Espejismo de una noche de verano

Marcos Gutiérrez era un hombre bastante raro, o así lo hacían parecer los seres humanos que lo rodeaban, hablaba cosas que no le interesaban a nadie, dibujaba cosas que no le interesaban a nadie, pensaba cosas que no le interesaban a nadie, escribía poemas que no le interesaban a nadie, pintaba cosas que no le interesaban a nadie.
Marcos Gutiérrez pensaba que era de alguna manera invisible, o visible, pero desagradable, con una cubierta agradable, pero demasiado extraño cuando abría la boca o hacía algún comentario como para calzar en la trama social de la ciudad donde vivía.
Marcos no era muy alto, pero tampoco bajo, era atlético por que se preocupaba de hacer ejercicios físicos todos los días, seguía un antiguo proverbio que la había enseñado su abuela cuando niño al pié de la letra, y cada hora que dedicaba a cultivar su mente también la dedicaba a cuidar su cuerpo, el cual era su templo, la maquinaria que sostenía su capullo vital, la cuna del alma que le permitía pensar y cuestionarse el mundo que le rodeaba, disfrutar de los atardeceres y de la lluvia, del horizonte, de los animales y por sobre todo del sueño de encontrar una mujer que lo entendiese, o que al menos, estuviese interesada en él.
Nuestro joven protagonista era bastante simétrico, y bastante del gusto de las damas, sin embargo su poco común forma de observar el mundo le hacía pasar por alto las señales inequívocas que algunas féminas le prodigaban, al calificativo de extraño, se le sumaba entonces el de distraído y también el de inocente. Sin embargo Marcos distaba de ser inocente.
Los años estaban pasando, y Marcos sentía que necesitaba la compañía de una mujer en su vida, una mujer estable, no de aquellas jovencitas que caían en sus brazos fácilmente después de unas copas y unas horas bailando, él estaba buscando algo especial, algo duradero, alguien para construir un mundo en el cual ninguno de los dos se sintiese extraño.
Su deseo lo llevó entonces a meditar con denuedo en la forma de conocer personas, y después de mucho analizarlo, decidió que la mejor manera era lanzar una botella al océano con una carta, la mujer que la encontrase y lo buscase, sería la que él andaba buscando, pues si lo dejaba en manos del destino y deseaba con fuerza, la sincronicidad del universo le traería lo requerido.
Marcos se sentó por días frente a su escritorio de madera puliendo el poema perfecto, la introducción perfecta, la presentación perfecta, los datos de contacto, y todo lo necesario para que quien encontrase la botella, pudiese encontrarlo fácilmente.
En la madrugada del sexto día de trabajo, ojeroso y bajo la luz de la lámpara de pié que lo había acompañado durante las extenuantes jornadas, terminó de escribir las frases que lanzaría al agua. Metió el papel en la botella que había comprado para tales efectos, selló la tapa y salió de su casa corriendo a toda velocidad.
Cuando llegó a la playa, el sol estaba recién saliendo desde los cerros llenos de casas que parecían colgar en un racimo de uvas, apretadas unas contra otras en deformes posiciones como si se pelearan por ser las primeras en ver en lontananza los buques que entraban en la rada del puerto.
Para cuando llegó a la roca que más se adentraba en el mar, estaba sudado y agotado, su pecho subía y bajaba agitadamente y su corazón latía desbocado, apretó la botella en la mano y antes de lanzarla y pidió su deseo.
Imagino el rostro de Claudia Toledo, una morena casi de su estatura, de su edad, con ojos sonrientes y una sonrisa perfecta, pelo negro, ojos cafés. Los dos estaban sentados en un pequeño restauran en la costa de Horcón, después de haber comido empanadas camarón queso, ella le contaba que no salía mucho, que aún vivía con sus padres, que le gustaba estar en su casa, ver películas, sobre todo ir al cine, que su último libro había sido Crepúsculo, y que no le gustaban los gatos.
Mientras, afuera, las olas golpeaban cadenciosamente la arena, marcando el pausado ritmo del atardecer, los pescadores preparaban el sedal para la madrugada y las gaviotas lanzaban sus melancólicos graznidos a las nubes que retozaban como algodones sobre el firmamento.
Marcos se perdía en los ojos de aquella mujer, que jugaba con la pajilla de su jugo de chirimoyas mientras esbozaba levemente una sonrisa, y fingía escuchar la perorata extraña de su interlocutor, saboreando las hebras de los momentos que se avecinaban, pues es siempre la mujer quien escoge al hombre y no al revés.
El hombre terminó de contarle la historia de Maquiavello y vio que ella sonreía, estiró su brazo y tocó suavemente sus suaves y delicados dedos, ella lo miró con ternura entonces y se pusieron de pié, caminaron por la playa, con los pies descalzos, abrazados mientras el sol se hundía en el mar que parecía fulgurar con luz propia, tal como los ojos de Claudia, que reflejaban el cielo como un espejo profundo y sereno.
Mientras sus pisadas se marcaban en la arena, ella le contaba acerca de su trabajo como asistente dental, la parcela de su familia en Olmué donde pasaban los fines de semana, sus comidas favoritas y su gusto por bailar hasta el amanecer bajo la luna llena.
Para cuando las estrellas poblaron el firmamento, los dos habían hecho el amor incontables veces sobre la arena, y para el amanecer, el ardor de sus cuerpos había dejado una huella de vidrio parecida a un ángel que se elevaba refractando la luz del imponente sol.
La botella voló por los aires dando vueltas, y la luz se rompió en sus cristales y se formó un arcoíris, y la botella cayó al agua con un PLOP, y Marcos abrió los ojos, y sintió un vacio inconmensurable en su pecho, uno que amenazaba con tragarse todo su cuerpo y todo a su alrededor, el espacio se dobló y hasta el tiempo mismo terminó perdido en la singularidad de su torax, porque Marcos estaba enamorado.

