Un universo destruido y vuelto a armar. De los esquizoides hasta el Festín de los Engendros.

Hace poco llegaron a mis manos dos libros, una primera y una última antología. Leí rápidamente la primera y seguí con la segunda como si de un mismo texto se tratase, ya les explico por qué.

Eskizoides es el primer libro publicado por Ignacio Fritz, una antología de cuentos a ratos sorprendentes, no solo por el manejo del lenguaje, sino también por la sensibilidad del autor que se expresa de manera elegante y brutal en cada relato, y que encuentra, años después, a su hijo perfeccionado en la última antología de cuentos publicada por Fritz, El Festín de los engendros, con el cual está íntimamente relacionado.

Voy a comenzar diciendo que estoy sorprendido con Fritz, sobre todo por el manejo del lenguaje, el vocabulario, y las técnicas narrativas diversas. Hay aquí un autor leído y hábil con su herramienta de trabajo, que demuestra talento (en su primera antología) y lo nutre con trabajo duro (Festín) lo cual queda ampliamente demostrado, tanto en las múltiples referencias literarias, que se dejan caer de manera elegante y casi sutil como en el estilo acabado del texto. Pero más aún me sorprende la profunda sensibilidad y capacidad de observación, que se deja entrever en sus textos. El que haga descripciones brutales, elija tópicos violentos o maneras vanguardistas de narrar, se debe, creo, a un intento de protegerse de la sensiblería, que un hombre “de verdad” (criado a la manera de la vieja escuela) rechaza, en pos de la exploración sin anestesia de las propias entrañas, de las propias sombras,  que indaga ahí dónde se guardan todos los miedos y todas las angustias, esas que no nos dejan dormir por las noches, esas oscuridades que sabemos que tenemos pero que no nos gusta mirar. Ignacio es un escritor que ha vivido, y que es honesto consigo mismo y ahí radica la magia de sus cuentos. En sus textos hay vida y hay fuerza, una fuerza que solo proviene de la experiencia y el dolor, que escindidos a la manera varonil de antaño, le dan el sabor a realidad áspera tan bien lograda que tienen los relatos del Festín de los Engendros.

Eskiziodes, es solo una muestra de lo que luego se lograría en el Festín, es un debut en el cual se ponen de manifiesto, el talento, los intereses y sobre todo el mundo en que Fritz irá trabajando en sus posteriores obras, La Hermandad Halloween, y la Indiferencia de Dios, por ejemplo. He aquí no solamente una obra bien lograda, sino también un hilo conductor, que a diferencia de la mayoría de las antologías no radica en un tema o una tesis, sino en una realidad, un emplazamiento, un universo literario. El cosmos creado por Ignacio Fritz, creo, sostiene toda su obra, y se desarrolla en ella de forma recursiva, mostrándose como retazos de una gran tela desgarrada que hay que reconstruir, cual detective, para ir, en la medida que apreciamos las distintas facetas del diamante, haciéndonos una idea de este ser vivo que palpita y respira tras las historias y los personajes que Ignacio nos muestra. De esta manera el lector tiene la tarea de construir e interpretar este rompecabezas. En este sentido, logro imaginarme al escritor como un pequeño demiurgo, que por medio de sus obras, nos abre diversas ventanas a la dimensión con la cual ha logrado conectar, y que por medio del lenguaje, levanta para nosotros.

Un par de libros completamente recomendables, sobre todo el Festín de los engendros, que  es un libro que no tiene nada que envidiarle a ninguna producción extranjera, hay calidad, hay experimentación, hay identidad y hay propuesta. Todos, elementos que se echan mucho de menos en la anquilosada literatura nacional, para la cual, la obra de Fritz en un verdadero electroshock.

Martin Muñoz Kaiser.

Santiago, Febrero 2017

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Más sabe el Diablo

Carlos Ramirez vuela escaleras abajo, su pelo y su chaqueta de paño flamean mientras salta de cinco en cinco escalones, su compañero ha quedado ya muy atrás, sabe que adentrarse en las escaleras de aquel cerro es peligroso, pero Carlos ha salido hace poco de la academia, y es temerario, quiere acabar con todo foco de delincuencia en cualquier lugar y en cualquier momento, tiene una sociedad que proteger, un pueblo al cual servir.
Sus zancadas retumban y la sobaquera salta de un lado para otro mientras su cuerpo se mueve entre las rejas y por sobre los techos de latas oxidadas, a su derecha se contempla toda la bahía de Valparaíso, los buques entran lentamente en la rada, cual cascaras de nuez y descargan sus foráneos productos en el puerto, las casas de colores cuelgan de la quebrada y la ropa se seca al viento balanceándose de los balcones, custodiados por gatos perezosos; como los leones de la plaza de la victoria, Que bostezan y miran indolentes como el joven policía persigue a su presa saltando como un puma por los escarpados tejados del cerro cordillera.

Maikol Ruiz es un soldado recién reclutado por a banda de los Piraña, bien conocido por haber trabajado de mechero en uno de los supermercados del plan, hacía poco que había cambiado de rubro, cansado de lidiar con guardias, y sediento de poder. En su jungla, el poder máximo se encuentra en el narcotráfico.
Con dos gramos de clorhidrato de cocaína, las pupilas dilatadas y su corazón latiendo rápidamente, Maikol salta de techo en techo, llevando al joven policía justo donde quiere.

