Un universo destruido y vuelto a armar. De los esquizoides hasta el Festín de los Engendros.

Hace poco llegaron a mis manos dos libros, una primera y una última antología. Leí rápidamente la primera y seguí con la segunda como si de un mismo texto se tratase, ya les explico por qué.

Eskizoides es el primer libro publicado por Ignacio Fritz, una antología de cuentos a ratos sorprendentes, no solo por el manejo del lenguaje, sino también por la sensibilidad del autor que se expresa de manera elegante y brutal en cada relato, y que encuentra, años después, a su hijo perfeccionado en la última antología de cuentos publicada por Fritz, El Festín de los engendros, con el cual está íntimamente relacionado.

Voy a comenzar diciendo que estoy sorprendido con Fritz, sobre todo por el manejo del lenguaje, el vocabulario, y las técnicas narrativas diversas. Hay aquí un autor leído y hábil con su herramienta de trabajo, que demuestra talento (en su primera antología) y lo nutre con trabajo duro (Festín) lo cual queda ampliamente demostrado, tanto en las múltiples referencias literarias, que se dejan caer de manera elegante y casi sutil como en el estilo acabado del texto. Pero más aún me sorprende la profunda sensibilidad y capacidad de observación, que se deja entrever en sus textos. El que haga descripciones brutales, elija tópicos violentos o maneras vanguardistas de narrar, se debe, creo, a un intento de protegerse de la sensiblería, que un hombre “de verdad” (criado a la manera de la vieja escuela) rechaza, en pos de la exploración sin anestesia de las propias entrañas, de las propias sombras,  que indaga ahí dónde se guardan todos los miedos y todas las angustias, esas que no nos dejan dormir por las noches, esas oscuridades que sabemos que tenemos pero que no nos gusta mirar. Ignacio es un escritor que ha vivido, y que es honesto consigo mismo y ahí radica la magia de sus cuentos. En sus textos hay vida y hay fuerza, una fuerza que solo proviene de la experiencia y el dolor, que escindidos a la manera varonil de antaño, le dan el sabor a realidad áspera tan bien lograda que tienen los relatos del Festín de los Engendros.

Eskiziodes, es solo una muestra de lo que luego se lograría en el Festín, es un debut en el cual se ponen de manifiesto, el talento, los intereses y sobre todo el mundo en que Fritz irá trabajando en sus posteriores obras, La Hermandad Halloween, y la Indiferencia de Dios, por ejemplo. He aquí no solamente una obra bien lograda, sino también un hilo conductor, que a diferencia de la mayoría de las antologías no radica en un tema o una tesis, sino en una realidad, un emplazamiento, un universo literario. El cosmos creado por Ignacio Fritz, creo, sostiene toda su obra, y se desarrolla en ella de forma recursiva, mostrándose como retazos de una gran tela desgarrada que hay que reconstruir, cual detective, para ir, en la medida que apreciamos las distintas facetas del diamante, haciéndonos una idea de este ser vivo que palpita y respira tras las historias y los personajes que Ignacio nos muestra. De esta manera el lector tiene la tarea de construir e interpretar este rompecabezas. En este sentido, logro imaginarme al escritor como un pequeño demiurgo, que por medio de sus obras, nos abre diversas ventanas a la dimensión con la cual ha logrado conectar, y que por medio del lenguaje, levanta para nosotros.

Un par de libros completamente recomendables, sobre todo el Festín de los engendros, que  es un libro que no tiene nada que envidiarle a ninguna producción extranjera, hay calidad, hay experimentación, hay identidad y hay propuesta. Todos, elementos que se echan mucho de menos en la anquilosada literatura nacional, para la cual, la obra de Fritz en un verdadero electroshock.

Martin Muñoz Kaiser.

Santiago, Febrero 2017

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Charla: 6to Encuentro de Ficción Y Fantasía.

Ver el Video.

Gracias a todos los que nos acompañaron en la Charla de Ciencia Ficción y Fantasía del Centro Cultural de las Condes. Los que se la perdieron, pueden ver un extracto aquí.

Amelia

Parte de la antología de cuentos eróticos PORNOLOGIA, una muestra de lo que puedes encontrar en este libro que está disponible en Antártica Libros.

