Mocha

El brujo y el aprendiz bajan de la balsa de cuero de foca, chapotean en el agua, sus pies se hunden en la arena, la arrastran hasta la mitad de la playa. El sol se precipita lentamente hacia horizonte, aún es un disco amarillo que forma arreboles en los girones que avanzan perezosos en lontananza, el olor a agua salada y el viento marino le revuelven los cabellos azabaches al chico.
A la izquierda, hacia el sur, hay una montaña de rocas partidas, un altar que ha sido destruido hace poco, Melián lo mira con aprensión mientras recoge ramas secas para hacer una fogata y cocinar los peces que han capturado durante la navegación. Sabe que ahí es donde se dirige con su maestro, que es en ese lugar donde enfrentará su prueba final. El crepitar del fuego y el cadencioso romper del oleaje envuelven a los hombres sentados en la arena, el camino de los cielos fulgura con alba luz mientras avanza la noche, la luna aún no despunta y los peces ya se han convertido en nada más que espinas dorsales y cabezas de ojos vacíos que se carbonizan entre las brasas.
—Este es el destino de las almas de los “reches”, los verdaderos hombres, aquellos que no se dedican a la guerra ni a las artes curativas, es aquí donde debes morir para nacer de nuevo como un neguepin, un maestro de la palabra. —Le dice Curiman a su discípulo que lo mira nervioso.
—¿Por qué no soy capaz de verlas?
—Porque no has muerto, necesitas morir para poder ganar la visión del otro mundo.
—¿De verdad tengo que morir aquí, no era suficiente que las Tempulkalwes me trajeran después de morir en el continente?
—Si eso hubiese sucedido no podrías volver a tu cuerpo. Hay una razón por la cual los Machis venían a aprender a esta isla, y también una razón por la cual Kai Kai Vilú, la gran serpiente se manifestó en esta isla precisamente. Existen puntos en la tierra en los cuales se unen los diferentes universos, conviven con mayor intensidad. El machi despierta luego de su paso por el mundo de los espíritus en donde aprende a ver lo invisible y a preguntarle a los Negen por el conocimiento que necesita para sanar a su pueblo. Los seleccionados venían aquí a caminar en el otro lado, a buscar la sabiduría y la conexión con el gran espíritu y con los Negen; los espíritus guardianes.
El viejo se incorpora y se saca el chaleco de cuero de huemul, de uno de sus cinturones extrae una calabaza tapada con cera de abejas, la abre y se la pasa a Melián quién bebe todo el contenido y luego queda mirando fijamente la pira.
—Durante la época de los primeros hombres, antes de que, Pu Am le encargase el cuidado del mundo a los seres humanos. —Comenzó viejo brujo Curimán —. Antu Pillán, el sol y Pire Pillán, quién está encerrado en el volcán Lanin, lucharon en cielo; en su enojo lanzaron a sus propios hijos a la tierra pisoteándolos y enterándolos destrozados en lo profundo de la corteza terrestre. Pu Am, el gran espíritu, compadeciéndose del llanto de las estrellas por sus hijos, juntó algunos de los trozos y formó con ellos una enorme serpiente; la cabeza del hijo de Antu formó el extremo llamado Tren Tren y la del hijo de Pire Pillan el extremo llamado Kai Kai, asegurando de esa manera el equilibrio entre el agua y la tierra en el mundo. Un día sin embargo, las serpientes entraron en disputa y así como sus padres lucharon por el amor de Kuyen, ellos lucharon por poseer esta zona del planeta. Kai Kai subía las el nivel de las aguas y Tren Tren elevaba las montañas. Los lituches, los primeros hombres corrían despavoridos en pos de las cimas de los montes. Los que no eran lo suficientemente rápidos para llegar a ellas, eran convertidos en peces, rocas o sumpalwes. Solo la intervención de los Ilochefes y la aparición de la Pillantoki pusieron fin al ataque vicioso de Kai Kai. Más tarde la gran serpiente despertó nuevamente y lanzó sus hordas de no muertos sobre las tribus del país del mar. Tus padres lucharon valerosamente por sus vidas y sin embargo perecieron. Hoy Melián; estás a punto de completar el primer paso en tu instrucción. Para poder vengar a tu clan, primero debes morir.
El brujo chasquea los dedos y el joven cae hacia atrás sin vida. Melián se levanta y ve su cuerpo recostado en la arena, mira Curimán y este le sonríe indicándole la montaña de rocas partidas. En la playa, enormes ballenas jorobadas varan y abren sus bocas para dejar que las almas de los muertos avancen por la costa y se pierdan en el bosque, entre ellos van muchos ancianos, algunos jóvenes y otros niños, todos se ven felices y corren etéreos por la isla en busca de sus familiares que los reciben cantando con júbilo. Fuegos fatuos arden azules y fríos en la noche y Melián camina sin dejar huellas hacia la otrora pirámide de los sacrificios. Sus padres, hermanos, primos, tíos y abuelos lo llaman desde el bosque, el joven se siente tentado de internarse en él y olvidarse de su misión, quiere ir y fundirse en el calor de los brazos de su madre, dejar de ser un huérfano, un niño despreciado, un paria, un abandonado. Recuerda entonces a Kutralpangui, el puma que ha decidido cuidar después de haber matado a su madre en las planicies del valle central, durante su rito de iniciación. Piensa en los parajes llenos de árboles y ríos del país del mar y lo vacíos que estaban sin su familia; él era el último vástago de su madre y toda su estirpe terminaría con él si decide desviarse del camino.
Melián sube los escalones tallados en piedra y entra por una grieta que se abre en uno de los costados de la mole derruida, dentro las paredes titilan con un verde oscuro que semeja el cielo nocturno, baja entre coscorrones de roca desgarrada hasta donde el agua de mar forma una laguna salada, en su centro se erige un laurel joven y en flor, en cuyo tronco se enrosca una culebra blanca y brillante. El aprendiz de brujo nada hasta quedar a solo un metro del árbol, flotando cerca de él, quedando bajo su abundante follaje. Se impulsa con habilidad y se cuelga de una de las ramas y, cuando está a punto de alcanzar con sus dedos una de las carnosas y blancas flores, la cabeza del ofidio sale de entre las hojas y abre sus fauces.
