Más sabe el Diablo

Carlos Ramirez vuela escaleras abajo, su pelo y su chaqueta de paño flamean mientras salta de cinco en cinco escalones, su compañero ha quedado ya muy atrás, sabe que adentrarse en las escaleras de aquel cerro es peligroso, pero Carlos ha salido hace poco de la academia, y es temerario, quiere acabar con todo foco de delincuencia en cualquier lugar y en cualquier momento, tiene una sociedad que proteger, un pueblo al cual servir.
Sus zancadas retumban y la sobaquera salta de un lado para otro mientras su cuerpo se mueve entre las rejas y por sobre los techos de latas oxidadas, a su derecha se contempla toda la bahía de Valparaíso, los buques entran lentamente en la rada, cual cascaras de nuez y descargan sus foráneos productos en el puerto, las casas de colores cuelgan de la quebrada y la ropa se seca al viento balanceándose de los balcones, custodiados por gatos perezosos; como los leones de la plaza de la victoria, Que bostezan y miran indolentes como el joven policía persigue a su presa saltando como un puma por los escarpados tejados del cerro cordillera.

Maikol Ruiz es un soldado recién reclutado por a banda de los Piraña, bien conocido por haber trabajado de mechero en uno de los supermercados del plan, hacía poco que había cambiado de rubro, cansado de lidiar con guardias, y sediento de poder. En su jungla, el poder máximo se encuentra en el narcotráfico.
Con dos gramos de clorhidrato de cocaína, las pupilas dilatadas y su corazón latiendo rápidamente, Maikol salta de techo en techo, llevando al joven policía justo donde quiere.

Carlos cae en un patio y luego salta una pandereta de madera, baja por una quebrada y atraviesa unos matorrales, solo unos metros lo separan del delincuente, su cuerpo bien entrenado no le da problemas, sus músculos aún rinden, sube la ladera dando zancadas, pero el Maikol ya ha trepado por una reja, para cuando Ramirez llega ahí, el maleante está sobre el techo de la casa corriendo otra vez, la tarea parece imposible, pero Carlos no se detiene, su voluntad es de acero.
El sudor empapa su camisa, y su pelo, su mirada refleja toda la determinación con la cual da cada tranco, sabe que se está adentrando en una zona peligrosa, pero aún tiene esperanzas de alcanzarlo antes de entrar a territorio Piraña.
Imprime entonces aún más velocidad a sus piernas, que se mueven como partes de un un motor de formula uno, como un galgo tras un conejo, como un guepardo tras un gacela. Saltando desde una cornisa hasta el borde de una terraza, se impulsa con sus brazos y trepa hasta un balcón construido en el techo de la casa.
El edificio es de estilo moderno, de ventanas amplias y alargadas, de hormigón armado y vidrio, de formas rectas y limpias. Carlos esta sobre lo que los arquitectos de aquél estilo, nacido en los años veinte, llaman la quinta fachada. El sol cae sobre el océano Pacífico lentamente, mientras las olas lo reflejan en un millar de pequeños brillos, y el viento le despeja el rostro, y levanta un poco de polvo que se arremolina en el aire.

