Mocha

El brujo y el aprendiz bajan de la balsa de cuero de foca, chapotean en el agua, sus pies se hunden en la arena, la arrastran hasta la mitad de la playa. El sol se precipita lentamente hacia horizonte, aún es un disco amarillo que forma arreboles en los girones que avanzan perezosos en lontananza, el olor a agua salada y el viento marino le revuelven los cabellos azabaches al chico.
A la izquierda, hacia el sur, hay una montaña de rocas partidas, un altar que ha sido destruido hace poco, Melián lo mira con aprensión mientras recoge ramas secas para hacer una fogata y cocinar los peces que han capturado durante la navegación. Sabe que ahí es donde se dirige con su maestro, que es en ese lugar donde enfrentará su prueba final. El crepitar del fuego y el cadencioso romper del oleaje envuelven a los hombres sentados en la arena, el camino de los cielos fulgura con alba luz mientras avanza la noche, la luna aún no despunta y los peces ya se han convertido en nada más que espinas dorsales y cabezas de ojos vacíos que se carbonizan entre las brasas.
—Este es el destino de las almas de los “reches”, los verdaderos hombres, aquellos que no se dedican a la guerra ni a las artes curativas, es aquí donde debes morir para nacer de nuevo como un neguepin, un maestro de la palabra. —Le dice Curiman a su discípulo que lo mira nervioso.
—¿Por qué no soy capaz de verlas?
—Porque no has muerto, necesitas morir para poder ganar la visión del otro mundo.
—¿De verdad tengo que morir aquí, no era suficiente que las Tempulkalwes me trajeran después de morir en el continente?
—Si eso hubiese sucedido no podrías volver a tu cuerpo. Hay una razón por la cual los Machis venían a aprender a esta isla, y también una razón por la cual Kai Kai Vilú, la gran serpiente se manifestó en esta isla precisamente. Existen puntos en la tierra en los cuales se unen los diferentes universos, conviven con mayor intensidad. El machi despierta luego de su paso por el mundo de los espíritus en donde aprende a ver lo invisible y a preguntarle a los Negen por el conocimiento que necesita para sanar a su pueblo. Los seleccionados venían aquí a caminar en el otro lado, a buscar la sabiduría y la conexión con el gran espíritu y con los Negen; los espíritus guardianes.
El viejo se incorpora y se saca el chaleco de cuero de huemul, de uno de sus cinturones extrae una calabaza tapada con cera de abejas, la abre y se la pasa a Melián quién bebe todo el contenido y luego queda mirando fijamente la pira.
—Durante la época de los primeros hombres, antes de que, Pu Am le encargase el cuidado del mundo a los seres humanos. —Comenzó viejo brujo Curimán —. Antu Pillán, el sol y Pire Pillán, quién está encerrado en el volcán Lanin, lucharon en cielo; en su enojo lanzaron a sus propios hijos a la tierra pisoteándolos y enterándolos destrozados en lo profundo de la corteza terrestre. Pu Am, el gran espíritu, compadeciéndose del llanto de las estrellas por sus hijos, juntó algunos de los trozos y formó con ellos una enorme serpiente; la cabeza del hijo de Antu formó el extremo llamado Tren Tren y la del hijo de Pire Pillan el extremo llamado Kai Kai, asegurando de esa manera el equilibrio entre el agua y la tierra en el mundo. Un día sin embargo, las serpientes entraron en disputa y así como sus padres lucharon por el amor de Kuyen, ellos lucharon por poseer esta zona del planeta. Kai Kai subía las el nivel de las aguas y Tren Tren elevaba las montañas. Los lituches, los primeros hombres corrían despavoridos en pos de las cimas de los montes. Los que no eran lo suficientemente rápidos para llegar a ellas, eran convertidos en peces, rocas o sumpalwes. Solo la intervención de los Ilochefes y la aparición de la Pillantoki pusieron fin al ataque vicioso de Kai Kai. Más tarde la gran serpiente despertó nuevamente y lanzó sus hordas de no muertos sobre las tribus del país del mar. Tus padres lucharon valerosamente por sus vidas y sin embargo perecieron. Hoy Melián; estás a punto de completar el primer paso en tu instrucción. Para poder vengar a tu clan, primero debes morir.
El brujo chasquea los dedos y el joven cae hacia atrás sin vida. Melián se levanta y ve su cuerpo recostado en la arena, mira Curimán y este le sonríe indicándole la montaña de rocas partidas. En la playa, enormes ballenas jorobadas varan y abren sus bocas para dejar que las almas de los muertos avancen por la costa y se pierdan en el bosque, entre ellos van muchos ancianos, algunos jóvenes y otros niños, todos se ven felices y corren etéreos por la isla en busca de sus familiares que los reciben cantando con júbilo. Fuegos fatuos arden azules y fríos en la noche y Melián camina sin dejar huellas hacia la otrora pirámide de los sacrificios. Sus padres, hermanos, primos, tíos y abuelos lo llaman desde el bosque, el joven se siente tentado de internarse en él y olvidarse de su misión, quiere ir y fundirse en el calor de los brazos de su madre, dejar de ser un huérfano, un niño despreciado, un paria, un abandonado. Recuerda entonces a Kutralpangui, el puma que ha decidido cuidar después de haber matado a su madre en las planicies del valle central, durante su rito de iniciación. Piensa en los parajes llenos de árboles y ríos del país del mar y lo vacíos que estaban sin su familia; él era el último vástago de su madre y toda su estirpe terminaría con él si decide desviarse del camino.
Melián sube los escalones tallados en piedra y entra por una grieta que se abre en uno de los costados de la mole derruida, dentro las paredes titilan con un verde oscuro que semeja el cielo nocturno, baja entre coscorrones de roca desgarrada hasta donde el agua de mar forma una laguna salada, en su centro se erige un laurel joven y en flor, en cuyo tronco se enrosca una culebra blanca y brillante. El aprendiz de brujo nada hasta quedar a solo un metro del árbol, flotando cerca de él, quedando bajo su abundante follaje. Se impulsa con habilidad y se cuelga de una de las ramas y, cuando está a punto de alcanzar con sus dedos una de las carnosas y blancas flores, la cabeza del ofidio sale de entre las hojas y abre sus fauces.
—¿Con que el brujo te ha dicho que bebas del néctar de las flores de este canelo? —Le habla la serpiente.
—En efecto, el brujo me ha dicho que para cumplir mi destino y ganar mi verdadero nombre, he de beber del néctar de las flores de este canelo, pues este es el árbol del conocimiento.
—¿Te ha dicho el viejo putrefacto, que si bebes del néctar de este canelo, ciertamente morirás?
—Morir es el destino de todos los hombres.
—Ciertamente todos los hombres mueren, pero todos vienen a esta isla y encuentran nueva vida antes de reunirse con Pu Am, el gran espíritu. Pero si tocas este árbol y bebes del néctar de sus flores, será tu alma la que muera y sea condenada a la Minchenmapu, la tierra de los espíritus en desequilibrio. Si bebes de ese néctar, serás ciertamente condenado vagar como un Wekufe, un demonio sin forma. Y de ese infierno pequeño Melián, no hay escape.
—Sabes perfectamente que no moriré—, Responde el joven arrancando la flor de cuajo. —Sino que mis ojos serán abiertos, y seré como los grandes espíritus que conocen los caminos del mundo de los vivos y del mundo de los espíritus, y veré las almas de mis parientes incluso mientras esté despierto.
Acto seguido se acerca la flor a la boca, entonces la serpiente se abalanza sobre él y le mordió la mano, enterrándole profundamente los huecos colmillos en la carne. Melián puede ver como el veneno se esparce por su cuerpo, petrificando cada una de sus falanges, cada uno de sus músculos. Se apresura a flectar el codo y beber el néctar de la flor, pero apenas el dulce líquido ha tocado su garganta, el joven cae de la rama; inconsciente, aterido y trémulo, hundiéndose en el lago salado. Su cuerpo llega al fondo suavemente, y su rostro se entierra en la arena que lo succiona, actuando como una membrana, o como una piel, que lo deja pasar por sus poros hacia el interior de un cuerpo etéreo, el cuerpo del gran espíritu. Melián se levanta y puede ver su cuerpo en posición fetal, aferrándose a la vida, él ya no está ahí, y se siente liviano, está parado sobre el mar, a su alrededor solo hay horizonte, una línea morada que se difumina hacia arriba y hacia abajo, formando una bóveda surcada por nubes rojizas, cuando mira hacia abajo puede ver que sus pies están sobre otros pies, lo que está debajo de él parece su reflejo pero no lo es, el mundo gira, queda frente a frente con lo que lo sostenía, es él, pero sus ojos reflejan el brillo de los ojos de la culebra mientras abre sus mandíbulas.
—Meliántu, cuatro soles, hijo de Mailen, hija de Ailin, hija de Suyai, hija de Lihuén, hija de Yankiray la que yació con un hombre convertido en roca por Ten Ten y devuelto a su forma humana cuando bajaron las aguas elevadas por Kai kai; pequeñajo deforme y torpe, despreciado por todos, nada más que un inútil, tú debes ser hijo del Trauco y no de tu padre. ¿Dónde podrías llegar tú?, si no eres más que un huérfano, sin Lof, sin linaje, no eres más que un ermitaño, no eres mejor que un Kofkeche inmundo y barbudo. ¿Quién te va a escuchar a ti?. Puedes engañar al viejo siendo servil, someterte a sus torturas y creer sus mentiras, pero en el fondo, pequeño Melián, yo sé que eres un fracasado. Y si yo lo sé, eso quiere decir que tú lo sabes. Y por lo tanto ha llegado tu hora de morir.
—No—, Se responde el niño a sí mismo.
El doble de ojos de víbora termina su soliloquio ponzoñoso con lágrimas en los ojos, ha sacado lo peor del jovencito y se lo ha escupido al rostro. Al no obtener una respuesta emocional se ofusca y se lanza sobre su interlocutor. El joven se mueve a un lado y toma la muñeca de su agresor, la dobla, pone la otra mano sobre la nuca de su doble y lo precipita al suelo boca abajo. Se sienta sobre él y le habla al oído, no son palabras sino intenciones que se transforman en los sonidos correctos sin que él sepa interpretarlos, entiende que ese es el conocimiento que le ha otorgado en néctar de la flor. Las palabras hacen tiritar y sudar frío a su gemelo que se retuerce con fuerza, hasta que de la boca de su doble sale reptando el ofidio blanco.
Más tarde despierta tiritando de frío. Está acurrucado dentro de una canasta de mimbre, por cuyo tejido se filtra el aire helado que punza su piel, en la cesta hay cuerdas vegetales, cántaros con agua y algunos atados de hierbas y leña seca. En el centro cuelga una cazuela enorme de greda en la cual arde un fuego, sobre ella hay una especie de toldo alto, el olor particular de la grasa le indica que probablemente se trate de piel de ballena, todo está rodeado de azul y un blanco húmedo. Curimán le sonríe y lo insta a ponerse de pie, Melián se da cuenta que están flotando a muchos metros sobre el mar, la canasta está amarrada a un globo de aire caliente hecho con la piel de una ballena. A lo lejos puede ver la cordillera de los Andes, blanca e imponente, al otro extremo solo hay una costura azul entre el cielo y el mar. Sus ojos ven movimiento dentro de los volcanes y sobre estos, pequeñas manchas que se mueven bajo el mar y entre los bosques a lo lejos.
—¿Por qué estamos aquí?— Pregunta.
—Porque acabas de resucitar—, Responde el viejo— ahora puedes ves los dos mundos de manera superpuesta, si hubieses despertado abajo, probablemente te hubieses vuelto loco, es necesario que recibas poco a poco los estímulos, para que tus mente se acostumbre al nuevo flujo de información.
—La culebra dijo que moriría.
—Y lo hiciste, su veneno te trajo de vuelta. Le gustó tu determinación así que también te ha concedido una vida larga; para que puedas aprovechar el conocimiento que has adquirido y el que estás a punto de alcanzar. Este es solo el comienzo de tu viaje. Pequeño Newen.

