron destruidas por terroristas sino por la unión e conciencias astrales que rige el multiverso, y lo hicieron para detener el paso de nuestras plantadoras. Desde los portales nosotros cruzamos a tu mundo para incubarnos en los cuerpos humanos que pululan las ciudades, alimentándonos poco a poco de los retazos de sus alma, de sus sueños y de sus desengaños, es por eso que mantenemos la ilusión del bien y de las ideas correctas, pues los conflictos son lo más apetitoso, no hay verdadera tristeza en un hombre que no ha conocido la felicidad, no hay mayor angustia que ver que todo en lo que creías cierto, se derrumba a pedazos, que el viejito pascuero no existe, que los hombres del amoroso y protector Dios corrompen a los más indefensos, que jamás serás rubia ni viajaras al caribe. Controlamos las noticias, controlamos los negocios, generamos estress y caos y ustedes bailan al compás de nuestro Waltz de la locura que nosotros desplegamos.

Los hombres que originalmente vivían en esta parte del mundo nos llamaban Wekufes, pero hemos tenido un centenar de nombres Sera, Hades, Loki, Baal, Marduk, Tamar, Amaterassu, Viracocha, Belial, Belcebú, Tiamát, Naga, Kuchulaín, Set, son algunos de ellos, nosotros somos los dioses de la antigüedad, fuimos gigantes y aterrorizamos y esclavizamos a su raza, pero ustedes se adaptaban muy rápido, lo disfrutamos durante milenios es cierto, sobre todo los corazones palpitantes y los sacrificios de niños de pecho.

El ultimo planeta lo agotamos demasiado rápido, este planeamos hacerlo durar, extraer hasta la ultima gota de ese delicioso elixir que es la crueldad, la miseria, la desesperación y el odio.

La unión de conciencias astrales que domina el multiverso sin embargo, ha enviado a los insectos de la nebulosa de Hercules de la segunda dimensión para tratar de rescatarlos, ellos son capaces de vernos y vibrar en nuestra inusual frecuencia, lo que los hace especialmente peligrosos para nosotros, los insectos están aquí para purgarnos, destruir nuestros portales y devorar nuestras larvas, las que se alojan en el hipotálamo comiendo con deleite los químicos que este genera, los insectos entran por el recto, escarban hasta la medula espinal y luego suben hasta el cerebelo, desde donde estiran sus tentáculos y exprimen nuestras larvas succionando sus deliciosos jugos.

Yo soy un guardián multiforme multidimensional de nivel azul, y mi deber es destruir a los insectos y cualquier otra criatura de la UCAM que desee retrasar nuestros planes a largo plazo, pues esta raza esta destinada a encontrar la manera de doblar el tejido espaciotemporal y mover bloques de materia y no de conciencia como las otras razas por todo el multiverso, de esa manera, la humanidad será la diáspora desde la cual dominaremos la creación y la sumiremos en una constante pugna entre la luz y la oscuridad y ese conflicto, esa tiniebla será el caldo de cultivo para nuestro mayor triunfo, la incubación de la gran larva que se tragará todas las dimensiones y todas las posibilidades pues ya solo existirá una voluntad doblando los caminos de las cuerdas metafísicas parasimpáticos quánticas, y la oscuridad reinará por fin sin necesidad de la luz.

Ricardo se detuvo mirándola muy serio a los ojos y luego agregó con toda frialdad.

– Paga, tenemos que volver a trabajar – Se levanto de la mesa sin esperar replica y volvió a la oficina.

Ricardo caminaba con un sonrisa de satisfacción, de esas que uno ve en los rostros de los niños pequeños que han hecho una maldad y han salido incólumes, estaba orgulloso de la historia inverosímil que había logrado desarrollar en tan poco tiempo, miró el reloj de pulsera que llevaba y se dio cuenta que solo tenía dos minutos para llegar a su cubículo, apretó el paso y se olvidó de la mujer confiando en que la burda historia la desanimara por completo.

Se sentó en su escritorio en el segundo exacto que el reloj marcaba las 13:00, sacó la maquina de la suspensión y comenzó a incrustar los dedos en el teclado de forma obsesiva, estaba feliz, el sonido de las teclas hundiéndose generaba un tecleteo rítmico y constante que le servía de mantra, las ondas sonoras golpeaban su tímpano y activaban su cloquea llevándole esos simples impulsos eléctricos que se convertían finalmente en ideas dentro de su cráneo y le permitían estar en su oficina y no estar al mismo tiempo, trabajar era un asunto que Ricardo se tomaba seriamente y seriamente, lo disfrutaba.

El reloj marcó las 17:00pm, Ricardo dejó de teclear, y apagó su máquina, era un armatoste metálico lleno de tubos por donde circulaba vapor, el cual movía una pequeña turbina que le daba energía al panel positrónico, en el cual los oficinistas almacenaban y procesaban la información, su interfaz eran el teclado DVORAK y una pantalla de ondas psicocerebrales de media distancia, todo hecho de acero inoxidable el cual un staff de mantenimiento mantenía siempre brillante.

Se paró en la entrada de su cubículo y esperó que los otros se levantasen de sus asientos y comenzaran a contarse sus planes para la tarde, ignoró todos y cada uno de los comentarios, todas y cada una de las intenciones, todas y cada una de las voluntades de los seres que lo rodaban.

Dio 14 pasos hacia la salida y súbitamente se encontró con ella, que lo estaba esperando, Ricardo se hizo a un lado para esquivarla y siguió caminando, la mujer caminó detrás de él como si la fueran arrastrando con una cuerda o como si estuviesen jugando al monito mayor, Ricardo comenzó a preocuparse pero pensó que si la ignoraba ella terminaría por olvidarse del asunto.

