El Hombre Escondido.

Había una vez, un hombre que paseaba por la cuidad, disfrazado de perro. Hiciese frío o calor, el hombre caminaba por la ciudad vestido de perro, y nunca se sacaba su traje. Cuando los niños lo veían, tendían a acercarse a él para tirarle las orejas, pero el olor que despedía el traje era tan fuerte que normalmente los espantaba. Algunas personas, cuando lo veían sentado en una banca de la plaza en la que solía descansar, le lanzaban monedas a los pies. Los adolescentes se reían de él si resultaba que pasaba cerca de un colegio a la hora de salida, y no faltó la ocasión en que lo levantasen a punta pies en las nalgas, riéndose a costillas de su dolor. Los jóvenes disfrutaban observar su sonrisa mientras hundían con fuerza sus zapatos en la carne de aquel anónimo sujeto.

Si el hombre reía o lloraba dentro de ese traje de perro, era un misterio que nadie estaba dispuesto a resolver, pues la ciudad era tan grande, y su recorrido tan extenso, que pasaba por el mismo lugar solo una vez al año.

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