La Indiferencia de Dios.

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Novela, Editorial Forja, 256 Páginas .

La novela de Ignacio Fritz puede resumirse en la investigación de una atractiva detective que no envejece para descubrir quién o quienes asesinaron al hijo de su cliente por medio de un carro bomba.

Simple y bonito. Un policial. Cuya primera página te abofetéa y te deja sentado en la vereda de enfrente.

Fui al lanzamiento o presentación de la novela en la FILSA, pero habían evacuado toda la estación Mapocho porque había una fuga de gas que podía explotar en cualquier momento. La novela comienza con una explosión.

En el segundo intento la cosa resultó. Hablo MEL, la dueña de la editorial, Un fantasmólogo famosillo que no entendió el libro, Pablo Rumel y el propio Fritz con aire despreocupado y sin ánimo de vender nada. Me llevé el libro y lo dejé en una estantería. Lo tomé a las nueve de la noche para dormir y me golpeó una página sin puntuación. “Está loco” me dije “Este $%&*+# está loco” y me dormí. A las dos de la tarde del día siguiente había terminado la novela, que sí está puntuada. Las páginas sin puntuación son los interludios (No más de una página) en dónde un anticristo femenino habla desde el útero de su madre. Sí, una niña es el anticristo en esta novela.

Entremos en el tema; La novela se lee rápido, está bien escrita, tiene ritmo y una estructura sólida. Nada que envidiarle a cualquier obra extranjera. Aquí hay nivel internacional. (Todos sabemos que la mayoría de los escritores chilenos apenas escriben, la mayoría ni siquiera llegan a mediocres, son decididamente malos, intragables). Cumple con los cánones del género policial, los plots están bien compuestos y resueltos y la información va apareciendo de apoco, correctamente dosificada, permitiéndonos seguir la investigación sacando nuestras propias conclusiones sin perder el interés. Sobre esta estructura que funciona maravillosamente se hiergue la obra de Fritz. Año 2070, Chile, La Imperial, distopia, hombres lobos, vampiros, viajes en el tiempo, autos clásicos, novelas dentro de novelas, zombies, rituales satánicos, un poco de sexo, drogas y un empresario megalómano.

Fritz no se remilga, usa todo lo que le gusta, todo lo que está a su disposición para armar su antimundo, para invocar el Chile del 2070 y dárnoslo a leer, un futuro dónde la brecha entre lo real y los fantástico se va haciendo cada vez menos notoria, más y más delgada, hasta que ya no se distingue lo uno de lo otro y las tortugas de acuario hablan y los autos embrujados explotan y los fantasmas acuden a responder preguntas.

Es refrescante leer a un chileno que se despega de la corriente, que se atreve a ir más allá de lo políticamente correcto, y que por sobre todo, lo hace bien.

La Indiferencia de Dios, es una novela necesaria para despabilar el pacato y correctillo o bien undeground y chapucero mundo literario nacional. Junto a Fritz está Sergio Alejandro Amira y también Pablo Rumel. Exponentes de lo que yo llamaría Realismo Mágico Postmoderno, Post Dictadira o Post Chicago Boys. Una Vanguardia Real Fantástica Pulp. En la cual la magia latinoamericana ha muerto a manos de los golpes de estado orquestados por el imperio del capital y que ha sumido todo a su alrededor en la mediocridad de la democracia de los ignorantes y los superfluos. Si hay una vanguardia en Chile, la componen estos tres.

Ésta es una literatura postapocalíptica, literatura autodenominada basura, pero que sin embargo exuda cultura y conocimiento. Una literatura descreída y cruel. Sínica en un mundo hipócrita. La Indiferencia de Dios es para los que tienen los ojos abiertos y tienen los cojones de vivir en él sin autoengañarse con challa positiva.

Completamente recomendado.

 

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Tiempo Muerto


Aun no sabemos cuanto se demoran en resusitar, en volver de la muerte. Algunos  cierran los ojos y parecen dormidos, les toma solo un pestañeo. Otros duermen profundamente y solo se transforman cuando mueren. El virus no solo está latente en nuestros cuerpos esperando la muerte de su anfitrión. Esperando, aprovechando cada oportunidad para doblegar lo poco de humanidad que nos queda. 

Zombies en Valparaiso

portada simple Evento ZCapitulo 1. El primer mordisco.

Bajaba el cerro tranquilo vestido con su uniforme escolar y con la mochila colgando a su espalda, había salido recién del colegio cuando la radio portátil que tenía colgada en la cintura dio los tonos que estaba esperando, no es que quisiera que sucediese una desgracia, pero deseaba fervientemente un acontecimiento en donde poder aplicar sus nuevos conocimientos. Corrió calle abajo por bella vista hasta llegar al centro, sin dificultad encontró la calle Huito en donde un hombre caucásico de unos cuarenta y cinco años, pelo castaño ojos azules, tez broceada y sin afeitar, había sido atropellado, el hombre vestía una camisa floreada, unas bermudas beige y sandalias.

Un par de voluntarios de la tercera compañía de Bomberos habían llegado ya y comenzaron a prestarle primeros auxilios, Javier y Alberto con sus uniformes de colegio se abrieron paso entre la muchedumbre que se había reunido para presenciar el accidente, se identificaron como voluntarios de las brigadas juveniles de la quinta compañía de bomberos y se pusieron a disposición, el voluntario de mayor rango que les ordenó que mantuviesen a los curiosos a raya mientras llegaba la policía y la ambulancia, ellos constatarían las lesiones de quienes venían en el vehículo y del atropellado.

La victima no tenia pulso, su rodilla presentaba una fractura expuesta pero no sangraba, el voluntario Galdamez inmovilizó de inmediato el cuello y chequeó los signos vitales, al ver que estos eran nulos comenzó con la resucitación, juntó las manos y comenzó a presionar el pecho de la victima, le tapaba la nariz y soplaba por su boca para llenar sus pulmones de aire en un intento desesperado por salvarle la vida.

Javier miraba atento la maniobra cuando el muerto levantó su mano izquierda, sostuvo la cabeza del voluntario y le dio un mordisco que le sacó un enorme trozo del labio inferior, el voluntario reaccionó aterrado tratando de zafarse del agarre, su compañero acudió corriendo en su ayuda, el hombre que hacía pocos minutos estaba clínicamente muerto había resucitado para atrapar a su salvador y agradecerle mordiéndole la cara.

La sangre manaba a borbotones del rostro del voluntario que luchaba por salir del mortal abrazo, solo con  el trabajo en conjunto de los tres bomberos pudieron inmovilizar al hombre demente, que había atacado al voluntario Sergio Galdamez quien fue retirado en estado de shock bañado en sangre.

La gente que lo rodeaba y trataba ahora de prestar ayuda, una mujer se acerco y le entrego un pañuelo con el cual el joven se presionó las heridas tratando de detener la hemorragia, mientras los otros luchaban desesperados con el agresor que lanzaba dentelladas y manotones emitiendo rugidos guturales y sin sentido.

En ese momento llegó la ambulancia y se llevó a los dos heridos, el hombre demente fue amarrado a la camilla con la ayuda de la policía y el voluntario fue atendido inmediatamente, luego de eso los demás efectivos se hicieron cargo de la situación, la mujer del vehículo fue citada a declarar y la gente fue dispersada.

Javier estaba atónito, lo que se suponía era un atropello normal, un procedimiento rutinario, terminó por convertirse en un espectáculo demente y sangriento, cuando llegó a su casa aún temblaba y cuando por fin le contó a su madre los sucedido lloró de impresión, su actitud le dio vergüenza y se enojó consigo mismo, para ser voluntario del cuerpo de bomberos, él debería estar preparado para presenciar situaciones así de cruentas o peores y mantener la sangre fría para reaccionar adecuadamente.

Estuvo conversando con su madre bastante rato, ella le trajo un baso de leche tibia y galletas para tranquilizarlo, para cuando su padre llegó al hogar él ya estaba dormido.

Eran las doce y media de la tarde cuando la modorra comenzó a salir de su cuerpo, la guitarra y los amigos lo habían tenido despierto hasta tarde, por medio de su computador y una conexión a internet se hacía fácil juntar un grupo de jóvenes de su edad y cantar como si estuviesen en la playa, para aquello debería esperar unos años todavía, Javier tenía solo catorce.

Su madre lo había llamado para almorzar, se levantó aún mareado, se lavó la cara y las manos y bajo a reunirse con sus progenitores que ya atacaban la pasta humeante, se sentó, tomó la sal y sazonó los huevos fritos que le brindarían las proteínas necesarias para un día de entrenamiento intenso en la brigada juvenil de la quinta compañía de bomberos.

Valparaíso es una ciudad puerto, tiene playas y un terminal de cruceros donde embarcan y desembarcan semanalmente una buena cantidad de personas de diferentes nacionalidades que vienen a ver la particular ciudad, donde aún existen y transitan viejos trolleys y funcionan varios ascensores públicos que tienen como objetivo acercar a las personas que viven en los distintos cerros a sus destinos, Valparaíso es un pequeño puerto en torno al cual, en un proceso caótico y desordenado, carente de toda planificación urbanística se construyeron sus distintas casas y edificios, generando un paisaje de pasadizos, escaleras y callejones donde se mezclan estilos arquitectónicos sin ninguna lógica o escrúpulo, el resultado fue un mosaico único y decadente que atrae a los visitantes, a los bohemios y a los poetas.

Charlaban animados de los planes para el día domingo, se la había hecho costumbres a la familia pasar ese día paseando por las playas del litoral, estaban pensando en Quintay, una caleta de pescadores que se encontraba a algunos kilómetros, un lugar tranquilo y retirado donde en algún momento existió una ballenera que se puede visitar, ahora había muy buenos restaurantes y una playa al otro lado de la caleta.

Ya despierto, Javier se metió a la ducha y se preparó para el entrenamiento en la brigada, había entrado a los trece años por voluntad propia, a los doce ya había obtenido su licencia de radioaficionado, lo cual complementaba su interés por ser parte del cuerpo de bomberos.

Bajó caminando desde el cerro barón donde vivía con sus padres , era un perfecto día de otoño, las hojas caían de los árboles y el sol aun que estaba alto en el cielo no calentaba demasiado, el azul prístino del cielo parecía transmitirse a través del viento fresco que venia desde el mar, mientras bajaba, Javier pudo observar como un crucero era llevado hasta el puerto por cuatro remolcadores, le llamó la atención ver una lancha de la guardia costera que parecía  escoltar la maniobra, el joven no le prestó mucha atención.

Ese día practicaron rescate y resucitación, los instructores gritaban las ordenes y le ordenaban a los jóvenes donde tenían que colocarse para simular la situación, Javier y sus compañeros se esmeraban para que la maniobra tuviese éxito, sin embargo, había entre ellos un joven de la misma edad llamado Nelson, quien no se esforzaba en lo más mínimo y siempre estaba tomándole el pelo a los demás, tratando de llamar la atención, a Javier le molestaba profundamente la actitud de su compañero y maldecía su suerte por tener que compartir no solo las clases regulares con él sino también tener que compartir el tiempo en la brigada con un personaje tan insípido, estúpido y enervante como Nelson, Javier estaba al tanto de que su contraparte estaba obligado a asistir y que sus padres no prodigaban mucho cariño ni atención al cuidado de él, por lo tanto, lo soportaba por que sentía lastima por él.

Cuando terminó el entrenamiento y después de cambiarse el uniforme, mientras los compañeros se gastaban las bromas comunes de esa edad, el joven se dirigió de vuelta a casa, para prepara un par de exámenes para el lunes, mientras estudiaba tenía encendido su aparato de radio de transmisión portátil monitoreando cualquier incendio o accidente al cual los bomberos eran llamados en la región de Valparaíso.