Maikol le está apuntando con un revolver y una sonrisa en el rostro. Dos jóvenes más aparecen desde una escalera, Carlos tiene la mano izquierda en la empuñadora de su pistola, ve por el rabillo del ojo como los jóvenes avanzan hacia él y en una fracción de segundo calcula sus posibilidades, mira a los ojos de su enemigo que suda copiosamente y tiene la mano temblorosa, se miran a los ojos en espera del primer movimiento.
Carlos mira bruscamente a su derecha, Maikol no lo puede evitar y desvía su mirada también, en un pestañeo, Ramirez da un paso hacia adelante, mueve la muñeca de su presa hacia la izquierda al tiempo que desplaza su torso hacia la derecha y con su mano libre sostiene el revolver y lo gira sobre su empuñadura, quebrándole el dedo índice al traficante, arrebatándole el arma para luego golpearlo en la mandíbula con la cacha de la misma.
El Maikol cae inconsciente al piso, pero los dos jovenes soldados ya están muy cerca, Ramirez no alcanza a apuntar, el primero tiene un cuchillo cocinero y el segundo un palo. Carlos esquiva el golpe del madero y se mete por el costado izquierdo de su oponente, bloquea el movimiento del delincuente colocando su mano izquierda sobre el codo enemigo al tiempo que descarga otro culatazo en la mandíbula y patea de frente y con fuerza para lanzar el cuerpo desvanecido del bateador sobre el que sostiene el cuchillo, que instintivamente trata de agarrar a su compañero, sin darse cuenta que Carlos ya ha saltado sobre él y descarga una patada en su rostro.
Tiene tres maleantes a sus pies, y está bastante cansado, jadea por el esfurzo, pero no le dan tiempo para descansar, puede escuchar como vienen subiendo por las escaleras, en pocos segundos estará rodeado, como un león apartado de su presa por las hienas, su orgullo se siente herido, ha logrado una victoria futil, y si no escapa, su vida estará en peligro, lo medita unos segundos, y decide desenfundar y parapetarse, no se convirtió en detective para dejar que los malos caminen libres por las calles de su ciudad, sino para encerrarlos.

Los malos aparecen por la escalera, Ramirez ve que están armados, dispara con su pistola y derriba a dos, uno con una balazo en el hombro y el otro en una pierna, los traficantes disparan a todos lados, no saben de donde han venido los tiros, solo están concientes de que tienen a un enemigo en su propia casa.
Pronto hay seis más disparando, las balas se incrustan en el hormigón, el olor a pólvora inunda el aire, las rondas de los delincuentes parecen eternas, Carlos baja a tres más, y se queda sin tiros, decide usar el revolver del Maikol, lo vacía rápidamente y abate a otro par, queda con solo un enemigo en pié, pero sin balas.

El delincuente se acerca en silencio, no dice nada, ya sabe donde se encuentra el tira, Carlos sabe que es solo cuestión de tiempo, está acorralado como una rata, el Piraña avanza tranquilo empuñado su fierro pegado a la pared, Ramirez levanta la manos y cierra los ojos, el hombre sonríe y se escucha el último disparo de la noche.

Toda la vida del joven pasa por delante de sus ojos, piensa en los años de entrenamiento, el arduo estudio, y las esperanzas de su madre, piensa en su padre, muerto en un asalto a un almacén de barrio, piensa en sus vecinos y en toda la gente que no podrá ayudar, en los delincuentes que no va a atrapar, en que cumplir el deber vale la pena, en que siempre supo que todo terminaría de esta forma, suspira enfrenta la inevitable realidad con el pecho erguido, escucha el estruendo y espera el minuto fatal.

Carlos abre los ojos lentamente, se palpa el cuerpo, no tiene ningún agujero, el Piraña cae, y Pablo Gutierrez, su compañero, aparece detrás de él.
– ¿No se por qué los jóvenes siempre corren tanto? – Pregunta entre dientes, más para si mismo que para Ramirez, y agrega – ¿Que a caso no sabes Carlitos que más sabe el Diablo por viejo, que por diablo?. – Dice Gutierrez mientras guarda su 38 especial en su sobaquera de cuero, y enciende un cigarrillo.

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Costura Azul

ImageComo cada día, Hernán Montenegro salió del baño recién duchado y acicalado, se vistió cuidadosamente, metió ordenadamente la camisa dentro de su pantalón y se arregló la corbata. Un tango sonaba en su vieja vitrola, y al ritmo de ese sonido sucio y cadencioso, se colocó la chaqueta de lino negro, que le quedaba un poco ajustada, y salió a la calle.

La humedad de la neblina matinal, que se había instalado sobre el puerto le despejó aún más; pues ese día, alguien muy importante para él, vendría a visitarlo.

Bajó por una empinada y angosta escalera hasta llegar a un funicular, pagó el módico importe, y sintió como la jaula metálica se sumergía en la ciudad bamboleándose con él, encerrado en su barriga.

El armatoste se detuvo, y Hernán caminó con paso seguro por un pasillo largo, estrecho y lúgubre. Pasó al lado de un par de maseteros; y unos cuantos gatos que lo miraron con desinterés, mientras lamían leche de un plato de té, puesto en el dintel de una puerta pintada de amarillo. Unas camisas colgaban desde unos tendederos que se asomaban desde las ventanas en lo alto, y una pequeña linea de luz vertical, al fondo, marcaba la dirección en la cual se dirigían sus pasos.