—¿Con que el brujo te ha dicho que bebas del néctar de las flores de este canelo? —Le habla la serpiente.
—En efecto, el brujo me ha dicho que para cumplir mi destino y ganar mi verdadero nombre, he de beber del néctar de las flores de este canelo, pues este es el árbol del conocimiento.
—¿Te ha dicho el viejo putrefacto, que si bebes del néctar de este canelo, ciertamente morirás?
—Morir es el destino de todos los hombres.
—Ciertamente todos los hombres mueren, pero todos vienen a esta isla y encuentran nueva vida antes de reunirse con Pu Am, el gran espíritu. Pero si tocas este árbol y bebes del néctar de sus flores, será tu alma la que muera y sea condenada a la Minchenmapu, la tierra de los espíritus en desequilibrio. Si bebes de ese néctar, serás ciertamente condenado vagar como un Wekufe, un demonio sin forma. Y de ese infierno pequeño Melián, no hay escape.
—Sabes perfectamente que no moriré—, Responde el joven arrancando la flor de cuajo. —Sino que mis ojos serán abiertos, y seré como los grandes espíritus que conocen los caminos del mundo de los vivos y del mundo de los espíritus, y veré las almas de mis parientes incluso mientras esté despierto.
Acto seguido se acerca la flor a la boca, entonces la serpiente se abalanza sobre él y le mordió la mano, enterrándole profundamente los huecos colmillos en la carne. Melián puede ver como el veneno se esparce por su cuerpo, petrificando cada una de sus falanges, cada uno de sus músculos. Se apresura a flectar el codo y beber el néctar de la flor, pero apenas el dulce líquido ha tocado su garganta, el joven cae de la rama; inconsciente, aterido y trémulo, hundiéndose en el lago salado. Su cuerpo llega al fondo suavemente, y su rostro se entierra en la arena que lo succiona, actuando como una membrana, o como una piel, que lo deja pasar por sus poros hacia el interior de un cuerpo etéreo, el cuerpo del gran espíritu. Melián se levanta y puede ver su cuerpo en posición fetal, aferrándose a la vida, él ya no está ahí, y se siente liviano, está parado sobre el mar, a su alrededor solo hay horizonte, una línea morada que se difumina hacia arriba y hacia abajo, formando una bóveda surcada por nubes rojizas, cuando mira hacia abajo puede ver que sus pies están sobre otros pies, lo que está debajo de él parece su reflejo pero no lo es, el mundo gira, queda frente a frente con lo que lo sostenía, es él, pero sus ojos reflejan el brillo de los ojos de la culebra mientras abre sus mandíbulas.
—Meliántu, cuatro soles, hijo de Mailen, hija de Ailin, hija de Suyai, hija de Lihuén, hija de Yankiray la que yació con un hombre convertido en roca por Ten Ten y devuelto a su forma humana cuando bajaron las aguas elevadas por Kai kai; pequeñajo deforme y torpe, despreciado por todos, nada más que un inútil, tú debes ser hijo del Trauco y no de tu padre. ¿Dónde podrías llegar tú?, si no eres más que un huérfano, sin Lof, sin linaje, no eres más que un ermitaño, no eres mejor que un Kofkeche inmundo y barbudo. ¿Quién te va a escuchar a ti?. Puedes engañar al viejo siendo servil, someterte a sus torturas y creer sus mentiras, pero en el fondo, pequeño Melián, yo sé que eres un fracasado. Y si yo lo sé, eso quiere decir que tú lo sabes. Y por lo tanto ha llegado tu hora de morir.
—No—, Se responde el niño a sí mismo.
El doble de ojos de víbora termina su soliloquio ponzoñoso con lágrimas en los ojos, ha sacado lo peor del jovencito y se lo ha escupido al rostro. Al no obtener una respuesta emocional se ofusca y se lanza sobre su interlocutor. El joven se mueve a un lado y toma la muñeca de su agresor, la dobla, pone la otra mano sobre la nuca de su doble y lo precipita al suelo boca abajo. Se sienta sobre él y le habla al oído, no son palabras sino intenciones que se transforman en los sonidos correctos sin que él sepa interpretarlos, entiende que ese es el conocimiento que le ha otorgado en néctar de la flor. Las palabras hacen tiritar y sudar frío a su gemelo que se retuerce con fuerza, hasta que de la boca de su doble sale reptando el ofidio blanco.
Más tarde despierta tiritando de frío. Está acurrucado dentro de una canasta de mimbre, por cuyo tejido se filtra el aire helado que punza su piel, en la cesta hay cuerdas vegetales, cántaros con agua y algunos atados de hierbas y leña seca. En el centro cuelga una cazuela enorme de greda en la cual arde un fuego, sobre ella hay una especie de toldo alto, el olor particular de la grasa le indica que probablemente se trate de piel de ballena, todo está rodeado de azul y un blanco húmedo. Curimán le sonríe y lo insta a ponerse de pie, Melián se da cuenta que están flotando a muchos metros sobre el mar, la canasta está amarrada a un globo de aire caliente hecho con la piel de una ballena. A lo lejos puede ver la cordillera de los Andes, blanca e imponente, al otro extremo solo hay una costura azul entre el cielo y el mar. Sus ojos ven movimiento dentro de los volcanes y sobre estos, pequeñas manchas que se mueven bajo el mar y entre los bosques a lo lejos.
—¿Por qué estamos aquí?— Pregunta.
—Porque acabas de resucitar—, Responde el viejo— ahora puedes ves los dos mundos de manera superpuesta, si hubieses despertado abajo, probablemente te hubieses vuelto loco, es necesario que recibas poco a poco los estímulos, para que tus mente se acostumbre al nuevo flujo de información.
—La culebra dijo que moriría.
—Y lo hiciste, su veneno te trajo de vuelta. Le gustó tu determinación así que también te ha concedido una vida larga; para que puedas aprovechar el conocimiento que has adquirido y el que estás a punto de alcanzar. Este es solo el comienzo de tu viaje. Pequeño Newen.