Carlos cae en un patio y luego salta una pandereta de madera, baja por una quebrada y atraviesa unos matorrales, solo unos metros lo separan del delincuente, su cuerpo bien entrenado no le da problemas, sus músculos aún rinden, sube la ladera dando zancadas, pero el Maikol ya ha trepado por una reja, para cuando Ramirez llega ahí, el maleante está sobre el techo de la casa corriendo otra vez, la tarea parece imposible, pero Carlos no se detiene, su voluntad es de acero.
El sudor empapa su camisa, y su pelo, su mirada refleja toda la determinación con la cual da cada tranco, sabe que se está adentrando en una zona peligrosa, pero aún tiene esperanzas de alcanzarlo antes de entrar a territorio Piraña.
Imprime entonces aún más velocidad a sus piernas, que se mueven como partes de un un motor de formula uno, como un galgo tras un conejo, como un guepardo tras un gacela. Saltando desde una cornisa hasta el borde de una terraza, se impulsa con sus brazos y trepa hasta un balcón construido en el techo de la casa.
El edificio es de estilo moderno, de ventanas amplias y alargadas, de hormigón armado y vidrio, de formas rectas y limpias. Carlos esta sobre lo que los arquitectos de aquél estilo, nacido en los años veinte, llaman la quinta fachada. El sol cae sobre el océano Pacífico lentamente, mientras las olas lo reflejan en un millar de pequeños brillos, y el viento le despeja el rostro, y levanta un poco de polvo que se arremolina en el aire.

Maikol le está apuntando con un revolver y una sonrisa en el rostro. Dos jóvenes más aparecen desde una escalera, Carlos tiene la mano izquierda en la empuñadora de su pistola, ve por el rabillo del ojo como los jóvenes avanzan hacia él y en una fracción de segundo calcula sus posibilidades, mira a los ojos de su enemigo que suda copiosamente y tiene la mano temblorosa, se miran a los ojos en espera del primer movimiento.
Carlos mira bruscamente a su derecha, Maikol no lo puede evitar y desvía su mirada también, en un pestañeo, Ramirez da un paso hacia adelante, mueve la muñeca de su presa hacia la izquierda al tiempo que desplaza su torso hacia la derecha y con su mano libre sostiene el revolver y lo gira sobre su empuñadura, quebrándole el dedo índice al traficante, arrebatándole el arma para luego golpearlo en la mandíbula con la cacha de la misma.
El Maikol cae inconsciente al piso, pero los dos jovenes soldados ya están muy cerca, Ramirez no alcanza a apuntar, el primero tiene un cuchillo cocinero y el segundo un palo. Carlos esquiva el golpe del madero y se mete por el costado izquierdo de su oponente, bloquea el movimiento del delincuente colocando su mano izquierda sobre el codo enemigo al tiempo que descarga otro culatazo en la mandíbula y patea de frente y con fuerza para lanzar el cuerpo desvanecido del bateador sobre el que sostiene el cuchillo, que instintivamente trata de agarrar a su compañero, sin darse cuenta que Carlos ya ha saltado sobre él y descarga una patada en su rostro.
Tiene tres maleantes a sus pies, y está bastante cansado, jadea por el esfurzo, pero no le dan tiempo para descansar, puede escuchar como vienen subiendo por las escaleras, en pocos segundos estará rodeado, como un león apartado de su presa por las hienas, su orgullo se siente herido, ha logrado una victoria futil, y si no escapa, su vida estará en peligro, lo medita unos segundos, y decide desenfundar y parapetarse, no se convirtió en detective para dejar que los malos caminen libres por las calles de su ciudad, sino para encerrarlos.

Los malos aparecen por la escalera, Ramirez ve que están armados, dispara con su pistola y derriba a dos, uno con una balazo en el hombro y el otro en una pierna, los traficantes disparan a todos lados, no saben de donde han venido los tiros, solo están concientes de que tienen a un enemigo en su propia casa.
Pronto hay seis más disparando, las balas se incrustan en el hormigón, el olor a pólvora inunda el aire, las rondas de los delincuentes parecen eternas, Carlos baja a tres más, y se queda sin tiros, decide usar el revolver del Maikol, lo vacía rápidamente y abate a otro par, queda con solo un enemigo en pié, pero sin balas.

El delincuente se acerca en silencio, no dice nada, ya sabe donde se encuentra el tira, Carlos sabe que es solo cuestión de tiempo, está acorralado como una rata, el Piraña avanza tranquilo empuñado su fierro pegado a la pared, Ramirez levanta la manos y cierra los ojos, el hombre sonríe y se escucha el último disparo de la noche.

Toda la vida del joven pasa por delante de sus ojos, piensa en los años de entrenamiento, el arduo estudio, y las esperanzas de su madre, piensa en su padre, muerto en un asalto a un almacén de barrio, piensa en sus vecinos y en toda la gente que no podrá ayudar, en los delincuentes que no va a atrapar, en que cumplir el deber vale la pena, en que siempre supo que todo terminaría de esta forma, suspira enfrenta la inevitable realidad con el pecho erguido, escucha el estruendo y espera el minuto fatal.

Carlos abre los ojos lentamente, se palpa el cuerpo, no tiene ningún agujero, el Piraña cae, y Pablo Gutierrez, su compañero, aparece detrás de él.
– ¿No se por qué los jóvenes siempre corren tanto? – Pregunta entre dientes, más para si mismo que para Ramirez, y agrega – ¿Que a caso no sabes Carlitos que más sabe el Diablo por viejo, que por diablo?. – Dice Gutierrez mientras guarda su 38 especial en su sobaquera de cuero, y enciende un cigarrillo.