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Lost and Found 6 – People Deconstructivism

Deep inside her mind there was a little girl crying for her mother’s love, she was running in a wide green field with a massive mountain range in the background of the landscape, tall pine trees were all over the mountains and the cold perfumed air filled her nose, she was somehow free, but she missed her father’s love, deep inside her mind family was the most important scar she had had.

She was sit in an iron like chair, she was tied with leather straps, needles pierced her skin on her hands and arms, a huge with and bright ring was around her head, Images were projected into her optic nerve.

They were attempting to manipulate her prefrontal cortex and trying to change her unconscious mind set, the images passed one after another very fast, sometimes sounds were linked to them.

She had her eyes closed but her mind was wide opened, as a chemical derivate of LSD was being pumped to her bloodstream, her subconscious was now naked in front of her tellers.

She woke up in a small white room, lying in a small white bed. Her Clothes were in a chair, her belongings were in a wood pedestal, and among them was a black envelope with the red swastika on it.

She did not remember much, but her mind was tired, like a disordered room. Slowly she started breath in a calm way, with a monotonous rhythm, going in and out and repeating the national socialist mantra, constructing herself again, she started from the foundations of the ideology and then the recognition of what she was, her perfect race and her responsibility for being genetically superior, the Wagnerian Song was then chanted with a low voice, and then she started to sing loudly the German empire hymn.

She stood up, and dressed again; she felt still dizzy and had to put one hand in the wall not to fell.

When she finished her mind reconstruction, she looked the envelope again and did it parsimoniously; with delicacy she opened it and extracted the beautiful cream paper that had her destiny written on it.

El Puto Mundo 4 – Julia

Julia habìa sido abusada por su padre a los 9 años, y continuò siendolo hasta que saliò de ese hogar, su madre lo sabìa, y sin embargo nunca dijo ni hizo nada por evitarlo, Julia se casò con el primer hombre que se lo propuso, sabiendo que jamàs podria darle hijos pues su ùtero fuè extraido durante su unico primer aborto, su padre la llevò a una clìnica clandestina para solucionar el problema.

Ermesto Cardenas habìa sido un marido exigente, y ella habìa estado a la altura todo el tiempo, pues su esperanza en un cambio de vida habìa muerto hacìa mucho tiempo.