9789569568107

Hola, me llamo Amelia, tengo 16 años, curso segundo medio, quiero ser astrónoma y llegar virgen al matrimonio. Como no me va muy bien en el colegio mi mamá me sugirió que le pidiese a mis amigos en cursos superiores que vinieran a ayudarme con las materias, sobre todo con matemáticas. Es que para ser astrónomo hay que estudiar primero una licenciatura en Física o Matemáticas porque la Astronomía es la aplicación de la Física y las Matemáticas al entendimiento del comportamiento de los cuerpos celestes. El astrónomo en realidad es un astrofísico. Se le llama Astrónomo más por una tradición que otra cosa. Las tradiciones son importantes, como la de llegar virgen al matrimonio, por ejemplo.

Hoy viene Matías, él está en cuarto medio, las matemáticas se le dan fácil, lo mismo que el atletismo. Sus ojos son color avellana, sus manos son grandes y sus uñas bien cuidadas. Sus zapatos normalmente brillan y tiene una manera particular de anudarlos en la cual las dos orejas del nudo cuelgan hacia afuera. Usa un cinturón delgado de cuero y la camisa dentro del pantalón. El nudo de su corbata va normalmente suelto a dos centímetros del cuello abierto que deja ver sus pelitos del pecho. Siempre que pienso en él tirándose al agua, en sus rizos azabache y su piel bronceada por el sol, en esos hombros poderosos y esa sonrisa perfecta, me dan muchas ganas de romper mis votos, solo pensando en Gabriel, mi párroco, logro controlarme.

Gabriel siempre me dice que tengo que imaginarme en el confesionario, relatando los pecados que estoy a punto de cometer, contándoselos a él. Yo a Gabriel le tengo absoluta confianza y me entrego por completo a la hora de la confesión; todos mis malos pensamientos, mis tentaciones y pecados se quedan en ese lugar, y pago las penitencias que me asigna tal como mi madre me enseñó a hacerlo; de rodillas ante el altar.

Matías me habla lentamente, me mira a los ojos y repasa los números repitiendo los pasos que debo seguir para resolver la ecuación de segundo grado, yo solo le miro su dentadura perfecta y sus carnosos labios, desde donde sale esa voz melodiosa que para mí no es más que un ruido de fondo. Asiento con la cabeza, él sonríe y me desordena el cabello como si fuese una niña pequeña. Yo no soy una niña pequeña, pero Matías no me ve de otra forma. A él le gustan las mujeres mayores, me lo dijo una vez, su mujer ideal es una de treinta y cinco años, como mi mamá.

Mi madre trae salame, queso, papas fritas y una cerveza helada para Matías, que agradece tomando un largo sorbo, el cual me permite observar como la manzana de adán sube y baja en su grueso cuello con cada trago. Siento ganas de lanzarme sobre él y llenarlo de besos, pero me contengo. Los exámenes de fin de año son en dos semanas más y necesito entender la materia, no puedo perder el tiempo pensando en desabotonar la camisa de Matías, de enredar mis dedos en sus ensortijados cabellos, de acariciar sus amplios pectorales…

Mamá nos interrumpe, quiere saber si Matías puede ayudarla a abrir un tarro de conservas, él dice que sí y me deja haciendo ejercicios que apenas si entiendo. Mamá suele pedirle a Matías que la ayude con tareas domésticas cuando estudiamos, es que papá es el único hombre de la casa y casi nunca está debido a su trabajo. Quiero resolver los ejercicios para que Matías esté orgulloso de mí cuando regrese, pero no logro concentrarme en logaritmos ni las funciones imaginando el tarro de conservas que mamá le ha pedido que abra… el grueso cilindro de vidrio entre sus muslos y sus enormes y fuertes manos alrededor de la tapa de metal, sus brazos nervudos y ese hermoso rostro con el ceño fruncido al hacer el esfuerzo…