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Más sabe el Diablo

Carlos Ramirez vuela escaleras abajo, su pelo y su chaqueta de paño flamean mientras salta de cinco en cinco escalones, su compañero ha quedado ya muy atrás, sabe que adentrarse en las escaleras de aquel cerro es peligroso, pero Carlos ha salido hace poco de la academia, y es temerario, quiere acabar con todo foco de delincuencia en cualquier lugar y en cualquier momento, tiene una sociedad que proteger, un pueblo al cual servir.
Sus zancadas retumban y la sobaquera salta de un lado para otro mientras su cuerpo se mueve entre las rejas y por sobre los techos de latas oxidadas, a su derecha se contempla toda la bahía de Valparaíso, los buques entran lentamente en la rada, cual cascaras de nuez y descargan sus foráneos productos en el puerto, las casas de colores cuelgan de la quebrada y la ropa se seca al viento balanceándose de los balcones, custodiados por gatos perezosos; como los leones de la plaza de la victoria, Que bostezan y miran indolentes como el joven policía persigue a su presa saltando como un puma por los escarpados tejados del cerro cordillera.

Maikol Ruiz es un soldado recién reclutado por a banda de los Piraña, bien conocido por haber trabajado de mechero en uno de los supermercados del plan, hacía poco que había cambiado de rubro, cansado de lidiar con guardias, y sediento de poder. En su jungla, el poder máximo se encuentra en el narcotráfico.
Con dos gramos de clorhidrato de cocaína, las pupilas dilatadas y su corazón latiendo rápidamente, Maikol salta de techo en techo, llevando al joven policía justo donde quiere.

Carlos cae en un patio y luego salta una pandereta de madera, baja por una quebrada y atraviesa unos matorrales, solo unos metros lo separan del delincuente, su cuerpo bien entrenado no le da problemas, sus músculos aún rinden, sube la ladera dando zancadas, pero el Maikol ya ha trepado por una reja, para cuando Ramirez llega ahí, el maleante está sobre el techo de la casa corriendo otra vez, la tarea parece imposible, pero Carlos no se detiene, su voluntad es de acero.
El sudor empapa su camisa, y su pelo, su mirada refleja toda la determinación con la cual da cada tranco, sabe que se está adentrando en una zona peligrosa, pero aún tiene esperanzas de alcanzarlo antes de entrar a territorio Piraña.
Imprime entonces aún más velocidad a sus piernas, que se mueven como partes de un un motor de formula uno, como un galgo tras un conejo, como un guepardo tras un gacela. Saltando desde una cornisa hasta el borde de una terraza, se impulsa con sus brazos y trepa hasta un balcón construido en el techo de la casa.
El edificio es de estilo moderno, de ventanas amplias y alargadas, de hormigón armado y vidrio, de formas rectas y limpias. Carlos esta sobre lo que los arquitectos de aquél estilo, nacido en los años veinte, llaman la quinta fachada. El sol cae sobre el océano Pacífico lentamente, mientras las olas lo reflejan en un millar de pequeños brillos, y el viento le despeja el rostro, y levanta un poco de polvo que se arremolina en el aire.

Maikol le está apuntando con un revolver y una sonrisa en el rostro. Dos jóvenes más aparecen desde una escalera, Carlos tiene la mano izquierda en la empuñadora de su pistola, ve por el rabillo del ojo como los jóvenes avanzan hacia él y en una fracción de segundo calcula sus posibilidades, mira a los ojos de su enemigo que suda copiosamente y tiene la mano temblorosa, se miran a los ojos en espera del primer movimiento.
Carlos mira bruscamente a su derecha, Maikol no lo puede evitar y desvía su mirada también, en un pestañeo, Ramirez da un paso hacia adelante, mueve la muñeca de su presa hacia la izquierda al tiempo que desplaza su torso hacia la derecha y con su mano libre sostiene el revolver y lo gira sobre su empuñadura, quebrándole el dedo índice al traficante, arrebatándole el arma para luego golpearlo en la mandíbula con la cacha de la misma.
El Maikol cae inconsciente al piso, pero los dos jovenes soldados ya están muy cerca, Ramirez no alcanza a apuntar, el primero tiene un cuchillo cocinero y el segundo un palo. Carlos esquiva el golpe del madero y se mete por el costado izquierdo de su oponente, bloquea el movimiento del delincuente colocando su mano izquierda sobre el codo enemigo al tiempo que descarga otro culatazo en la mandíbula y patea de frente y con fuerza para lanzar el cuerpo desvanecido del bateador sobre el que sostiene el cuchillo, que instintivamente trata de agarrar a su compañero, sin darse cuenta que Carlos ya ha saltado sobre él y descarga una patada en su rostro.
Tiene tres maleantes a sus pies, y está bastante cansado, jadea por el esfurzo, pero no le dan tiempo para descansar, puede escuchar como vienen subiendo por las escaleras, en pocos segundos estará rodeado, como un león apartado de su presa por las hienas, su orgullo se siente herido, ha logrado una victoria futil, y si no escapa, su vida estará en peligro, lo medita unos segundos, y decide desenfundar y parapetarse, no se convirtió en detective para dejar que los malos caminen libres por las calles de su ciudad, sino para encerrarlos.