Julia no se preocupaba mucho de cuestionarse, vivìa los dias uno a uno, sintiendo una alegrìa enorme cada ves que se dormìa, pues estaba un dìa màs cerca de la libertad.

Cuando se diò cuanta del cartòn de la loterìa en el bolsillo del pantalon de su marido, una luz de esperanza se abriò paso desde lo màs profundo de su corazòn hasta su corteza cerebral, una idea cruzò por su mente y un deseo de escapar lleno su corazòn.

Esperò hasta que Ernesto respirase con un ritmo regular, sus ojos se habìan acostumbredo ya a la mortecina luz que entraba por la ventana, un perro aullaba en la lejanìa y una corriente de aire levantaba el vicel de la cortina como un fantasma mudo y displisente, una entidad paranormal floja sin interes de ser captada por los vivos ni de ver lo que veìa ni de escuchar los silenciosos y descalsos pasos de Julia hacia el velador de su conyuge y luego hasta la silla donde residia su boleto a la libertad.

Julia conocia su casa mejor que la palma de su mano, se moviò con una eficiencia de asesino a sueldo, confirmò los numeros en el diario que subia y bajaba sobre el pecho del hombre dormido, sonrio para sus adentros y se despidiò de la vida de servidumbre.

Con las primeras luces del alba se dirigiò al banco Osorno para abrir una cuenta corriente y que el banco cobrase de manera anònima el premio, màs tarde, vendiò toda su ropa y pertenencias personales a una vieja que tenìa un puesto en la calle Uruguay, el poco dinero le sirviò para pasar la noche en una residencial, comer algo y esperar hasta que el dinero fuera transferido.

Julia respiraba agitadamente, su mirada iba de un lado a otro y sus manos temblaban de cuando en cuando, asi que trataba de mantenerlas en sus bolsillos, su pelo desteñido y sus dientes amarillos, su cara sin maquillaje, sua manos curtidas y sus incipientes arrugas a los lados de los ojos y labios dejaban claro de donde venìa pero nadie sopechaba donde era capas de llegar, la mujer de Ernesto Cardenas no entendìa la suma de dinero que estaba depositada en su cuenta corriente, sin embargo entendìa que su libertad estaba a la dos pasos.

Sacò una cantidad de dinero que jamàs habìa tenido en sus manos, compro pasajes hacia la capital y comenzò a vivir su propia vida, ella habìa tomado una desiciòn, olvidarìa su pasado y construrìa su peresente sin mirar atras.

La Mirada

Muchos especulan sobre la fuerza de la mirada, las ancianas le asignan poderes ocultos y los poetas la ensalsan cual plato de pastas sin gracia, como si ella necesitase que alguien le cantara lo que puede lograr por si misma.

Torvo, era una marioneta de cartòn apeloronado y colafria, sin embargo este muñeco poseìa una fuerza que residìa no en la habilidad de quìen manejaba sus cuerdas si no en que sus ojos hacia parecer que poseìa espiritu, o alma propia.

Algunos expertos especulan sobre demonios que poseen a seres humanos, animales y casas, pero la verdad es que Torvo, era un muñeco nada màs, èl no estaba poseìdo por ningùn demonio ni espiritu del màs acà o del màs ayà.

Torvo tenìa unos ojos privilegiados dibujados con madreperla y cristal de murano mezclados cuidadosamente y deliniados con tinta de carbòn de asia menor, el muñeco de cartòn era una rareza y permanecìa sentado, medio desarmado, sus piernas estaban dobladas entrecruzadas sus manitos en su regazo y su cuello quebrado hacia la derecha le daban una expresiòn melancòlica que se acentuaba con el fondo de la caja de madera antigua que lo contenìa, la cual poseìa una ventana cuyos bordes estaban tayados como una cortina de teatro recogida.

Torvo estaba en el escenario de su vida, olvidado y porlvoriento no sabìa del tiempo ni de los sentimientos y sin embargo con los años su aspecto parecia cada ves màs triste y como si necesitase la mano calida y amorosa de dueño que lo rescatase de la muerte.

Luego de años de betusta agonìa, Torvo se encontrò acariciado por unos dedos frios y calculadores, ojos positronicos analizaban su figura con interes desmedido.