Salió de la oficina y decidió caminar por el bandejón central de avenida que lo llevaba a su departamento para disfrutar de la primavera, caminó lentamente respirando el aire fragante escuchando el crujir de las hojas secas bajo sus pies, se sentó en un banco de fiero forjado y madera y miró al horizonte.

– Por que me ignoras – Dijo la mujer.

– Yo te hice un favor, y tu me lo devolviste, no tenemos nada que hablar – dijo él.

– Yo me abrí contigo – respondió la mujer acercándose a él colocando la barbilla a la altura del hombro de Ricardo – y tu me cuentas esa interesante historia, ¿eres escritor acaso y estas probando si esa idea funciona? me pareció de lo más interesante quiero escuchar más.

– Vamos a mi departamento – Dijo Ricardo y te contaré todo lo quieres saber.

El living estaba a media luz, música de Puccini llenaba el aire tibio, la mujer estaba de pié desnuda mirando a la ventana, Ricardo estaba detrás de ella sin la camisa, él levantó su mano y toco suavemente su hombro con un dedo, ella se estremeció, movió la larga cabellera y dejó al descubierto la nuca de la mujer, acerco su boca lentamente y esta se abrió más de lo humanamente posible, un par de tentáculos abrazaron el cuello de la fémina asfixiándola hasta hacerla desmayar, mientras unas ventosas se pegaban a la medula espinal y otras probóscides comenzaban a hurgar en el cordón nervioso para abrirse paso hacia su objetivo.

 

Ricardo se levantó más animoso que de costumbre, apenas sonó el despertador salió de la cama de un salto y comenzó a pedalear en su bicicleta estática mientras meditaba tratando de poner su mente en blanco, las gotas de sudor comenzaron a perlar su rostro, sin embargo, no se sentía cansado, terminó la hora diaria de ejercicios matinales empapado por completo y extrañamente feliz.

Fue a la cocina llenó un vaso con agua de la cañería y bebió hasta saciarse, luego tomo sus vitaminas y encendió el calefón, después de una hora salió de entre una nube de vapor completamente vestido afeitado y perfumado, salió de su pequeño departamento con la maletita de cuero azul y se encerró en el ascensor que bajó lentamente hasta el piso 1.

Salió de su edificio y se encaminó hacia la oficina,  había caminado una cuadra cuando se le acercaron dos hombres con ternos grises, uno de pelo corto bien afeitado y otro de pelo desordenado y muy negro, con barba abundante, flaco y alto, a diferencia del otro macizo y de facciones redondas y nariz gruesa y plana, le pidieron que se detuviera para hacerle unas preguntas.

– Estoy en mi horario para llegar al trabajo, búsquenme en otro momento, ahora no puedo atenderlos, lo siento. – estaba diciendo Ricardo cuando uno de los hombres lo golpeó en el estomago, no supo decir cual, pero el más pequeño y fornido se lo hecho al hombro sin esfuerzo, una camioneta se estacionó delante de ellos, abrió la puerta los tragó y desapareció del lugar.

Ricardo no dijo nada, estaba en completo silencio esperando que los raptores dijesen algo que le permitiera entender qué estaba pasando en su vida para que unos extraños lo agarrasen en medio de la calle lo subieran a una camioneta y lo llevasen quien sabe donde.

 

– ¿Sabes por que no te vendamos los ojos? – le pregunto el flaco – Por que no vas a volver a ver la luz del día – contestó el mismo su pregunta.

A Ricardo le crujió el estomago, tragó saliva y empezó a pensar rápidamente como salir de ese embrollo, lo primero que se le ocurrió fue analizar la situación, en la camioneta habían cuatro personas, el conductor al cual solo le veía la nuca, el copiloto que había abierto la puerta y al cual tampoco había podido distinguir, el macizo que portaba una luger en la cartuchera derecha y un cuchillo de caza en la izquierda así como un revolver en la canilla, el flaco llevaba encima cuatro navajas bien escondidas entre las ropas, de esas que usan los barberos para rasurar que se abren como una mariposa, y dos smitty and weson calibre 45 con 15 tiros cada una mas media docena de cartuchos repartidos por las piernas.

Los dos hombres estaban sentados frente a él, ni siquiera se habían molestado en amarrarlo y parecían muy relajados, como si secuestrar personas fuera cosa de todos los días y él fuese una presa fácil, por lo tanto, se dijo,  solo debía esperar un momento de distracción para hacer su movimiento.

– Que yo sepa – Dijo Ricardo – La dictadura se acabó hace tiempo, los secuestros son ilegales. – Miró a sus captores fijamente a los ojos y agregó – ¿están concientes de eso?

Los hombres rieron al unísono con carcajadas tronantes y mientras se apretaban el estómago y comentaban el desquiciado e insulso comentario a los de la cabina, Ricardo vio entonces la ventana que había estado esperando, el vehículo se detuvo en una luz roja, estiró la mano y abrió la puerta corrediza de la van, y salto como un relámpago a la calle, corriendo como un energúmeno entre la gente y las cajas, empujando a los comerciantes ambulantes y sus cápsulas de vapor falsificadas, ropas robadas de las importaciones de la superficie, allí donde los hombres trabajaban como esclavos, día y noche solo por tener derecho a comida y agua, los proletarios, les llamaban, un mundo debajo del mundo, un infierno  creado a partir de las cenizas de la antigua civilización, una aberración que mantenía los lujos del mundo del cielo, el Asgard, la morada de los dueños de la tierra.