Cuando llega papá me saluda con un piquito en la boca y una palmadita en las pompas, mis amigas dicen que es raro, que sus papás no las tocan de esa manera, creen que mi papá es guapo y me envidian porque es cariñoso conmigo y me consciente en todo, y es que yo sé como hacer que mi papá diga que sí, pero eso no se los cuento a ellas. Roberto, el psicopedagogo del colegio, dice que las niñas tienden a enamorarse de los padres cuando están más chicas. Complejo de Electra le llaman, pero no es mi caso. Papá tiene cincuenta y ocho años, pero representa mucho menos; es alto, de quijada cuadrada y ojos verdes, usa su cabello castaño con canas en las sienes y forma el marco perfecto para su nariz perfilada. Es gerente de una gran empresa y está muy enamorado de mi mamá que es joven y bonita. Ella tenía dieciocho años cuando quedó embarazada y mi papá estaba tan contento que dejó a su otra esposa, que no le quería dar hijos, y se vino a vivir con nosotras.

Para mí, papá es el hombre perfecto y Roberto dice que no hay nada de malo en que yo lo vea de esa manera. Una hija que acaricie a su papá en los lugares adecuados obtiene absolutamente todo lo que desea, dice mi mamá. Y Gabriel está de acuerdo, dice que mi papá tiene todo el derecho de tocarme donde quiera y yo quiero ser una buena niña así que para mí todo está muy bien.

Tomo el maletín de papá de sus manos y lo llevo a su estudio, lo coloco sobre el escritorio y él se arrellana en el berger de cuero, yo me siento en sus piernas y le acaricio la frente, le acomodo el pelo, le beso las mejillas y con mucho cuidado dirijo mis manos a su corbata, la acaricio suavemente desde la punta hasta el nudo, lo suelto un poco e introduzco mis dedos entre las vueltas de la seda, deslizándola lentamente mientras le pregunto cómo ha estado su día y él me cuenta poniendo la mano en la mitad de mi muslo, así me hace saber que necesita liberar tensiones. Yo dejo la corbata en el escritorio y le desabrocho un par de botones de su camisa para luego masajear su cuello, me encanta cuando mi papá suspira y se relaja por fin, olvidando su trabajo.

Matías se ha ido y yo no me he dado cuenta pues me he dedicado a hacer sentir bien a papá, mamá dice que vendrá mañana sin falta a revisar mis ejercicios, y ya es hora de dormir.

Al día siguiente salgo de mi casa corriendo, como siempre apenas he alcanzado a tomar desayuno, llevo la tostada con mantequilla colgando de la boca, es el quinto bocinazo del furgón escolar, una van amarilla conducida por el tío Guillermo, un hombre robusto de barba abundante y pelo negro. Su voz es ronca y poderosa y sus manos gruesas sostienen el volante con firmeza. El tío Guillermo es muy simpático conmigo, y me tiene reservado el asiento del copiloto, lo único malo es que soy la primera que pasa a buscar y la última que deja cuando nos trae de vuelta, y es que yo vivo en los suburbios. Apenas me subo me pregunta si me abroché el cinturón de seguridad, se detiene en la esquina y lo revisa con cuidado.

—A ver, Amelia, dejarme revisar si te lo pusiste bien —me dice mientras sus manos comprueban el seguro y sus gruesos dedos rosan mi cadera—. ¿Te imaginas que le diría a tu mamá si te pasa algo por que no revisé si tenías bien puesto el cinturón? —agrega con severidad mientras sus manos recorren la gruesa huincha ploma. Cuando llega a la altura de mis pechos se detiene, puedo sentir su aliento muy cerca de mi cuello, sus nudillos rozan mis pezones mientras comprueba la tirantez   de la faja.

—Mi trabajo es cuidarte hasta que lleguemos al colegio, hasta que te deje frente a la puerta del colegio eres mi responsabilidad —dice y yo cierro los ojos imaginando esos gruesos dedos entre mis muslos, jugando con los bellos de mi pubis, tratando de entrar entre mis labios vaginales, descubriendo la humedad y la calentura que me embargan cada vez que el tío Guillermo revisa el cinturón. La verdad no sé qué me pasa cuando se acerca a mí, su cuerpo grueso y poderoso me da una mezcla de miedo y deseo.