Mientras su padre y su madre discutían de las finanzas del hogar, el noticiero local hablaba de una nueva epidemia que había comenzado en la isla de Tahití, la pequeña isla en el medio del pacífico había exportado su virus al caribe, sin embargo todos los focos parecían estar controlados, la política contingente reemplazó rápidamente la información, amenazas de epidemias globales pululaban en las noticias desde hacía varios años, y la amenaza de un pandemia se cernía suspendida como una espada de Damocles sobre el planeta, de la mima forma que el vaticinado fin del mundo, el gran meteorito destructor y la guerra atómica, la crisis económica mundial, la falta de agua, el calentamiento global las tormentas solares. El miedo estaba en el aire, todos sabían, de una manera u otra que el mundo se acabaría pronto, que la tierra se sacudiría la plaga humana de su espalda, había muchas teorías al respecto, pero nadie sabía con certeza cual de todas las opciones sería la que cambiaría la faz de la tierra para siempre.

Javier se subió sin tomar desayuno a la camioneta de su padre, se fue contándole chistes sin gracia para ver si despertaba, a esa hora era un zombi manejando en piloto automático, el joven sabía que su padre solo despertaba después de que lo dejaba a él y llegaba al gimnasio. Llegaron un minuto antes del límite, abrió la puerta antes de que la camioneta se detuviese y echó a correr para que el portero no le cerrase la puerta en la narices al sonar la campana que marcaba el comienzo de la jornada escolar.

Al joven cadete no le costaban las materias, ponía algo de atención en clases y con eso le alcanzaba para sacar buenas notas, así que aprovechaba cada oportunidad para gastarle bromas a sus compañeros o a los profesores con lo cual hacía reír a toda su clase, la escuela a la cual asistía contaba con bancos pareados y su inseparable amigo Weipin se sentaba junto a él, el pequeño compañero de bromas de Javier era de origen asiático y sus padres eran dueños de un restauran de comida china que estaba cerca del colegio.

Weipin, por ser de origen Chino era uno de los más pequeños de estatura de su clase, lo cual lo hacía vulnerable a los matones que merodeaban en los pasillos del colegio David Turner, llamado así por un pastor protestante que había llegado a predicar al puerto a principios de siglo, Javier que era un poco más fornido y había sido forzado a aprender a defenderse por su padre y se preocupaba de proteger al joven de ojos rasgados, también conocido como la “naranja molesta” por las constantes bromas de las cuales nadie se salvaba.

De carácter más bien retraído y bastante sobreprotegido por su familia pero de una energía increíble, lleno de vida, hablaba hasta por los codos cuando se sentía a gusto, Weipin no había entablado lazos realmente estrechos con sus compañeros de origen Chileno, en su casa le habían enseñado a sentirse Chino y cuidar su legado cultural era una de las prioridades para todo su entorno, solo Javier había logrado entrar en aquel circulo más bien cerrado, frecuentando su casa con la excusa de arreglar los computadores o simplemente pasar el rato jugando, esto ponía muy contenta su madre la cual se había convertido en amiga de la madre de Javier, confiando solo en ella para que cuidara del pequeño en las actividades extracurriculares.

Ese día, Javier comenzó a recibir noticias por medio teléfono celular que hablaban de una pandemia que se había esparcido por México y algunos estados de Norteamérica, algunos países de Asia y focos aislados en Europa, las principales ciudades eran las primeras victimas como era de esperarse, la gente estaba tranquila, pensaban que se traba de alguna gripe aviar o algo parecido, nada de que preocuparse realmente. Otros hablaban de conspiraciones de las farmacéuticas para ganar más dinero vendiendo vacunas para enfermedades diseñadas en laboratorios, hablaban de un virus que moría a las semanas de ser inoculado si uno resistía los síntomas de la enfermedad, como resultado, los niños, los ancianos y los enfermos eran los primeros en morir.

Más tarde, durante el receso, encendió la su radio portátil y comenzó a escuchar la actividad en las bandas que tenía programadas, la central de bomberos daba ordenes a la novena compañía de bomberos para que avanzara en dirección Hospital Van Buren, el principal y más grande centro hospitalario de la ciudad, médicos y policías tenían problemas conteniendo a una horda de locos que los tenían atrapados en el noveno piso de las instalaciones principales y habían algunos pacientes colgados de las ventanas intentando escapar.

-¡te imaginas si fuesen zombis los que están atacando en el hospital!

– uuuuuu – exclamo Weipin – eso sería genial, tendríamos que activar el plan de emergencia zombi que hemos estado planeando. – Weipin comenzó a gesticular y a repetir el plan de memoria.

Para el segundo receso habían sido llamadas todas las compañías de bomberos y unidades especiales de la policía antimotines para contener la horda de locos que parecía ser cada vez más numerosa e incontrolable, los pacientes comenzaron a ser retirados del hospital y los noticieros nacionales comenzaron a transmitir.

Para cuando los jóvenes salieron del colegio y comenzaron a bajar hacía la parte plana de la ciudad, lo que los porteños llaman comúnmente “el plan” todo mundo en los locales comerciales estaba pegado en los televisores viendo en las noticias como la locura se esparcía desde el hospital y sobrepasaba a las fuerzas del orden, que impedidos de disparar sus armas de fuego hacían lo mejor posible con sus macanas y escudos para contener a una masa de aparentemente torpes y enfermos seres humanos que se abalanzaban contra ellos, los gases lacrimógenos no tenían ningún efecto disuasivo y a algunos se les veía caminar cadenciosamente como si estuviesen borrachos, las imágenes eran aterradoras,  para cuando los jóvenes se dieron cuenta, uno de los lunáticos mordía a un transeúnte que se había acercado para ayudarle, el hombre trataba desesperado de zafarse, pero al contacto con la sangre y la carne humana, la bestia había cobrado una rapidez y fuerza sobrehumana, el pobre hombre moría ante las cámaras de televisión.

Javier y Weipin se miraron mutuamente y entendieron lo que debían hacer de inmediato.

Capitulo 2. El verdadero significado de un cinturón.

Claudia miró a su oponente a los ojos, levanto su guardia esperó por la señal del sensei, al escuchar el grito elevó su pierna izquierda veloz como un rayo ganando espacio, se movió alrededor de su presa, completamente concentrada, vio la patada en cámara lenta, detuvo el impacto con sus dos antebrazos al tiempo que se inclinaba y barría la pierna de apoyo de su contrincante que cayo al suelo sorprendida, se montó sobre ella y marcó el puñetazo al rostro con un grito.

Se levantó, ayudó a levantarse a la mujer e hicieron una reverencia mutua y luego otra al sensei, a los pocos minutos, la clase había finalizado, se dirigió a los vestidores, se desembarazó del kimono y se revisó los antebrazos amoratados por el ejercicio de parar los golpes de sus compañeros, era buena en lo que hacía, la hacía sentir segura y confiada, se sentía poderosa, y lo que ella pensaba de si misma era lo único que realmente le importaba.

Llevaba diez años practicando aquel deporte de contacto, pero, el cinturón que estaba guardando en su mochila era verde, le molestaba la gente que preguntaba por el cinturón que poseía, era la típica pregunta que hacía la gente cuando se enteraba de que practicaba Karate, el interés de Claudia nunca pasó por adquirir cinturones como quien gana trofeos, su verdadero interés era ganar las habilidades mentales y físicas que harían de ella un verdadero guerrero, preparada para reaccionar ante cualquier eventualidad.

Claudia era una mujer de tez clara y pelo corto hasta las orejas, su cuerpo era atlético, bordeaba los veinte y seis años, era ingeniero civil industrial, poseía su propio departamento y vivía sola con su gata Penélope, le puso ese nombre por que se sentía como Ulises, constantemente fuera de casa debido a su trabajo y a sus actividades, e imaginaba que la menuda felina negra tejía y destejía mientras la esperaba.

Ella era inteligente, bella y fuerte, y era esa fortaleza la que la hacía sentirse intimidada a la gente que la rodeaba y además generaba un campo de fuerza que la protegía de los detestables curiosos y entrometidos, ella era agradable y chispeante siempre con una ingeniosa broma en los labios para quienes se atrevían a traspasar su caminar seguro, casi hombruno y esa seguridad intensa en si misma que generalmente apabullaba a los demás, indicándoles claramente que se sentía feliz como era y que las opiniones ajenas eran irrelevantes, su caminar solamente era una afirmación de su ser.

No le faltaban pretendientes, sin embargo deseaba algo especial, y no cedería hasta encontrarlo, por otro lado reflexionaba; meter un hombre en su vida consumiría tiempo, y ella amaba su vida estructurada de la manera en que estaba. Tenía algunos amigos y amigas, sin embargo guardaba la distancia con todos ellos, disfrutaba de su metro cuadrado y la libertad de tomar sus propias decisiones sin que nadie opinase al respecto, y pocos eran lo suficientemente inteligentes, diferentes o francos como para que ella disfrutase de su compañía.

Llegó a su departamento pasadas las once de la noche, encendió las luces y acarició a la gata que se paseaba entre sus piernas marcándola las glándulas presentes en sus aterciopeladas mejillas, se desembarazó del bolso de entrenamiento y se dirigió a la cocina americana, encendió el televisor y abrió una lata de comida para gatos que vertió en un pequeño plato amarillo. El programa de variedades mostraba a un malabarista ruso que flectaba su cuerpo de manera poco convencional mientras jugaba con unos anillos de colores lanzándolos constantemente por los aires mientras de fondo sonaba “el pajaro de fuego” de Igor Stravinsky.

Se sirvió un vaso de leche y preparo un emparedado con pan integral y jamón de pavo, masticó tranquilamente mientras se movía por el departamento ordenando las cosas para el día siguiente, planchó su camisa rayas y unos pantalones negros, echó a lavar su karategui y cocinó el almuerzo que llevaría al trabajo.

Para cuando había terminado comenzaron las noticias de media noche, la ciudadanía estaba alarmada por lo que parecía ser una epidemia de locura que se estaba esparciendo desde el hospital de la cuidad, los bomberos y las fuerzas policiales habían logrado contener a los dementes dentro del perímetro, sin embargo se reportaban focos aislados en distintas partes de la ciudad, situaciones similares se habían estado registrando en distintas partes del mundo, sobre todo en ciudades puertos y las grandes capitales, Tahití y la Isla de Pascua estaban sin emitir ningún contacto y la OMS había decretado la cuarentena de las islas, nadie podía acercarse o viajar a ellas por temor a que la desconocida enfermedad se propagase hacia otras regiones.

Un agente de la organización mundial de la salud conversaba con el periodista y le aseguraba que las medidas eran las correctas y que si bien había que tener cuidado con la higiene y el contacto con las demás personas, no había por que alarmarse ya que estaban trabajando rápidamente en una cura para la enfermedad, por otro lado el grado de contagio no era tan virulento y las autoridades locales estaban aplicando los protocolos de manera correcta.

Claudia comenzó a evaluar la situación y se dio cuenta que podría durar dentro de su casa máximo cinco días, tendría que preocuparse de sus padres que vivían a algunos minutos en los cerros de Valparaíso y podría reunirse con algunos amigos para pasar el tiempo si era necesario, luego dejó el tema de lado y pensó que estaba elucubrando demasiado al respecto de una situación que estaría solucionada dentro de poco.