Salió a la calle principal y avanzó dos cuadras hacia la derecha, entró a al café de siempre, y como todos los días, escogió una mesa junto a la ventana, y encendió un cigarrillo.

El mesero lo saludó, le trajo un cenicero y solo con un gesto de Hernán, entendió que debía traer lo de siempre. Un café esspreso y un pan delgado y crujiente con una capa de mantequilla, unas lonjas de carne, queso fundido y un huevo frito.

Hernán miró su reloj y suspiró, se miró en reflejo del ventanal y trató de controlar sus nervios, pues ese día, tenía una reunión importante; mariposas aceradas rasgaban su estómago, como si de un amor adolescente se tratase.

Al terminar su desayuno, tomó una de las delgadas servilletas del vaso plateado y se limpió la comisura de los labios y la punta de los dedos; arrugó el papel transparente por la grasa absorbida, y lo colocó bajo el borde del plato; apuró el ultimo sorbo de su café, dejó un billete sobre la mesa y se levantó. Alzó la mano en señal de despedida y salió a la calle, que estaba llena de gente de cuello y corbata caminando apresurada en diferentes direcciones, y se dirigió a su oficina.

 

Hernán se desembarazó de su chaqueta y se arrellanó en su cómodo sillón de cuero, revisó los papeles que su secretaria le había dejado en el escritorio, miró el reloj por enésima vez, y movió su pié nerviosamente una y otra vez golpeando el parqué.

Procesó el papeleo bastante rápido y abrió la ventana, el sonido de los vehículos, los pasos y las conversaciones del exterior llenaron el espacio, y encendió otro cigarrillo para matar el tiempo, aspiró profundo y luego soltó una larga bocanada de humo azul mientras ensayaba sus gestos y frases en la mente, para estar preparado para cuando llegase la visita.

 

Sonó el teléfono y su secretaria le dijo que una mujer llamada Ana se encontraba en la sala de espera. Hernán apagó su cigarrillo a medio fumar, y cerró la ventana apresuradamente, se acomodó la corbata y revisó que su cierre del pantalón estuviese arriba, se miró en el reflejo de la ventana, se desordenó un poco el pelo ondulado y suspiró nervioso antes de abrir la puerta con la mayor naturalidad del mundo y sonreír con los brazos abiertos.

 

―Buenos días Ana.

―Buenos días Hernán, ¿puedo pasar?

―Por supuesto, te estaba esperando.

―Gracias por recibirme . ―Dijo Ana, y entró silenciosamente en la oficina saludándolo con un beso en la mejilla; y haciendo gala de su garbo natural, se sentó despacio en uno de los sillones y cruzó las piernas. ―¿Puedo fumar? ― agregó sacando una cajetilla de cigarros mentolados del bolsillo de su abrigo de fieltro rojo, mientras se acomodaba el cabello.

―Claro que puedes Ana, estas en tu casa.

―¿Cómo has estado primo?

―Muy bien, gracias por preguntar. ―Mintió Hernán, sonriendo con descaro, sintiendo que al pronunciar esas palabras, el vacío en su pecho se hacía más evidente aún.

―Hace mucho tiempo que no nos veíamos, mi madre me ha mantenido al tanto de tu vida, sabía que tenías esta oficina en el centro, pero la verdad es que no me había decidido a pasar a saludarte.

―Siempre seras bienvenida en mi oficina Ana, si te puedo ayudar en algo, solo tienes que pedirlo. ―Contestó Hernán sentándose frente a ella, colocando un cenicero en una mesita junto a los dos sillones. ―Mi vida es relativamente monótona, cuéntame de ti Ana, no se nada de tu persona desde hace… catorce veranos.

―Los veranos eran nuestros ―Sonríe Ana dulcemente como perdida en los recuerdos que esa palabra evoca en su memoria.

―Se que te casaste con un médico de excelente familia ―Exclamó él fingiendo alegría.