AlweWekufe

Tengo miedo, estoy aterrado, por qué negarlo a estas alturas, no creo que sea un pecado o un signo de debilidad. Es cierto que pasé la mitad de mi vida buscando esto, y que la muerte jamás fue algo importante para mí, que vi sus manifestaciones muchas veces sin sentir el menor cambio en mi ánimo. Desde el evento desafortunado sin embargo, cada nuevo desafío era una oleada de inseguridad, un escalofrío, un secreto apretón de mandíbulas y palmas sudadas. Solo cuando ella murió, miré a los ojos del universo con furia y lo desafié a que arrebatara también mi vida, a que intentase dañarme más de lo que ya había hecho con el solo acto de ponerme en este cuerpo, de echarme a este mundo, de regalarme la vida y darme una suerte miserable. Ahora que la muerte no puede alcanzarme, no es el frío ni la putrefacción ni la angustia de mis compañeras los que me aterra, no es la incapacidad de hacer mi voluntad con mi cuerpo, ni el hecho de que mi fuerza esté a disposición de objetivos torcidos. Lo único que lamento es que jamás volveré a verla.

Luego del desgarro inicial después su muerte, busqué en lo más oscuro del conocimiento humano, comencé por la obra de Shelley, en la cual no hallé nada más que una advertencia respecto al camino que estaba a punto de comenzar, pero yo, al contrario del doctor, no tenía nada que perder, pues ya me lo habían arrebatado todo.

Tracé un plan y una rutina; debía generar dinero y disponer de tiempo para la larga y extenuante empresa que tenía por delante. Con los pocos ahorros que me quedaban, arrendé una casona abandonada y abrí un bar clandestino, les permití a los traficantes de estupefacientes del sector establecer un sistema de apuestas y tráfico; pronto se sumaron la prostitución y otras ofensas menores. Aquél nido de ratas me permitía pasar la mayoría del tiempo en el sexto sótano, donde establecí mi centro de estudios y luego mi laboratorio.

Encontrar los libros adecuados y reunirlos me tomó bastante tiempo, fui varias veces a reunirme con anticuarios en Brujas, Newhamptonshire, Sidón y Occitania; transé con mujeres, órganos, cuernos de camahueto, pelapechos y otros artefactos oscuros. Cuando encontré todos los tomos que me hacían falta me concentré en extraer y compilar el conocimiento que ellos escondían. Pasé años descifrando el lenguaje cabalístico y la sofisticación del libro dorado de Thelema y los tratados rojos de geomancia de Murray y algunos extractos del libro de Osiris.

El negocio que financiaba mis investigaciones resultó ser perfecto para llevar a cabo los primeros experimentos y los últimos; tenía a la mano gente que nadie extrañaría, prostitutas y delincuentes cuya desaparición no sería anormal.

Durante seis meses preparé los artilugios y mangueras para el primer intento. Una pequeña cantidad de fluido vital destilado por medio de los alambiques y matraces en ebullición, aunadas a una descarga mínima de energía psicotelúrica logaron el milagro. La pequeña barata caminó de nuevo. Más tarde resucité un ratón que yo mismo había atrapado. Aquí me topé con el primer problema, la columna del roedor estaba quebrada, por lo que sus signos vitales volvieron solo por unos segundos antes de hacer una paro cardiorespiratorio. En ese momento me di cuenta que no solo necesitaba los conocimientos corruptos que me permitirían contravenir las leyes de la naturaleza, traspasando la energía vital de un ser a otro, sino que también necesitaba de los conocimientos médicos como para reparar los cuerpos lo suficiente para que al ser reanimados no colapsen nuevamente debido a los daños causados durante su primera defunción.

Tras un par de años de preparación lo intenté nuevamente, esta vez con un perro atropellado, lo abrí, reparé los órganos lo suficiente, entablillé las patas y realicé el ritual. El perro volvió a la vida muy débil, lo alimenté y cuidé por una semana, dándole sedantes y antibióticos, pero finalmente su cuerpo no resistió, algo más estaba faltando.

Mi búsqueda entonces tomó otro rumbo, necesitaba un sostén sobrenatural para la vida sobrenatural,  por un momento pensé en animar una estatua o un golem, pero el resultado era impredecible y yo deseaba restaurar la carne. Continué investigando sin encontrar nada en las investigaciones del viejo mundo que me diera ninguna clave. La pista para la respuesta final estaba más cerca de lo que yo suponía. Uno de mis informantes me dijo que en las catacumbas de la Iglesia de la Matriz se habían encontrado libros antiguos. Soborné fácilmente al párroco y pude fotografiar los textos antes que nadie; en ellos encontré alusiones a tratados jesuitas rescatados de una capilla en llamas en Chiloé, y que fueron movidos a una Iglesia en Talca. Cuando llegué a Talca me encontré con una pila de adobe derrumbado; el terremoto del 27 de Febrero había desplomado la estructura, convirtiendo el lugar en un montón de barro y paja. Esperé la noche y comencé a trabajar, después de horas de sudor y con las manos escociéndome y la espalda acalambrada, logré despejar la entrada a los pasillos subterráneos en donde encontré la piedra angular y el pasadizo que escondía la sala de los royos.

Me tomó un año más descifrar el tratado escrito en Veliche, un dialecto Mapudungún muy usado por los españoles, que hablaba de una antigua tumba con una momia casi perfecta debajo de una de las rocas del cerro ladrillero. El monje Jesuita describía como había encontrado a un brujo medio muerto en lo alto de la cordillera, y como este la había dedo las instrucciones precisas para preparar su tumba y su cuerpo a cambio de los secretos para utilizar la fuerza de los espíritus que se esconden en las entrañas de los andes, en la Minchenmapu, la tierra de los espíritus en desequilibrio. No me costó entender que esta compilación de conocimiento escrita por el monje se transformaría  postreramente en el manual infernal de la Recta Provincia, que eventualmente se escindiría y fundaría una nueva orden en Salamanca, las luchas por el control de las zonas de poder psicotelúrico y las entradas al inframundo comenzarían más tarde y continuarían hasta nuestros días. Pero a mí no me interesaba involucrarme en lo más mínimo con aquellas cofradías de brujos ambiciosos, lascivos y despiadados, mi propósito era pasar desapercibido por todos, y lo había logrado hasta el momento. Para qué arriesgarme a conseguir uno de los tomos prohibidos de los brujos si tenía a mi alcance a la fuente original del conocimiento que situaría a Chile entre los centros oscuros de mayor fortaleza de la tierra.

Organicé una expedición para recuperar el cuerpo momificado del brujo mapuche. Estaba en extremo bien conservado dentro de una vasija de greda cocida, con la tapa en forma de rana, llena de símbolos de alwes y pillanes, que estaba a su vez dentro de un sarcófago de piedra.
Después del tercer día de trabajo, y luego de verificar que habíamos movido el cuerpo al lugar exacto, y que la alineación de las estrellas era la correcta, procedí a narcotizar a los miembros de la expedición. Me tomó unas cinco horas armar los matraces y los alambiques de manera correcta, para luego trazar los dibujos e instalar la estructuras necesarias para quebrar la vibración natural, colgar los cuerpos amarrados y acomodados de forma ritual, cada uno formando una de las cinco letras del nombre de Dios, enterrar las agujas de cobre y disponer los catéteres, para finalmente destilar la vida y llenar la vasija del líquido milagroso. Luego entoné el mantra de los siete cielos y los siete infiernos, el nirvana invertido y la iluminación oscura del samsara nepalés; para romper el tejido de las leyes naturales y convertir lo espiritual en carne, lo muerto en vivo. Entonces, la energía psicotelúrica del lugar inundó la vasija y los elementos reaccionaron dentro de la burbuja de lo imposible.

La vasija se quebró, y el líquido vital se esparció por el lugar, el cuerpo moreno y arrugado del brujo, que antes era una momia reseca, presentaba aspecto vital. Desnutrido pero vivo, lo trasladé a una camilla y le puse suero, coloqué electrodos para monitorear sus signos vitales, su cuerpo se fue hidratando de apoco, me quedé en vela dentro de la tienda monitoreando su evolución, esperando que al despertar pudiese revelarme los secretos del sostén de la vida sobrenatural, la fórmula para la mantener un cuerpo muerto moviéndose, una maquina estropeada funcionando. Yo había encontrado la forma de rellenar con vida los cuerpos, pero si estas vasijas no eran capaces de sostenerse a sí mismas, la energía etérea se desparramaba nuevamente y volvían a colapsar. Yo estaba seguro que este hombre poseía el secreto para romper esa barrera, para sellar la energía dentro del cuerpo y mantenerlo en pié a pesar de lo destrozado del cuerpo. Su necromancia era lo que yo necesitaba.

La tercera noche el hombre abrió unos ojos completamente negros, sin pupilas, se abalanzó sobre mi y mordió mi cuello buscando la carótida, su mordida fue certera y drenó mi cuerpo hasta que caí desmallado.

Cuando desperté me sentía liviano, etéreo, casi transparente. Podía verlo todo y sentirlo todo de una manera amplia y borrosa, pero una fría barrera impedía que me trasladase a voluntad a observar con más detenimiento sobre las cosas que llamaban mi atención.

 Más tarde comprendí mi situación, estaba colgado de la cintura del kalku. Había extraído mi alma justo después de mi muerte y la había atrapado en una botella. Avanzamos varios días por el bosque hasta que encontró lo que buscaba; una profunda caverna que se adentra hasta las entrañas de la cordillera de los andes.

He comprendido el secreto de su inmortalidad; él contaminó su sangre con la de un Pihuchen, también aisló el elemento que hace que las ranas queden en animación suspendida por tiempos indefinidos y lo aplicó en su sangre, maneja un lenguaje con el cual rompe la trama de las probabilidades y sella las tramas del con símbolos parecidos a runas.