Tomó un desayuno frugal y bajó al estacionamiento del edificio, se montó en su vehículo y se dirigió hacía Curauma, un nodo industrial a las afueras de Valparaíso, demoró treinta minutos en llegar, aparcar el automóvil y dirigirse hacía las oficinas del cuarto piso, saludó a su colega con un gesto de la mano, el joven de una edad parecida estaba con los audífonos puestos y golpeaba el teclado como si estuviese interpretando una sinfonía. A los diez minutos Claudia estaba haciendo exactamente lo mismo, su concentración en la pantalla era completa, incluso se comunicaba con su compañero a través del chat de la intranet para no perder el tiempo hablando, muchos de los que trabajaban junto a ellos pensaban que eran telépatas, ya que se movían y coordinaban sin hablarse.

La oficina donde trabajaba Claudia era un gran espacio dentro un edificio moderno con pilares de hormigón armado a la vista y vidrio donde se acomodaban unas setenta personas en cubículos con paredes bajas, de modo que con ponerse de pié se podía apreciar el espacio de trabajo del vecino. Ajena a lo que sucedía a su alrededor luchaba por solucionar un problema bastante interesante cuando se escuchó un grito desde el fondo de la sala.

Jenny, una de las compañeras asiáticas de estaba parada junto su compañero de trabajo que había manchado la pantalla plana de su computador con sangre y apoyaba su mejilla contra el teclado, otro de los presentes se acercó al enfermo para chequearlo, le habló y lo movió para ver si reaccionaba, por sugerencia de un tercero levanto su cabeza para que no se ahogase en el vomito sanguinolento, el joven lo tomó su cabeza por debajo se su barbilla y lo acomodo en el respaldo de la silla, el enfermo se movió rápido y dio un fuerte tarascón a quien lo estaba ayudando. Los gritos no se hicieron esperar, más y más gente se reunía a mirar la situación, el mordido salió de la sala y se dirigió a los baños dejando un reguero de sangre, nadie había como reaccionar ante el extraño comportamiento del enfermo, que se levanto tambaleándose de la silla estirando la mano hacia delante con la mirada perdida.

–          Está borracho – exclamaron algunos

–          Es la fiebre – dijo otro

–          Hay que llevarlo a la enfermería sugirió alguien más.

Para ese momento el supuesto borracho ya se había abalanzado sobre otro joven y le estaba mordiendo el cuello, los gritos de asombro y de dolor llenaron la sala, dos más trataron de separar a los jóvenes y también resultaron mordisqueados, el joven se había vuelto completamente loco y había comenzado a atacar a sus compañeros, se necesitaron tres hombres grandes para detenerlo y arrastrarlo hacia la puerta para llevarlo fuera.

Los jóvenes arrastraban a su desquiciado amigo hacia la enfermería de l edificio, pero cuando abrieron la puerta alguien se había abalanzado sobre ellos dando dentelladas, la oficina se convirtió en un verdadero caos de murmullos y gritos, los anteriormente mordidos comenzaron a sentirse mal y ardían en fiebre mientras en la puerta se desarrollaba una lucha que no se entendía, la defensa se llevaba acabo con poca efectividad y nula convicción, pues quienes estaban atacando eran los amigos y compañeros de trabajo, solo pretendían esquivar los mordiscos a empujones y gritos.

Para cuando Claudia salió de su concentración para tomarse un café y aclarar su mente, se encontró con un panorama aterrador, varios de sus compañeros huían de la oficina despavoridos mientras otros eran literalmente comidos por un grupo de al menos quince zombis, esa fue la única palabra que se le vino a la mente para describirlo, solo en sus peores pesadillas se le hubiese ocurrido un escenario como aquel, estaba encerrada en un laberinto lleno de seres que querían comerse su cerebro o algo parecido, rápidamente aclaró a su mente y comenzó a calcular las posibilidades y a planear una ruta de escape.

Tomó por el hombro a Pedro y lo levantó gritándole para que la siguiera, el joven apenas entendía lo que estaba pasando cuando Claudia repelió a uno de sus compañeros de trabajo con una patada de frente y un puñetazo en el plexo solar que lo hizo caer con los cuartos traseros sobre el piso, agarró su teclado y lo abanicó contra otro atacante, acto seguido se subió a su escritorio y saltó hacia el otro lado tratando de acercarse a la puerta, pedro la siguió con esfuerzo completamente aterrado por la sangre derramada y esparcida por todos lados y el violento comportamiento de la gente que conocía tan bien, sus rostros no eran los mismos, estaban desfigurados y su piel se había puesto amarillenta cuando atacaban solo se podía ver una mueca de hambre y dolor que le revolvía el estómago.

–          ¡Esto no puede estar pasando! – exclamó aterrado.

–          Si quieres salir vivo de aquí solo sígueme – le grito Claudia con una mirada de feroz determinación en sus ojos.

Corrieron por sobre los escritorios y vieron la puerta, un cadáver a medio comer evitaba que se cerrara por completo, mientras en las zonas aledañas un grupo de cinco lunáticos despedazaban a una mujer que movía los brazos desesperada mientras las mandíbulas desgarraban sus intestinos.

El aroma dulzón de la sangre comenzaba a llenar el aire, Claudia se sentía un poco mareada, pero su decisión de salir viva de ese lugar era más fuerte que el pánico que amenazaba con paralizarla,  pateó a otro muerto viviente en la cara para abrirse paso y saltó para agarrar el extintor que colgaba de uno de los pilares de hormigón, con el cual aplastó brutalmente la cabeza del desquiciado que había golpeado en primer lugar y que ahora trataba de morder a Pedro que aún no había saltado del escritorio.

-Rápido vamos, no te quedes atrás – le gritó Claudia.

Pedro saltó raudo obedeciendo las ordenes de su compañera cuya voz que era lo único que lo hacía reaccionar pues aún no daba crédito a sus ojos.

-Muévete – le instó ella nuevamente.

Dio un giro y pateó el rostro de otro de los monstruos que trataban de darles dentelladas, en ese momento, los seis que estaban comiendo los notaron y se levantaron lentamente, sus manos y sus ropas estaban salpicadas de sangre y restos de carne fresca, su mirada se perdía en el aire, los seres estaban olisqueándolos.

Pedro reaccionó y les lanzó una silla a los pies lo cual los distrajo por un momento, Claudia hizo lo mismo y aprovecharon para correr hacia la puerta, la joven saltó por sobre las sillas y pasó por sobre la última víctima de las bestias para empujar de una patada al colega que se interponía en su camino, abrió la puerta de par en par y esperó a que Pedro que venía detrás de ella saliera por la puerta, una joven más bien flaca de origen japonés saltó tras de ellos y  llegaron juntos a la zona de los elevadores, los tres se miraron y antes de tocar el botón para pedirlo se dirigieron sin pensarlo hacia las escaleras.

Desesperados comenzaron a bajar saltando de dos o tres escalones, no demoraron más de dos minutos en llegar abajo, Hitomi, la joven asiática se disponía a salir, pero Claudia la detuvo con un gesto de la mano.

–          Déjame ver si hay alguno de esos monstruos en la salida – dijo en voz baja, temiendo que pudiesen escucharla.

Sus compañeros asintieron con la cabeza, sostuvo el pomo de la puerta y la abrió muy despacio, la sala de espera del edificio estaba infestada de personas que caminaban con torpeza de un lado a otro, la mayoría se agolpaba en la puerta que poseía un censor de movimiento y abría y cerrada las puertas intermitentemente según los enfermos se acercaban o alejaban de ella, manteniendo atraía su atención en ese punto, había un espacio lo suficientemente grande para moverse de forma sigilosa y pasar pegados a la pared para acceder por un pasillo a una salida lateral que los dejaría más cerca del aparcadero donde Claudia dejaba su automóvil.

–          Tenemos que movernos bien callados – dijo con seguridad mientras Pedro asentía con la cabeza – yo iré última y presionaré los botones para pedir los ascensores, con suerte esto atraerá a esas criaturas y no tendremos problemas al tomar el pasillo que va hacia la salida lateral, Hitomi, tu iras primero, quiero que avancemos por detrás del escritorio de la recepción hasta la esquina, si ves algo extraño detente, la idea es salir al pasillo y de ahí tomar la salida lateral al aparcadero para encontrar mi vehículo, nos subimos y nos largamos de este lugar.

La joven asiática apretó las mandíbulas, frunció sus gruesos y sensuales labios y asintió con la cabeza, los tres salieron rápidamente, Claudia llamó a los cuatro ascensores, uno de ellos se abrió de inmediato, lo que provocó que la atención de los trastornados se fijara en la dirección que estaban ellos, algunos comenzaron a avanzar lentamente dando alaridos hacia las puertas de acero inoxidable que ya se cerraban nuevamente, los jóvenes habían avanzado por el pasillo y salían por la puerta lateral, corrieron al aparcadero en busca del vehículo de Claudia.

La Joven miró hacia la entrada y notó con pánico que había varios autos estrellados en el camino de salida impidiendo la escapatoria de cualquier vehículo.

–          La salida está bloqueada – gritó Pedro

–          Silencio –  le contestó Hitomi ellos pueden escucharnos.

Pero ya era demasiado tarde una horda de aquellas cosas que antes habían sido seres humanos caminaban hacia los jóvenes lenta pero inexorablemente, las cosas daban fuertes alaridos no modulados que atraían más criaturas que salían del edificio dando dentelladas.

–          Corran – les gritó Claudia. – mi automóvil esta un poco más allá

–          Pero no podemos escapar, la salida está bloqueada – replicó Pedro aterrado respirando acelerado con las manos temblorosas.

–          Saldremos por atrás, vamos rápido – Volvió a insistir Claudia que ya introducía las llaves en la chapa y abría la puerta del vehículo.

Los tres jóvenes estaban dentro del  carro que salió disparado del lugar en dirección a la parte de atrás del estacionamiento. El estacionamiento estaba al nivel del primer piso y avanzaba paralelo a la parte larga el  rectángulo de concreto y vidrio para luego girar en noventa grados pasando por detrás del complejo avanzando hacia un jardín con caminos de piedrecillas y pinos por los cuales los empleados de aquella empresa podían pasearse para relajarse después de sus horas de colación.

El sol estaba alto en el cielo y claudia entró rauda en el bosquecillo maniobrando para no chocar con los troncos cortados o las bancas dirigiéndose directamente hacia las rejas que cercaban el complejo, el auto se movía como una jugera al pasar por el terreno irregular Pedro gritaba del susto y Hitomi se aferraba al asiento como un gato.

Al ver la cerca la joven aceleró, estaban libres por fin, el auto saltó y atravesó la barrera de madera y metal como si fuese de mantequilla, el auto cayó pesadamente sobre el asfalto de la calle paralela a la carretera, los neumáticos delanteros se reventaron por la fuerza de la caída, Claudia estaba en lo correcto al suponer que esa la única salida disponible, sin embargo en su plan no había tenido en cuenta la altura que había entre el terreno de los jardines del complejo y la calle local.

Luego de volar por los aires la máquina se deslizó echando chispas por la fricción de las llantas contra el cemento y se estrelló contra una pared de tierra y piedras.

Capitulo 3. El Plan de Weipin y Javier

Weipin y Javier se dirigieron corriendo hacia el restauran Pekín, apenas entraron se dieron cuenta de la horrible realidad, esquivaron a una de las meseras que quería morderlos y avanzaron hacia el mostrador, su madre estaba llorando sosteniéndose el brazo.

–          mamá – gritó el niño y se abalanzó sobre ella llorando.