Su mente corría demasiado rápido, tanto como sus entrenadas piernas que lo mantenían a distancia de las enormes zancadas del flaco alto con el pelo desordenado, tuvo suerte de entrar al mercado negro, siempre había mucha gente en esos lugares, cercanos a los puertos de embarque y recepción de mercaderías, en ellos, los zánganos del sistema, los ilegales de Middgard, el nivel donde vivía él y los ejecutivos ý técnicos, los seres humanos que eran necesario mantener saludables, para mantener el sistema funcionando apropiadamente, se las arreglaban para escapar de la esclavitud y de los Malech, los mensajeros de Asgard, las fuerzas de seguridad de los magnates, esto en el fondo era una mera ilusión, los ilegales debían comprar su estadía y estaban siempre monitoreados por chips del tamaño de una lenteja implantados en su pituitaria, imposibles de extraer sin causar la muerte del paciente, estas personas eran elegidas según su pool genético, preservándolos para evitar los perjuicios de la endogamia.

Ricardo siguió corriendo y pensando en el lío que estaba metido, si los hombres eran Malech, estaba perdido, lo encontrarían y lo torturarían, hasta escuchar de él lo quisiesen saber, si pertenecían a alguna de las policías privadas y estaba metido en algún embrollo relacionado a los intereses de los magnates, estaba acabado de igual manera.

                Seguía corriendo y seguía pensando y sin embargo no encontraba explicación y sabía que tampoco tenía por que haber explicación, su mente seguía funcionando tan rápido como sus piernas y sin embargo no encontraba ninguna salida a la cuestión, saltaba por sobre los puestos de venta, y los ilegales comenzaron a abrirle paso y luego a correr desordenadamente cuando vieron a los dos hombres con sus armas de fuego desenfundadas, en ese momento, Ricardo encontró una salida.

Entró al baño público sintiendo los truenos y viendo los destellos por el rabillo del ojo, abrió la puerta del servicio de mujeres en el cual dos féminas, que se preguntban qué eran esas explosiones mientras otra estaba encerrada en el lavabo.

De repente y cuando la vio allí con la cara llena de estupor sintió un calor que crecía en su pecho y un pitido en los oídos, su cuerpo comenzó a hincharse y su boca se abrió de par en par, su vista se nubló y sintió como sus labios se rajaban dando paso a lo de dentro, la figura que había dejado ya de ser humana se abría rápidamente como una flor para dar paso a una maraña de tentáculos babosos que atraparon a las estupefactas mujeres por el cuello, una probóscide viscosa y gruesa les penetró la boca dejando una semilla en su interior, el capullo se cerro y Ricardo volvió en si.

Miró a las mujeres tiradas en suelo con convulsiones sin saber explicar como había pasado, pero sintiendo la urgencia de escapar se obligó a reflexionar en ello más adelante, vio la pequeña ventana abierta que daba al estacionamiento del galpón del mercado negro y sin dudarlo saltó y se coló por él, mientras forcejeaba para terminar de cruzar vio como entraban el flaco de pelo desordenado con sus dos smith and weson calibre 45 apuntando a todos lados y detrás de él, el fornido de cara redonda y nariz plana con un arma negra gruesa como un tronco con un cargador enorme, en ese momento las mujeres se levantaron del piso y comenzaron a hincharse, el flaco descargó sus cargadores para hacerlas retroceder, pero la carne absorbía los proyectiles sin problemas, el fornido descargó plomo con un enorme estruendo, enormes casquillos comenzaron a caer uno detrás del otro al suelo de cerámica blanca, las dos masas de carne hinchada retrocedieron ante los impactos de la ametralladora calibre 50 con balas de expansión.

Un gemido aterrador llenó el baño destrozado por el enfrentamiento, las amorfas, gelatinosas y semidespedazadas mujeres yacían en el piso manando sangre a borbones, los hombres caminaron sobre ella sin cuidado, el fornido cargo su arma nuevamente y comenzó a dispararle a la pared, hasta hacer un forado lo suficientemente grande como para pasar, pero cuando estaban saltando por sobre los cadáveres, una docena de tentáculos los jalaron hacia abajo aprisionándolos de brazos y piernas enroscándose por todo su cuerpo, los hombres forcejeaban sin éxito y bajo los tentáculos se abrió un enorme pico de loro que amenazaba con arrancarles las extremidades de un solo tarascón.

El flaco sacó entonces sus navajas, y el fornido su cuchillo de caza, y entre maldiciones lograron zafarse y eliminar la amenaza descargando todo una rasenal sobre la monstruosa y hedionda criatura.

Ricardo había logrado huir, no tenía la menor idea de lo que había pasado, lo había visto, lo había experimentado, sin embargo no sabía como explicar lo que sucedía con él, comenzó a pensar en experimentos genéticos perpetrados por los dioses magnates de Asgard, y en conspiraciones de los científicos que fueron relegados al infierno por no calificar como útiles para los dioses, en las míticas rebeliones de las cuales nunca se escuchaba nada, pues el primer nivel, el Infierno, solo lo visitan los Malech, y ellos no cuentan nada a los ciudadanos, pues tienen sus islas flotantes privadas donde viven en una comunidad de guerreros sagrados especialmente criados y amoldados socialmente para mantener a raya a los pocos humanos que viven en Middgard y a la no despreciable cantidad de humanos desnutridos ignorantes y esclavos que trabajan en el Infierno, la mayoría de los trabajos son realizados por máquinas, pero invariablemente se necesitan humanos para realizar muchas tareas, y los Malech no son amables con ellos.