Cuando termina la inspección mis mejillas están rojas. No le quito la mirada a su entrepierna en todo el viaje, puedo notar como un enorme bulto palpita bajo la mezclilla y estoy a punto de estirar la mano para tocarlo cuando se sube el segundo pasajero. Tengo que conformarme con imaginar las manos del tío Guillermo en mi cabeza y mi boca llena de su carne y su leche de hombre. Lo imagino desnudo, gordo y peludo, moviéndome de un lado para otro con su gran fuerza, el hueco que se marcaía en sus nalgas si me penetrase salvajemente, su rostro pervertido mientras me tira el pelo, pegándome en las nalgas gritándome groserías, imagino su enorme pene entrando en mí con dificultad y apenas puedo controlar los deseos de tocarme pensando en tener a ese viejo feo como una morsa dentro de mí.

Apenas llego al colegio busco a Cecilia, ella es flaquísima, de pelo negro azabache muy liso, muy callada y muy inteligente, le va muy bien en lenguaje y dice que quiere ser poeta, supongo que por eso conversamos bastante, yo siempre le hablo de las estrellas y las constelaciones y de los compañeros de cursos superiores como Matías que van a mi casa y usan la piscina. Cecilia también va a mi casa, se queda a dormir y usamos mi telescopio para mirar la luna y los planetas. Fumamos marihuana que trae ella, conversamos de nuestros planes para el futuro y me lee sus hermosos versos. Estoy segura que algún día ella será famosa. A mi mamá le gusta Cecilia, dice que es bueno que tenga amigas con quienes conversar cosas de niñas, no es que no converse con mamá, a ella le cuento todo lo que me pasa, pero me anima a invitar a Cecilia a casa los fines de semana. Su mamá siempre se queda mucho rato tomando vino y conversando con mis padres antes de irse, supongo que esa amistad entre nuestros padres nos da la confianza que necesitamos para ayudarnos en nuestras necesidades más profundas.

Cecilia realmente es como una hermana para mí. Ella sabe muy bien lo que necesito en las ocasiones que el deseo me supera y me acompaña al baño de niñas sin hacer preguntas. Nos metemos rápidamente a uno de los cubículos y ella se sienta en la taza, se saca los lentes y los guarda en el bolsillo de su delantal, yo me levanto la falda tableada y ella me baja los calzones, entonces adelanto mi pelvis para que meta su barbilla entre mis muslos. Me gusta poner mi mano en su nuca mientras me lame, Cecilia sorbetea al principio pues estoy empapada, sus manos aferran mis nalgas y las abren mientras incrusta su lengua en mi vulva hinchada y luego la enrosca suavemente en mi clítoris haciéndome ver estrellas. Comienzo a sentir un calorcillo en mis mejillas y Cástor y Pólux se dibujan en mi retina. Cástor tiene su propia asociación estelar en la cual están Vega, Piscis Asturini, y Fomalhaut, la boca de pez, la boca de Cecilia que bebe de los espasmos de mi orgasmo.

Debo morderme la corbata para que las compañeras que orinan al lado y las que se maquillan en los lavamanos no escuchen mis gemidos. Entonces suena la campana y Cecilia sale de entre mis piernas temblorosas sonriendo, me saca los calzones empapados y los guarda en su bolsillo, yo tomo el par extra que traigo en la mochila, invariablemente de algodón blanco con pequeñas florcitas estampadas, y me los coloco antes de salir corriendo a la formación.

Me alegro de poder contar con una amiga como Cecilia, ella me ayuda a no pecar, a aguantar las ganas que tengo de dejar de ser virgen, pero sé que mi amiga no estará para siempre conmigo. Roberto, el psicopedagogo del colegio, dice que es normal tener esta energía sexual acumulada debido a la cantidad de hormonas que corren por mi cuerpo, además me dijo que eso de llegar virgen al matrimonio solo ayudaba a reprimir mis impulsos, generando una neurosis y haciendo que estos se vuelvan más salvajes y retorcidos. Me habló de varias aberraciones, e incluso me mostró imágenes de mujeres amarradas y golpeadas por látigos y fustas. A mí aquellas prácticas me parecieron bastante interesantes, sobretodo porque no había penetración. Roberto me dijo que esas cosas trataban de sublimar el impulso sexual por medio del dolor y el sometimiento, yo creí que era una opción viable hasta que sentí su miembro caliente y duro contra mi hombro, la verdad no pude evitar estirar mi mano para tocarlo mientras un hombre maduro paseaba a una chica con un collar de perro y una correa. Cuando Roberto se bajó la cremallera del pantalón y pude ver su enorme pene frente a mi rostro, se me hizo agua la boca y mis labios se abrieron automáticamente, avancé lentamente hacia el glande amoratado y puse mis labios a su alrededor mirándolo a los ojos.