Hoy ha seleccionado otras nueve almas, y ha construido un glolem con incrustaciones de oro, cobre y plata, todo rayado con runas, atravesado por tendones de animales y mecanismos de relojería, en medio del cual hay una cabeza humana con la boca, la nariz y una oreja cocida. Ha tomado las diez almas que reunió y con un embudo nos metió a todas juntas en la cabeza, mi cabeza.

Costura Azul

ImageComo cada día, Hernán Montenegro salió del baño recién duchado y acicalado, se vistió cuidadosamente, metió ordenadamente la camisa dentro de su pantalón y se arregló la corbata. Un tango sonaba en su vieja vitrola, y al ritmo de ese sonido sucio y cadencioso, se colocó la chaqueta de lino negro, que le quedaba un poco ajustada, y salió a la calle.

La humedad de la neblina matinal, que se había instalado sobre el puerto le despejó aún más; pues ese día, alguien muy importante para él, vendría a visitarlo.

Bajó por una empinada y angosta escalera hasta llegar a un funicular, pagó el módico importe, y sintió como la jaula metálica se sumergía en la ciudad bamboleándose con él, encerrado en su barriga.

El armatoste se detuvo, y Hernán caminó con paso seguro por un pasillo largo, estrecho y lúgubre. Pasó al lado de un par de maseteros; y unos cuantos gatos que lo miraron con desinterés, mientras lamían leche de un plato de té, puesto en el dintel de una puerta pintada de amarillo. Unas camisas colgaban desde unos tendederos que se asomaban desde las ventanas en lo alto, y una pequeña linea de luz vertical, al fondo, marcaba la dirección en la cual se dirigían sus pasos.

Salió a la calle principal y avanzó dos cuadras hacia la derecha, entró a al café de siempre, y como todos los días, escogió una mesa junto a la ventana, y encendió un cigarrillo.

El mesero lo saludó, le trajo un cenicero y solo con un gesto de Hernán, entendió que debía traer lo de siempre. Un café esspreso y un pan delgado y crujiente con una capa de mantequilla, unas lonjas de carne, queso fundido y un huevo frito.

Hernán miró su reloj y suspiró, se miró en reflejo del ventanal y trató de controlar sus nervios, pues ese día, tenía una reunión importante; mariposas aceradas rasgaban su estómago, como si de un amor adolescente se tratase.

Al terminar su desayuno, tomó una de las delgadas servilletas del vaso plateado y se limpió la comisura de los labios y la punta de los dedos; arrugó el papel transparente por la grasa absorbida, y lo colocó bajo el borde del plato; apuró el ultimo sorbo de su café, dejó un billete sobre la mesa y se levantó. Alzó la mano en señal de despedida y salió a la calle, que estaba llena de gente de cuello y corbata caminando apresurada en diferentes direcciones, y se dirigió a su oficina.

 

Hernán se desembarazó de su chaqueta y se arrellanó en su cómodo sillón de cuero, revisó los papeles que su secretaria le había dejado en el escritorio, miró el reloj por enésima vez, y movió su pié nerviosamente una y otra vez golpeando el parqué.

Procesó el papeleo bastante rápido y abrió la ventana, el sonido de los vehículos, los pasos y las conversaciones del exterior llenaron el espacio, y encendió otro cigarrillo para matar el tiempo, aspiró profundo y luego soltó una larga bocanada de humo azul mientras ensayaba sus gestos y frases en la mente, para estar preparado para cuando llegase la visita.

 

Sonó el teléfono y su secretaria le dijo que una mujer llamada Ana se encontraba en la sala de espera. Hernán apagó su cigarrillo a medio fumar, y cerró la ventana apresuradamente, se acomodó la corbata y revisó que su cierre del pantalón estuviese arriba, se miró en el reflejo de la ventana, se desordenó un poco el pelo ondulado y suspiró nervioso antes de abrir la puerta con la mayor naturalidad del mundo y sonreír con los brazos abiertos.

 

―Buenos días Ana.

―Buenos días Hernán, ¿puedo pasar?

―Por supuesto, te estaba esperando.

―Gracias por recibirme . ―Dijo Ana, y entró silenciosamente en la oficina saludándolo con un beso en la mejilla; y haciendo gala de su garbo natural, se sentó despacio en uno de los sillones y cruzó las piernas. ―¿Puedo fumar? ― agregó sacando una cajetilla de cigarros mentolados del bolsillo de su abrigo de fieltro rojo, mientras se acomodaba el cabello.

―Claro que puedes Ana, estas en tu casa.

―¿Cómo has estado primo?

―Muy bien, gracias por preguntar. ―Mintió Hernán, sonriendo con descaro, sintiendo que al pronunciar esas palabras, el vacío en su pecho se hacía más evidente aún.

―Hace mucho tiempo que no nos veíamos, mi madre me ha mantenido al tanto de tu vida, sabía que tenías esta oficina en el centro, pero la verdad es que no me había decidido a pasar a saludarte.

―Siempre seras bienvenida en mi oficina Ana, si te puedo ayudar en algo, solo tienes que pedirlo. ―Contestó Hernán sentándose frente a ella, colocando un cenicero en una mesita junto a los dos sillones. ―Mi vida es relativamente monótona, cuéntame de ti Ana, no se nada de tu persona desde hace… catorce veranos.

―Los veranos eran nuestros ―Sonríe Ana dulcemente como perdida en los recuerdos que esa palabra evoca en su memoria.

―Se que te casaste con un médico de excelente familia ―Exclamó él fingiendo alegría.

―Soy muy feliz primo, soy la jefa en mi trabajo, mi marido es muy bueno conmigo, no es celoso, me consiente en absolutamente todos mis caprichos; compramos un terreno hace poco, y estamos construyendo nuestra casa; quiero que tenga una enorme cocina, y una cava de vinos, como la que había en la casa de tus padres, un amigo nuestro que es arquitecto está diseñándola a nuestra medida.

―¿Cómo está tu padre? Supe que perdió absolutamente todo con el maremoto, vino a ver a mi madre hace unas pocas semanas, lo vi cansado, me recordó a nuestro abuelo.

―La compañía de seguros va a correr con la mayoría de las pérdidas, pero él no quiere volver a empezar, y eso me preocupa primo; yo, mis hermanas y mi madre no sabemos cómo ayudarlo, tal vez necesita el apoyo de un hombre al cual se sienta más cercano… ¿Y tu madre, cómo está ella?

―Mi madre está bien, trabajando como siempre, dejó de fumar, se compró un departamento con vista al mar, preparándose para la vejez, para cuando la última de mis hermanas se vaya de la casa.

―Siempre admiré a tu madre, tan elegante y siempre tan decidida, aprendí a cocinar mirándola a ella sabes.

―Es una gran persona. ―Remata Hernán encendiendo un cigarrillo, se siente incómodo con el tema, pues nunca se ha sentido un digno hijo de su madre, él no heredó su entereza, su espíritu combativo o su capacidad de trabajo, que asombran tanto a los observadores externos, frunce el ceño y desvía la mirada.

―¿Cómo va el amor? ―Lo interpela ella con una sonrisa pícara, intentando llevarlo hacia otro tema. ―Estoy segura que deben haber muchas solteras esperando a que las invites a salir.

―Nada serio ―Se apresura a responder él nervioso y aún más incómodo.

―Tu secreto estará bien guardado conmigo ―replica ella divertida.

―¿Para qué viniste Ana? ―Dijo Hernán, mientras el humo sale por su nariz y su mirada se endurece.

―No te enojes Hernán, ―Ana hace un puchero y entrecierra los ojos a manera de reproche ―Solo quería saber de ti, mis mejores recuerdos de infancia te tienen a ti como actor principal.

―Eso fue hace mucho tiempo Ana, ¿por que ahora? ―Ella guardó silencio un momento y su mirada se perdió en un pensamiento, su semblante cambió y dio una larga succión a su cigarrillo.

―Quería pedirte disculpas Hernán, por lo que pasó durante esas vacaciones.

―No tengo nada que perdonar, yo estaba con esa mujer cuando tu llegaste, es lógico que hayas reaccionado como lo hiciste, además, solo tenías catorce años.

―Pedro aún me envía cartas de amor. Está casado, tiene una hija, y aún así insiste en que nos veamos. ―Tú sin embargo, no me buscaste nunca más, quiere decir ella a continuación, pero se traga sus pensamientos.

―No he visto a Pedro en años, y francamente no me interesa saber de él. ―responde Hernán secamente, visualizándose sobre Pedro moliéndole el rostro a puñetazos, sintiéndose patético y humillado.

―Después de ese verano que pasamos juntos, en la casa de tus padres, vine a disfrutar de la temporada estival a la región muchas veces, siempre salíamos con los que habían sido tus amigos, Armando y Pedro. Ellos estaban completamente locos; Nos paseaban por toda la ciudad en su automóvil, con la música a todo volumen y en un estado etílico sorprendente; nos la pasábamos de fiesta en fiesta.

―Nunca supe de aquello y no me interesa. ―La cortó Hernán arrugando el cejo, mordiendo con fuerza, los maceteros se marcan en su rostro.

―Encontré las cartas que esa mujer te escribió ese verano, sé que tienes un hijo con ella. Lo he visto, se parece mucho a ti. ―Hernán abrió los ojos de par en par y su indignación se calló al suelo.

―Pensé que nadie sabía de eso. ―Ana mantenía su barbilla en alto.

―Yo estaba dispuesta a perdonarte ese error.

―Siempre supuse que estabas jugando conmigo, después de todo, te fuiste con mi mejor amigo. ―Sus ojos se encontraron nuevamente y guardaron silencio por un minuto, Hernán se sentía desnudo, pensaba que este reencuentro sería completamente diferente.

―¿Por qué me rechazaste Hernán? Quiero que me lo digas tú mismo.

―Si me quedaba a tu lado no hubiese sido nada más que un juguete para ti, no quiero que nadie juegue conmigo. ―Y aquella última frase le dejó gusto a orgullo e ira en su garganta.

―Imagino que cuando sea ya muy anciana, verás las cosas de manera diferente, y vendrás hasta mi. Y podremos estar juntos para siempre, porque, no puede ser que sea siempre yo la que te busca, y tu el que dice que me ama.

―Si tuviese la certeza de que no estas jugando conmigo, si no hubieses hecho lo que hiciste… ―Hernán hizo una pausa y tragó saliva antes de continuar, ―Te propondría escaparnos juntos ahora mismo, olvidarnos de todo y amarnos en un país lejano y exótico.

―Tu oportunidad ya pasó primo, eres uno de mis mejores recuerdos. Pero yo amo a mi marido, y lo respeto. ―Y esta última palabra sonó como un latigazo que pone a raya a un león salvaje. ―Yo nunca jugué contigo.

―Ana. ―Replicó Hernán y acto seguido agachó la cabeza. ―¿A que has venido entonces?.

―No me queda mucho tiempo.

―¿Tienes que irte?

―Algo así.

―¿Ahora?