Por otro lado, en el infierno, reinan grupos de pandillas y mafias que acaparan los recursos y esclavizan a la gente que esta atrapada entre los ángeles y los demonios, la falta de medicamentos y medicinas los hace que mueran como promedio a los 35 años pero también hace que las mujeres queden embarazadas a los nueve años, y si bien es cierto los induces de mortalidad infantil es altísimo (sobre todo teniendo en cuenta la costumbre de comer niños que han adquirido para obtener proteínas) la población del infierno se incrementa cada año, pues el instinto de supervivencia se agudiza, las mujeres son proclives a tener un hijo al año y en esas condiciones solo los más fuertes sobreviven, los dioses magnates saben de esta situación, y para ello crearon a los Malech.

Ricardo no concebía la idea de tener que escapara a Infierno, pero tampoco tenía idea de qué hacer, según sus conocimientos, si el flaco y el fornido eran agentes de Asgard, lo ubicarían fácilmente por medio del rastreador en su pituitaria, ahora bien, su cuerpo era tan diferente ahora que no sabía si el rastreador estaba ahí todavía, es más, tal ves era esa la razón por la cual los hombres habían ido a buscarlo, por que su rastreador había salido de alguna manera de su cuerpo y había dejado de funcionar, señal de que algo malo había ocurrido, y al escapar solo había hecho que la situación empeorara, o tal vez no, por que si lo llevaban a los laboratorios de Middgard lo hubiesen cercenado para saber como se extrajo el rastreador de la cavidad craneana sin morir, lo hubiesen torturado hasta el cansancio para averiguarlo.

Lo único que tenía claro mientras corría hasta su departamento para buscar dinero y algo de ropa antes de decidir que paso tomar, era que no debían encontrarlo por ningún motivo, de eso dependía su pellejo.

Ricardo corrió por las calles de pavimento por tres horas seguidas, de detuvo en una fuente de soda a tomar algo para hidratarse y descansar, pidió una Kro-k-Cola bien helada de un litro y medio, la bebió de apoco, disfrutando cada trago del elixir, que poseía cantidades ingentes de azúcar y potasio que sin embargo ahora necesitaba para seguir corriendo.

Estaba en terminando cuando se percató de que el boletín noticioso mostraba su rostro y los cadáveres de tres mujeres desaparecidas, se apresuró a pagar y salió del lugar rápidamente, se levanto las solapas de la chaqueta, se desordenó el pelo y caminó rápido evitando las miradas de los transeúntes.

Cuando llegó a su edificio, supuso que lo estarían esperando, por tanto esperó que uno de sus vecinos llegara en automóvil y entró después de él, antes de que el portón electrónico cerrase, sabía que los guardias eran siempre descuidados y nunca miraba las pantallas de seguridad, sin embargo, no era un guardia de seguridad el que en ese momento estaba en la recepción de su edificio, si no un Malech pelirrojo, el cual dio la alarma de que la presa había entrado, los otros dos Malech lo esperaban en el departamento con las ametralladoras apuntando a la puerta, tres más estaban en los ascensores y otros dos en las escaleras.

Ricardo subió por las escaleras para evitar la cámara de ascensor, estaba bastante cansado cuando llegó al piso 13 y se encontró de frente con los cañones calibre 45 que comenzaron a escupir plomo en su dirección en medio de fogonazos y pedazos de carne desprendiendo se de su cuerpo, Ricardo comenzó a caer escaleras abajo ya sin fuerzas sintiéndose incapaz de seguir adelante se dejó llevar y se entregó a la muerte.

Los Malech bajaron las escaleras tras el cadáver mientras recargaban sus armas, lo vieron ahí tirado, en un recodo lleno de agujeros pero con escasa sangre, su brazo se movió, solo y una probóscide proveniente de él penetró el zapato de uno de los agentes entre suela y cuero, perforó  la carne del dedo gordo bajo la uña y avanzó hacia el interior del agente que empezó a convulsionar y a gritar de desesperación y miedo por que sentía como se lo estaban comiendo desde dentro, su locura fue tal que comenzó a dispararse a sí mismo, la reacción de su compañero fue la de dispararle al supuesto cadáver de Ricardo, pero el dolor y los gritos de su compañero no cesaban.

Los Malech que estaban en los ascensores entraron en la escalera para ayudar a sus compañeros, cuando llagaron allí vieron dos cuerpos destrozados desde dentro como si hubiesen sido devorados completamente por pirañas.

Ricardo cayo desde el techo justo en medio de ellos bañado en sangre, su boca se abría desde una mitad a la otra de su cabeza y en ella habían tres corridas de dientes afilados, en ves de lengua exhibía unos tentáculos gruesos y otros delgados que jugueteaban con el aire, les mostró sus manos desarmadas y pudieron ver claramente como de debajo de las uñas aparecían raíces que ondularon en el aire y se enterraron los ojos de los tres hombres que comenzaron a gritar despavoridos y a disparar hacia cualquier lado, las extensiones nerviosas  con forma de raíz se habían enganchado a los nervios ópticos de sus victimas entregándoles visiones aterradoras, monstruosidades inefables, vaticinios del futuro, los que no murieron por el fuego amigo, lo hicieron de un ataque al corazón.

                Cuando por fin llegó al piso 17, buscó en su bolsillo hasta encontrar la pequeña llave de níquel, se puso frente a la puerta, enterró el pequeño pedazo de metal en la cerradura y giró lentamente.

La puerta se abrió y una ráfaga interminable destrozó el cuerpo de lo que había intentado entrar, el dintel de la puerta era irreconocible, las paredes tenían tremendos agujeros y a pesar del estruendo, ningún vecino salió a ver qué sucedía.