Los malos aparecen por la escalera, Ramirez ve que están armados, dispara con su pistola y derriba a dos, uno con una balazo en el hombro y el otro en una pierna, los traficantes disparan a todos lados, no saben de donde han venido los tiros, solo están concientes de que tienen a un enemigo en su propia casa.
Pronto hay seis más disparando, las balas se incrustan en el hormigón, el olor a pólvora inunda el aire, las rondas de los delincuentes parecen eternas, Carlos baja a tres más, y se queda sin tiros, decide usar el revolver del Maikol, lo vacía rápidamente y abate a otro par, queda con solo un enemigo en pié, pero sin balas.

El delincuente se acerca en silencio, no dice nada, ya sabe donde se encuentra el tira, Carlos sabe que es solo cuestión de tiempo, está acorralado como una rata, el Piraña avanza tranquilo empuñado su fierro pegado a la pared, Ramirez levanta la manos y cierra los ojos, el hombre sonríe y se escucha el último disparo de la noche.

Toda la vida del joven pasa por delante de sus ojos, piensa en los años de entrenamiento, el arduo estudio, y las esperanzas de su madre, piensa en su padre, muerto en un asalto a un almacén de barrio, piensa en sus vecinos y en toda la gente que no podrá ayudar, en los delincuentes que no va a atrapar, en que cumplir el deber vale la pena, en que siempre supo que todo terminaría de esta forma, suspira enfrenta la inevitable realidad con el pecho erguido, escucha el estruendo y espera el minuto fatal.

Carlos abre los ojos lentamente, se palpa el cuerpo, no tiene ningún agujero, el Piraña cae, y Pablo Gutierrez, su compañero, aparece detrás de él.
– ¿No se por qué los jóvenes siempre corren tanto? – Pregunta entre dientes, más para si mismo que para Ramirez, y agrega – ¿Que a caso no sabes Carlitos que más sabe el Diablo por viejo, que por diablo?. – Dice Gutierrez mientras guarda su 38 especial en su sobaquera de cuero, y enciende un cigarrillo.

AlweWekufe

Tengo miedo, estoy aterrado, por qué negarlo a estas alturas, no creo que sea un pecado o un signo de debilidad. Es cierto que pasé la mitad de mi vida buscando esto, y que la muerte jamás fue algo importante para mí, que vi sus manifestaciones muchas veces sin sentir el menor cambio en mi ánimo. Desde el evento desafortunado sin embargo, cada nuevo desafío era una oleada de inseguridad, un escalofrío, un secreto apretón de mandíbulas y palmas sudadas. Solo cuando ella murió, miré a los ojos del universo con furia y lo desafié a que arrebatara también mi vida, a que intentase dañarme más de lo que ya había hecho con el solo acto de ponerme en este cuerpo, de echarme a este mundo, de regalarme la vida y darme una suerte miserable. Ahora que la muerte no puede alcanzarme, no es el frío ni la putrefacción ni la angustia de mis compañeras los que me aterra, no es la incapacidad de hacer mi voluntad con mi cuerpo, ni el hecho de que mi fuerza esté a disposición de objetivos torcidos. Lo único que lamento es que jamás volveré a verla.

Luego del desgarro inicial después su muerte, busqué en lo más oscuro del conocimiento humano, comencé por la obra de Shelley, en la cual no hallé nada más que una advertencia respecto al camino que estaba a punto de comenzar, pero yo, al contrario del doctor, no tenía nada que perder, pues ya me lo habían arrebatado todo.

Tracé un plan y una rutina; debía generar dinero y disponer de tiempo para la larga y extenuante empresa que tenía por delante. Con los pocos ahorros que me quedaban, arrendé una casona abandonada y abrí un bar clandestino, les permití a los traficantes de estupefacientes del sector establecer un sistema de apuestas y tráfico; pronto se sumaron la prostitución y otras ofensas menores. Aquél nido de ratas me permitía pasar la mayoría del tiempo en el sexto sótano, donde establecí mi centro de estudios y luego mi laboratorio.

Encontrar los libros adecuados y reunirlos me tomó bastante tiempo, fui varias veces a reunirme con anticuarios en Brujas, Newhamptonshire, Sidón y Occitania; transé con mujeres, órganos, cuernos de camahueto, pelapechos y otros artefactos oscuros. Cuando encontré todos los tomos que me hacían falta me concentré en extraer y compilar el conocimiento que ellos escondían. Pasé años descifrando el lenguaje cabalístico y la sofisticación del libro dorado de Thelema y los tratados rojos de geomancia de Murray y algunos extractos del libro de Osiris.

El negocio que financiaba mis investigaciones resultó ser perfecto para llevar a cabo los primeros experimentos y los últimos; tenía a la mano gente que nadie extrañaría, prostitutas y delincuentes cuya desaparición no sería anormal.