—Amelia —suspiró Roberto cerrando los suyos y echando la cabeza hacia atrás pensando que yo iba a continuar, esto me sacó del trance en el que había entrado.

—Creo que debo ir a confesarme —dije y me levanté dirigiéndome hacia la puerta de la oficina. Él guardó su virilidad y cerró su laptop rápidamente. Yo me fui directo donde Gabriel, quién me felicitó por mi fuerza de voluntad, pero me hizo pagar de forma dolorosa.

Después de eso Gabriel me hizo volver donde Roberto y pedirle disculpas por haberlo tentado, él se disculpó también y desde ese día guarda su distancia. Conversamos temas interesantes por supuesto, y trata de guiarme para que me concentre en clases ya que normalmente me distraigo mirando los bultos de mis compañeros y profesores. No me gustan todos, pero es un sufrimiento para mí estar rodeada de tantos hombres. Sé que la mayoría son unos idiotas, que si se los ofreciera, cualquiera de ellos me haría perder la virginidad, pero no es eso lo que yo quiero en la vida, por eso mi actitud hacia a ellos es de completa indiferencia, de esa manera evito cualquier tentación mayor.

Fue justamente a raíz de este problema de concentración que Gabriel me habló de un sacerdote Jesuita como él que se codeó con Albert Einstein y fue el padre de la teoría del Big Bang, este hombre de fe y ciencia se llamaba Gorges Lamaître, un Belga que estudió ingeniería y luego física. Posteriormente busqué fotos de él y me pareció un gordito muy simpático, y al leer más de su vida me inspiré y decidí convertirme en astrónoma. Gabriel me dice constantemente que cada vez que sienta que la tentación se cierne sobre mi debo pensar en las estrellas, las constelaciones y la vastedad del universo; en que las estrellas y galaxias que veo a través del telescopio se han apagado millones de años atrás, y que su luz es todo lo que queda de ellas, viajando millones y millones de años para impactar en mi retina y permitirme mirar el pasado del universo. Nuestras vidas, dice Gabriel, son más que esas luces, pues nuestras almas son eternas y su luz jamás se apagará si buscamos la santidad.

Es por eso que estoy en constante batalla con mi cuerpo y sus impulsos naturales. Según Roberto es propio del cuerpo adolescente que va alcanzando la madurez sentir deseos irrefrenables de reproducirse pues, hasta hace muy pocos años, la expectativa de vida de nuestra raza no alcanzaba más de treinta años. Eso significaba que la ventana para poder tener hijos y llevarlos hacia la madurez sexual no sobrepasaba los quince. Los humanos debían procrear para sobrevivir. La cultura actual, dice Roberto, no está en sintonía con la manera en que el ser humano ha evolucionado durante milenios, y este desfase genera una neurosis colectiva que hace que la civilización parezca no tener sentido. El sexo es la fuerza que nos mantiene vivos, el deseo está impreso en nuestros genes y es un llamado que no podemos ignorar.

Yo prefiero someterme a Gabriel, no quiero creer que los seres humanos somos simples animales cuyo único propósito es perpetuar la especie, es cierto que quiero tener sexo, que imaginármelo me provoca placer, que necesito de la lengua de Cecilia para superar mi neurosis. Pero también es cierto que en los seres humanos existe algo eterno, no sabría cómo explicártelo con palabras, pero es como un orgasmo con la lengua de Cecilia, en ese momento el tiempo se detiene para mí y la vida cobra un significado diferente. Es por esto que sé que quiero llegar virgen al matrimonio, porque cuando tenga mi primer orgasmo con un pene dentro de mi cuerpo, quiero que ese pene sea el de mi esposo, quiero que el sentido que tiene mi vida esté bendecido por Dios.