Javier reaccionó a tiempo y reventó un sapo de cerámica en la cabeza de la mesera que no reaccionaba más que estirando las manos para devorar a los jóvenes, Javier atrajo al monstruo hacia la cocina donde comenzaba un incendio, tomó un pesado wok que estaba colgado en la pared y descargó un fuerte golpe en el cuello de la mujer que cayó al suelo por fin.

–          Wei – gritó Javier saliendo raudo de la cocina – tenemos que irnos de acá ahora este lugar se va a incendiar toma a tu mamá y vámonos.

–          Mamá, vamos ahora dijo llorando, te pondrás bien, pero tenemos que irnos de acá.

En ese momento su mamá murió por la fiebre, el joven estaba destrozado y paralizado, y desde los comedores empezaron a aparecer una enorme cantidad de personas  caminando como si estuviesen drogadas, con las manos, la boca y el pecho embadurnados de sangre y tripas, algunos de ellos cojeaban y todos tenían una expresión extrañísima en los rostros.

–          Wei – gritó Javier nuevamente – si nos vamos de aquí ahora, nos vamos a convertir en el último menú del restauran de tu vieja, vámonos de una vez.

El pequeño niño no paraba de llorar apretándose contra el cadáver de su madre, los seres se acercaban cada ves más emitiendo unos sonidos guturales que venían del fondo de sus gargantas repletas de carne humana, Javier se desesperó y tomó a su amigo por la mochila y lo tiró hacia atrás, justo en ese momento su madre muerta le había lanzado una dentellada a su hijo, que al ver aquel rostro desfigurado por el hambre y la locura entró por fin en razón y salió disparado por la puerta del local que se empezaba a llenar de humo.

–          Cierra la puerta rápido – le pidió Weipin a Javier.

El joven lo hizo rápidamente mientras su amigo buscaba las llaves de la puerta principal en el manojo que le había arrebatado a su madre antes de salir corriendo, para cuando Javier había puerto las gruesas hojas de madera en su lugar, el joven asiático ya estaba girando accionando la chapa.

–          Se quemarán y no podrán matar a más gente – dijo el pequeño con profunda tristeza.

–          Mantengámonos firmes y continuemos con el plan, ahora debemos abrirnos camino a Insamar para  conseguir armas – replicó Javier – necesitamos algo con qué defendernos de las criaturas.

–          Luego debemos ir por la camioneta de tus padres y conseguir provisiones – agregó el pequeño mientras comenzaban a trotar.

No habían avanzado media cuadra cuando vieron a Yaween doblar la esquina, la joven de diez y seis años corría junto a su novio para llegar al restaurante. Weipin comenzó a gritarle para llamar su atención  ella lo vio y comenzó a correr en su dirección.

Javier quedó paralizado, como siempre que veía a la hermana mayor de su amigo, era un poco más alta que él con un cuerpo delgado y firme, hermosa piel dorada y esos hermosos y enormes ojos color avellana lo hacían poner cara de estúpido y tartamudear cada ves que estaba cerca de ella.

Los hermanos se llevaban terriblemente, como hermana mayor, Yaween actuaba como si fuese una segunda madre, constantemente llamándole la atención su desordenado hermano, obligándolo a hacer las tareas, estudiar y mantener el orden en su cuarto. El pequeño Wei, le desobedecía constantemente y cada vez que podía le gastaba bromas pesadas a su cargosa hermana.

–          Weipin – gritó Yaween con ambas manos en sus caderas el pecho adelante y la cola hacia atrás – ¿que hiciste? El restauran se está quemando, ¿dónde esta mamá? Le voy a contar todo lo que has hecho para que te castigue, ¿por qué tienes las llaves del negocio en tu mano?

–          La mamá esta muerta, se la comieron los zombis – contestó el interpelado recordando con dolor los últimos momentos de su madre.

–          Deja de hablar estupideces, te dije no jugaras tantos videojuegos. – paseó el índice por el rostro del pequeño mientras elevaba aún mas el tono de voz – estoy segura que tu causaste el incendio y te estas arrancando para que no te castiguen.

–          ¡cuidado! – exclamó Javier

Pero ya era demasiado tarde, al novio de Yaween lo estaban mordiendo entre tres personas y lloraba pidiendo auxilio.

–          ¡ayúdenlo! – Gritó la adolescente.

–          no tenemos nada más que hacer aquí – replicó Javier agarrando a la joven con fuerza por la muñeca y echando a correr calle abajo seguidos de cerca por su hermano menor.

–          ¿qué esta pasando aquí?

–          Parece que la gente ha jugado muchos video juegos y se convirtieron en muertos vivientes que comen carne humana – contestó Javier – si es verdad o no, no me interesa saber, pero ellos se comportan igual que los zombis de los videojuegos que tanto nos gustan a tu hermano y a mi, si te quedas con nosotros, tal ves tengas una oportunidad de sobrevivir pues tenemos un plan.

El corazón del joven bombero latió increíblemente rápido mientras pronunciaba estas palabras, nunca pensó que él pudiese emitir tales declaraciones y con tanta seguridad a la mujer de sus sueños, la joven estaba callada, consternada y había visto las imágenes en televisión pero nada de lo que estaba pasando tenía sentido, su novio había sido devorado por un grupo de locos y su hermano había incendiado el sustento familiar con sus padres en su interior y ella corría como una loca con un par de dementes que creían que estaban dentro de un video juego, el mundo estaba patas para arriba y ella no lograba decidir que era real y que no.

–          Javier – dijo Weipin – Tenemos que doblar en esta esquina, cuidado con los que están en la calle.

–          Caminen por sobre los autos que están estacionados – respondió Javier mientras saltaba sobre la cajuela del primer vehículo para esquivar un par de muertos que caminaban hacia ellos.

Los jóvenes avanzaron media cuadra sobre la fila de vehículos que estaban estacionados a la orilla de la estrecha calle, Javier vio como el dueño de la tienda se agachaba para poner el candado en la reja, soltó la muñeca de Yaween y se abalanzó sobre el enorme gordo que el verse atacado rodó por el asfalto y soltó las llaves de la tienda.

Se lanzó sobre las llaves pero cuando se levantó sintió el frío cañón de una Bereta semiautomática de quince tiros en su frente, estiró la mano con las llaves pidiendo disculpas al obeso y sudoroso hombre que lo miraba con odio.

En un rápido movimiento apartó la cabeza al tiempo que soltaba las llaves y ponía su mano derecha sobre la muñeca del panzón, con la fuerza del giro de su torso apartó el cañón que disparó a la pared, con la mano izquierda agarró firme la pistola por el cañón y la dobló en un giro de ciento ochenta grados en el sentido de las agujas del reloj, la muñeca del sorprendido atacante se doblo y su dedo se quebró.

El tiempo se detuvo por un momento, el dueño de la tienda no sabía que había sucedido, su joven asaltante no debía tener más de quince años y sin embargo había hecho un movimiento de las fuerzas especiales israelitas a la perfección y ahora le apuntaba con su propia arma.

–          Súbete al auto y anda a proteger a tu familia, estoy seguro que deben estar preocupados por ti – le ordeno apuntándole a la cara con el ceño fruncido y las mandíbulas apretadas.

El hombre no lo pensó dos veces, en el automóvil llevaba suficiente munición para un pequeño ejercito, en su tienda quedaba muy poco.

Weipin tomó las llaves y abrió la reja del local mientras el dueño aceleraba y la calle se iba llenando de criaturas atraídas por el sonido del disparo, Javier le puso el seguro a la pistola y se la puso al cinto, los tres jóvenes entraron a la tienda y bajaron la cortina, encendieron las luces y comenzaron a buscar, había ballestas, arcos, flechas, bates de baseball y espadas, cuchillos de caza, linternas y todo lo necesario para salir de campamento, a cazar o a pescar. Los jóvenes se miraron y una sonrisa se dibujo en sus rostros, sabían que habían llegado al lugar indicado.

–          Siento interrumpir su fantasía – Exclamó furiosa la muchacha – pero allá afuera está lleno de esas cosas o personas que quieren comernos y ustedes no tienen idea de cómo disparar un arma de fuego, acabamos de asaltar al dueño de la tienda y seguro que en cuanto la enfermedad esté controlada nos van a meter a todos presos, voy a llamar a nuestro padre ahora mismo para que venga a buscarnos, estoy segura que te dará una buena paliza.

–          Ojalá que los celulares estén funcionando – replicó Javier con calma mientras su amigo se mordía la lengua por contestarle algo a su irritante hermana. – llama a tu padre y también a la policía, yo he tratado de comunicarme con mis padres, pero los celulares están muertos y la internet está saturada, por si fuera poco, también he tratado con mi radio portátil, la red de emergencia no funciona y solo logro captar llamados de ayuda desesperados de algunos colegas radioaficionados, los bomberos están sobrepasados y hace un par de horas que no escucho transmitir a la central.

–          Haber si haces algo útil hermanita – agregó con desprecio Weipin – cuando llames a papá, cuéntale cómo te salvamos la vida también.

La joven guardo silencio y puso cara vinagre mientras buscaba la línea de telefonía fija del local y comenzaba a tratar de comunicarse con su padre y también con los servicios de emergencia.

Los jóvenes por su parte comenzaron a separar lo que necesitarían para salir de ahí, cinturones y chaquetillas de caza, cuchillos montañeses, linternas, cuerda una caña de pescar y el equipo necesario, bengalas unos machetes bien afilados y una catana para Weipin y un par de hachas de tiro, Javier se guardó un bate y una ballesta, separaron un arco para la Yaween y una pistola de bengalas, vaciaron las mochilas de los cuadernos y guardaron municiones para las pistolas todo lo que pensaron que podría servirles.

No pasó mucho tiempo y la manada de hambrientos comenzó a golpear y a sacudir la cortina metálica, los golpes eran seguidos de empujones que doblaban la flexible estructura, ya se había hecho de noche y la luz dentro del local los había atraído, la jovencita comenzó a llorar.

–          nadie contesta – sollozaba amargamente – ¿se habrán comido a papá?

–          silencio hermana, apaga las luces Javier, seguro que los trajo la luz.

Javier buscó el interruptor, apagó las luces y luego aseguró la cortina metálica, pero los golpes no cesaban, la presión sobre la reja era cada vez mayor, estaba claro que no resistiría mucho tiempo, Javier y Weipin se miraron mutuamente y asintieron. De inmediato encendieron la luz y comenzaron a mover los muebles formando una barricada, separaron las escopetas, bajaron un bote que estaba colgado en el techo y lo pusieron como segundo obstáculo, y luego se fueron a la entrada de la trastienda, acercaron una mesa y juntaron las escopetas de caza, las pistolas y los rifles con sus respectivas municiones, Weipin y Javier dispararían y Yaween iría recargando las armas,  los jóvenes no tenían mucha experiencia disparando armas de fuego, por lo tanto su única esperanza era la cantidad y la rapidez de los disparos, las escopetas eran una prioridad por que no necesitaban gran precisión.

La cortina estaba cediendo, los monstruos gritaban cada vez más fuerte y los jóvenes estaban cada ves más ansiosos, la jovencita lloraba mientras practicaba la recarga de los cargadores de pistolas y repasaba como colocarles los cartuchos a las escopetas.

El sudor chorreaba por sus frentes, tenían la boca seca y les tiritaban las manos, Javier decidió usar en primer lugar la pistola para disparar una gran cantidad de veces rápidamente, mientras que Weipin lo haría en primer lugar con la escopeta recortada.

–          ¿Estas seguro que podrás dispararles a esas personas Javier?

–          No tengo la menor idea, se que no soy un asesino, pero ellos no son personas son zombis.

