Sorrento.

Peresoso. Con la lengua pastosa y el cuerpo cortado. Patricio Garrido se levantó de la arena sacudiose la ropa y entrecerrando los ojos para que el sol no los hiriese.
Caminó por la arena revisandose los bolsillos. Estaba su billetera. Las llaves de la pieza que arrendaba y un par de monedas que no alcanzaban ni para una goma de mascar.
Su camisa blanca estaba manchada con vino. Y sus zapatos gastados se hundian en la arena a cada paso que daba fuera de la.playa. Las olas se despedian de él.con su cadencia rítmica cual.sirenas su sorrento sobre los marinos ingenuos.
Patricio ya no era ingenuo. Y caminaba hacia tierra firme con la.convicción de no volver a la.playa nunca más. No hasta poder recordar bien lo que habia sucedido la noche anterior. Averiguar que día era hoy. Y que hora. Porque aunque el frío de la madrugada lo había despertado no tenía claro cuanto tiempo había estado desaparecido. Si lo poco que recordaba era un sueño. Una pesadilla. Una alucinación por falta de sueño y la.ingesta desmedida de alcohol. O simplemente se estaba volviendo.completamente loco.

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