Durante seis meses preparé los artilugios y mangueras para el primer intento. Una pequeña cantidad de fluido vital destilado por medio de los alambiques y matraces en ebullición, aunadas a una descarga mínima de energía psicotelúrica logaron el milagro. La pequeña barata caminó de nuevo. Más tarde resucité un ratón que yo mismo había atrapado. Aquí me topé con el primer problema, la columna del roedor estaba quebrada, por lo que sus signos vitales volvieron solo por unos segundos antes de hacer una paro cardiorespiratorio. En ese momento me di cuenta que no solo necesitaba los conocimientos corruptos que me permitirían contravenir las leyes de la naturaleza, traspasando la energía vital de un ser a otro, sino que también necesitaba de los conocimientos médicos como para reparar los cuerpos lo suficiente para que al ser reanimados no colapsen nuevamente debido a los daños causados durante su primera defunción.

Tras un par de años de preparación lo intenté nuevamente, esta vez con un perro atropellado, lo abrí, reparé los órganos lo suficiente, entablillé las patas y realicé el ritual. El perro volvió a la vida muy débil, lo alimenté y cuidé por una semana, dándole sedantes y antibióticos, pero finalmente su cuerpo no resistió, algo más estaba faltando.

Mi búsqueda entonces tomó otro rumbo, necesitaba un sostén sobrenatural para la vida sobrenatural,  por un momento pensé en animar una estatua o un golem, pero el resultado era impredecible y yo deseaba restaurar la carne. Continué investigando sin encontrar nada en las investigaciones del viejo mundo que me diera ninguna clave. La pista para la respuesta final estaba más cerca de lo que yo suponía. Uno de mis informantes me dijo que en las catacumbas de la Iglesia de la Matriz se habían encontrado libros antiguos. Soborné fácilmente al párroco y pude fotografiar los textos antes que nadie; en ellos encontré alusiones a tratados jesuitas rescatados de una capilla en llamas en Chiloé, y que fueron movidos a una Iglesia en Talca. Cuando llegué a Talca me encontré con una pila de adobe derrumbado; el terremoto del 27 de Febrero había desplomado la estructura, convirtiendo el lugar en un montón de barro y paja. Esperé la noche y comencé a trabajar, después de horas de sudor y con las manos escociéndome y la espalda acalambrada, logré despejar la entrada a los pasillos subterráneos en donde encontré la piedra angular y el pasadizo que escondía la sala de los royos.

Me tomó un año más descifrar el tratado escrito en Veliche, un dialecto Mapudungún muy usado por los españoles, que hablaba de una antigua tumba con una momia casi perfecta debajo de una de las rocas del cerro ladrillero. El monje Jesuita describía como había encontrado a un brujo medio muerto en lo alto de la cordillera, y como este la había dedo las instrucciones precisas para preparar su tumba y su cuerpo a cambio de los secretos para utilizar la fuerza de los espíritus que se esconden en las entrañas de los andes, en la Minchenmapu, la tierra de los espíritus en desequilibrio. No me costó entender que esta compilación de conocimiento escrita por el monje se transformaría  postreramente en el manual infernal de la Recta Provincia, que eventualmente se escindiría y fundaría una nueva orden en Salamanca, las luchas por el control de las zonas de poder psicotelúrico y las entradas al inframundo comenzarían más tarde y continuarían hasta nuestros días. Pero a mí no me interesaba involucrarme en lo más mínimo con aquellas cofradías de brujos ambiciosos, lascivos y despiadados, mi propósito era pasar desapercibido por todos, y lo había logrado hasta el momento. Para qué arriesgarme a conseguir uno de los tomos prohibidos de los brujos si tenía a mi alcance a la fuente original del conocimiento que situaría a Chile entre los centros oscuros de mayor fortaleza de la tierra.

Organicé una expedición para recuperar el cuerpo momificado del brujo mapuche. Estaba en extremo bien conservado dentro de una vasija de greda cocida, con la tapa en forma de rana, llena de símbolos de alwes y pillanes, que estaba a su vez dentro de un sarcófago de piedra.
Después del tercer día de trabajo, y luego de verificar que habíamos movido el cuerpo al lugar exacto, y que la alineación de las estrellas era la correcta, procedí a narcotizar a los miembros de la expedición. Me tomó unas cinco horas armar los matraces y los alambiques de manera correcta, para luego trazar los dibujos e instalar la estructuras necesarias para quebrar la vibración natural, colgar los cuerpos amarrados y acomodados de forma ritual, cada uno formando una de las cinco letras del nombre de Dios, enterrar las agujas de cobre y disponer los catéteres, para finalmente destilar la vida y llenar la vasija del líquido milagroso. Luego entoné el mantra de los siete cielos y los siete infiernos, el nirvana invertido y la iluminación oscura del samsara nepalés; para romper el tejido de las leyes naturales y convertir lo espiritual en carne, lo muerto en vivo. Entonces, la energía psicotelúrica del lugar inundó la vasija y los elementos reaccionaron dentro de la burbuja de lo imposible.

La vasija se quebró, y el líquido vital se esparció por el lugar, el cuerpo moreno y arrugado del brujo, que antes era una momia reseca, presentaba aspecto vital. Desnutrido pero vivo, lo trasladé a una camilla y le puse suero, coloqué electrodos para monitorear sus signos vitales, su cuerpo se fue hidratando de apoco, me quedé en vela dentro de la tienda monitoreando su evolución, esperando que al despertar pudiese revelarme los secretos del sostén de la vida sobrenatural, la fórmula para la mantener un cuerpo muerto moviéndose, una maquina estropeada funcionando. Yo había encontrado la forma de rellenar con vida los cuerpos, pero si estas vasijas no eran capaces de sostenerse a sí mismas, la energía etérea se desparramaba nuevamente y volvían a colapsar. Yo estaba seguro que este hombre poseía el secreto para romper esa barrera, para sellar la energía dentro del cuerpo y mantenerlo en pié a pesar de lo destrozado del cuerpo. Su necromancia era lo que yo necesitaba.