La verdad es que todos sospechaban que Ricardo era un espía de la revolución o de  la contrarrevolución o miembro de algún grupo subversivo, o que simplemente estaba bastante loco y se comentaba, cuando su nombre o el numero de su departamento salía a colación, que algo malo habría de pasarle tarde o temprano, por otro lado nadie osaría entrometerse en una operación de los mensajeros, los únicos en Middgard que estaban autorizados a portar armas de fuego, además quién levantase la vos, simplemente sería despachado o peor aún enviado al hades para trabajar como proletario, y eso era un castigo que ningún miembro de la burocracia ejecutiva deseaba, su mayor miedo era el trabajo con las manos y el cuerpo, ensuciándose, siendo tratado como escoria, viviendo en chozas inmundas llenas de ratones y pulgas y garrapatas y zancudos, dependiendo de energías a base de carbón respirando un aire altamente contaminado.

Los Malech se acercaron lentamente a revisar los restos de carne humeante que habían quedado esparcidos en la horadada pared de concreto, para cuando se dieron cuenta de que los restos del traje que el muerto había utilizado en vida pertenecía a uno de sus compañeros, un par de tentáculos los estaban estrangulando, de pronto, un tercer tentáculo apareció y se abrió, del centro apareció una manguera de cartílago que exudaba una sustancia lechosa que cayó directo en las gargantas de los hombres que luchaban por respirar, no paso mucho tiempo para que dejaran de luchar y entraran al departamento calmadamente, Ricardo entró detrás de ellos y se dirigió al baño.

Cerró la puerta y se bajó los pantalones, a continuación se sentó en la taza y descargó, sus fecas eran cremosas oscuras y hediondas por la ingesta de carne humana, se miró los ojos y se dio cuenta de que estaban amarillentos, su boca era enorme, pero si la apretaba bien podía disimular, ya que sus labios se dibujaban como siempre, sus manos estaban normales, pero sentía algo raro en su espalda, se sacó la chaqueta y la camisa y empezó a palparse, se dio cuenta de que tenía unos tubos cartilaginosos saliendo de ella, los cuales estaban empezando a formar una giba, tenía la sensación de que su cuerpo se estaba partiendo para dejar paso a otro ser, a otro ente que vivía dentro de él y que lo controlaba cuando él estaba muy cansado o casi muerto, en ese momento tenía plena conciencia de quien era él, de su historia y de sus recuerdos, sin embargo no entendía cómo había sido capaz de ir en contra de todas las convenciones de su mundo, desafiando el orden y condenándose a muerte a si mismo, por que después de las muertes que había perpetrado lo ejecutarían donde lo encontrasen.

Se levanto del baño, se limpió y se lavó las manos y sintió hambre, pero sabía que los alimentos comunes no servirán ahora, pensaba en ellos y sentía nauseas, fue donde guardaba las herramientas y sacó una galleta, abrió la boca y los tentáculos volvieron a darles ese liquido lechoso a los agentes, amarró a uno de ellos firmemente a una silla y comenzó a sacarle la tapa de los sesos, el hombre ni siquiera se inmuto ante el olor a pelo, hueso y carne quemada, debido al químico que había ingerido, tampoco sangró.

Ricardo destapó el cráneo del hombre y se relamió, fue a la cocina y saco un tenedor y un cuchillo para carne, de esos con dientes, se puso una servilleta de género en el cuello de la camisa y comenzó a comer.

Cuando terminó, el descerebrado aún respiraba y sus funciones vitales se mantenían, pues Ricardo no había tocado el cerebelo, abrió la boca una ves mas y de un tentáculo regurgitó una semilla que colocó donde antes había estado el cerebro del hombre, luego le cerró la tapa de los sesos y sintiéndose cansado y satisfecho, se fue a su cuarto a dormir.

Ricardo navegaba en su inconsciente, sabiendo que su cuerpo estaba cambiando, que ya no era él mismo, que su identidad se había desdibujado, no era conciente de lo que hacía cuando abría la boca y esos asquerosos tentáculos salían para estrangular a la gente o cuando comía sesos crudos y ponía semillas en los cráneos recién vaciados, su cuerpo se movía empujado por otra voluntad que no era la de él, no era Ricardo, y sin embargo no escuchaba ninguna otra voz ni estaba tampoco en desacuerdo ni trataba de impedir lo que se sucedía, las cosas pasaban frente él y él podía verlas, sin embargo así como la vida, las cosas pasaban sin que él diera cuenta de que el tiempo es la prisión de la existencia y no se detiene ante nada, los acontecimientos se sucedían uno tras otro como si fueran un mal sueño, ahora estaba soñando y aún así no veía nada más que un bosque, un bosque húmedo y tenebroso donde las hojas se podrían bajo sus pies y la luz moría entre el espeso follaje, y solo llegaba su inútil cadáver para dejarlo apreciar en medio de la penumbra del infinito, ese pequeño espacio donde se encontraba, en el suelo habían frágiles setas, y en el suelo se movían alimañas que oxigenan la tierra, las cortezas de los árboles eran gruesas y las hojas duras y multiformes, su cuerpo ya no estaba más, y él era parte del bosque, sus ojos eran las hojas y el aroma húmedo del bosque entraba por toda su piel, veía mil imágenes traspuestas y yuxtapuestas y mezcladas y repetidas desde diferentes ángulos y sus pies se  enterraban profundos en la tierra y buscaban agua y se saciaban y ciertos pájaros cantaban en su oído y le pedían que despertase por que ya era hora de conciliar sus naturalezas.

Despertó fresco como una lechuga, habían pasado solo diez minutos, y eso había sido suficiente, su pelo se había caído, en la almohada podía ver enormes mechones castaño oscuro, se sentía diferente, fue a mirarse al espejo del baño y se vio venoso como si tuviese várices en todo el cuerpo, su piel estaba pálida, sus uñas se habían desaparecido también y su panza estaba inflada y su ombligo sobresalía desanudado a punto de reventar.