–          Siempre supe que eras un asesino

–          Cállate de una ves chino molesto, solo espero que seas capas de abrir fuego cuando sea necesario, no quiero que nos convirtamos en carne mongoliana.

La cortina cedió, el royo metálico cayó desde donde estaba empotrado sobre la primera fila de los hambrientos aplastándolos y dejándolos inmovilizados abriendo y cerrando las mandíbulas, los demás avanzaron torpemente  y chocaron con los muebles,

Dudaron por un segundo, sin embargo el aspecto de aquellas criaturas no era para nada humano, su mirada era errática como si estuviesen ciegos y se guiasen por el olfato y por el oído, sus expresiones faciales eran de locura y estaban todos andrajosos y manchados de sangre con aspectos tan horribles que ni los más extremos videojuegos podrían haberlos preparado para lo que estaban enfrentando.

Los jóvenes abrieron fuego nerviosamente, los disparos en los brazos y en el torso no lograban más que retrasar su avance, era impresionante como los disparos de escopeta arrancaban los brazos de las criaturas y estas, a pesar del daño producido en sus cuerpos seguían avanzando sin importarles nada más que su incontenible deseo de comer carne humana.

–          ¡a la cabeza! – Gritaba desesperado Javier – apunta a la cabeza.

–          Eso estoy tratando de hacer – le respondía Weipin mientras resistía los potentes culatazos de la escopeta lo mejor posible.

La mesa y todo el piso alrededor de sus pies comenzó a llenarse de casquillos, viruta y cartuchos, el olor a pólvora quemada llenaba el lugar mientras los jóvenes resistían las oleadas de hambrientos y mejoraban su puntería, los monstruos sin embargo ya habían traspasado la primera barricada y tropezaban sobre el bote que estaba quedando hecho pedazos por los perdigones, pero los jóvenes no perdían la compostura, su sangre se enfriaba a cada minuto y su nivel de aciertos mejoraba, los cadáveres estaban formando un montón que se convirtió en una barrera que retrasaba a los otros dementes y les permitía seguir disparando manteniendo la distancia entre ellos y los hambrientos.

Luego de cuarenta y cinco minutos de fuego constante, el efecto de la adrenalina comenzaba a disminuir, los jóvenes comenzaron a sentirse fatigados, sudaban copiosamente, sentían un pitido en los oídos y comenzaron a fallar los tiros, los monstruos comenzaron a ganar terreno nuevamente.

–          ¡Animo Wei! mientras estemos vivos hay que seguir disparando.

–          Estoy cansado amigo

–          ¡Sigue disparando Weipin! – Gritó la adolescente – como tu hermana mayor te lo ordeno.

Weipin apretó las mandíbulas y frunció los labios con ganas de apuntarle a su hermana, los jóvenes aguantaron una nueva oleada de hambrientos, podían escucharlos detrás de la montaña de cadáveres que los protegía momentáneamente, Javier miró hacia la mesa de las municiones y cayó en cuenta de lo terrible de la situación, había una enorme cantidad de dementes allá afuera y para salvarse tendrían que abrirse paso luchando cuerpo a cuerpo, ellos eran solo niños y sabían que su situación era desesperada, si no se les ocurría algo pronto, se convertirían en comida.

Capitulo 4. Los cerros de Valparaíso se desgranan.

Hubo un buen rato de silencio, antes de que ninguno pudiese digerir la situación en que se encontraban, Pedro trató de hacer algunas llamadas con su celular pero el aparato estaba muerto, se tocó el cuerpo y trató de moverse, soltó el cinturón de seguridad, abrió la puerta del lado del conductor y ayudó a las aún aturdidas Claudia y a Hitomi a salir de la lata abollada en que se había convertido el automóvil.

–          y aún no he terminado de pagarlo – exclamó Claudia encorvada por el dolor.

–          Tenemos que salir de este lugar ahora – la interrumpió Hitomi

–          El celular no funciona, está muerto – dijo Pedro – ¿que vamos a hacer? Yo quiero volver a Rancagua a ver si mis padres están bien, o advertirles para que no salgan de la casa.

–          Esto es como en las películas, yo tengo que volver a mi departamento, y nosotras vivimos en el mismo edificio, yo tengo comida almacenada como para un mes, ahí nos podemos refugiar y esperar que las autoridades arreglen la situación.

–          Creo que Hitomi tiene razón – dijo Claudia, hay que ver como salimos de Curauma y llegamos a Valparaíso, necesitamos un vehículo, no sabemos cómo está la situación en la ciudad o en los alrededores.

–          Yo pienso que lo más adecuado y asertivo que podemos hacer es esperar aquí, seguir intentando con los teléfonos. Estoy tratando de comunicarme con mis padres pero no contestan – agregó el joven encorvado mientras tecleaba el teléfono que le había entregado Claudia.

–          Pedro – replicó – Claudia – si nos quedamos aquí, esa horda de enfermos va avenir tras nosotros y nos va a comer.

–          ¡Claudia! – gritó Hitomi – hablando del diablo.

Los jóvenes se voltearon y observaron atónitos como sus antiguos colegas caminaban tambaleantes hasta el pequeño acantilado por donde el vehículo de Claudia había saltado y caían de bruces en el pavimento para luego ponerse de pié como si nada hubiese pasado, dar un aullido gutural y avanzar hacia ellos con las fauces abiertas.

Claudia avanzó sin vacilar, tomó impulso, llevó su rodilla al pecho, inclinó su cuerpo y luego se estiró con fuerza dando una patada en el pecho del primer desquiciado que salió expulsado tres metros hacia atrás y calló sobre otro de los que venían recién levantándose, sin perder el tiempo se agachó y barrió a otro, se levanto aprovechando el giro de su cuerpo y saltó dando una patada en pleno rostro de un tercer hambriento, su cuello sonó al fracturarse, ese, no se levantó más.

El primero y el segundo se estaban poniendo de pié nuevamente y ya se había formado un grupo de siete lunáticos de aspecto asqueroso que avanzaban hacia ellos, sus ropas estaban sucias de tierra, sangre coagulada y pedazos de carne y piel, la humanidad de sus rostros se había perdido, sus caras estaban pálidas y sus ojos inexpresivos, algunos presentaban profundas laceraciones producidas por mordidas o arañazos.

Claudia estaba muy cerca de la manada de salvajes seres humanos, dos de ellos avanzaron rápido hacia ella; en una reacción refleja, fruto del constante entrenamiento, pudo rechazar al primero con una patada de frente que ejecutó a la perfección, lanzando al enemigo sobre otros dos retrazando su lento avance, los afilados dientes del segundo estaban a punto de hendir su carne cuando sintió un ruido metálico cerca de ella, Hitomi había tomado la llave de cruz, que se usa para cambiar los neumáticos pinchados del maletero y había corrido al rescate, incrustándola en el cráneo del hambriento que cayó moviéndose espasmódicamente, mientras los demás avanzaban impertérritos sobre el grupo de jóvenes sanos, los enfermos mentales no se detenían ante nada ni se sentían amedrentados por las audaces maniobras defensivas de las jóvenes, ellos solo avanzaban hasta su objetivo para comer, al parecer la única necesidad que guiaba su comportamiento.

–          Yo lo conocía – Exclamó Pedro, que tambaleaba aferrado al automóvil sin dar crédito a lo que veía – esto no puede estar pasando, no puede ser posible – repetía murmurando el joven con el celular en la mano.

–          Larguémonos de este lugar ahora – Claudia tomó a Hitomi de la mano y corrió hacia Pedro – corre amigo mío, no es el momento para paralizarse ahora vamos.

Ver a los desquiciados caer desde dos metros de altura y rebotar de bruces en el pavimento hubiese sido gracioso, si aquellas criaturas no se levantasen después para tratar darles un mordisco, pensaba Claudia mientras corría arrastrando a Pedro.

Los zapatos de los jóvenes golpeaban el pavimento, las gotas de sudor caían de sus sienes y sus frentes y sus pechos subían y bajaban agitadamente, algunos vehículos pasaba a toda velocidad por la carretera a su izquierda, podían ver el paradero de la locomoción colectiva unas cuadras más adelante.

En ese momento, sintieron un automóvil pasar detrás de ellos, los tres reaccionaron al unísono e hicieron señas esperezados cuando lo tuvieron a la vista, pero el furgón no se detuvo, en cambio aceleró y se estrelló contra una barrera de contención que le destrozó el motor, el radiador y el parabrisas, provocando una fuga de agua, petróleo y aceite, corrieron un poco más para ver si el conductor de vehículo estaba vivo, con precaución, Claudia se acercó lentamente por el lado del conductor, el concreto estaba incrustado en la cabina del vehículo petrolero, el hombre estaba atrapado entre el manubrio y el asiento, la mitad de su rostro estaba hecho pedazos y tenía una mordida en su mano izquierda de aspecto gangrenoso, el chofer levantó la cabeza y miró a claudia con los ojos en blanco haciendo un último esfuerzo para articular una frase que jamás salió de sus labios.

Con las manos temblorosas y la respiración agitada, Claudia estiró la mano y puso dos dedos sobre el cuello del hombre, no había pulso, luego puso los dedos bajo su nariz y tampoco pudo percibir respiración alguna, no valía la pena sacarlo de ese lugar, el hombre ya estaba muerto.

–          Está muerto – les dijo – hay que continuar hasta Placilla y encontrar una forma de bajar a  Valparaíso.

No había terminado la frase cuando tubo que esquivar una dentellada, el hombre había vuelto a abrir los ojos con una capa lechosa sobre ellos, había parado de sangrar y se movía convulsivamente tratando de hincarle el diente a alguien.

–          ¡Dijiste que estaba muerto! – exclamo Pedro llano de pánico.

–          ¡Estaba muerto! – respondió la interpelada

–           no es nada de extraño que haya muerto y luego haya querido mordernos, es lo que hacen los Zombis – Replicó Hitomi.

–          ¿Zombis? – exclamo Pedro – eso pasa en la fantasía, en los cuentos y en las películas, esto es la realidad, Chile, Valparaíso, aquí no pasan estas cosas.

–          Tiene sentido – dijo Claudia – pero tenemos que continuar avanzando, si nos comen esos lunáticos no podremos dilucidar que es lo que está sucediendo y vienen detrás de nosotros.

–          Deja de quejarte como una niña, eres el hombre del grupo y lo único que haces es lloriquear, si quieres quedarte hazlo.

–           Vamos Pedro – lo alentó Claudia – estamos todos enfrentados a una situación extraordinaria, nadie sabría cómo reaccionar, tu mejor oportunidad es quedarte con nosotras, una vez en Valparaíso podremos planificar mejor nuestro plan de acción, adelante se ven algunos autos abandonados, si tenemos suerte podremos tomar uno para bajar a la ciudad.

Pedro asintió mirando a la japonesa con rencor, Claudia le palmeo el hombro y comenzó a caminar liderando el grupo. La manada de hambrientos se acercaba a ellos lenta y torpemente, el grupo apretó el paso  hacia el paradero donde se veían varios vehículos chocados, entre ellos un camión de grandes dimensiones y una camioneta roja orillada con la puerta abierta en la cual Claudia había puesto sus esperanzas.

En ese instante, un estruendo rompió el silencio, un arma de fuego había sido disparada cerca de ahí, el grupo se agachó instintivamente mientras trataban de ubicar la fuente del sonido, una sirena se sumó al coro y luego pudieron escuchar la voz amplificada de un hombre.