La tercera noche el hombre abrió unos ojos completamente negros, sin pupilas, se abalanzó sobre mi y mordió mi cuello buscando la carótida, su mordida fue certera y drenó mi cuerpo hasta que caí desmallado.

Cuando desperté me sentía liviano, etéreo, casi transparente. Podía verlo todo y sentirlo todo de una manera amplia y borrosa, pero una fría barrera impedía que me trasladase a voluntad a observar con más detenimiento sobre las cosas que llamaban mi atención.

 Más tarde comprendí mi situación, estaba colgado de la cintura del kalku. Había extraído mi alma justo después de mi muerte y la había atrapado en una botella. Avanzamos varios días por el bosque hasta que encontró lo que buscaba; una profunda caverna que se adentra hasta las entrañas de la cordillera de los andes.

He comprendido el secreto de su inmortalidad; él contaminó su sangre con la de un Pihuchen, también aisló el elemento que hace que las ranas queden en animación suspendida por tiempos indefinidos y lo aplicó en su sangre, maneja un lenguaje con el cual rompe la trama de las probabilidades y sella las tramas del con símbolos parecidos a runas.

Hoy ha seleccionado otras nueve almas, y ha construido un glolem con incrustaciones de oro, cobre y plata, todo rayado con runas, atravesado por tendones de animales y mecanismos de relojería, en medio del cual hay una cabeza humana con la boca, la nariz y una oreja cocida. Ha tomado las diez almas que reunió y con un embudo nos metió a todas juntas en la cabeza, mi cabeza.

Costura Azul

ImageComo cada día, Hernán Montenegro salió del baño recién duchado y acicalado, se vistió cuidadosamente, metió ordenadamente la camisa dentro de su pantalón y se arregló la corbata. Un tango sonaba en su vieja vitrola, y al ritmo de ese sonido sucio y cadencioso, se colocó la chaqueta de lino negro, que le quedaba un poco ajustada, y salió a la calle.

La humedad de la neblina matinal, que se había instalado sobre el puerto le despejó aún más; pues ese día, alguien muy importante para él, vendría a visitarlo.

Bajó por una empinada y angosta escalera hasta llegar a un funicular, pagó el módico importe, y sintió como la jaula metálica se sumergía en la ciudad bamboleándose con él, encerrado en su barriga.

El armatoste se detuvo, y Hernán caminó con paso seguro por un pasillo largo, estrecho y lúgubre. Pasó al lado de un par de maseteros; y unos cuantos gatos que lo miraron con desinterés, mientras lamían leche de un plato de té, puesto en el dintel de una puerta pintada de amarillo. Unas camisas colgaban desde unos tendederos que se asomaban desde las ventanas en lo alto, y una pequeña linea de luz vertical, al fondo, marcaba la dirección en la cual se dirigían sus pasos.

Salió a la calle principal y avanzó dos cuadras hacia la derecha, entró a al café de siempre, y como todos los días, escogió una mesa junto a la ventana, y encendió un cigarrillo.

El mesero lo saludó, le trajo un cenicero y solo con un gesto de Hernán, entendió que debía traer lo de siempre. Un café esspreso y un pan delgado y crujiente con una capa de mantequilla, unas lonjas de carne, queso fundido y un huevo frito.

Hernán miró su reloj y suspiró, se miró en reflejo del ventanal y trató de controlar sus nervios, pues ese día, tenía una reunión importante; mariposas aceradas rasgaban su estómago, como si de un amor adolescente se tratase.

Al terminar su desayuno, tomó una de las delgadas servilletas del vaso plateado y se limpió la comisura de los labios y la punta de los dedos; arrugó el papel transparente por la grasa absorbida, y lo colocó bajo el borde del plato; apuró el ultimo sorbo de su café, dejó un billete sobre la mesa y se levantó. Alzó la mano en señal de despedida y salió a la calle, que estaba llena de gente de cuello y corbata caminando apresurada en diferentes direcciones, y se dirigió a su oficina.

 

Hernán se desembarazó de su chaqueta y se arrellanó en su cómodo sillón de cuero, revisó los papeles que su secretaria le había dejado en el escritorio, miró el reloj por enésima vez, y movió su pié nerviosamente una y otra vez golpeando el parqué.

Procesó el papeleo bastante rápido y abrió la ventana, el sonido de los vehículos, los pasos y las conversaciones del exterior llenaron el espacio, y encendió otro cigarrillo para matar el tiempo, aspiró profundo y luego soltó una larga bocanada de humo azul mientras ensayaba sus gestos y frases en la mente, para estar preparado para cuando llegase la visita.

 

Sonó el teléfono y su secretaria le dijo que una mujer llamada Ana se encontraba en la sala de espera. Hernán apagó su cigarrillo a medio fumar, y cerró la ventana apresuradamente, se acomodó la corbata y revisó que su cierre del pantalón estuviese arriba, se miró en el reflejo de la ventana, se desordenó un poco el pelo ondulado y suspiró nervioso antes de abrir la puerta con la mayor naturalidad del mundo y sonreír con los brazos abiertos.

 

―Buenos días Ana.

―Buenos días Hernán, ¿puedo pasar?

―Por supuesto, te estaba esperando.

―Gracias por recibirme . ―Dijo Ana, y entró silenciosamente en la oficina saludándolo con un beso en la mejilla; y haciendo gala de su garbo natural, se sentó despacio en uno de los sillones y cruzó las piernas. ―¿Puedo fumar? ― agregó sacando una cajetilla de cigarros mentolados del bolsillo de su abrigo de fieltro rojo, mientras se acomodaba el cabello.