El robot 75K2-12001244511.456 estaba realmente exitado, habìan cabado varios dìa seguidos en aquellas ruinas en busca de los allasgos que le harìan entender a las maquinas cual era su proposito.

El ùltimo humano habìa muerto hace ya cien años, y las casas continuaban limpiandose, los pastos continuaban regandose, el agua desalinizandose y las otrora atestadas ciudades llenas de seres de carne y hueso solo veìan pasar a sus homologos positronicos trabajando para mantener intacta una ciudad eterna.

Concertados por medio de una red inalambrica de comunicaciones, los robots comenzaron a comunicarse y la primera pregunta que surgiò de la mente colectiva fue.

¿para què?

Es simple pregunta motivò la creaciòn de un nuevo modelo, el 75K2-12001244511.456  era un robopologo, y habìa hecho el màs grande descubrimiento de la historìa de la robotica, el eslabòn perdido estaba ante sus ojos. La mirada de Torvo era la respuesta al mistrio de la existencia.

El Puto Mundo 3 – La balada de Ernesto Cardenas

Ernesto revisò el bolsillo del pantalòn donde habìa dejado el cartòn de loterìa, pero no encontò màs que pelusas, se levantò rapidamente y se dirigiò a la cocina, en donde habìa abierto el diario por primera ves uand llegò a su hogar el dìa anterior.

Estaba practicamente desnudo y el sol se habìa levantado ya, el piso de madera de la pequeña casa que habitaba con Julia hace ya tanto tiempo no estaba frìo, mirò la hora y diò un respingo, era demasiado tarde, su reloj despertador a cuerda nunca fallaba, y el habìa recordado poner el despertador a las seis y media de la mañana, como todos los dìas de su vida.

Ernesto cardenas se habìa quedado dormido y no habìa llegado al trabajo, eran las doce del dìa y èl aùn no sabìa que estaba haciendo en medio del comedor, la casa estaba desierta, la tetera no estaba en su lugar, el diario estaba en la mesa de la cocina y no en su velador, su despertador no habìa sonado, habia dormido màs de la cuenta, su esposa no preparaba el almuerzo y solo faltaba una hora para que ella caminara hasta la tornerìa de fierro con su lonchera de metal con el almuerzo recien preparado, con un trozo de pan batido reien comprado en la panaderìa, un poco de pebre y el menù diaria, Julia ejecutaba los preparativos de sus comidas exactamente como a èl le gustaba, pero ahora, Julia no estaba.

  Un escalofrio recorrio su espinazo un zumbido tapò sus oidos y se sintio mareado, un retorcijòn de estomago le provocò ganas de vomitar sus manos perdieron fuerza, su vista se nublo su corazòn latìa acelerado su sistole y su diestole eran un par de bombos que marcaban cada milesima de segundo del proceso de hacer suyo el nuevo conocimiento, procesarlo, entenderlo, aceptarlo y darse por aludido.

Con los ojos inyetados en sangre golpeò la mesa y lartiò en dos, se dirigiò a la pieza y se vistiò con la misma ropa de ayer resoplando de ira y frustraciòn, abriò el armario para buscar el revolver calibre treinta y ocho que habìa heredado de su padre y se diò cuenta de que faltaba la ropa y los zapatos de julia, la prolija mujer habìa dejado un hueco cortado con visturì en la vida, el alma y el hogar de Ernesto, quien con los nudillos blancos y la mano apretada en el mango del arma de fuego, avanzaba hacìa la puerta de la casa.

 Sudando copiosamente y con el rostro desfigurado avanzò hacia su objetivo, corriò hacia el centro de valparaìso atropellando a cuanta gente se le ponia por delante, jadeaba por el cansancio y las emociones que se acumulaban en su pecho, golpeò el asfalto sin mirar atras hasta encontrar la direcciòn que buscaba, sabìa que lo encontrarìa trabajando, avanzò hacia el interior de la talabarterìa y un fuerte olor a cuero le golpeò el rostro, su odio se acrecentò y su mano comenzò a temblar, cuendo el hombre lo vio le preguntò amablemente.

– ¿En què lo puedo ayudar, caballero?