Avanzaron una corta distancia hasta llegar a la intersección, justo en la salida del paso bajo nivel que une placilla oriente con placilla poniente una pareja de policías trataba de llamar al orden a un grupo de desquiciados, al ver que el grupo estaba devorando a un pequeño niño, el joven efectivo de carabineros había abierto fuego a discreción vaciando su revólver calibre treinta y ocho de seis rondas, el cañón humeaba y un fuerte olor a pólvora quemada llenó el aire, las manos del joven oficial tiritaban al ver que los seres se abalanzaban sobre su compañero sin mostrar la menor señal de dolor después de haber sido acribillados a pocos metros de distancia.

Claudia, Hitomi y Pedro observaban impotentes la espantosa escena, cuando el grupo termino con el infante, se dirigieron inmediatamente a la patrulla, los hombres de la ley opusieron dura resistencia pero la abrumadora superioridad numérica de los hambrientos pudo más que el entrenamiento y las armas de fuego que fueron descargadas inútilmente sobre el cuerpo de los desquiciados, los huesos crujieron espantosamente bajo las mandíbulas ensangrentadas e insaciables de aquellos monstruos.

–          No se queden ahí parados – susurró Claudia – tenemos que movernos, vamos hacia la camioneta roja.

El grupo se apresuró, Hitomi se dirigió rápidamente hacia la camioneta, sin embargo las llaves no estaban por ninguna parte, Pedro miraba hacia todos lados buscando un auto que revisar, la muchacha les avisó con señas que no había tenido suerte, Claudia había revisado ya un auto verde pequeño y un colectivo, Pedro subió tímidamente a un microbús de color naranja que estaba con un neumático sobe la acera.

–          La micro tiene las llaves – avisó el joven – ahora podemos irnos de este infierno, vamos suban.

–          ¿Quien conduce? – pregunto la japonesa – yo solo manejo automáticos, no se pasar los cambios.

–          Muévete – Exclamó Claudia – yo manejo, Hitomi revisa que no haya ninguno de esos hambrientos escondido dentro.

–          Todo despejado – respondió la joven con alivio un momento después.

Giró la llave con los dedos y apretó el pedal del embrague a fondo, el motor petrolero de cuatro cilindros en línea se encendió con un rugido ronco y metálico, apretó el acelerador  y acomodó sus manos sobre el amplio manubrio, jugó con los botones del panel a su izquierda hasta encontrar el que cerraba las puertas de atrás y adelante, las cerró justo a tiempo pues apenas las hojas se juntaron los hambrientos comenzaron a golpear las puertas moviéndolas peligrosamente, Pedro y Hitomi miraban las puertas atentos por si las criaturas lograban abrirse paso, Claudia levantó el pie del embrague de golpe mientras aceleraba, el tubo de escape escupió una bocanada de humo negro y luego azul al tiempo que avanzaba hacia adelante moviendo un auto plomizo que obstaculizaba su paso.

El grupo comenzaba a respirar más tranquilo mientras la máquina avanzaba hacia la carretera y la horda de hambrientos quedaba atrás.

–          Eso estuvo cerca amigos míos – exclamó Claudia con un suspiro

–          Todavía no llegamos a nuestro edificio, no podemos bajar la guardia – replicó Hitomi mientras miraba con desprecio a Pedro.

Bajaron por la carretera sin ningún problema, pudieron apreciar varios vehículos de distintos tamaños estrellados en la rotonda que separa las entradas hacia Viña del Mar y Valparaíso, la Joven bajo la velocidad inicial y comenzó a esquivar vehículos, los cuales se hacían más abundantes en la medida que avanzaban, la carretera bajaba en una aguda pendiente por una quebrada, dejando dos cerros a derecha e izquierda, pasaron por el lado de un furgón que se estaba incendiando y luego rodearon un choque múltiple, la calma inicial dio paso a la desesperación, el panorama no se veía para nada alentador, estaban entrando de lleno a una trampa mortal, y a pesar de que sus instintos les gritaban que no siguieran adelante, ninguno emitió sonido alguno ni le pidió a los demás que se detuvieran, estaban decididos a seguir con el plan hasta el final.

Bajaron un par de kilómetros más hasta donde el terreno se hacía más plano antes de que la pendiente de la carretera se hiciese más pronunciada, les faltaba muy poco para llegar a la a avenida Argentina, el camino había estado relativamente despejado hasta ese punto, donde existía un paso sobre nivel y caminos principales para subir a los suburbios que se encontraban en los cerros que flanqueaban la ruta, en este punto la densidad de viviendas era enorme y una gran cantidad de transporte urbano bajaba por esos afluentes, en la saluda más amplia, la que bajaba desde “tierras rojas” y “rodelillo” se había producido una colisión entre un microbús y un camión, el contenedor se había caído y aplastaba a otro vehículo, el camión había atravesado la ruta de lado a lado destrozando las barreras de concreto que separan los sentidos opuestos de la carretera, un bus interprovincial había sido alcanzado y se había volcado sobre un pequeño “citycar” convirtiéndolo en una masa de metal achurruscado, los vehículos que venían detrás no corrieron mejor suerte, los conductores venían escapando de la ciudad desesperados y colisionaron a toda velocidad unos detrás de otros provocando un catástrofe automovilística y un embotellamiento que dejó inutilizada la principal vía de escape que tenían los porteños.

Se detuvieron sin apagar el motor, la escena era espeluznante, la única manera de bajar era caminando, el sol bajaba frenéticamente hacia el horizonte, la luz dorada y cálida del atardecer y el silencio inusual que reinaba en el lugar les produjo una extraña sensación de paz, solo el catastrófico paisaje les recordaba la urgencia con la cual tenían que moverse.

–          Prepárense para moverse a pié – dijo Claudia con decisión y le pasó una luma a Hitomi – este debe ser el palo que usaba el chofer para ahuyentar a los asaltantes – Pedro, busca algo con que defenderte.

–          Y tú, ¿con que vas a pelear? – dijo Pedro asustado.

–          Yo solo necesito mis puños amigo mío, no te preocupes por mí.

Pedro buscó desesperado dentro del microbús pero no encontró nada que le pudiese servir, el joven solo tenía el celular de Claudia en la mano. Ella mientras tanto, había roto la tela que cubría el asiento del piloto comenzó a vendarse las manos los antebrazos, los codos y las canillas, Hitomi comenzó a destornillar la palanca de cambios del microbús, una vara hierro forjado de un metro veinte de largo con una bola de resina en su extremo era un arma perfecta para destruir los cráneos de las criaturas.

–          ¡Úsala bien¡ no quiero arrepentirme más tarde – le dijo mientras le pasaba el arma.

Pedro no le dijo nada, recibió la palanca de cambios con obvio temor en su rostro, lo cual enfurecía a la japonesa que sabía que no podía confiar en el para que le cubriese las espaldas, no había nada más despreciable para ella que un hombre pusilánime y cobarde como Pedro.

Claudia abrió las puertas del microbús y saltó hacia la carretera, los dos jóvenes la siguieron sin dudarlo un instante, su respiración era agitada debido a los nervios, comenzaron a avanzar rápidamente entre los vehículos mirando hacia todos lados, la oscuridad se cernía sobre ellos como un lobo, y vieron con terror como los cerros de Valparaíso se desgranaban lentamente, los hambrientos venían bajando por las calles principales en pequeñas cantidades al principio y luego en piños que se hacían cada vez  más numerosos.

Avancen rápido, la velocidad es nuestra única ventaja, si ven alguno delante de nosotros  golpéenlo y sigan adelante – les ordenó Claudia mientas aumentaba la velocidad de su trote.

Habían golpeado por lo menos a media docena de lunáticos en su frenético descenso pasando rápidamente entre los automóviles, viendo como los hambrientos que bajaban por su lado izquierdo se estrellaban contra la barrera de concreto y la reja que impedía que los transeúntes imprudentes cruzaran la carretera por lugares no habilitados algunos de ellos aún se alimentaban de los accidentados y solo se volteaban para husmearlos mientras ellos corrían desesperados por salvar sus vidas.

Cuando llegaron a la avenida Argentina, estaban empapados en sudor, respiraban con dificultad y Pedro se tocaba el costado evidenciando una puntada de dolor producida por la fatiga, sus pies estaban ardiendo y palpitaban, la luz se había retirado ya y solo la tétrica luz naranja de la luminaria pública luchaba con las tinieblas de la noche, tenían una horda de zombis detrás de ellos y la ciudad era un campo de cadáveres a medio comer, varios desquiciados ululaban sin rumbo fijo y a lo lejos se veía un grupo que hacía presión contra una reja que se doblaba a cada embate a punto de ceder.

Los jóvenes estaban agotados pero sabían que su única oportunidad de sobrevivir era seguir corriendo.

Capitulo 5. El radio Club.

Hubo un buen rato de silencio, antes de que ninguno pudiese digerir la situación en que se encontrab

Un grito en las montañas

En un lluvioso día de invierno rotundo Una jovencita se aleja de su ruka Es la madre del valiente Orompelo Que urge en el vientre por ver la luz del mundo.

Cobijada por ancianas araucarias Entre los picos de una cordillera milenaria Avanza la parturienta pisando con suavidad la nieve Desafiando a leones y cóndores, el héroe a la vida viene.

Con las piernas tambaleantes metidas en el río Grita los estertores de su embarazo En una ofrenda de sangre, placenta y brío. Rota por el pueril llanto que cae al agua sin buscar los brazos

Un halcón se posa en la rama de un roble Un potro abreva frente a la nueva madre Un trueno acalla a los espíritus del aire Es Pillán que bendice al neonato con su sangre.

El infante ha caído al agua y nada por su vida Tal es la costumbre de su raza y de sus dioses Solo los más fuertes pueden alzar sus voces E imponer al destino su voluntad empedernida.

Con su vientre plano y su amoratado trofeo Que ya busca sus vírgenes pezones La mujercita vuelve adolorida y orgullosa La leche abunda en los pechos de la moza.

La criatura duerme plácida aún sin nombre Esa es la herencia de su abuelo reclamada al hacerse hombre Lo recibirá más tarde cuando demuestre su valía En competencia con sus hermanos de otras madres.

En medio del bosque crece, caza y se alimenta Entrena, estudia y se convierte en un guerrero Esta es la historia de Orompelo El campeón mapuche de Nahulebuta.

Amelia

Parte de la antología de cuentos eróticos PORNOLOGIA, una muestra de lo que puedes encontrar en este libro que está disponible en Antártica Libros.

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Hola, me llamo Amelia, tengo 16 años, curso segundo medio, quiero ser astrónoma y llegar virgen al matrimonio. Como no me va muy bien en el colegio mi mamá me sugirió que le pidiese a mis amigos en cursos superiores que vinieran a ayudarme con las materias, sobre todo con matemáticas. Es que para ser astrónomo hay que estudiar primero una licenciatura en Física o Matemáticas porque la Astronomía es la aplicación de la Física y las Matemáticas al entendimiento del comportamiento de los cuerpos celestes. El astrónomo en realidad es un astrofísico. Se le llama Astrónomo más por una tradición que otra cosa. Las tradiciones son importantes, como la de llegar virgen al matrimonio, por ejemplo.

Hoy viene Matías, él está en cuarto medio, las matemáticas se le dan fácil, lo mismo que el atletismo. Sus ojos son color avellana, sus manos son grandes y sus uñas bien cuidadas. Sus zapatos normalmente brillan y tiene una manera particular de anudarlos en la cual las dos orejas del nudo cuelgan hacia afuera. Usa un cinturón delgado de cuero y la camisa dentro del pantalón. El nudo de su corbata va normalmente suelto a dos centímetros del cuello abierto que deja ver sus pelitos del pecho. Siempre que pienso en él tirándose al agua, en sus rizos azabache y su piel bronceada por el sol, en esos hombros poderosos y esa sonrisa perfecta, me dan muchas ganas de romper mis votos, solo pensando en Gabriel, mi párroco, logro controlarme.