―Soy muy feliz primo, soy la jefa en mi trabajo, mi marido es muy bueno conmigo, no es celoso, me consiente en absolutamente todos mis caprichos; compramos un terreno hace poco, y estamos construyendo nuestra casa; quiero que tenga una enorme cocina, y una cava de vinos, como la que había en la casa de tus padres, un amigo nuestro que es arquitecto está diseñándola a nuestra medida.

―¿Cómo está tu padre? Supe que perdió absolutamente todo con el maremoto, vino a ver a mi madre hace unas pocas semanas, lo vi cansado, me recordó a nuestro abuelo.

―La compañía de seguros va a correr con la mayoría de las pérdidas, pero él no quiere volver a empezar, y eso me preocupa primo; yo, mis hermanas y mi madre no sabemos cómo ayudarlo, tal vez necesita el apoyo de un hombre al cual se sienta más cercano… ¿Y tu madre, cómo está ella?

―Mi madre está bien, trabajando como siempre, dejó de fumar, se compró un departamento con vista al mar, preparándose para la vejez, para cuando la última de mis hermanas se vaya de la casa.

―Siempre admiré a tu madre, tan elegante y siempre tan decidida, aprendí a cocinar mirándola a ella sabes.

―Es una gran persona. ―Remata Hernán encendiendo un cigarrillo, se siente incómodo con el tema, pues nunca se ha sentido un digno hijo de su madre, él no heredó su entereza, su espíritu combativo o su capacidad de trabajo, que asombran tanto a los observadores externos, frunce el ceño y desvía la mirada.

―¿Cómo va el amor? ―Lo interpela ella con una sonrisa pícara, intentando llevarlo hacia otro tema. ―Estoy segura que deben haber muchas solteras esperando a que las invites a salir.

―Nada serio ―Se apresura a responder él nervioso y aún más incómodo.

―Tu secreto estará bien guardado conmigo ―replica ella divertida.

―¿Para qué viniste Ana? ―Dijo Hernán, mientras el humo sale por su nariz y su mirada se endurece.

―No te enojes Hernán, ―Ana hace un puchero y entrecierra los ojos a manera de reproche ―Solo quería saber de ti, mis mejores recuerdos de infancia te tienen a ti como actor principal.

―Eso fue hace mucho tiempo Ana, ¿por que ahora? ―Ella guardó silencio un momento y su mirada se perdió en un pensamiento, su semblante cambió y dio una larga succión a su cigarrillo.

―Quería pedirte disculpas Hernán, por lo que pasó durante esas vacaciones.

―No tengo nada que perdonar, yo estaba con esa mujer cuando tu llegaste, es lógico que hayas reaccionado como lo hiciste, además, solo tenías catorce años.

―Pedro aún me envía cartas de amor. Está casado, tiene una hija, y aún así insiste en que nos veamos. ―Tú sin embargo, no me buscaste nunca más, quiere decir ella a continuación, pero se traga sus pensamientos.

―No he visto a Pedro en años, y francamente no me interesa saber de él. ―responde Hernán secamente, visualizándose sobre Pedro moliéndole el rostro a puñetazos, sintiéndose patético y humillado.

―Después de ese verano que pasamos juntos, en la casa de tus padres, vine a disfrutar de la temporada estival a la región muchas veces, siempre salíamos con los que habían sido tus amigos, Armando y Pedro. Ellos estaban completamente locos; Nos paseaban por toda la ciudad en su automóvil, con la música a todo volumen y en un estado etílico sorprendente; nos la pasábamos de fiesta en fiesta.

―Nunca supe de aquello y no me interesa. ―La cortó Hernán arrugando el cejo, mordiendo con fuerza, los maceteros se marcan en su rostro.

―Encontré las cartas que esa mujer te escribió ese verano, sé que tienes un hijo con ella. Lo he visto, se parece mucho a ti. ―Hernán abrió los ojos de par en par y su indignación se calló al suelo.

―Pensé que nadie sabía de eso. ―Ana mantenía su barbilla en alto.

―Yo estaba dispuesta a perdonarte ese error.