―Claro que puedes Ana, estas en tu casa.

―¿Cómo has estado primo?

―Muy bien, gracias por preguntar. ―Mintió Hernán, sonriendo con descaro, sintiendo que al pronunciar esas palabras, el vacío en su pecho se hacía más evidente aún.

―Hace mucho tiempo que no nos veíamos, mi madre me ha mantenido al tanto de tu vida, sabía que tenías esta oficina en el centro, pero la verdad es que no me había decidido a pasar a saludarte.

―Siempre seras bienvenida en mi oficina Ana, si te puedo ayudar en algo, solo tienes que pedirlo. ―Contestó Hernán sentándose frente a ella, colocando un cenicero en una mesita junto a los dos sillones. ―Mi vida es relativamente monótona, cuéntame de ti Ana, no se nada de tu persona desde hace… catorce veranos.

―Los veranos eran nuestros ―Sonríe Ana dulcemente como perdida en los recuerdos que esa palabra evoca en su memoria.

―Se que te casaste con un médico de excelente familia ―Exclamó él fingiendo alegría.

―Soy muy feliz primo, soy la jefa en mi trabajo, mi marido es muy bueno conmigo, no es celoso, me consiente en absolutamente todos mis caprichos; compramos un terreno hace poco, y estamos construyendo nuestra casa; quiero que tenga una enorme cocina, y una cava de vinos, como la que había en la casa de tus padres, un amigo nuestro que es arquitecto está diseñándola a nuestra medida.

―¿Cómo está tu padre? Supe que perdió absolutamente todo con el maremoto, vino a ver a mi madre hace unas pocas semanas, lo vi cansado, me recordó a nuestro abuelo.

―La compañía de seguros va a correr con la mayoría de las pérdidas, pero él no quiere volver a empezar, y eso me preocupa primo; yo, mis hermanas y mi madre no sabemos cómo ayudarlo, tal vez necesita el apoyo de un hombre al cual se sienta más cercano… ¿Y tu madre, cómo está ella?

―Mi madre está bien, trabajando como siempre, dejó de fumar, se compró un departamento con vista al mar, preparándose para la vejez, para cuando la última de mis hermanas se vaya de la casa.

―Siempre admiré a tu madre, tan elegante y siempre tan decidida, aprendí a cocinar mirándola a ella sabes.

―Es una gran persona. ―Remata Hernán encendiendo un cigarrillo, se siente incómodo con el tema, pues nunca se ha sentido un digno hijo de su madre, él no heredó su entereza, su espíritu combativo o su capacidad de trabajo, que asombran tanto a los observadores externos, frunce el ceño y desvía la mirada.

―¿Cómo va el amor? ―Lo interpela ella con una sonrisa pícara, intentando llevarlo hacia otro tema. ―Estoy segura que deben haber muchas solteras esperando a que las invites a salir.

―Nada serio ―Se apresura a responder él nervioso y aún más incómodo.

―Tu secreto estará bien guardado conmigo ―replica ella divertida.

―¿Para qué viniste Ana? ―Dijo Hernán, mientras el humo sale por su nariz y su mirada se endurece.

―No te enojes Hernán, ―Ana hace un puchero y entrecierra los ojos a manera de reproche ―Solo quería saber de ti, mis mejores recuerdos de infancia te tienen a ti como actor principal.

―Eso fue hace mucho tiempo Ana, ¿por que ahora? ―Ella guardó silencio un momento y su mirada se perdió en un pensamiento, su semblante cambió y dio una larga succión a su cigarrillo.

―Quería pedirte disculpas Hernán, por lo que pasó durante esas vacaciones.

―No tengo nada que perdonar, yo estaba con esa mujer cuando tu llegaste, es lógico que hayas reaccionado como lo hiciste, además, solo tenías catorce años.

―Pedro aún me envía cartas de amor. Está casado, tiene una hija, y aún así insiste en que nos veamos. ―Tú sin embargo, no me buscaste nunca más, quiere decir ella a continuación, pero se traga sus pensamientos.

―No he visto a Pedro en años, y francamente no me interesa saber de él. ―responde Hernán secamente, visualizándose sobre Pedro moliéndole el rostro a puñetazos, sintiéndose patético y humillado.

―Después de ese verano que pasamos juntos, en la casa de tus padres, vine a disfrutar de la temporada estival a la región muchas veces, siempre salíamos con los que habían sido tus amigos, Armando y Pedro. Ellos estaban completamente locos; Nos paseaban por toda la ciudad en su automóvil, con la música a todo volumen y en un estado etílico sorprendente; nos la pasábamos de fiesta en fiesta.

―Nunca supe de aquello y no me interesa. ―La cortó Hernán arrugando el cejo, mordiendo con fuerza, los maceteros se marcan en su rostro.

―Encontré las cartas que esa mujer te escribió ese verano, sé que tienes un hijo con ella. Lo he visto, se parece mucho a ti. ―Hernán abrió los ojos de par en par y su indignación se calló al suelo.

―Pensé que nadie sabía de eso. ―Ana mantenía su barbilla en alto.

―Yo estaba dispuesta a perdonarte ese error.

―Siempre supuse que estabas jugando conmigo, después de todo, te fuiste con mi mejor amigo. ―Sus ojos se encontraron nuevamente y guardaron silencio por un minuto, Hernán se sentía desnudo, pensaba que este reencuentro sería completamente diferente.

―¿Por qué me rechazaste Hernán? Quiero que me lo digas tú mismo.