El día se me pasa lento, y al terminar le aviso al tío Guillermo que me pase a buscar más tarde a la parroquia, él me responde que ningún problema. Entro a la iglesia y me persigno con agua bendita arrodillada frente al Jesús crucificado y sangrante. Camino por la nave central y atravieso el lugar santísimo, abro una puerta y me dirijo a la oficina de Gabriel que me recibe con una sonrisa. Gabriel no es tan alto como papá, pero es ancho de espaldas, lleva su cabello castaño corto y usa una sotana negra hasta los pies. Me acerca una fuente de cristal llena de dulces y me indica que puedo sentarme, sale de su escritorio y se sienta frente a mí.

—Amelia, de nuevo en la casa del señor —dice sonriendo con total naturalidad—, no te sientas mal, sabes que puedes confiar en mí.

—Gabriel —le digo arrodillándome frente a él, perdóname porque he pecado.

—Has venido al lugar correcto pequeña, confiesa y yo perdonaré todas tus ofensas.

—Hoy he vuelto a tener malos pensamientos —le digo y mis manos se posan en sus fuertes muslos—. He imaginado al tío del furgón escolar, al psicopedagogo del colegio y a varios de mis compañeros haciendo uso de mi cuerpo, penetrándome por todos lados, salpicándome con su semen y no he podido evitar tocarme.

—Tranquila Amelia —responde dulcemente Gabriel colocando una de sus manos en mi mejilla—. ¿Te has tocado tu sola o le has pedido a Cecilia que te ayude?

—Cecilia me ha ayudado, pero eso no es lo peor.

—Continúa Amelia, no hay pecado que no se pueda redimir.

—Es que siento deseos de probar un pene, Cecilia ya no es suficiente, necesito un pene duro e hinchado, necesito tocarlo, chuparlo y…

—¿Y qué más Amelia? — pregunta él deglutiendo con dificultad, puedo notar el bulto en su entrepierna y lo rápida que se ha vuelto su respiración.

—Creo que si tú me dejas chupártelo, eso no sería pecado, Gabriel —le digo apretándole el pene por debajo de la sotana y por sobre el pantalón. Me las arreglo para desabrocharlo y sostener su miembro venoso entre mis manos, se siente tan duro y caliente que no logro controlarme y me meto debajo de su hábito, avanzo entre sus muslos en medio de la oscuridad, con mi boca abierta dispuesta a engullir ese mástil de carne hasta la garganta.

—Amelia —suspira Gabriel casi sin fuerzas. Su pene choca con mi campana y mis labios abrazan el tronco palpitante—. ¡Amelia! —Grita poniéndose de pie y apartándome de un empujón—. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Es que yo… —balbuceo y siento que los colores se me suben al rostro, pero esta vez no hay calentura sino vergüenza.

—¡Fuera de mi oficina ahora!

—Pero Gabriel… —exclamo a punto de las lágrimas.

—¡Veinte padres nuestros y cincuenta aves marías, jovencita!

—Está bien Gabriel —respondo con la mirada en el piso, tomando mi chaqueta y mi mochila.

Está atardeciendo cuando el tío Guillermo llega a buscarme para llevarme a casa, yo estoy sentada en las escaleras de atrio de la parroquia rezumando mi vergüenza, me limpio el llanto de las mejillas y me subo cerrando la puerta tras de mí, ya no hay pena sino rabia y ganas de gritar. Avanzamos dos cuadras y el tío Guillermo se detiene en una esquina poco iluminada y me dice.

—A ver Amelia, déjame revisar si te lo pusiste bien —mientras sus manos comprueban el seguro del cinturón de seguridad sus dedos rozan mi muslo, pues al subirme apresuradamente mi falda se ha recogido—. ¿Te imaginas que le diría a tu mamá si te pasa algo por que no revisé si tenías bien puesto el cinturón? —agrega con severidad fingida mientras sus manos recorren la huincha. Cuando llega a la altura de mis pechos se detiene, puedo sentir su aliento a cigarrillo muy cerca de mi cuello, sus nudillos rozan mis pezones mientras comprueba la tirantez de la faja y mi corazón late rápido—. Mi trabajo es cuidarte hasta dejarte en tu casa, hasta entonces eres mi responsabilidad… — Me dice y coloca la otra mano sobre mi muslo.