– voy a dar luz – dijo aterrorizado hablándose a si mismo, a su reflejo, a lo que supuestamente era él.

Recordó entonces haber leído alguna vez una historia de un checo, acerca de un tipo que lentamente se transforma en cucaracha, y de comer comidas frescas pasaba a comer pan duro y queso rancio. Luego pensó en Checoslovaquia, un país que ya no existía, por que los países ya no existían, por que la superficie de la tierra era un campo de prisioneros, y solo las plataformas de Middgard y Asgard, que se encontraban en la estratosfera ofrecían confort a los seres humanos, el conocimiento era libre y estaba al alcance de todos, no era posible tener hijos por que todos eran esterilizados al nacer, un chip en la pituitaria le decía a los Malech, los mensajeros de los Dioses, Magnates que viven en Asgard, donde estabas todo el tiempo, las plataformas estaban unidas a la tierra por un cable de acero y fibra óptica y enormes mangueras tubos, y todo el conjunto formaba el Igdrasil, el árbol del mundo de la mitología de los que se hacían llamar Nórdicos por que vivian en el hemisferio norte.

Estaba mutando y no tenía idea que rol jugaba en la historia de un mundo que era controlado por los autoproclamados Dioses, aquellos seres humanos que habían por fin logrado el anhelo de la vida eterna, pues en Asgard estaba el jardín de las Elíades donde hay un durazno y sus frutos dorados entregan la facultad de vivir por siempre a quienes lo comen, y el néctar que es un elixir de la vida, que cura toda enfermedad fluye desde el centro del árbol del mundo hasta una pileta donde los dioses van todas las mañanas a beber para rejuvenecer sus rostros eternos.

Entonces comenzó a sentir los dolores de parto, y su ombligo se desenrolló por completo, y una luz venía del agujero que se formaba en su vientre, algo venía, algo estaba naciendo y él sería su madre padre.

Ricardo sentía ganas de vomitar, un olor acre llenó sus fosas nasales, sentía su estómago burbujear con una sensación jabonosa en el fondo, eructó con olor a podrido y luego aulló del dolor, su ombligo se estaba abriendo, estaba pariendo una luz que se materializaba lentamente, como suero de leche convirtiéndose en queso, cuajándose en el aire mientras sus esfínteres se abrían y las fecas y orina corrían por sus piernas como si su fuente se hubiese roto, seres de la menos doceava dimensión comenzaron a pasar  a través del ombligo de Ricardo, y se materializaban uno a uno lentamente dejando a lo que quedaba de hombre en ese cuerpo, en una agonía terrible, cada cierto tiempo sentía que perdía el conocimiento pero era solo una ilusión, solo ganas de no estar conectado a la masa de carne que era desgarrada, ganas de no poseer un alma, pues los seres la rasgaban cada vez que terminaban de salir, esos trozos de alma les servían a los nuevos ciudadanos de Middgard para mantenerse vibrando en la frecuencia adecuada. 

Finalmente, luego de dejar pasar a los inmateriales, el ombligo de Ricardo se fue cerrando de apoco con un dolor agudo y punzante, su cabeza palpitaba y lagrimas escurrían abundantes por sus mejillas, caminó lentamente hacía la ducha, abrió la llave, se sacó los jirones de ropa que traía puestos y se dejó caer bajo el chorro helado, su monstruoso cuerpo se fue enfriando lentamente, pero la barriga le dolía y le siguió doliendo mientras dormía.

Despertó con bastante hambre, así que se dirigió al living comedor cocina y tomó la galleta y abrió el cráneo del otro Malech, se comió su cerebro y plantó una semilla en su cráneo y lo tapó, el otro Malech había desaparecido, de los etéreos tampoco había rastros, y él seguía con hambre, así que se dirigió hacia el departamento de al lado.

Ya había devorado los cerebros de 4 departamentos cuando llegó la cuadrilla de Mensajeros, bajaron con cuerdas desde el techo de la estructura, rompieron las ventanas y descargaron plomo como si de año nuevo se tratase, las paredes quedaron horadadas, los muebles en desparramados en un estado caótico, astillas y un humo y una polvareda lo tapaban todo.

Solo la voz de Ricardo se escuchaba desde las tinieblas repitiendo un discurso inteligible, súbitamente, una luz atravesó la cortina de partículas en suspensión y el grito desgarrador de Ricardo rompió el aire y penetró los oídos de los Malech que solo atinaron a recargar las armas y volver a abrir fuego a la fuente de la luz, tapando los gritos con los truenos de las múltiples percusiones por segundo, de las poderosas ametralladoras que escupían casquillos como una catarata de vainas calientes que comenzaron a llenar el piso.

El cuerpo físico de Ricardo no fue más, pero el portal dimensional estaba abierto, el hombre había dado a luz y era padre madre de del Ragnarok, pues así lo bautizo Ricardo antes de morir, por que por aquél portal entraron los Jotun, los gigantes helados translucidos de la menos doceava dimensión a devorar las almas de los humanos de todo Igdrasil.

