Sorrento.

Peresoso. Con la lengua pastosa y el cuerpo cortado. Patricio Garrido se levantó de la arena sacudiose la ropa y entrecerrando los ojos para que el sol no los hiriese.
Caminó por la arena revisandose los bolsillos. Estaba su billetera. Las llaves de la pieza que arrendaba y un par de monedas que no alcanzaban ni para una goma de mascar.
Su camisa blanca estaba manchada con vino. Y sus zapatos gastados se hundian en la arena a cada paso que daba fuera de la.playa. Las olas se despedian de él.con su cadencia rítmica cual.sirenas su sorrento sobre los marinos ingenuos.
Patricio ya no era ingenuo. Y caminaba hacia tierra firme con la.convicción de no volver a la.playa nunca más. No hasta poder recordar bien lo que habia sucedido la noche anterior. Averiguar que día era hoy. Y que hora. Porque aunque el frío de la madrugada lo había despertado no tenía claro cuanto tiempo había estado desaparecido. Si lo poco que recordaba era un sueño. Una pesadilla. Una alucinación por falta de sueño y la.ingesta desmedida de alcohol. O simplemente se estaba volviendo.completamente loco.

Anuncios

Espejismo de una noche de verano

Marcos Gutiérrez era un hombre bastante raro, o así lo hacían parecer los seres humanos que lo rodeaban, hablaba cosas que no le interesaban a nadie, dibujaba cosas que no le interesaban a nadie, pensaba cosas que no le interesaban a nadie, escribía poemas que no le interesaban a nadie, pintaba cosas que no le interesaban a nadie.
Marcos Gutiérrez pensaba que era de alguna manera invisible, o visible, pero desagradable, con una cubierta agradable, pero demasiado extraño cuando abría la boca o hacía algún comentario como para calzar en la trama social de la ciudad donde vivía.
Marcos no era muy alto, pero tampoco bajo, era atlético por que se preocupaba de hacer ejercicios físicos todos los días, seguía un antiguo proverbio que la había enseñado su abuela cuando niño al pié de la letra, y cada hora que dedicaba a cultivar su mente también la dedicaba a cuidar su cuerpo, el cual era su templo, la maquinaria que sostenía su capullo vital, la cuna del alma que le permitía pensar y cuestionarse el mundo que le rodeaba, disfrutar de los atardeceres y de la lluvia, del horizonte, de los animales y por sobre todo del sueño de encontrar una mujer que lo entendiese, o que al menos, estuviese interesada en él.
Nuestro joven protagonista era bastante simétrico, y bastante del gusto de las damas, sin embargo su poco común forma de observar el mundo le hacía pasar por alto las señales inequívocas que algunas féminas le prodigaban, al calificativo de extraño, se le sumaba entonces el de distraído y también el de inocente. Sin embargo Marcos distaba de ser inocente.
Los años estaban pasando, y Marcos sentía que necesitaba la compañía de una mujer en su vida, una mujer estable, no de aquellas jovencitas que caían en sus brazos fácilmente después de unas copas y unas horas bailando, él estaba buscando algo especial, algo duradero, alguien para construir un mundo en el cual ninguno de los dos se sintiese extraño.
Su deseo lo llevó entonces a meditar con denuedo en la forma de conocer personas, y después de mucho analizarlo, decidió que la mejor manera era lanzar una botella al océano con una carta, la mujer que la encontrase y lo buscase, sería la que él andaba buscando, pues si lo dejaba en manos del destino y deseaba con fuerza, la sincronicidad del universo le traería lo requerido.
Marcos se sentó por días frente a su escritorio de madera puliendo el poema perfecto, la introducción perfecta, la presentación perfecta, los datos de contacto, y todo lo necesario para que quien encontrase la botella, pudiese encontrarlo fácilmente.
En la madrugada del sexto día de trabajo, ojeroso y bajo la luz de la lámpara de pié que lo había acompañado durante las extenuantes jornadas, terminó de escribir las frases que lanzaría al agua. Metió el papel en la botella que había comprado para tales efectos, selló la tapa y salió de su casa corriendo a toda velocidad.
Cuando llegó a la playa, el sol estaba recién saliendo desde los cerros llenos de casas que parecían colgar en un racimo de uvas, apretadas unas contra otras en deformes posiciones como si se pelearan por ser las primeras en ver en lontananza los buques que entraban en la rada del puerto.
Para cuando llegó a la roca que más se adentraba en el mar, estaba sudado y agotado, su pecho subía y bajaba agitadamente y su corazón latía desbocado, apretó la botella en la mano y antes de lanzarla y pidió su deseo.
Imagino el rostro de Claudia Toledo, una morena casi de su estatura, de su edad, con ojos sonrientes y una sonrisa perfecta, pelo negro, ojos cafés. Los dos estaban sentados en un pequeño restauran en la costa de Horcón, después de haber comido empanadas camarón queso, ella le contaba que no salía mucho, que aún vivía con sus padres, que le gustaba estar en su casa, ver películas, sobre todo ir al cine, que su último libro había sido Crepúsculo, y que no le gustaban los gatos.
Mientras, afuera, las olas golpeaban cadenciosamente la arena, marcando el pausado ritmo del atardecer, los pescadores preparaban el sedal para la madrugada y las gaviotas lanzaban sus melancólicos graznidos a las nubes que retozaban como algodones sobre el firmamento.
Marcos se perdía en los ojos de aquella mujer, que jugaba con la pajilla de su jugo de chirimoyas mientras esbozaba levemente una sonrisa, y fingía escuchar la perorata extraña de su interlocutor, saboreando las hebras de los momentos que se avecinaban, pues es siempre la mujer quien escoge al hombre y no al revés.
El hombre terminó de contarle la historia de Maquiavello y vio que ella sonreía, estiró su brazo y tocó suavemente sus suaves y delicados dedos, ella lo miró con ternura entonces y se pusieron de pié, caminaron por la playa, con los pies descalzos, abrazados mientras el sol se hundía en el mar que parecía fulgurar con luz propia, tal como los ojos de Claudia, que reflejaban el cielo como un espejo profundo y sereno.
Mientras sus pisadas se marcaban en la arena, ella le contaba acerca de su trabajo como asistente dental, la parcela de su familia en Olmué donde pasaban los fines de semana, sus comidas favoritas y su gusto por bailar hasta el amanecer bajo la luna llena.
Para cuando las estrellas poblaron el firmamento, los dos habían hecho el amor incontables veces sobre la arena, y para el amanecer, el ardor de sus cuerpos había dejado una huella de vidrio parecida a un ángel que se elevaba refractando la luz del imponente sol.
La botella voló por los aires dando vueltas, y la luz se rompió en sus cristales y se formó un arcoíris, y la botella cayó al agua con un PLOP, y Marcos abrió los ojos, y sintió un vacio inconmensurable en su pecho, uno que amenazaba con tragarse todo su cuerpo y todo a su alrededor, el espacio se dobló y hasta el tiempo mismo terminó perdido en la singularidad de su torax, porque Marcos estaba enamorado.