―No, aún me quedan algunos minutos. ―Ana encendió otro de sus pitillos y aspiró con fuerza ―Solo quería que supieras que te amé de verdad, y que eres un hermoso recuerdo, que este amor se pone más dulce con el tiempo, y que este sentimiento no menguará con las edades. El pasado no vuelve lamentablemente, pero podemos soñar con un futuro.

―No te entiendo. ―Responde Hernán y un silencio llena la habitación por enésima vez, y vuelven a mirarse a los ojos.

―Creo en el juramento que le hice a mi marido, es un buen hombre y lo respeto, jamas podía ser la amante de nadie. ―Dice Ana por fin.

―Si vienes conmigo, nadie sabrá de nosotros, para qué esperar una vida entera para ser felices, si podemos estar juntos para siempre. ―Hernán le tomó la mano suplicante. ―Escápate conmigo Ana, ahora mismo.

―No has entendido.

―¿Qué no he entendido?, está claro que me amas, y quieres estar conmigo.

―Me queda poco tiempo Hernán, y jamás he dicho que te amo durante nuestra conversación, tal vez fue un error haber venido, mi intención nunca fue darte falsas esperanzas.

―Se que tienes que irte, pero concertemos otra cita, te prometo no insistir en revivir lo nuestro, solo para conversar de la familia y nuestros recuerdos, lo prometo.

―Hernán, ―Lo cortó Ana poniendo delicadamente su índice sobre los labios, al tiempo que una lágrima corría por su rostro ―Estoy Muriendo, solo quería dejar las cosas claras antes de irme, pero parece que las he enredado más.

Ana se acerca a él y deposita un pequeño beso en sus labios, acto seguido se levanta del sillón. La mano de Hernán tiembla, su boca tirita entreabierta y sus ojos escancian sus salados fluidos sobre el piso, su pecho apenas oscila; congelado, mudo.

La puerta de la habitación se cierra tras ella.

 

Un canoso Hernán está sentado en la terraza de su casa, la vitrola llena el aire con un tango antiguo y él mira la actividad del puerto, y luego observa los barcos que llevan sus cargas a lejanas latitudes, imagina las gentes y los idiomas y las calles extrañas, los mercados y las luces… Va más allá y escruta la bastedad del horizonte, donde el azul del mar se junta con el azul del cielo y el mundo parece terminar, buscando un sentido para las vicisitudes de la vida.

 

Igdrasil

Ricardo era un hombre desprovisto de todo sentimiento, vivía solo en un departamentito de un ambiente que arrendaba por que no deseaba tener ataduras, quería tener la seguridad de que podría dejarlo todo y partir sin dejar nada atrás, sin embargo, su rutina era la misma desde hacía ya 15 años.

Su trabajo le permitía interactuar de forma exigua con otros seres humanos, y eso le traía contento, todo estaba balanceado en su vida, compraba la misma comida todos los meses por internet clonando una lista que repetía como un mantra cada 30 de cada mes, entre los víveres, el agua mineral y los artículos de limpieza, siempre venía un paquete de tres condones, para las tres veces al mes que visitaba a su meretriz.

Como todos los días, Ricardo se levantó a las 6 de la mañana, apagó el despertador a cuerda de un golpe, se destapó, se levantó y se subió a la bicicleta estática, pedaleo por una hora mirando el decomural de la pared, en el cual encontraba nuevas figuras todos los días, las que luego anotaba en cuadernito que guardaba en el velador derecho con un lápiz negro de color amarillo de punta fina que destapaba parsimoniosamente repasando los nombres con los cuales había bautizado las figuras anteriores.

Luego se dirigió a la cocina, tomo la caja de fósforos de el mueble de cocina, encendió un cerillo, movió la llave del gas y luego puso el regulador del calefón junkers en donde estaba marcada la palabra piloto, introdujo el palillo y espero a que se encendiera, luego regulo al máximo la capacidad del aparto.

Esperó a que su reloj marcase exactamente las 7:30 am y abrió la puerta del baño, corrió la cortina y entró al pequeño cuadrado de loza y giró la llave del agua caliente.

Exactamente a las 8:00am abrió la puerta del baño y surgió completamente vestido, afeitado y perfumado de entre una nube de vapor.

Salió de su departamentito de un ambiente en el centro de la ciudad y se dirigió hacia la oficina, camino dos cuadras y luego entró al edificio, se subió al elevador y espero ante la puerta hasta que su reloj marcó exactamente las 8:00am, giró la manilla y entró, miró a la secretaria de forma distante como todos los días y dijo:

– Buenos días.

Ella lo miro somnolienta y respondió

– Buenos días don Ricardo.

Ricardo entro al enorme salón lleno de cubículos, busco el numero 87 y se sentó, encendió su máquina y comenzó con la monótona tarea de todos los días.

A las 1PM exactamente, dejó de trabajar, abrió su maletita y sacó una manzana, la cual saboreó lentamente, contando exactamente 52 masticaciones para cada bocado.

A las 2PM, ni un minuto más ni uno de menos, estaba con los dedos puestos en las teclas.

A las 5PM, Ricardo se estiró, elongó, y apagó su máquina, se levantó tomó maletita de cuero azul, se colocó su chaqueta y se puso de pié en la entrada de su cubículo.

La oficina se llenó de voces, hombres y mujeres se levantaban y se despedían mutuamente, algunos se ponían de acuerdo para tomarse un trago después, otros para comer y conversar, otros solo con la mirada se daban a entender que se encontrarían en el motel que queda a 3 cuadras para tener sexo.

Ricardo observaba a los otros, y se sentía diferente, le asqueaba esa maraña de seres superfluos y desordenados, y cuando se cuestionaba su versión de la realidad siempre terminaba por encontrarse la razón, él no tenía ningún deber con el resto de la humanidad, y no tenía por que hacer ningún esfuerzo para comunicarse ni generar lazos con ningún otro individuo en el mundo, los otros siempre guardarían su distancia y él siempre guardaría su distancia, por que eso le resultaba cómodo, por que le gustaba su vida sin nadie entrometiéndose en ella, sin tener que hacer concesiones, sin tener que aguantar otros olores ni otros esquemas de tiempo ni tener que tratar de entender el devenir de los pensamientos de otro ser vivo.

Cuando todos y cada uno de los otros se hubo retirado, Ricardo salió de la entrada de su cubículo y se encamino hacia la puerta, sin embargo, algo llamó su atención, en uno de los cubículos, el 53, alguien aún trabajaba, y golpeaba las teclas de manera frenética maldiciendo entre dientes la máquina que tenía en frente.

De alguna manera Ricardo se sintió molesto, él era siempre quien se retiraba último, era la única cosa variable que había en su vida, pues dependía de la velocidad con que los otros se retirasen. Muy calladamente camino hacia su la entrada de su cubículo y esperó. Sin embargo, pese a su enorme paciencia, después de dos horas, la voz del cubículo 53 seguía maldiciendo entre dientes.

Estaba profundamente frustrado, lo cual era bastante extraño, decidió entonces interactuar con aquella persona, se dirigió decidido hacia el cubículo 53, y se detuvo en la entrada para que la persona notase su presencia y le dirigiese la palabra.

La persona lo miró con la cara desencajada y le pregunto violentamente:

– ¿Qué quieres Ricardo?

– Veo que tienes problemas, y quiero ofrecerte mi ayuda – Respondió el interpelado sin un ápice de emoción en su voz.

– OK! – Exclamó la mujer refunfuñado mientras se levantaba de su silla para dejarle el espacio al hombre.

Ricardo no la miró en ningún momento, se sentó y analizó el problema detenidamente, 20 minutos después se levanto y mirando al la pantalla y dijo:

– Ahora puedes irte. –y se fue a su cubículo.

La mujer atónita vio que estaba todo en orden, apagó su máquina y se retiró.

Respiró tranquilo, salió de la oficina detrás de la mujer y se dirigió a su pequeño departamento.

Ricardo caminó lentamente, el sol había caído ya bajo el horizonte, sin embargo una luz dorada llenaba aún el espacio con un brillo casi palpable, una sensación de estar nadando en un mar dorado y fresco le inundó y le dio un sentimiento de bien estar incomparable.

El aire lleno del aroma de las flores primaverales inflamaba sus pulmones y acentuaba la sensación de libertad, de tener absolutamente todas las posibilidades abiertas para elegir que hacer o que dejar de hacer, los 452 pasos exactos que le tomo llegar a su edificio fueron un deleite y también una tortura, por que sabía en el paso 245 que la sensación que estaba experimentando se desvanecería pronto, y aún que permaneciera quieto en ese lugar la luz del sol y el hermoso brillo y la frescura del atardecer desaparecerían para siempre, sentimientos como aquel solo eran fugaces muestras de como trabaja la naturaleza.

Hurgó en su bolsillo hasta palpar la pequeña llave de níquel color plateada, la introdujo en la cerradura, la giró dos veces hacia la derecha y abrió la puerta, cruzó el ambiente y llegó al sector de la cocina, que no era más que un mueble donde se podían preparar alimentos. Abrió el refrigerador, extrajo una lasaña congelada y la metió al microondas de cuerdo con las instrucciones que aparecían en la caja.

Mientras el microondas calentaba la comida se dirigió hacia el ventanal sin cortinas que daba hacia la avenida, en la cual había un bandejón central, jugaba tratando de buscar el punto medio entre su reflejo y el exterior para mezclar las dos imágenes en su cerebro. Tomó el control remoto del equipo de música y colocó una selección aleatoria de piezas clásicas.

La campana del microondas interrumpió la quinta de Beetoven sin ninguna vergüenza ni escrúpulo, Ricardo se dirigió a la cocina y masticó calmadamente la lasaña congelada.

Terminó de comer, lavó votó a la basura el servicio plástico y la bandeja de la lasaña, se dirigió al baño, se dio una ducha, y se acostó, cerró los ojos y se sintió feliz por que en su vida todo estaba bajo control.

La mañana siguiente transcurrió igual a todas las mañanas de su vida, entró a la oficina y saludo a la secretaría con la distancia de siempre y recibió la somnolienta y usual replica.

Buscó el cubículo 87, acomodó su maletita, se desembarazó de la chaqueta, se sentó, encendió su maquina y comenzó a teclear como todos los días, como todos los días a la 1: 00pm sacó los dedos del teclado, abrió su maletita, extrajo una manzana verde y la masticó exactamente 53 veces.

Ricardo se había relajado, se separó del teclado y tomo su maletita de cuero azul para sacar su manzana, en ese momento, una mano delgada pero decidida lo sostuvo del brazo y lo arrastro fuera de su cubículo.

-Vamos – dijo ella en tono imperante – Si no llegamos pronto ocuparan los mejores puestos.

La mujer lo agarro firme de la manga y literalmente lo arrastró fuera del edificio, caminaron dos cuadras y bajaron una escalera que llevaba a un sótano enorme bien iluminado, decorado con pinturas impresas en offset de autores de renombre, las mesas eran rectangulares con manteles con cuadritos rojos blancos y rosados, en el centro un florero plástico, de esos que venden en las tiendas de descuento chinas rematados por flores también de plástico le hacían compañía a una alcuza grasienta y una panera vacía llena de migajas.