The Last Bubble

La noche estaba tibia, una brisa soplaba suavemente trayéndonos el aroma a hierros oxidados y cemento mojado de los laberintos, los jóvenes harapientos y sucios nos reuníamos en torno a la fogata, para escuchar las historias del anciano, el único hombre viejo que conocíamos.
Nos parecía extraña su apariencia, su cuerpo lento, arrugado y deforme que aparentaba una fragilidad que no era tal, llevaba en sus canas el cansancio de los años y los horrores del pasado marcados en su rostro, en su palabra se escondía el conocimiento de los dioses, pues él era el único que los recordaba tal cual eran.
Su conocimiento del mundo antes del desastre, le permitió mostrarles a nuestros padres cómo sobrevivir, como evitar enfermedades, como sanarlas y como dominar el fuego, encontrar agua fresca, herramientas y comida.
El anciano los había encontrado cuando ellos eran solo unos críos, muertos de hambre, atemorizados, los escondió dentro de los restos de la ciudad y los vio crecer.
Ahora éramos nosotros, los hijos de aquellos críos quienes escuchaban atentos las canciones y las historias que compartía al calor de la lumbre, mientras se cocinaban los ratones, insectos, cangrejos y peces capturados por los adultos.
Yo tenia tan solo siete años, y él hablaba de los dioses que volaban montados en pájaros gigantes, en serpientes tan rápidas como el rayo que cruzaban mares completos, en peces plateados y negros, en perros enormes que los llevaban a cualquier lugar que ellos deseasen con gran prontitud, sus pensamientos y palabras eran escuchados en cualquier parte de la tierra, la comida era tan abundante que se podría y se desechaba, el hombre había construido montañas de cristal donde ni el frío ni el calor les afectaban, donde era de día todo el tiempo.
El mundo era pequeño para ellos, tan pequeño que no fue suficiente, y se fueron, y nos dejaron a merced de los fantasmas.
 
Esa era la parte maravillosa, había luego una segunda parte del relato del anciano, una que no nos gustaba escuchar mucho, pero a la cual nuestros padres nos obligaban a poner atención, pues ellos eran parte de esa historia, y querían que nosotros supiésemos de donde habían venido ellos, que apenas recordaban el proceso en que los dioses nos abandonaron y los demonios asolaron la tierra, arrasando con todas la otras familias que poblaban el planeta.
 
La gran burbuja, le llamaba él, era un fenómeno de la magia de los dioses, habían varios tipos de ciencias, contaba el anciano, tecnología, biología, telecomunicaciones y la más peligrosa de todas, la economía.
Esta magia era la más negra de todas, heredera de la alquimia Cabalística, se disfrazaba de luz para encandilar a los ciudadanos del mundo y utilizaba a las otras para que los brujos que la practicaban, se volviesen más y más poderosos.
Llegaron a esclavizar al mundo entero, convirtiéndolos en prisioneros de la deuda, decía el anciano, todos trabajaban para ellos, todos vivían y morían a su ritmo, pero eso no era suficiente para esta clase de brujos avaros y hambrientos, crearon una burbuja donde metieron las riquezas de la gente del mundo, y luego, cual prestidigitadores, la hicieron explotar, las riquezas ya no estaban por ningún lado, la confianza, que sostenía la trama de la sociedad desapareció.
Los mercados colapsaron, el mundo quedó desabastecido, la tecnología no sirvió de nada, las comunicaciones fallaron y los líderes de las grandes familias de esos tiempos atacaron a sus propios hijos, y sus hijos se defendieron, y ya nada funcionó como antes.
Los reinos bajo las montañas están cerrados, el anciano no sabía cuando, las ciudades de los dioses volverán a abrir sus puertas nuevamente y desparramar su magia sobre el mundo, para llenar las noches de luz y las aldeas de comida abundante, para volver a convertir la creación en un lugar donde los hombres no mueren, ni sienten dolor, por que su magia nos libera  de todo aquello que es penoso y trabajoso.
El horror vino después de que los dioses se hubiesen escondido junto a los elegidos, los principales de las familias mas importantes del mundo.
Cuando el hambre comenzó a azotar las montañas de cristal, los demonios aparecieron en el cielo, trayendo fuego y destrucción por donde quiera que pasaran, el cielo se desenrolló como un pergamino, la noche se iluminó, las montañas cayeron, las piedras se vitrificaron y las aguas y el aire se volvieron venenosos.
 Los pocos que sobrevivieron buscaban comida en las ruinas de las ciudades, pero ya no quedaba nada, los hombres comenzaron a convertirse en monstruos, se mataron entre ellos o murieron emponzoñados, llenos de llagas y hemorragias.
 
Mientras el mundo agonizaba, y buscaba refugio, el anciano encontró a doce jovencitos escondidos en una cueva muy profunda, la guarida de una serpiente de metal.
Habían sido abandonados a su suerte, sin comida o agua, lloriqueando, con los mocos colgando, abrazados como cachorros recién nacidos, sus edades rondaban los cuatro o cinco años.
El hombre, joven en esa época, se apiadó de ellos y los alimentó, educó y mantuvo vivos hasta que pudieron salir de su escondite, y asentarse en la superficie, donde ya no queda nada más que el fantasma de una civilización maravillosa.
Los doce jóvenes son ahora nuestros padres, dos de ellos han formado su propio clan y han caminando hacía el oriente.
Otro más ha partido en busca de los dioses, tras las ciudades escondidas, para buscar la magia que ha de sanar la tierra, lleva mapas antiguos, que ya no sirven, pues las aguas se han tragado mucho de lo que antes fue territorio seco, y los cráteres dejados por los demonios voladores, son cicatrices que hacen imposible reconocer hoy la geografía de antaño.
 
El anciano a muerto hace ya muchos años, y me toca mi mantener vivo el conocimiento de lo que fue, de la magia de antaño, de la bondad del viejo que nos dio la oportunidad de seguir adelante, y de la esperanza del retorno del caminante, aquel de nuestros padres, que salió a enfrentar los peligros del nuevo mundo, para traernos las buenas nuevas de los dioses civilizadores, que se esconden bajo la montañas.