—¡Suéltame viejo degenerado! —le escupo en el oído antes desabrocharme el cinturón,   bajarme del furgón escolar y dar un portazo. Imagino que Gabriel me está mirando y eso me llena de culpa.

Camino rápido, pero el tío Guillermo me persigue pidiéndome disculpas. Me pide que lo deje llevarme a casa, que nunca más se atreverá a tocarme. Yo solo miro el pavimento tratando de no llorar, después de dos cuadras de escuchar sus excusas ya no aguanto más.

—Si no dejas de molestarme me voy a asegurar que mi papá te meta a la cárcel por violador —le digo con los puños apretados. Esto es suficiente para que se largue. Ahí me baja la pena, lo he echado todo a perder, ¿cómo le voy a explicar a mamá?, ¿cómo voy a mirar a Gabriel a los ojos nuevamente?, ¿Qué es lo que voy a hacer sin la guía de Gabriel?

Un microbús se detiene delante de mí y abre la puerta con un sonido de aire comprimido, no me había dado cuenta que estaba sentada en un paradero, siento que he pasado horas esperando algo, pero no sabía qué. Curiosamente la micro va en dirección a los suburbios. Me subo pero entonces me doy cuenta que no tengo como pagar el pasaje. De todas formas atravieso el troniquete, al chofer parece no importarle y reanuda la marcha.

Me siento al fondo, cerca de la puerta trasera. Delante mío va un niño rubio de pelo ensortijado y lentes de marco negro que lo hacen ver bastante interesante. Va leyendo un libro grueso, lleva uniforme de colegio y por su insignia sé que no es el mío. No es que esté buscando un motivo para hablar con él, la verdad no estoy de ánimo para hablar con nadie, pero no estoy segura si ésta micro va a dejarme realmente en mi casa, así que decido preguntarle.

—Hola, ¿te puedo molestar? —le digo con una sonrisa, tocándole suavemente el hombro.

—Ah, ¿qué? —levanta la cabeza despistado.

—¿Si te puedo hacer una pregunta?

—Si claro, es que estaba concentrado en mi libro.

—¿De qué trata tu libro? —pregunto automáticamente.

—De un guerrero mapuche que tiene que ir al volcán Lanín a encontrar un martillo mágico para liberar al pueblo de una serpiente gigante…

—¿De verdad? —digo y nuevamente noto como las palabras salen sin control de mi boca.

—Sí, pero… ¿era esa tu pregunta?

—Oh no, yo quería saber si ésta micro pasa por los suburbios.

—¿Estas perdida?

—Algo así supongo, yo nunca ando en micro y me da miedo no poder llegar a mi casa.

—No te preocupes —me tranquiliza él—, esta micro llega a los suburbios recorre la calle principal y luego da la vuelta en la plaza.

—Yo vivo solo a unas cuadras de la plaza —interrumpo entusiasmada, sintiendo que mi suerte cambia un poco para variar.

—¿Te dio mucho miedo no poder llegar a tu casa?

—No, ¿por qué lo dices?

—Porque parece que estuviste llorando.

—Sí, pero lloraba por otra cosa—. Le respondo desviando la mirada.

—Está bien si no quieres hablar de ello, mira, cuando tengo miedo me pongo a orar, no es una oración normal, sino que hablo con Dios, y le pido que me cuide. Normalmente todo sale bien.

—¿Crees en Dios?

—Por supuesto, me llamo Eduardo, quiero ser abogado y llegar virgen al matrimonio —dice con una hermosa sonrisa.

—Mi nombre es Amelia —atino a responder un minuto después—, y también…

—Encantado de conocerte, Amelia —me interrumpe apurado—, esta es mi bajada, cuídate mucho, faltan unos veinte minutos para llegar a la plaza…

La voz de Eduardo se desvanece mientras salta del microbus y se pierde en la oscuridad. Lamento no haberle pedido su número, pero sé que la providencia me permitirá encontrarme con él nuevamente, porque ese es nuestro destino.