– Sentémonos aquí – La mujer lanzó al hombre en la silla y se sentó frente a él. Ricardo aún no salía de su asombro, no sabía que diablos hacía él sentado en un restaurant insalubre lleno de olores de comidas condimentadas mezcladas con olores de cuerpos que él no deseaba aspirar.

-Ahí viene la niña, yo siempre pido el menú – Comenzó a disparar la mujer – pero tu eres mi invitado y puedes comer lo que quieras, lo que pasa Ricardo es que yo quería agradecerte por que me ayudaste la otra noche por que resulta que mi hija estaba enferma y tenía que comprar unos remedios que me recetó el doctor que no fui ayer si no que llamé por teléfono y el que están amoroso, el doctor Gonzalez, uno que atiende ahí en esos edificios nuevos que construyeron, tu debes conocerlos, unos que están pintados de verde bien altos a cuatro cuadras de la oficina viniendo por la avenida principal , bueno lo llamé y le conté los síntomas y el me dijo lo que tenía que comprar es tan amoroso él con migo siempre que voy me dice cosas lindas, y luego fui a comprar el remedio, pero estaba tan caro entones fui a la farmacia del frente…

La mujer no paraba de hablar mientras la “niña” recitaba el menú ejecutivo de hoy con un aburrimiento inconmensurable.

– yo quiero lo de siempre – dijo la mujer haciendo un paréntesis en su historia, -¿y tu Ricardo que vas a querer?.

– Yo estoy bien gracias, no voy a almorzar aquí.

– Nada de eso Ricardo, tu fuiste amable conmigo y ahora vas a dejar que te devuelva el favor – dijo mirándolo fieramente, luego se dio vuelta y miro a la “niña” – Tráele tallarines con carne mechada eso le va a gustar.

La “niña” que debía rondar los 40 años giró su obeso cuerpo y su grasoso cabello y se dirigió a una bandeja enorme llena de servicios, los cuales luego deposito en pares a cada lado de la mesa, luego fue a tomar otros pedidos y se volvió a perder en los que se supone era la cocina.

Ricardo estaba cada ves más atónito, cuando pensaba que todo volvería a la normalidad las cosas se ponían cada ves más y más extrañas, así que decidió seguirle el juego a la mujer, la miro a los ojos e hizo como que escuchaba su perorata cuando en realidad se deleitaba con sus enormes redondos y voluptuosos y turgentes pechos que se movían juguetones de acá para allá cada ves que la mujer gesticulaba, luego recorría sus labios carnoso pintados con un rouge de mala calidad, sus dientes eran parejos y sus grandes ojos café, le permitían recorrerla con agrado, mientras asentía y repetía fingiendo asombro ante algunas de las ultimas frases o palabras, cuando ella hacía un alto.

Les sirvieron la comida al cabo de unos tres minutos, el sabor no pasaba de decente, sin embargo él sabía que esa cocina debía ser completamente insalubre, cada trago fue un suplicio por el cual maldecía el momento en que se le había ocurrido ayudar a la fémina que estaba frente a él, y decidió que mirarle los pechos y entretenerse con su bello pero cansado rostro no valía la pena, sin embargo no quería ser grosero para no tener más problemas en su trabajo, así que decidió usar un subterfugio un poco más elaborado.

Ricardo comió como pudo los tallarines aceitosos mientras escuchaba las vicisitudes de la mujer, con la punta de los labios en el borde del baso estiró la lengua y probó el jugo desabrido y descolorido, apretó los ojos y tomó un trago.

La mujer no se había casado, pensando que eso le ayudaría a retener a su pareja, era hija de padres separados y no quería repetir la historia, por lo tanto había evitado el escenario del divorcio, sin embargo su hombre la había abandonado de todas formas, él era un oficinista como ella, trabajaba un par de edificios más abajo que ellos, cuando la mujer quedó embarazada y se negó a darle sexo, él empezó a salir con mujeres de su trabajo, varias veces ella descubrió las fotos y videos que él hacía, de sus encuentros furtivos grabándolos con su aparato móvil, mientras estuvo embarazada, ella no dijo nada, pero después de nacer la bebé, y después de los cuarenta días que recomienda el ginecólogo, ella reclamo lo que le correspondía.

Sin embargo su pareja no respondía como solía hacerlo, por lo cual, comenzó a desesperarse, y a hablarle sucio al oído mientras ejecutaban el coito, vio que esto daba resultados parciales y su desesperación creció, pero con ella también la esperanza de retener a su hombre, así que decidió dejar que él invitara a sus amantes a tener sexo y se permitió realizar todo tipo de orgías en las cuales su hombre respondía de forma maravillosa, este tipo de encuentros sexuales sin embargo la habían pervertido, disfrutaba lamiendo otras vulvas y anos para que su marido las penetrase luego, ella misma empezó a enviciarse con el sexo, y no solo invitaron mujeres sino también otras parejas, luego otros hombres, no solo uno, llego a entregar su cuerpo a cinco hombres al mismo tiempo, el frenesí sexual había llegado a limites insospechados, los placeres que había experimentado eran increíbles, mejor que cualquier droga.

Un vacío comenzó carcomer el interior de la mujer, había perdido a su pareja para siempre en aquel torbellino de vulvas, escrotos y prepucios. Cuando él le pidió que se acostara con su jefe para conseguir un asenso, ella decidió que era suficiente y lo echó del departamento en que vivían, él le confesó que en verdad era una alivio, por que no deseaba estar con ella, nunca la había querido y estaba con ella solo por que era buena en la cama.

-¿Y tu? – pregunto ella después de terminar su relato susurrando, para que los comensales en las otras mesas no oyeran.

Ricardo tragó saliva sonoramente, tenía una erección que se le marcaba en el pantalón, pero estaba profundamente conciente de que todo aquel relato, cierto o falso, era una estratagema de la fémina que tenía en frente para involucrarlo, él debía ser más fuerte que su carne, su cerebro debía mantenerse calmado pues ahora le tocaba su turno de mover las piezas.

Ella lo miraba a los ojos mientras se mojaba los labios carnosos, movía las piernas una junto a la otra dando a entender lo mojada que se había puesto relatando su pasado, del cual decía no se arrepentía.

-Yo – Dijo Ricardo titubeando, se aclaró la garganta y tomo impulso para contraatacar.

– Escúchame bien amiga – Ricardo la miró detenidamente a los ojos hizo una pausa y continuó – por que después de lo que me revelaste no te puedo llamar de otra manera, y ya que has sido sincera conmigo, yo te contaré también mis más oscuros secretos.

– Mi nombre no es Ricardo, yo soy Kuthulu, un ser multiforme de la duodécima dimensión negativa, estoy en este mundo con un propósito definido pero borroso pues hasta los designios de nuestra especie son tenebrosos, como todo lo que hay en nuestros designios, nosotros nos alimentamos de la fuerza vital de los seres humanos de este planeta, hemos logrado abrir portales en varios lugares propicios del mundo, stone henge, la torre Eifel, el cerro san cristobal, las torres gemelas, las cuales por cierto no fueron destruidas por terroristas sino por la unión e conciencias astrales que rige el multiverso, y lo hicieron para detener el paso de nuestras plantadoras. Desde los portales nosotros cruzamos a tu mundo para incubarnos en los cuerpos humanos que pululan las ciudades, alimentándonos poco a poco de los retazos de sus alma, de sus sueños y de sus desengaños, es por eso que mantenemos la ilusión del bien y de las ideas correctas, pues los conflictos son lo más apetitoso, no hay verdadera tristeza en un hombre que no ha conocido la felicidad, no hay mayor angustia que ver que todo en lo que creías cierto, se derrumba a pedazos, que el viejito pascuero no existe, que los hombres del amoroso y protector Dios corrompen a los más indefensos, que jamás serás rubia ni viajaras al caribe. Controlamos las noticias, controlamos los negocios, generamos estress y caos y ustedes bailan al compás de nuestro Waltz de la locura que nosotros desplegamos.

Los hombres que originalmente vivían en esta parte del mundo nos llamaban Wekufes, pero hemos tenido un centenar de nombres Sera, Hades, Loki, Baal, Marduk, Tamar, Amaterassu, Viracocha, Belial, Belcebú, Tiamát, Naga, Kuchulaín, Set, son algunos de ellos, nosotros somos los dioses de la antigüedad, fuimos gigantes y aterrorizamos y esclavizamos a su raza, pero ustedes se adaptaban muy rápido, lo disfrutamos durante milenios es cierto, sobre todo los corazones palpitantes y los sacrificios de niños de pecho.

El ultimo planeta lo agotamos demasiado rápido, este planeamos hacerlo durar, extraer hasta la ultima gota de ese delicioso elixir que es la crueldad, la miseria, la desesperación y el odio.

La unión de conciencias astrales que domina el multiverso sin embargo, ha enviado a los insectos de la nebulosa de Hercules de la segunda dimensión para tratar de rescatarlos, ellos son capaces de vernos y vibrar en nuestra inusual frecuencia, lo que los hace especialmente peligrosos para nosotros, los insectos están aquí para purgarnos, destruir nuestros portales y devorar nuestras larvas, las que se alojan en el hipotálamo comiendo con deleite los químicos que este genera, los insectos entran por el recto, escarban hasta la medula espinal y luego suben hasta el cerebelo, desde donde estiran sus tentáculos y exprimen nuestras larvas succionando sus deliciosos jugos.

Yo soy un guardián multiforme multidimensional de nivel azul, y mi deber es destruir a los insectos y cualquier otra criatura de la UCAM que desee retrasar nuestros planes a largo plazo, pues esta raza esta destinada a encontrar la manera de doblar el tejido espaciotemporal y mover bloques de materia y no de conciencia como las otras razas por todo el multiverso, de esa manera, la humanidad será la diáspora desde la cual dominaremos la creación y la sumiremos en una constante pugna entre la luz y la oscuridad y ese conflicto, esa tiniebla será el caldo de cultivo para nuestro mayor triunfo, la incubación de la gran larva que se tragará todas las dimensiones y todas las posibilidades pues ya solo existirá una voluntad doblando los caminos de las cuerdas metafísicas parasimpáticos quánticas, y la oscuridad reinará por fin sin necesidad de la luz.

Ricardo se detuvo mirándola muy serio a los ojos y luego agregó con toda frialdad.

– Paga, tenemos que volver a trabajar – Se levanto de la mesa sin esperar replica y volvió a la oficina.

Ricardo caminaba con un sonrisa de satisfacción, de esas que uno ve en los rostros de los niños pequeños que han hecho una maldad y han salido incólumes, estaba orgulloso de la historia inverosímil que había logrado desarrollar en tan poco tiempo, miró el reloj de pulsera que llevaba y se dio cuenta que solo tenía dos minutos para llegar a su cubículo, apretó el paso y se olvidó de la mujer confiando en que la burda historia la desanimara por completo.