―Si me quedaba a tu lado no hubiese sido nada más que un juguete para ti, no quiero que nadie juegue conmigo. ―Y aquella última frase le dejó gusto a orgullo e ira en su garganta.

―Imagino que cuando sea ya muy anciana, verás las cosas de manera diferente, y vendrás hasta mi. Y podremos estar juntos para siempre, porque, no puede ser que sea siempre yo la que te busca, y tu el que dice que me ama.

―Si tuviese la certeza de que no estas jugando conmigo, si no hubieses hecho lo que hiciste… ―Hernán hizo una pausa y tragó saliva antes de continuar, ―Te propondría escaparnos juntos ahora mismo, olvidarnos de todo y amarnos en un país lejano y exótico.

―Tu oportunidad ya pasó primo, eres uno de mis mejores recuerdos. Pero yo amo a mi marido, y lo respeto. ―Y esta última palabra sonó como un latigazo que pone a raya a un león salvaje. ―Yo nunca jugué contigo.

―Ana. ―Replicó Hernán y acto seguido agachó la cabeza. ―¿A que has venido entonces?.

―No me queda mucho tiempo.

―¿Tienes que irte?

―Algo así.

―¿Ahora?

―No, aún me quedan algunos minutos. ―Ana encendió otro de sus pitillos y aspiró con fuerza ―Solo quería que supieras que te amé de verdad, y que eres un hermoso recuerdo, que este amor se pone más dulce con el tiempo, y que este sentimiento no menguará con las edades. El pasado no vuelve lamentablemente, pero podemos soñar con un futuro.

―No te entiendo. ―Responde Hernán y un silencio llena la habitación por enésima vez, y vuelven a mirarse a los ojos.

―Creo en el juramento que le hice a mi marido, es un buen hombre y lo respeto, jamas podía ser la amante de nadie. ―Dice Ana por fin.

―Si vienes conmigo, nadie sabrá de nosotros, para qué esperar una vida entera para ser felices, si podemos estar juntos para siempre. ―Hernán le tomó la mano suplicante. ―Escápate conmigo Ana, ahora mismo.

―No has entendido.

―¿Qué no he entendido?, está claro que me amas, y quieres estar conmigo.

―Me queda poco tiempo Hernán, y jamás he dicho que te amo durante nuestra conversación, tal vez fue un error haber venido, mi intención nunca fue darte falsas esperanzas.

―Se que tienes que irte, pero concertemos otra cita, te prometo no insistir en revivir lo nuestro, solo para conversar de la familia y nuestros recuerdos, lo prometo.

―Hernán, ―Lo cortó Ana poniendo delicadamente su índice sobre los labios, al tiempo que una lágrima corría por su rostro ―Estoy Muriendo, solo quería dejar las cosas claras antes de irme, pero parece que las he enredado más.

Ana se acerca a él y deposita un pequeño beso en sus labios, acto seguido se levanta del sillón. La mano de Hernán tiembla, su boca tirita entreabierta y sus ojos escancian sus salados fluidos sobre el piso, su pecho apenas oscila; congelado, mudo.

La puerta de la habitación se cierra tras ella.

 

Un canoso Hernán está sentado en la terraza de su casa, la vitrola llena el aire con un tango antiguo y él mira la actividad del puerto, y luego observa los barcos que llevan sus cargas a lejanas latitudes, imagina las gentes y los idiomas y las calles extrañas, los mercados y las luces… Va más allá y escruta la bastedad del horizonte, donde el azul del mar se junta con el azul del cielo y el mundo parece terminar, buscando un sentido para las vicisitudes de la vida.

 

Trompadas

Elias jugaba afuera de su casa, entre los edificios cuadrados pintados con cal, viviendas sociales, construdas en la periferia de la ciudad, había tierra por todos lados, y materiales de construcción esparcidos por aquí y por allí.

Elias escarbaba la tierra, para construir un garage para su volkswagen escarabajo, y un auto de modelo indefinido, hecho de plástico.

Con un pedazo de madera hacía surcos en la tierra para construir caminos y carreteras para sus juguetes, utilizaba pequeños pedazos de basura o escombros para construir edificios y paisajes que serían incriblemente grandes para los pequeños seres que manejaban los vehículos.

El sol pegaba fuerte, y sus uñas estaban llenas de tierra, sus rodillas descubiertas estaban negras, pero él era el Dios de aquella ensoñación maravillosa en la cual pasaba los días deverano, olvidando la ausencia de su madre, la indiferencia de su padre, y la vioelncia de su madrastra.

Sorrento.

Peresoso. Con la lengua pastosa y el cuerpo cortado. Patricio Garrido se levantó de la arena sacudiose la ropa y entrecerrando los ojos para que el sol no los hiriese.
Caminó por la arena revisandose los bolsillos. Estaba su billetera. Las llaves de la pieza que arrendaba y un par de monedas que no alcanzaban ni para una goma de mascar.
Su camisa blanca estaba manchada con vino. Y sus zapatos gastados se hundian en la arena a cada paso que daba fuera de la.playa. Las olas se despedian de él.con su cadencia rítmica cual.sirenas su sorrento sobre los marinos ingenuos.
Patricio ya no era ingenuo. Y caminaba hacia tierra firme con la.convicción de no volver a la.playa nunca más. No hasta poder recordar bien lo que habia sucedido la noche anterior. Averiguar que día era hoy. Y que hora. Porque aunque el frío de la madrugada lo había despertado no tenía claro cuanto tiempo había estado desaparecido. Si lo poco que recordaba era un sueño. Una pesadilla. Una alucinación por falta de sueño y la.ingesta desmedida de alcohol. O simplemente se estaba volviendo.completamente loco.