The Last Bubble

La noche estaba tibia, una brisa soplaba suavemente trayéndonos el aroma a hierros oxidados y cemento mojado de los laberintos, los jóvenes harapientos y sucios nos reuníamos en torno a la fogata, para escuchar las historias del anciano, el único hombre viejo que conocíamos.
Nos parecía extraña su apariencia, su cuerpo lento, arrugado y deforme que aparentaba una fragilidad que no era tal, llevaba en sus canas el cansancio de los años y los horrores del pasado marcados en su rostro, en su palabra se escondía el conocimiento de los dioses, pues él era el único que los recordaba tal cual eran.
Su conocimiento del mundo antes del desastre, le permitió mostrarles a nuestros padres cómo sobrevivir, como evitar enfermedades, como sanarlas y como dominar el fuego, encontrar agua fresca, herramientas y comida.
El anciano los había encontrado cuando ellos eran solo unos críos, muertos de hambre, atemorizados, los escondió dentro de los restos de la ciudad y los vio crecer.
Ahora éramos nosotros, los hijos de aquellos críos quienes escuchaban atentos las canciones y las historias que compartía al calor de la lumbre, mientras se cocinaban los ratones, insectos, cangrejos y peces capturados por los adultos.
Yo tenia tan solo siete años, y él hablaba de los dioses que volaban montados en pájaros gigantes, en serpientes tan rápidas como el rayo que cruzaban mares completos, en peces plateados y negros, en perros enormes que los llevaban a cualquier lugar que ellos deseasen con gran prontitud, sus pensamientos y palabras eran escuchados en cualquier parte de la tierra, la comida era tan abundante que se podría y se desechaba, el hombre había construido montañas de cristal donde ni el frío ni el calor les afectaban, donde era de día todo el tiempo.
El mundo era pequeño para ellos, tan pequeño que no fue suficiente, y se fueron, y nos dejaron a merced de los fantasmas.
 
Esa era la parte maravillosa, había luego una segunda parte del relato del anciano, una que no nos gustaba escuchar mucho, pero a la cual nuestros padres nos obligaban a poner atención, pues ellos eran parte de esa historia, y querían que nosotros supiésemos de donde habían venido ellos, que apenas recordaban el proceso en que los dioses nos abandonaron y los demonios asolaron la tierra, arrasando con todas la otras familias que poblaban el planeta.
 
La gran burbuja, le llamaba él, era un fenómeno de la magia de los dioses, habían varios tipos de ciencias, contaba el anciano, tecnología, biología, telecomunicaciones y la más peligrosa de todas, la economía.
Esta magia era la más negra de todas, heredera de la alquimia Cabalística, se disfrazaba de luz para encandilar a los ciudadanos del mundo y utilizaba a las otras para que los brujos que la practicaban, se volviesen más y más poderosos.
Llegaron a esclavizar al mundo entero, convirtiéndolos en prisioneros de la deuda, decía el anciano, todos trabajaban para ellos, todos vivían y morían a su ritmo, pero eso no era suficiente para esta clase de brujos avaros y hambrientos, crearon una burbuja donde metieron las riquezas de la gente del mundo, y luego, cual prestidigitadores, la hicieron explotar, las riquezas ya no estaban por ningún lado, la confianza, que sostenía la trama de la sociedad desapareció.
Los mercados colapsaron, el mundo quedó desabastecido, la tecnología no sirvió de nada, las comunicaciones fallaron y los líderes de las grandes familias de esos tiempos atacaron a sus propios hijos, y sus hijos se defendieron, y ya nada funcionó como antes.
Los reinos bajo las montañas están cerrados, el anciano no sabía cuando, las ciudades de los dioses volverán a abrir sus puertas nuevamente y desparramar su magia sobre el mundo, para llenar las noches de luz y las aldeas de comida abundante, para volver a convertir la creación en un lugar donde los hombres no mueren, ni sienten dolor, por que su magia nos libera  de todo aquello que es penoso y trabajoso.
El horror vino después de que los dioses se hubiesen escondido junto a los elegidos, los principales de las familias mas importantes del mundo.
Cuando el hambre comenzó a azotar las montañas de cristal, los demonios aparecieron en el cielo, trayendo fuego y destrucción por donde quiera que pasaran, el cielo se desenrolló como un pergamino, la noche se iluminó, las montañas cayeron, las piedras se vitrificaron y las aguas y el aire se volvieron venenosos.
 Los pocos que sobrevivieron buscaban comida en las ruinas de las ciudades, pero ya no quedaba nada, los hombres comenzaron a convertirse en monstruos, se mataron entre ellos o murieron emponzoñados, llenos de llagas y hemorragias.
 
Mientras el mundo agonizaba, y buscaba refugio, el anciano encontró a doce jovencitos escondidos en una cueva muy profunda, la guarida de una serpiente de metal.
Habían sido abandonados a su suerte, sin comida o agua, lloriqueando, con los mocos colgando, abrazados como cachorros recién nacidos, sus edades rondaban los cuatro o cinco años.
El hombre, joven en esa época, se apiadó de ellos y los alimentó, educó y mantuvo vivos hasta que pudieron salir de su escondite, y asentarse en la superficie, donde ya no queda nada más que el fantasma de una civilización maravillosa.
Los doce jóvenes son ahora nuestros padres, dos de ellos han formado su propio clan y han caminando hacía el oriente.
Otro más ha partido en busca de los dioses, tras las ciudades escondidas, para buscar la magia que ha de sanar la tierra, lleva mapas antiguos, que ya no sirven, pues las aguas se han tragado mucho de lo que antes fue territorio seco, y los cráteres dejados por los demonios voladores, son cicatrices que hacen imposible reconocer hoy la geografía de antaño.
 
El anciano a muerto hace ya muchos años, y me toca mi mantener vivo el conocimiento de lo que fue, de la magia de antaño, de la bondad del viejo que nos dio la oportunidad de seguir adelante, y de la esperanza del retorno del caminante, aquel de nuestros padres, que salió a enfrentar los peligros del nuevo mundo, para traernos las buenas nuevas de los dioses civilizadores, que se esconden bajo la montañas.
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