Se sentó en su escritorio en el segundo exacto que el reloj marcaba las 13:00, sacó la maquina de la suspensión y comenzó a incrustar los dedos en el teclado de forma obsesiva, estaba feliz, el sonido de las teclas hundiéndose generaba un tecleteo rítmico y constante que le servía de mantra, las ondas sonoras golpeaban su tímpano y activaban su cloquea llevándole esos simples impulsos eléctricos que se convertían finalmente en ideas dentro de su cráneo y le permitían estar en su oficina y no estar al mismo tiempo, trabajar era un asunto que Ricardo se tomaba seriamente y seriamente, lo disfrutaba.

El reloj marcó las 17:00pm, Ricardo dejó de teclear, y apagó su máquina, era un armatoste metálico lleno de tubos por donde circulaba vapor, el cual movía una pequeña turbina que le daba energía al panel positrónico, en el cual los oficinistas almacenaban y procesaban la información, su interfaz eran el teclado DVORAK y una pantalla de ondas psicocerebrales de media distancia, todo hecho de acero inoxidable el cual un staff de mantenimiento mantenía siempre brillante.

Se paró en la entrada de su cubículo y esperó que los otros se levantasen de sus asientos y comenzaran a contarse sus planes para la tarde, ignoró todos y cada uno de los comentarios, todas y cada una de las intenciones, todas y cada una de las voluntades de los seres que lo rodaban.

Dio 14 pasos hacia la salida y súbitamente se encontró con ella, que lo estaba esperando, Ricardo se hizo a un lado para esquivarla y siguió caminando, la mujer caminó detrás de él como si la fueran arrastrando con una cuerda o como si estuviesen jugando al monito mayor, Ricardo comenzó a preocuparse pero pensó que si la ignoraba ella terminaría por olvidarse del asunto.

Salió de la oficina y decidió caminar por el bandejón central de avenida que lo llevaba a su departamento para disfrutar de la primavera, caminó lentamente respirando el aire fragante escuchando el crujir de las hojas secas bajo sus pies, se sentó en un banco de fiero forjado y madera y miró al horizonte.

– Por que me ignoras – Dijo la mujer.

– Yo te hice un favor, y tu me lo devolviste, no tenemos nada que hablar – dijo él.

– Yo me abrí contigo – respondió la mujer acercándose a él colocando la barbilla a la altura del hombro de Ricardo – y tu me cuentas esa interesante historia, ¿eres escritor acaso y estas probando si esa idea funciona? me pareció de lo más interesante quiero escuchar más.

– Vamos a mi departamento – Dijo Ricardo y te contaré todo lo quieres saber.

El living estaba a media luz, música de Puccini llenaba el aire tibio, la mujer estaba de pié desnuda mirando a la ventana, Ricardo estaba detrás de ella sin la camisa, él levantó su mano y toco suavemente su hombro con un dedo, ella se estremeció, movió la larga cabellera y dejó al descubierto la nuca de la mujer, acerco su boca lentamente y esta se abrió más de lo humanamente posible, un par de tentáculos abrazaron el cuello de la fémina asfixiándola hasta hacerla desmayar, mientras unas ventosas se pegaban a la medula espinal y otras probóscides comenzaban a hurgar en el cordón nervioso para abrirse paso hacia su objetivo.

Ricardo se levantó más animoso que de costumbre, apenas sonó el despertador salió de la cama de un salto y comenzó a pedalear en su bicicleta estática mientras meditaba tratando de poner su mente en blanco, las gotas de sudor comenzaron a perlar su rostro, sin embargo, no se sentía cansado, terminó la hora diaria de ejercicios matinales empapado por completo y extrañamente feliz.

Fue a la cocina llenó un vaso con agua de la cañería y bebió hasta saciarse, luego tomo sus vitaminas y encendió el calefón, después de una hora salió de entre una nube de vapor completamente vestido afeitado y perfumado, salió de su pequeño departamento con la maletita de cuero azul y se encerró en el ascensor que bajó lentamente hasta el piso 1.

Salió de su edificio y se encaminó hacia la oficina, había caminado una cuadra cuando se le acercaron dos hombres con ternos grises, uno de pelo corto bien afeitado y otro de pelo desordenado y muy negro, con barba abundante, flaco y alto, a diferencia del otro macizo y de facciones redondas y nariz gruesa y plana, le pidieron que se detuviera para hacerle unas preguntas.

– Estoy en mi horario para llegar al trabajo, búsquenme en otro momento, ahora no puedo atenderlos, lo siento. – estaba diciendo Ricardo cuando uno de los hombres lo golpeó en el estomago, no supo decir cual, pero el más pequeño y fornido se lo hecho al hombro sin esfuerzo, una camioneta se estacionó delante de ellos, abrió la puerta los tragó y desapareció del lugar.

Ricardo no dijo nada, estaba en completo silencio esperando que los raptores dijesen algo que le permitiera entender qué estaba pasando en su vida para que unos extraños lo agarrasen en medio de la calle lo subieran a una camioneta y lo llevasen quien sabe donde.

– ¿Sabes por que no te vendamos los ojos? – le pregunto el flaco – Por que no vas a volver a ver la luz del día – contestó el mismo su pregunta.

A Ricardo le crujió el estomago, tragó saliva y empezó a pensar rápidamente como salir de ese embrollo, lo primero que se le ocurrió fue analizar la situación, en la camioneta habían cuatro personas, el conductor al cual solo le veía la nuca, el copiloto que había abierto la puerta y al cual tampoco había podido distinguir, el macizo que portaba una luger en la cartuchera derecha y un cuchillo de caza en la izquierda así como un revolver en la canilla, el flaco llevaba encima cuatro navajas bien escondidas entre las ropas, de esas que usan los barberos para rasurar que se abren como una mariposa, y dos smitty and weson calibre 45 con 15 tiros cada una mas media docena de cartuchos repartidos por las piernas.

Los dos hombres estaban sentados frente a él, ni siquiera se habían molestado en amarrarlo y parecían muy relajados, como si secuestrar personas fuera cosa de todos los días y él fuese una presa fácil, por lo tanto, se dijo, solo debía esperar un momento de distracción para hacer su movimiento.

– Que yo sepa – Dijo Ricardo – La dictadura se acabó hace tiempo, los secuestros son ilegales. – Miró a sus captores fijamente a los ojos y agregó – ¿están concientes de eso?

Los hombres rieron al unísono con carcajadas tronantes y mientras se apretaban el estómago y comentaban el desquiciado e insulso comentario a los de la cabina, Ricardo vio entonces la ventana que había estado esperando, el vehículo se detuvo en una luz roja, estiró la mano y abrió la puerta corrediza de la van, y salto como un relámpago a la calle, corriendo como un energúmeno entre la gente y las cajas, empujando a los comerciantes ambulantes y sus cápsulas de vapor falsificadas, ropas robadas de las importaciones de la superficie, allí donde los hombres trabajaban como esclavos, día y noche solo por tener derecho a comida y agua, los proletarios, les llamaban, un mundo debajo del mundo, un infierno creado a partir de las cenizas de la antigua civilización, una aberración que mantenía los lujos del mundo del cielo, el Asgard, la morada de los dueños de la tierra.

Su mente corría demasiado rápido, tanto como sus entrenadas piernas que lo mantenían a distancia de las enormes zancadas del flaco alto con el pelo desordenado, tuvo suerte de entrar al mercado negro, siempre había mucha gente en esos lugares, cercanos a los puertos de embarque y recepción de mercaderías, en ellos, los zánganos del sistema, los ilegales de Middgard, el nivel donde vivía él y los ejecutivos ý técnicos, los seres humanos que eran necesario mantener saludables, para mantener el sistema funcionando apropiadamente, se las arreglaban para escapar de la esclavitud y de los Malech, los mensajeros de Asgard, las fuerzas de seguridad de los magnates, esto en el fondo era una mera ilusión, los ilegales debían comprar su estadía y estaban siempre monitoreados por chips del tamaño de una lenteja implantados en su pituitaria, imposibles de extraer sin causar la muerte del paciente, estas personas eran elegidas según su pool genético, preservándolos para evitar los perjuicios de la endogamia.

Ricardo siguió corriendo y pensando en el lío que estaba metido, si los hombres eran Malech, estaba perdido, lo encontrarían y lo torturarían, hasta escuchar de él lo quisiesen saber, si pertenecían a alguna de las policías privadas y estaba metido en algún embrollo relacionado a los intereses de los magnates, estaba acabado de igual manera.

Seguía corriendo y seguía pensando y sin embargo no encontraba explicación y sabía que tampoco tenía por que haber explicación, su mente seguía funcionando tan rápido como sus piernas y sin embargo no encontraba ninguna salida a la cuestión, saltaba por sobre los puestos de venta, y los ilegales comenzaron a abrirle paso y luego a correr desordenadamente cuando vieron a los dos hombres con sus armas de fuego desenfundadas, en ese momento, Ricardo encontró una salida.

Entró al baño público sintiendo los truenos y viendo los destellos por el rabillo del ojo, abrió la puerta del servicio de mujeres en el cual dos féminas, que se preguntban qué eran esas explosiones mientras otra estaba encerrada en el lavabo.

De repente y cuando la vio allí con la cara llena de estupor sintió un calor que crecía en su pecho y un pitido en los oídos, su cuerpo comenzó a hincharse y su boca se abrió de par en par, su vista se nubló y sintió como sus labios se rajaban dando paso a lo de dentro, la figura que había dejado ya de ser humana se abría rápidamente como una flor para dar paso a una maraña de tentáculos babosos que atraparon a las estupefactas mujeres por el cuello, una probóscide viscosa y gruesa les penetró la boca dejando una semilla en su interior, el capullo se cerro y Ricardo volvió en si.

Miró a las mujeres tiradas en suelo con convulsiones sin saber explicar como había pasado, pero sintiendo la urgencia de escapar se obligó a reflexionar en ello más adelante, vio la pequeña ventana abierta que daba al estacionamiento del galpón del mercado negro y sin dudarlo saltó y se coló por él, mientras forcejeaba para terminar de cruzar vio como entraban el flaco de pelo desordenado con sus dos smith and weson calibre 45 apuntando a todos lados y detrás de él, el fornido de cara redonda y nariz plana con un arma negra gruesa como un tronco con un cargador enorme, en ese momento las mujeres se levantaron del piso y comenzaron a hincharse, el flaco descargó sus cargadores para hacerlas retroceder, pero la carne absorbía los proyectiles sin problemas, el fornido descargó plomo con un enorme estruendo, enormes casquillos comenzaron a caer uno detrás del otro al suelo de cerámica blanca, las dos masas de carne hinchada retrocedieron ante los impactos de la ametralladora calibre 50 con balas de expansión.