Espejismo de una noche de verano

Marcos Gutiérrez era un hombre bastante raro, o así lo hacían parecer los seres humanos que lo rodeaban, hablaba cosas que no le interesaban a nadie, dibujaba cosas que no le interesaban a nadie, pensaba cosas que no le interesaban a nadie, escribía poemas que no le interesaban a nadie, pintaba cosas que no le interesaban a nadie.
Marcos Gutiérrez pensaba que era de alguna manera invisible, o visible, pero desagradable, con una cubierta agradable, pero demasiado extraño cuando abría la boca o hacía algún comentario como para calzar en la trama social de la ciudad donde vivía.
Marcos no era muy alto, pero tampoco bajo, era atlético por que se preocupaba de hacer ejercicios físicos todos los días, seguía un antiguo proverbio que la había enseñado su abuela cuando niño al pié de la letra, y cada hora que dedicaba a cultivar su mente también la dedicaba a cuidar su cuerpo, el cual era su templo, la maquinaria que sostenía su capullo vital, la cuna del alma que le permitía pensar y cuestionarse el mundo que le rodeaba, disfrutar de los atardeceres y de la lluvia, del horizonte, de los animales y por sobre todo del sueño de encontrar una mujer que lo entendiese, o que al menos, estuviese interesada en él.
Nuestro joven protagonista era bastante simétrico, y bastante del gusto de las damas, sin embargo su poco común forma de observar el mundo le hacía pasar por alto las señales inequívocas que algunas féminas le prodigaban, al calificativo de extraño, se le sumaba entonces el de distraído y también el de inocente. Sin embargo Marcos distaba de ser inocente.
Los años estaban pasando, y Marcos sentía que necesitaba la compañía de una mujer en su vida, una mujer estable, no de aquellas jovencitas que caían en sus brazos fácilmente después de unas copas y unas horas bailando, él estaba buscando algo especial, algo duradero, alguien para construir un mundo en el cual ninguno de los dos se sintiese extraño.
Su deseo lo llevó entonces a meditar con denuedo en la forma de conocer personas, y después de mucho analizarlo, decidió que la mejor manera era lanzar una botella al océano con una carta, la mujer que la encontrase y lo buscase, sería la que él andaba buscando, pues si lo dejaba en manos del destino y deseaba con fuerza, la sincronicidad del universo le traería lo requerido.
Marcos se sentó por días frente a su escritorio de madera puliendo el poema perfecto, la introducción perfecta, la presentación perfecta, los datos de contacto, y todo lo necesario para que quien encontrase la botella, pudiese encontrarlo fácilmente.
En la madrugada del sexto día de trabajo, ojeroso y bajo la luz de la lámpara de pié que lo había acompañado durante las extenuantes jornadas, terminó de escribir las frases que lanzaría al agua. Metió el papel en la botella que había comprado para tales efectos, selló la tapa y salió de su casa corriendo a toda velocidad.
Cuando llegó a la playa, el sol estaba recién saliendo desde los cerros llenos de casas que parecían colgar en un racimo de uvas, apretadas unas contra otras en deformes posiciones como si se pelearan por ser las primeras en ver en lontananza los buques que entraban en la rada del puerto.
Para cuando llegó a la roca que más se adentraba en el mar, estaba sudado y agotado, su pecho subía y bajaba agitadamente y su corazón latía desbocado, apretó la botella en la mano y antes de lanzarla y pidió su deseo.
Imagino el rostro de Claudia Toledo, una morena casi de su estatura, de su edad, con ojos sonrientes y una sonrisa perfecta, pelo negro, ojos cafés. Los dos estaban sentados en un pequeño restauran en la costa de Horcón, después de haber comido empanadas camarón queso, ella le contaba que no salía mucho, que aún vivía con sus padres, que le gustaba estar en su casa, ver películas, sobre todo ir al cine, que su último libro había sido Crepúsculo, y que no le gustaban los gatos.
Mientras, afuera, las olas golpeaban cadenciosamente la arena, marcando el pausado ritmo del atardecer, los pescadores preparaban el sedal para la madrugada y las gaviotas lanzaban sus melancólicos graznidos a las nubes que retozaban como algodones sobre el firmamento.
Marcos se perdía en los ojos de aquella mujer, que jugaba con la pajilla de su jugo de chirimoyas mientras esbozaba levemente una sonrisa, y fingía escuchar la perorata extraña de su interlocutor, saboreando las hebras de los momentos que se avecinaban, pues es siempre la mujer quien escoge al hombre y no al revés.
El hombre terminó de contarle la historia de Maquiavello y vio que ella sonreía, estiró su brazo y tocó suavemente sus suaves y delicados dedos, ella lo miró con ternura entonces y se pusieron de pié, caminaron por la playa, con los pies descalzos, abrazados mientras el sol se hundía en el mar que parecía fulgurar con luz propia, tal como los ojos de Claudia, que reflejaban el cielo como un espejo profundo y sereno.
Mientras sus pisadas se marcaban en la arena, ella le contaba acerca de su trabajo como asistente dental, la parcela de su familia en Olmué donde pasaban los fines de semana, sus comidas favoritas y su gusto por bailar hasta el amanecer bajo la luna llena.
Para cuando las estrellas poblaron el firmamento, los dos habían hecho el amor incontables veces sobre la arena, y para el amanecer, el ardor de sus cuerpos había dejado una huella de vidrio parecida a un ángel que se elevaba refractando la luz del imponente sol.
La botella voló por los aires dando vueltas, y la luz se rompió en sus cristales y se formó un arcoíris, y la botella cayó al agua con un PLOP, y Marcos abrió los ojos, y sintió un vacio inconmensurable en su pecho, uno que amenazaba con tragarse todo su cuerpo y todo a su alrededor, el espacio se dobló y hasta el tiempo mismo terminó perdido en la singularidad de su torax, porque Marcos estaba enamorado.