Gabriel siempre me dice que tengo que imaginarme en el confesionario, relatando los pecados que estoy a punto de cometer, contándoselos a él. Yo a Gabriel le tengo absoluta confianza y me entrego por completo a la hora de la confesión; todos mis malos pensamientos, mis tentaciones y pecados se quedan en ese lugar, y pago las penitencias que me asigna tal como mi madre me enseñó a hacerlo; de rodillas ante el altar.

Matías me habla lentamente, me mira a los ojos y repasa los números repitiendo los pasos que debo seguir para resolver la ecuación de segundo grado, yo solo le miro su dentadura perfecta y sus carnosos labios, desde donde sale esa voz melodiosa que para mí no es más que un ruido de fondo. Asiento con la cabeza, él sonríe y me desordena el cabello como si fuese una niña pequeña. Yo no soy una niña pequeña, pero Matías no me ve de otra forma. A él le gustan las mujeres mayores, me lo dijo una vez, su mujer ideal es una de treinta y cinco años, como mi mamá.

Mi madre trae salame, queso, papas fritas y una cerveza helada para Matías, que agradece tomando un largo sorbo, el cual me permite observar como la manzana de adán sube y baja en su grueso cuello con cada trago. Siento ganas de lanzarme sobre él y llenarlo de besos, pero me contengo. Los exámenes de fin de año son en dos semanas más y necesito entender la materia, no puedo perder el tiempo pensando en desabotonar la camisa de Matías, de enredar mis dedos en sus ensortijados cabellos, de acariciar sus amplios pectorales…

Mamá nos interrumpe, quiere saber si Matías puede ayudarla a abrir un tarro de conservas, él dice que sí y me deja haciendo ejercicios que apenas si entiendo. Mamá suele pedirle a Matías que la ayude con tareas domésticas cuando estudiamos, es que papá es el único hombre de la casa y casi nunca está debido a su trabajo. Quiero resolver los ejercicios para que Matías esté orgulloso de mí cuando regrese, pero no logro concentrarme en logaritmos ni las funciones imaginando el tarro de conservas que mamá le ha pedido que abra… el grueso cilindro de vidrio entre sus muslos y sus enormes y fuertes manos alrededor de la tapa de metal, sus brazos nervudos y ese hermoso rostro con el ceño fruncido al hacer el esfuerzo…

Cuando llega papá me saluda con un piquito en la boca y una palmadita en las pompas, mis amigas dicen que es raro, que sus papás no las tocan de esa manera, creen que mi papá es guapo y me envidian porque es cariñoso conmigo y me consciente en todo, y es que yo sé como hacer que mi papá diga que sí, pero eso no se los cuento a ellas. Roberto, el psicopedagogo del colegio, dice que las niñas tienden a enamorarse de los padres cuando están más chicas. Complejo de Electra le llaman, pero no es mi caso. Papá tiene cincuenta y ocho años, pero representa mucho menos; es alto, de quijada cuadrada y ojos verdes, usa su cabello castaño con canas en las sienes y forma el marco perfecto para su nariz perfilada. Es gerente de una gran empresa y está muy enamorado de mi mamá que es joven y bonita. Ella tenía dieciocho años cuando quedó embarazada y mi papá estaba tan contento que dejó a su otra esposa, que no le quería dar hijos, y se vino a vivir con nosotras.

Para mí, papá es el hombre perfecto y Roberto dice que no hay nada de malo en que yo lo vea de esa manera. Una hija que acaricie a su papá en los lugares adecuados obtiene absolutamente todo lo que desea, dice mi mamá. Y Gabriel está de acuerdo, dice que mi papá tiene todo el derecho de tocarme donde quiera y yo quiero ser una buena niña así que para mí todo está muy bien.

Tomo el maletín de papá de sus manos y lo llevo a su estudio, lo coloco sobre el escritorio y él se arrellana en el berger de cuero, yo me siento en sus piernas y le acaricio la frente, le acomodo el pelo, le beso las mejillas y con mucho cuidado dirijo mis manos a su corbata, la acaricio suavemente desde la punta hasta el nudo, lo suelto un poco e introduzco mis dedos entre las vueltas de la seda, deslizándola lentamente mientras le pregunto cómo ha estado su día y él me cuenta poniendo la mano en la mitad de mi muslo, así me hace saber que necesita liberar tensiones. Yo dejo la corbata en el escritorio y le desabrocho un par de botones de su camisa para luego masajear su cuello, me encanta cuando mi papá suspira y se relaja por fin, olvidando su trabajo.

Matías se ha ido y yo no me he dado cuenta pues me he dedicado a hacer sentir bien a papá, mamá dice que vendrá mañana sin falta a revisar mis ejercicios, y ya es hora de dormir.

Al día siguiente salgo de mi casa corriendo, como siempre apenas he alcanzado a tomar desayuno, llevo la tostada con mantequilla colgando de la boca, es el quinto bocinazo del furgón escolar, una van amarilla conducida por el tío Guillermo, un hombre robusto de barba abundante y pelo negro. Su voz es ronca y poderosa y sus manos gruesas sostienen el volante con firmeza. El tío Guillermo es muy simpático conmigo, y me tiene reservado el asiento del copiloto, lo único malo es que soy la primera que pasa a buscar y la última que deja cuando nos trae de vuelta, y es que yo vivo en los suburbios. Apenas me subo me pregunta si me abroché el cinturón de seguridad, se detiene en la esquina y lo revisa con cuidado.

—A ver, Amelia, dejarme revisar si te lo pusiste bien —me dice mientras sus manos comprueban el seguro y sus gruesos dedos rosan mi cadera—. ¿Te imaginas que le diría a tu mamá si te pasa algo por que no revisé si tenías bien puesto el cinturón? —agrega con severidad mientras sus manos recorren la gruesa huincha ploma. Cuando llega a la altura de mis pechos se detiene, puedo sentir su aliento muy cerca de mi cuello, sus nudillos rozan mis pezones mientras comprueba la tirantez   de la faja.

—Mi trabajo es cuidarte hasta que lleguemos al colegio, hasta que te deje frente a la puerta del colegio eres mi responsabilidad —dice y yo cierro los ojos imaginando esos gruesos dedos entre mis muslos, jugando con los bellos de mi pubis, tratando de entrar entre mis labios vaginales, descubriendo la humedad y la calentura que me embargan cada vez que el tío Guillermo revisa el cinturón. La verdad no sé qué me pasa cuando se acerca a mí, su cuerpo grueso y poderoso me da una mezcla de miedo y deseo.

Cuando termina la inspección mis mejillas están rojas. No le quito la mirada a su entrepierna en todo el viaje, puedo notar como un enorme bulto palpita bajo la mezclilla y estoy a punto de estirar la mano para tocarlo cuando se sube el segundo pasajero. Tengo que conformarme con imaginar las manos del tío Guillermo en mi cabeza y mi boca llena de su carne y su leche de hombre. Lo imagino desnudo, gordo y peludo, moviéndome de un lado para otro con su gran fuerza, el hueco que se marcaía en sus nalgas si me penetrase salvajemente, su rostro pervertido mientras me tira el pelo, pegándome en las nalgas gritándome groserías, imagino su enorme pene entrando en mí con dificultad y apenas puedo controlar los deseos de tocarme pensando en tener a ese viejo feo como una morsa dentro de mí.

Apenas llego al colegio busco a Cecilia, ella es flaquísima, de pelo negro azabache muy liso, muy callada y muy inteligente, le va muy bien en lenguaje y dice que quiere ser poeta, supongo que por eso conversamos bastante, yo siempre le hablo de las estrellas y las constelaciones y de los compañeros de cursos superiores como Matías que van a mi casa y usan la piscina. Cecilia también va a mi casa, se queda a dormir y usamos mi telescopio para mirar la luna y los planetas. Fumamos marihuana que trae ella, conversamos de nuestros planes para el futuro y me lee sus hermosos versos. Estoy segura que algún día ella será famosa. A mi mamá le gusta Cecilia, dice que es bueno que tenga amigas con quienes conversar cosas de niñas, no es que no converse con mamá, a ella le cuento todo lo que me pasa, pero me anima a invitar a Cecilia a casa los fines de semana. Su mamá siempre se queda mucho rato tomando vino y conversando con mis padres antes de irse, supongo que esa amistad entre nuestros padres nos da la confianza que necesitamos para ayudarnos en nuestras necesidades más profundas.

Cecilia realmente es como una hermana para mí. Ella sabe muy bien lo que necesito en las ocasiones que el deseo me supera y me acompaña al baño de niñas sin hacer preguntas. Nos metemos rápidamente a uno de los cubículos y ella se sienta en la taza, se saca los lentes y los guarda en el bolsillo de su delantal, yo me levanto la falda tableada y ella me baja los calzones, entonces adelanto mi pelvis para que meta su barbilla entre mis muslos. Me gusta poner mi mano en su nuca mientras me lame, Cecilia sorbetea al principio pues estoy empapada, sus manos aferran mis nalgas y las abren mientras incrusta su lengua en mi vulva hinchada y luego la enrosca suavemente en mi clítoris haciéndome ver estrellas. Comienzo a sentir un calorcillo en mis mejillas y Cástor y Pólux se dibujan en mi retina. Cástor tiene su propia asociación estelar en la cual están Vega, Piscis Asturini, y Fomalhaut, la boca de pez, la boca de Cecilia que bebe de los espasmos de mi orgasmo.

Debo morderme la corbata para que las compañeras que orinan al lado y las que se maquillan en los lavamanos no escuchen mis gemidos. Entonces suena la campana y Cecilia sale de entre mis piernas temblorosas sonriendo, me saca los calzones empapados y los guarda en su bolsillo, yo tomo el par extra que traigo en la mochila, invariablemente de algodón blanco con pequeñas florcitas estampadas, y me los coloco antes de salir corriendo a la formación.

Me alegro de poder contar con una amiga como Cecilia, ella me ayuda a no pecar, a aguantar las ganas que tengo de dejar de ser virgen, pero sé que mi amiga no estará para siempre conmigo. Roberto, el psicopedagogo del colegio, dice que es normal tener esta energía sexual acumulada debido a la cantidad de hormonas que corren por mi cuerpo, además me dijo que eso de llegar virgen al matrimonio solo ayudaba a reprimir mis impulsos, generando una neurosis y haciendo que estos se vuelvan más salvajes y retorcidos. Me habló de varias aberraciones, e incluso me mostró imágenes de mujeres amarradas y golpeadas por látigos y fustas. A mí aquellas prácticas me parecieron bastante interesantes, sobretodo porque no había penetración. Roberto me dijo que esas cosas trataban de sublimar el impulso sexual por medio del dolor y el sometimiento, yo creí que era una opción viable hasta que sentí su miembro caliente y duro contra mi hombro, la verdad no pude evitar estirar mi mano para tocarlo mientras un hombre maduro paseaba a una chica con un collar de perro y una correa. Cuando Roberto se bajó la cremallera del pantalón y pude ver su enorme pene frente a mi rostro, se me hizo agua la boca y mis labios se abrieron automáticamente, avancé lentamente hacia el glande amoratado y puse mis labios a su alrededor mirándolo a los ojos.

—Amelia —suspiró Roberto cerrando los suyos y echando la cabeza hacia atrás pensando que yo iba a continuar, esto me sacó del trance en el que había entrado.