Un gemido aterrador llenó el baño destrozado por el enfrentamiento, las amorfas, gelatinosas y semidespedazadas mujeres yacían en el piso manando sangre a borbones, los hombres caminaron sobre ella sin cuidado, el fornido cargo su arma nuevamente y comenzó a dispararle a la pared, hasta hacer un forado lo suficientemente grande como para pasar, pero cuando estaban saltando por sobre los cadáveres, una docena de tentáculos los jalaron hacia abajo aprisionándolos de brazos y piernas enroscándose por todo su cuerpo, los hombres forcejeaban sin éxito y bajo los tentáculos se abrió un enorme pico de loro que amenazaba con arrancarles las extremidades de un solo tarascón.

El flaco sacó entonces sus navajas, y el fornido su cuchillo de caza, y entre maldiciones lograron zafarse y eliminar la amenaza descargando todo una rasenal sobre la monstruosa y hedionda criatura.

Ricardo había logrado huir, no tenía la menor idea de lo que había pasado, lo había visto, lo había experimentado, sin embargo no sabía como explicar lo que sucedía con él, comenzó a pensar en experimentos genéticos perpetrados por los dioses magnates de Asgard, y en conspiraciones de los científicos que fueron relegados al infierno por no calificar como útiles para los dioses, en las míticas rebeliones de las cuales nunca se escuchaba nada, pues el primer nivel, el Infierno, solo lo visitan los Malech, y ellos no cuentan nada a los ciudadanos, pues tienen sus islas flotantes privadas donde viven en una comunidad de guerreros sagrados especialmente criados y amoldados socialmente para mantener a raya a los pocos humanos que viven en Middgard y a la no despreciable cantidad de humanos desnutridos ignorantes y esclavos que trabajan en el Infierno, la mayoría de los trabajos son realizados por máquinas, pero invariablemente se necesitan humanos para realizar muchas tareas, y los Malech no son amables con ellos.

Por otro lado, en el infierno, reinan grupos de pandillas y mafias que acaparan los recursos y esclavizan a la gente que esta atrapada entre los ángeles y los demonios, la falta de medicamentos y medicinas los hace que mueran como promedio a los 35 años pero también hace que las mujeres queden embarazadas a los nueve años, y si bien es cierto los induces de mortalidad infantil es altísimo (sobre todo teniendo en cuenta la costumbre de comer niños que han adquirido para obtener proteínas) la población del infierno se incrementa cada año, pues el instinto de supervivencia se agudiza, las mujeres son proclives a tener un hijo al año y en esas condiciones solo los más fuertes sobreviven, los dioses magnates saben de esta situación, y para ello crearon a los Malech.

Ricardo no concebía la idea de tener que escapara a Infierno, pero tampoco tenía idea de qué hacer, según sus conocimientos, si el flaco y el fornido eran agentes de Asgard, lo ubicarían fácilmente por medio del rastreador en su pituitaria, ahora bien, su cuerpo era tan diferente ahora que no sabía si el rastreador estaba ahí todavía, es más, tal ves era esa la razón por la cual los hombres habían ido a buscarlo, por que su rastreador había salido de alguna manera de su cuerpo y había dejado de funcionar, señal de que algo malo había ocurrido, y al escapar solo había hecho que la situación empeorara, o tal vez no, por que si lo llevaban a los laboratorios de Middgard lo hubiesen cercenado para saber como se extrajo el rastreador de la cavidad craneana sin morir, lo hubiesen torturado hasta el cansancio para averiguarlo.

Lo único que tenía claro mientras corría hasta su departamento para buscar dinero y algo de ropa antes de decidir que paso tomar, era que no debían encontrarlo por ningún motivo, de eso dependía su pellejo.

Ricardo corrió por las calles de pavimento por tres horas seguidas, de detuvo en una fuente de soda a tomar algo para hidratarse y descansar, pidió una Kro-k-Cola bien helada de un litro y medio, la bebió de apoco, disfrutando cada trago del elixir, que poseía cantidades ingentes de azúcar y potasio que sin embargo ahora necesitaba para seguir corriendo.

Estaba en terminando cuando se percató de que el boletín noticioso mostraba su rostro y los cadáveres de tres mujeres desaparecidas, se apresuró a pagar y salió del lugar rápidamente, se levanto las solapas de la chaqueta, se desordenó el pelo y caminó rápido evitando las miradas de los transeúntes.

Cuando llegó a su edificio, supuso que lo estarían esperando, por tanto esperó que uno de sus vecinos llegara en automóvil y entró después de él, antes de que el portón electrónico cerrase, sabía que los guardias eran siempre descuidados y nunca miraba las pantallas de seguridad, sin embargo, no era un guardia de seguridad el que en ese momento estaba en la recepción de su edificio, si no un Malech pelirrojo, el cual dio la alarma de que la presa había entrado, los otros dos Malech lo esperaban en el departamento con las ametralladoras apuntando a la puerta, tres más estaban en los ascensores y otros dos en las escaleras.

Ricardo subió por las escaleras para evitar la cámara de ascensor, estaba bastante cansado cuando llegó al piso 13 y se encontró de frente con los cañones calibre 45 que comenzaron a escupir plomo en su dirección en medio de fogonazos y pedazos de carne desprendiendo se de su cuerpo, Ricardo comenzó a caer escaleras abajo ya sin fuerzas sintiéndose incapaz de seguir adelante se dejó llevar y se entregó a la muerte.

Los Malech bajaron las escaleras tras el cadáver mientras recargaban sus armas, lo vieron ahí tirado, en un recodo lleno de agujeros pero con escasa sangre, su brazo se movió, solo y una probóscide proveniente de él penetró el zapato de uno de los agentes entre suela y cuero, perforó la carne del dedo gordo bajo la uña y avanzó hacia el interior del agente que empezó a convulsionar y a gritar de desesperación y miedo por que sentía como se lo estaban comiendo desde dentro, su locura fue tal que comenzó a dispararse a sí mismo, la reacción de su compañero fue la de dispararle al supuesto cadáver de Ricardo, pero el dolor y los gritos de su compañero no cesaban.

Los Malech que estaban en los ascensores entraron en la escalera para ayudar a sus compañeros, cuando llagaron allí vieron dos cuerpos destrozados desde dentro como si hubiesen sido devorados completamente por pirañas.

Ricardo cayo desde el techo justo en medio de ellos bañado en sangre, su boca se abría desde una mitad a la otra de su cabeza y en ella habían tres corridas de dientes afilados, en ves de lengua exhibía unos tentáculos gruesos y otros delgados que jugueteaban con el aire, les mostró sus manos desarmadas y pudieron ver claramente como de debajo de las uñas aparecían raíces que ondularon en el aire y se enterraron los ojos de los tres hombres que comenzaron a gritar despavoridos y a disparar hacia cualquier lado, las extensiones nerviosas con forma de raíz se habían enganchado a los nervios ópticos de sus victimas entregándoles visiones aterradoras, monstruosidades inefables, vaticinios del futuro, los que no murieron por el fuego amigo, lo hicieron de un ataque al corazón.

Cuando por fin llegó al piso 17, buscó en su bolsillo hasta encontrar la pequeña llave de níquel, se puso frente a la puerta, enterró el pequeño pedazo de metal en la cerradura y giró lentamente.

La puerta se abrió y una ráfaga interminable destrozó el cuerpo de lo que había intentado entrar, el dintel de la puerta era irreconocible, las paredes tenían tremendos agujeros y a pesar del estruendo, ningún vecino salió a ver qué sucedía.

La verdad es que todos sospechaban que Ricardo era un espía de la revolución o de la contrarrevolución o miembro de algún grupo subversivo, o que simplemente estaba bastante loco y se comentaba, cuando su nombre o el numero de su departamento salía a colación, que algo malo habría de pasarle tarde o temprano, por otro lado nadie osaría entrometerse en una operación de los mensajeros, los únicos en Middgard que estaban autorizados a portar armas de fuego, además quién levantase la vos, simplemente sería despachado o peor aún enviado al hades para trabajar como proletario, y eso era un castigo que ningún miembro de la burocracia ejecutiva deseaba, su mayor miedo era el trabajo con las manos y el cuerpo, ensuciándose, siendo tratado como escoria, viviendo en chozas inmundas llenas de ratones y pulgas y garrapatas y zancudos, dependiendo de energías a base de carbón respirando un aire altamente contaminado.

Los Malech se acercaron lentamente a revisar los restos de carne humeante que habían quedado esparcidos en la horadada pared de concreto, para cuando se dieron cuenta de que los restos del traje que el muerto había utilizado en vida pertenecía a uno de sus compañeros, un par de tentáculos los estaban estrangulando, de pronto, un tercer tentáculo apareció y se abrió, del centro apareció una manguera de cartílago que exudaba una sustancia lechosa que cayó directo en las gargantas de los hombres que luchaban por respirar, no paso mucho tiempo para que dejaran de luchar y entraran al departamento calmadamente, Ricardo entró detrás de ellos y se dirigió al baño.

Cerró la puerta y se bajó los pantalones, a continuación se sentó en la taza y descargó, sus fecas eran cremosas oscuras y hediondas por la ingesta de carne humana, se miró los ojos y se dio cuenta de que estaban amarillentos, su boca era enorme, pero si la apretaba bien podía disimular, ya que sus labios se dibujaban como siempre, sus manos estaban normales, pero sentía algo raro en su espalda, se sacó la chaqueta y la camisa y empezó a palparse, se dio cuenta de que tenía unos tubos cartilaginosos saliendo de ella, los cuales estaban empezando a formar una giba, tenía la sensación de que su cuerpo se estaba partiendo para dejar paso a otro ser, a otro ente que vivía dentro de él y que lo controlaba cuando él estaba muy cansado o casi muerto, en ese momento tenía plena conciencia de quien era él, de su historia y de sus recuerdos, sin embargo no entendía cómo había sido capaz de ir en contra de todas las convenciones de su mundo, desafiando el orden y condenándose a muerte a si mismo, por que después de las muertes que había perpetrado lo ejecutarían donde lo encontrasen.

Se levanto del baño, se limpió y se lavó las manos y sintió hambre, pero sabía que los alimentos comunes no servirán ahora, pensaba en ellos y sentía nauseas, fue donde guardaba las herramientas y sacó una galleta, abrió la boca y los tentáculos volvieron a darles ese liquido lechoso a los agentes, amarró a uno de ellos firmemente a una silla y comenzó a sacarle la tapa de los sesos, el hombre ni siquiera se inmuto ante el olor a pelo, hueso y carne quemada, debido al químico que había ingerido, tampoco sangró.

Ricardo destapó el cráneo del hombre y se relamió, fue a la cocina y saco un tenedor y un cuchillo para carne, de esos con dientes, se puso una servilleta de género en el cuello de la camisa y comenzó a comer.

Cuando terminó, el descerebrado aún respiraba y sus funciones vitales se mantenían, pues Ricardo no había tocado el cerebelo, abrió la boca una ves mas y de un tentáculo regurgitó una semilla que colocó donde antes había estado el cerebro del hombre, luego le cerró la tapa de los sesos y sintiéndose cansado y satisfecho, se fue a su cuarto a dormir.