―Siempre supuse que estabas jugando conmigo, después de todo, te fuiste con mi mejor amigo. ―Sus ojos se encontraron nuevamente y guardaron silencio por un minuto, Hernán se sentía desnudo, pensaba que este reencuentro sería completamente diferente.

―¿Por qué me rechazaste Hernán? Quiero que me lo digas tú mismo.

―Si me quedaba a tu lado no hubiese sido nada más que un juguete para ti, no quiero que nadie juegue conmigo. ―Y aquella última frase le dejó gusto a orgullo e ira en su garganta.

―Imagino que cuando sea ya muy anciana, verás las cosas de manera diferente, y vendrás hasta mi. Y podremos estar juntos para siempre, porque, no puede ser que sea siempre yo la que te busca, y tu el que dice que me ama.

―Si tuviese la certeza de que no estas jugando conmigo, si no hubieses hecho lo que hiciste… ―Hernán hizo una pausa y tragó saliva antes de continuar, ―Te propondría escaparnos juntos ahora mismo, olvidarnos de todo y amarnos en un país lejano y exótico.

―Tu oportunidad ya pasó primo, eres uno de mis mejores recuerdos. Pero yo amo a mi marido, y lo respeto. ―Y esta última palabra sonó como un latigazo que pone a raya a un león salvaje. ―Yo nunca jugué contigo.

―Ana. ―Replicó Hernán y acto seguido agachó la cabeza. ―¿A que has venido entonces?.

―No me queda mucho tiempo.

―¿Tienes que irte?

―Algo así.

―¿Ahora?

―No, aún me quedan algunos minutos. ―Ana encendió otro de sus pitillos y aspiró con fuerza ―Solo quería que supieras que te amé de verdad, y que eres un hermoso recuerdo, que este amor se pone más dulce con el tiempo, y que este sentimiento no menguará con las edades. El pasado no vuelve lamentablemente, pero podemos soñar con un futuro.

―No te entiendo. ―Responde Hernán y un silencio llena la habitación por enésima vez, y vuelven a mirarse a los ojos.

―Creo en el juramento que le hice a mi marido, es un buen hombre y lo respeto, jamas podía ser la amante de nadie. ―Dice Ana por fin.

―Si vienes conmigo, nadie sabrá de nosotros, para qué esperar una vida entera para ser felices, si podemos estar juntos para siempre. ―Hernán le tomó la mano suplicante. ―Escápate conmigo Ana, ahora mismo.

―No has entendido.

―¿Qué no he entendido?, está claro que me amas, y quieres estar conmigo.

―Me queda poco tiempo Hernán, y jamás he dicho que te amo durante nuestra conversación, tal vez fue un error haber venido, mi intención nunca fue darte falsas esperanzas.

―Se que tienes que irte, pero concertemos otra cita, te prometo no insistir en revivir lo nuestro, solo para conversar de la familia y nuestros recuerdos, lo prometo.

―Hernán, ―Lo cortó Ana poniendo delicadamente su índice sobre los labios, al tiempo que una lágrima corría por su rostro ―Estoy Muriendo, solo quería dejar las cosas claras antes de irme, pero parece que las he enredado más.

Ana se acerca a él y deposita un pequeño beso en sus labios, acto seguido se levanta del sillón. La mano de Hernán tiembla, su boca tirita entreabierta y sus ojos escancian sus salados fluidos sobre el piso, su pecho apenas oscila; congelado, mudo.

La puerta de la habitación se cierra tras ella.

 

Un canoso Hernán está sentado en la terraza de su casa, la vitrola llena el aire con un tango antiguo y él mira la actividad del puerto, y luego observa los barcos que llevan sus cargas a lejanas latitudes, imagina las gentes y los idiomas y las calles extrañas, los mercados y las luces… Va más allá y escruta la bastedad del horizonte, donde el azul del mar se junta con el azul del cielo y el mundo parece terminar, buscando un sentido para las vicisitudes de la vida.

 

Literatura fantástica de corte épico con sabor a Merken. EL Martillo de Pillán.

En general, la literatura fantástica de corte épico se centra en las aventuras medievales y se enmarca en universos creados a partir de la mitología nórdica, la cual ha pregnado no solo las obras literarias, sino también los juegos de rol, los juegos de cartas, el cine y los cómics.