—Creo que debo ir a confesarme —dije y me levanté dirigiéndome hacia la puerta de la oficina. Él guardó su virilidad y cerró su laptop rápidamente. Yo me fui directo donde Gabriel, quién me felicitó por mi fuerza de voluntad, pero me hizo pagar de forma dolorosa.

Después de eso Gabriel me hizo volver donde Roberto y pedirle disculpas por haberlo tentado, él se disculpó también y desde ese día guarda su distancia. Conversamos temas interesantes por supuesto, y trata de guiarme para que me concentre en clases ya que normalmente me distraigo mirando los bultos de mis compañeros y profesores. No me gustan todos, pero es un sufrimiento para mí estar rodeada de tantos hombres. Sé que la mayoría son unos idiotas, que si se los ofreciera, cualquiera de ellos me haría perder la virginidad, pero no es eso lo que yo quiero en la vida, por eso mi actitud hacia a ellos es de completa indiferencia, de esa manera evito cualquier tentación mayor.

Fue justamente a raíz de este problema de concentración que Gabriel me habló de un sacerdote Jesuita como él que se codeó con Albert Einstein y fue el padre de la teoría del Big Bang, este hombre de fe y ciencia se llamaba Gorges Lamaître, un Belga que estudió ingeniería y luego física. Posteriormente busqué fotos de él y me pareció un gordito muy simpático, y al leer más de su vida me inspiré y decidí convertirme en astrónoma. Gabriel me dice constantemente que cada vez que sienta que la tentación se cierne sobre mi debo pensar en las estrellas, las constelaciones y la vastedad del universo; en que las estrellas y galaxias que veo a través del telescopio se han apagado millones de años atrás, y que su luz es todo lo que queda de ellas, viajando millones y millones de años para impactar en mi retina y permitirme mirar el pasado del universo. Nuestras vidas, dice Gabriel, son más que esas luces, pues nuestras almas son eternas y su luz jamás se apagará si buscamos la santidad.

Es por eso que estoy en constante batalla con mi cuerpo y sus impulsos naturales. Según Roberto es propio del cuerpo adolescente que va alcanzando la madurez sentir deseos irrefrenables de reproducirse pues, hasta hace muy pocos años, la expectativa de vida de nuestra raza no alcanzaba más de treinta años. Eso significaba que la ventana para poder tener hijos y llevarlos hacia la madurez sexual no sobrepasaba los quince. Los humanos debían procrear para sobrevivir. La cultura actual, dice Roberto, no está en sintonía con la manera en que el ser humano ha evolucionado durante milenios, y este desfase genera una neurosis colectiva que hace que la civilización parezca no tener sentido. El sexo es la fuerza que nos mantiene vivos, el deseo está impreso en nuestros genes y es un llamado que no podemos ignorar.

Yo prefiero someterme a Gabriel, no quiero creer que los seres humanos somos simples animales cuyo único propósito es perpetuar la especie, es cierto que quiero tener sexo, que imaginármelo me provoca placer, que necesito de la lengua de Cecilia para superar mi neurosis. Pero también es cierto que en los seres humanos existe algo eterno, no sabría cómo explicártelo con palabras, pero es como un orgasmo con la lengua de Cecilia, en ese momento el tiempo se detiene para mí y la vida cobra un significado diferente. Es por esto que sé que quiero llegar virgen al matrimonio, porque cuando tenga mi primer orgasmo con un pene dentro de mi cuerpo, quiero que ese pene sea el de mi esposo, quiero que el sentido que tiene mi vida esté bendecido por Dios.

El día se me pasa lento, y al terminar le aviso al tío Guillermo que me pase a buscar más tarde a la parroquia, él me responde que ningún problema. Entro a la iglesia y me persigno con agua bendita arrodillada frente al Jesús crucificado y sangrante. Camino por la nave central y atravieso el lugar santísimo, abro una puerta y me dirijo a la oficina de Gabriel que me recibe con una sonrisa. Gabriel no es tan alto como papá, pero es ancho de espaldas, lleva su cabello castaño corto y usa una sotana negra hasta los pies. Me acerca una fuente de cristal llena de dulces y me indica que puedo sentarme, sale de su escritorio y se sienta frente a mí.

—Amelia, de nuevo en la casa del señor —dice sonriendo con total naturalidad—, no te sientas mal, sabes que puedes confiar en mí.

—Gabriel —le digo arrodillándome frente a él, perdóname porque he pecado.

—Has venido al lugar correcto pequeña, confiesa y yo perdonaré todas tus ofensas.

—Hoy he vuelto a tener malos pensamientos —le digo y mis manos se posan en sus fuertes muslos—. He imaginado al tío del furgón escolar, al psicopedagogo del colegio y a varios de mis compañeros haciendo uso de mi cuerpo, penetrándome por todos lados, salpicándome con su semen y no he podido evitar tocarme.

—Tranquila Amelia —responde dulcemente Gabriel colocando una de sus manos en mi mejilla—. ¿Te has tocado tu sola o le has pedido a Cecilia que te ayude?

—Cecilia me ha ayudado, pero eso no es lo peor.

—Continúa Amelia, no hay pecado que no se pueda redimir.

—Es que siento deseos de probar un pene, Cecilia ya no es suficiente, necesito un pene duro e hinchado, necesito tocarlo, chuparlo y…

—¿Y qué más Amelia? — pregunta él deglutiendo con dificultad, puedo notar el bulto en su entrepierna y lo rápida que se ha vuelto su respiración.

—Creo que si tú me dejas chupártelo, eso no sería pecado, Gabriel —le digo apretándole el pene por debajo de la sotana y por sobre el pantalón. Me las arreglo para desabrocharlo y sostener su miembro venoso entre mis manos, se siente tan duro y caliente que no logro controlarme y me meto debajo de su hábito, avanzo entre sus muslos en medio de la oscuridad, con mi boca abierta dispuesta a engullir ese mástil de carne hasta la garganta.

—Amelia —suspira Gabriel casi sin fuerzas. Su pene choca con mi campana y mis labios abrazan el tronco palpitante—. ¡Amelia! —Grita poniéndose de pie y apartándome de un empujón—. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Es que yo… —balbuceo y siento que los colores se me suben al rostro, pero esta vez no hay calentura sino vergüenza.

—¡Fuera de mi oficina ahora!

—Pero Gabriel… —exclamo a punto de las lágrimas.

—¡Veinte padres nuestros y cincuenta aves marías, jovencita!

—Está bien Gabriel —respondo con la mirada en el piso, tomando mi chaqueta y mi mochila.

Está atardeciendo cuando el tío Guillermo llega a buscarme para llevarme a casa, yo estoy sentada en las escaleras de atrio de la parroquia rezumando mi vergüenza, me limpio el llanto de las mejillas y me subo cerrando la puerta tras de mí, ya no hay pena sino rabia y ganas de gritar. Avanzamos dos cuadras y el tío Guillermo se detiene en una esquina poco iluminada y me dice.

—A ver Amelia, déjame revisar si te lo pusiste bien —mientras sus manos comprueban el seguro del cinturón de seguridad sus dedos rozan mi muslo, pues al subirme apresuradamente mi falda se ha recogido—. ¿Te imaginas que le diría a tu mamá si te pasa algo por que no revisé si tenías bien puesto el cinturón? —agrega con severidad fingida mientras sus manos recorren la huincha. Cuando llega a la altura de mis pechos se detiene, puedo sentir su aliento a cigarrillo muy cerca de mi cuello, sus nudillos rozan mis pezones mientras comprueba la tirantez de la faja y mi corazón late rápido—. Mi trabajo es cuidarte hasta dejarte en tu casa, hasta entonces eres mi responsabilidad… — Me dice y coloca la otra mano sobre mi muslo.

—¡Suéltame viejo degenerado! —le escupo en el oído antes desabrocharme el cinturón,   bajarme del furgón escolar y dar un portazo. Imagino que Gabriel me está mirando y eso me llena de culpa.

Camino rápido, pero el tío Guillermo me persigue pidiéndome disculpas. Me pide que lo deje llevarme a casa, que nunca más se atreverá a tocarme. Yo solo miro el pavimento tratando de no llorar, después de dos cuadras de escuchar sus excusas ya no aguanto más.

—Si no dejas de molestarme me voy a asegurar que mi papá te meta a la cárcel por violador —le digo con los puños apretados. Esto es suficiente para que se largue. Ahí me baja la pena, lo he echado todo a perder, ¿cómo le voy a explicar a mamá?, ¿cómo voy a mirar a Gabriel a los ojos nuevamente?, ¿Qué es lo que voy a hacer sin la guía de Gabriel?

Un microbús se detiene delante de mí y abre la puerta con un sonido de aire comprimido, no me había dado cuenta que estaba sentada en un paradero, siento que he pasado horas esperando algo, pero no sabía qué. Curiosamente la micro va en dirección a los suburbios. Me subo pero entonces me doy cuenta que no tengo como pagar el pasaje. De todas formas atravieso el troniquete, al chofer parece no importarle y reanuda la marcha.

Me siento al fondo, cerca de la puerta trasera. Delante mío va un niño rubio de pelo ensortijado y lentes de marco negro que lo hacen ver bastante interesante. Va leyendo un libro grueso, lleva uniforme de colegio y por su insignia sé que no es el mío. No es que esté buscando un motivo para hablar con él, la verdad no estoy de ánimo para hablar con nadie, pero no estoy segura si ésta micro va a dejarme realmente en mi casa, así que decido preguntarle.

—Hola, ¿te puedo molestar? —le digo con una sonrisa, tocándole suavemente el hombro.

—Ah, ¿qué? —levanta la cabeza despistado.

—¿Si te puedo hacer una pregunta?

—Si claro, es que estaba concentrado en mi libro.

—¿De qué trata tu libro? —pregunto automáticamente.

—De un guerrero mapuche que tiene que ir al volcán Lanín a encontrar un martillo mágico para liberar al pueblo de una serpiente gigante…

—¿De verdad? —digo y nuevamente noto como las palabras salen sin control de mi boca.

—Sí, pero… ¿era esa tu pregunta?

—Oh no, yo quería saber si ésta micro pasa por los suburbios.

—¿Estas perdida?

—Algo así supongo, yo nunca ando en micro y me da miedo no poder llegar a mi casa.

—No te preocupes —me tranquiliza él—, esta micro llega a los suburbios recorre la calle principal y luego da la vuelta en la plaza.

—Yo vivo solo a unas cuadras de la plaza —interrumpo entusiasmada, sintiendo que mi suerte cambia un poco para variar.

—¿Te dio mucho miedo no poder llegar a tu casa?

—No, ¿por qué lo dices?

—Porque parece que estuviste llorando.

—Sí, pero lloraba por otra cosa—. Le respondo desviando la mirada.

—Está bien si no quieres hablar de ello, mira, cuando tengo miedo me pongo a orar, no es una oración normal, sino que hablo con Dios, y le pido que me cuide. Normalmente todo sale bien.

—¿Crees en Dios?

—Por supuesto, me llamo Eduardo, quiero ser abogado y llegar virgen al matrimonio —dice con una hermosa sonrisa.

—Mi nombre es Amelia —atino a responder un minuto después—, y también…

—Encantado de conocerte, Amelia —me interrumpe apurado—, esta es mi bajada, cuídate mucho, faltan unos veinte minutos para llegar a la plaza…

La voz de Eduardo se desvanece mientras salta del microbus y se pierde en la oscuridad. Lamento no haberle pedido su número, pero sé que la providencia me permitirá encontrarme con él nuevamente, porque ese es nuestro destino.