 

Hasta los años 80, se consideraba todo lo nacional como de mala calidad, se menospreciaba, y aún se hace, todo lo referente a las culturas precolombinas, Chile, era un país que quería ser europeo, su mayor ambición era parecer noble, ser descendiente de español, de alemán o cualquier otra etnia con rasgos lo más anglosajones que se pudiese.

En los años noventa y en parte debido al fenómeno de la globalización, que hizo que nos miráramos a nosotros mismos para poder identificarnos a nosotros mismos y diferenciarnos del resto, y en parte también, debido al desarrollo económico de nuestro país; el pueblo comenzó a tener sed de identidad, y esta sed se hace cada vez más intensa, la necesidad de descubrir quienes somos, y de definirnos ante el mundo se hace cada vez más evidente.

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Para aplacar esta necesidad del inconsciente colectivo, los publicistas buscan que es lo típicamente chileno, los ponchos y los huasos, los sobrenombres y el Coco Legrand se ponen de moda; el lenguaje se vuelve más coloquial, se trata de rescatar el patrimonio, y se reconocen derechos especiales para las etnias originarias como la mapuche, rapa nui y aimará; ser chileno ya no es una cosa deplorable, sino algo de lo cual hay que sentirse orgulloso, y los triunfos deportivos de Marcelo ríos y la selección en el mundial de Francia ’98 con un descendiente de mapuches como goleador indiscutido, no hacen sino cuajar este sentimiento que necesita consolidarse de modo conceptual para luego expresarse de modo simbólico, es decir en la forma de expresiones artísticas.

 

Un comienzo interesante de materialización de la identidad de nuestro pueblo son los juegos de cartas mitos y leyendas, que rescataron astutamente el corolario mitológico sudamericano, tendencia que tiene su símil en el cómic, de Mitómano cómics por ejemplo; que rescata con gran ingenio y respeto las cosmogonías aborígenes, y las utiliza en un contexto pop. En la literatura, hay muy pocos intentos que tengan el peso académico necesario para generar un universo fantástico basado en las mitologías originarias, abunda el sincretismo y el uso de elementos aislados y sin profundidad, quedando el asunto de la identidad nada más que como una anécdota.

 

El Martillo de Pillán nace de la necesidad de concretar de manera contundente, un marco simbólico para el desarrollo de la identidad Chilena. Se apela por tanto al origen, al tiempo antes de la historia, a la fantasía, al mito, a la mitología de nuestra tierra para construir un imaginario glorioso desde el cual se puedan proyectar aquellos recuerdos que vienen antes del recuerdo, aquellas estructuras mentales que nos dan fuerza cuando estamos cansados, aquellos valores ancestrales y heroicos que nos mueven hacia la luz, hacia la belleza y la nobleza de espíritu. Por que la identidad no es algo que se busque y se encuentre, la identidad es un símbolo que se se crea, que se define y que se arraiga en el fondo de las almas de los individuos de una nación. Y la intención más ambiciosa de la novela es justamente esta, forjar identidad.

 

Con el fondo definido, es tiempo de concentrarse en la forma, para ello definimos el publico objetivo entre los jóvenes adolescentes de nuestro país, y por tanto la forma obedece al ritmo y la dinámica que ellos están acostumbrados a recibir desde los medios de comunicación, el relato es vertiginoso y violento, no hay mucho tiempo para la reflexión entre las escenas de combate y las rápidas decisiones de sus protagonistas que no bien salen de un problema se ven envueltos en otro, manteniendo una tensión continua que sostiene la atención del lector joven mientras se despliega ante él, el mundo mapuche, sus costumbres y su mitología.

El Martillo de Pillan

Queridos todos, con gran alegría le comunico que mi primera novela, El Martillo de Pillán, ha sido publicada y esta a la venta en Antártica libros, Feria del libro, Librería Andres Bello, y http://www.elatico.cl

Tenemos planificado el lanzamiento para el sabado primero de Septiembre de 2012 a las 12 del día en el edificio cousiño – ex ratonera en Valparáiso, y un relanzamiento en Santiago en la feria del libro de octubre en estación mapocho. fecha y hora por confirmar.
Están todos invitados.