Ricardo navegaba en su inconsciente, sabiendo que su cuerpo estaba cambiando, que ya no era él mismo, que su identidad se había desdibujado, no era conciente de lo que hacía cuando abría la boca y esos asquerosos tentáculos salían para estrangular a la gente o cuando comía sesos crudos y ponía semillas en los cráneos recién vaciados, su cuerpo se movía empujado por otra voluntad que no era la de él, no era Ricardo, y sin embargo no escuchaba ninguna otra voz ni estaba tampoco en desacuerdo ni trataba de impedir lo que se sucedía, las cosas pasaban frente él y él podía verlas, sin embargo así como la vida, las cosas pasaban sin que él diera cuenta de que el tiempo es la prisión de la existencia y no se detiene ante nada, los acontecimientos se sucedían uno tras otro como si fueran un mal sueño, ahora estaba soñando y aún así no veía nada más que un bosque, un bosque húmedo y tenebroso donde las hojas se podrían bajo sus pies y la luz moría entre el espeso follaje, y solo llegaba su inútil cadáver para dejarlo apreciar en medio de la penumbra del infinito, ese pequeño espacio donde se encontraba, en el suelo habían frágiles setas, y en el suelo se movían alimañas que oxigenan la tierra, las cortezas de los árboles eran gruesas y las hojas duras y multiformes, su cuerpo ya no estaba más, y él era parte del bosque, sus ojos eran las hojas y el aroma húmedo del bosque entraba por toda su piel, veía mil imágenes traspuestas y yuxtapuestas y mezcladas y repetidas desde diferentes ángulos y sus pies se enterraban profundos en la tierra y buscaban agua y se saciaban y ciertos pájaros cantaban en su oído y le pedían que despertase por que ya era hora de conciliar sus naturalezas.

Despertó fresco como una lechuga, habían pasado solo diez minutos, y eso había sido suficiente, su pelo se había caído, en la almohada podía ver enormes mechones castaño oscuro, se sentía diferente, fue a mirarse al espejo del baño y se vio venoso como si tuviese várices en todo el cuerpo, su piel estaba pálida, sus uñas se habían desaparecido también y su panza estaba inflada y su ombligo sobresalía desanudado a punto de reventar.

– voy a dar luz – dijo aterrorizado hablándose a si mismo, a su reflejo, a lo que supuestamente era él.

Recordó entonces haber leído alguna vez una historia de un checo, acerca de un tipo que lentamente se transforma en cucaracha, y de comer comidas frescas pasaba a comer pan duro y queso rancio. Luego pensó en Checoslovaquia, un país que ya no existía, por que los países ya no existían, por que la superficie de la tierra era un campo de prisioneros, y solo las plataformas de Middgard y Asgard, que se encontraban en la estratosfera ofrecían confort a los seres humanos, el conocimiento era libre y estaba al alcance de todos, no era posible tener hijos por que todos eran esterilizados al nacer, un chip en la pituitaria le decía a los Malech, los mensajeros de los Dioses, Magnates que viven en Asgard, donde estabas todo el tiempo, las plataformas estaban unidas a la tierra por un cable de acero y fibra óptica y enormes mangueras tubos, y todo el conjunto formaba el Igdrasil, el árbol del mundo de la mitología de los que se hacían llamar Nórdicos por que vivian en el hemisferio norte.

Estaba mutando y no tenía idea que rol jugaba en la historia de un mundo que era controlado por los autoproclamados Dioses, aquellos seres humanos que habían por fin logrado el anhelo de la vida eterna, pues en Asgard estaba el jardín de las Elíades donde hay un durazno y sus frutos dorados entregan la facultad de vivir por siempre a quienes lo comen, y el néctar que es un elixir de la vida, que cura toda enfermedad fluye desde el centro del árbol del mundo hasta una pileta donde los dioses van todas las mañanas a beber para rejuvenecer sus rostros eternos.

Entonces comenzó a sentir los dolores de parto, y su ombligo se desenrolló por completo, y una luz venía del agujero que se formaba en su vientre, algo venía, algo estaba naciendo y él sería su madre padre.

Ricardo sentía ganas de vomitar, un olor acre llenó sus fosas nasales, sentía su estómago burbujear con una sensación jabonosa en el fondo, eructó con olor a podrido y luego aulló del dolor, su ombligo se estaba abriendo, estaba pariendo una luz que se materializaba lentamente, como suero de leche convirtiéndose en queso, cuajándose en el aire mientras sus esfínteres se abrían y las fecas y orina corrían por sus piernas como si su fuente se hubiese roto, seres de la menos doceava dimensión comenzaron a pasar a través del ombligo de Ricardo, y se materializaban uno a uno lentamente dejando a lo que quedaba de hombre en ese cuerpo, en una agonía terrible, cada cierto tiempo sentía que perdía el conocimiento pero era solo una ilusión, solo ganas de no estar conectado a la masa de carne que era desgarrada, ganas de no poseer un alma, pues los seres la rasgaban cada vez que terminaban de salir, esos trozos de alma les servían a los nuevos ciudadanos de Middgard para mantenerse vibrando en la frecuencia adecuada.

Finalmente, luego de dejar pasar a los inmateriales, el ombligo de Ricardo se fue cerrando de apoco con un dolor agudo y punzante, su cabeza palpitaba y lagrimas escurrían abundantes por sus mejillas, caminó lentamente hacía la ducha, abrió la llave, se sacó los jirones de ropa que traía puestos y se dejó caer bajo el chorro helado, su monstruoso cuerpo se fue enfriando lentamente, pero la barriga le dolía y le siguió doliendo mientras dormía.

Despertó con bastante hambre, así que se dirigió al living comedor cocina y tomó la galleta y abrió el cráneo del otro Malech, se comió su cerebro y plantó una semilla en su cráneo y lo tapó, el otro Malech había desaparecido, de los etéreos tampoco había rastros, y él seguía con hambre, así que se dirigió hacia el departamento de al lado.

Ya había devorado los cerebros de 4 departamentos cuando llegó la cuadrilla de Mensajeros, bajaron con cuerdas desde el techo de la estructura, rompieron las ventanas y descargaron plomo como si de año nuevo se tratase, las paredes quedaron horadadas, los muebles en desparramados en un estado caótico, astillas y un humo y una polvareda lo tapaban todo.

Solo la voz de Ricardo se escuchaba desde las tinieblas repitiendo un discurso inteligible, súbitamente, una luz atravesó la cortina de partículas en suspensión y el grito desgarrador de Ricardo rompió el aire y penetró los oídos de los Malech que solo atinaron a recargar las armas y volver a abrir fuego a la fuente de la luz, tapando los gritos con los truenos de las múltiples percusiones por segundo, de las poderosas ametralladoras que escupían casquillos como una catarata de vainas calientes que comenzaron a llenar el piso.

El cuerpo físico de Ricardo no fue más, pero el portal dimensional estaba abierto, el hombre había dado a luz y era padre madre de del Ragnarok, pues así lo bautizo Ricardo antes de morir, por que por aquél portal entraron los Jotun, los gigantes helados translucidos de la menos doceava dimensión a devorar las almas de los humanos de todo Igdrasil.

Middgard y los gigantes de Hielo. (director’s cut)

Ricardo era un hombre desprovisto de todo sentimiento, vivía solo en un departamentito de un ambiente que arrendaba por que no deseaba tener ataduras, quería tener la seguridad de que podría dejarlo todo y partir sin dejar nada atrás, sin embargo, su rutina era la misma desde hacía ya 15 años.

Su trabajo le permitía interactuar de forma exigua con otros seres humanos, y eso le traía contento, todo estaba balanceado en su vida, compraba la misma comida todos los meses por internet clonando una lista que repetía como un mantra cada 30 de cada mes, entre los víveres, el agua mineral y los artículos de limpieza, siempre venía un paquete de tres condones, para las tres veces al mes que visitaba a su meretriz.

Como todos los días, Ricardo se levantó a las 6 de la mañana, apagó el despertador a cuerda de un golpe, se destapó, se levantó y se subió a la bicicleta estática, pedaleo por una hora mirando el decomural de la pared, en el cual encontraba nuevas figuras todos los días, las que luego anotaba en cuadernito que guardaba en el velador derecho con un lápiz negro de color amarillo de punta fina que destapaba parsimoniosamente repasando los nombres con los cuales había bautizado las figuras anteriores.

Luego se dirigió a la cocina, tomo la caja de fósforos de el mueble de cocina, encendió un cerillo, movió la llave del gas y luego puso el regulador del calefón junkers en donde estaba marcada la palabra piloto, introdujo el palillo y espero a que se encendiera, luego regulo al máximo la capacidad del aparto.

Esperó a que su reloj marcase exactamente las 7:30 am y abrió la puerta del baño, corrió la cortina y entró al pequeño cuadrado de loza y giró la llave del agua caliente.

Exactamente a las 8:00am abrió la puerta del baño y surgió completamente vestido, afeitado y perfumado de entre una nube de vapor.

Salió de su departamentito de un ambiente en el centro de la ciudad y se dirigió hacia la oficina, camino dos cuadras y luego entró al edificio, se subió al elevador y espero ante la puerta hasta que su reloj marcó exactamente las 8:00am, giró la manilla y entró, miró a la secretaria de forma distante como todos los días y dijo:

– Buenos días.

Ella lo miro somnolienta y respondió

– Buenos días don Ricardo.

Ricardo entro al enorme salón lleno de cubículos, busco el numero 87 y se sentó, encendió su máquina y comenzó con la monótona tarea de todos los días.

A las 1PM exactamente, dejó de trabajar, abrió su maletita y sacó una manzana, la cual saboreó lentamente, contando exactamente 52 masticaciones para cada bocado.

A las 2PM, ni un minuto más ni uno de menos, estaba con los dedos puestos en las teclas.

A las 5PM, Ricardo se estiró, elongó, y apagó su máquina, se levantó tomó maletita de cuero azul, se colocó su chaqueta y se puso de pié en la entrada de su cubículo.

La oficina se llenó de voces, hombres y mujeres se levantaban y se despedían mutuamente, algunos se ponían de acuerdo para tomarse un trago después, otros para comer y conversar, otros solo con la mirada se daban a entender que se encontrarían en el motel que queda a 3 cuadras para tener sexo.

Ricardo observaba a los otros, y se sentía diferente, le asqueaba esa maraña de seres superfluos y desordenados, y cuando se cuestionaba su versión de la realidad siempre terminaba por encontrarse la razón, él no tenía ningún deber con el resto de la humanidad, y no tenía por que hacer ningún esfuerzo para comunicarse ni generar lazos con ningún otro individuo en el mundo, los otros siempre guardarían su distancia y él siempre guardaría su distancia, por que eso le resultaba cómodo, por que le gustaba su vida sin nadie entrometiéndose en ella, sin tener que hacer concesiones, sin tener que aguantar otros olores ni otros esquemas de tiempo ni tener que tratar de entender el devenir de los pensamientos de otro ser vivo.

Cuando todos y cada uno de los otros se hubo retirado, Ricardo salió de la entrada de su cubículo y se encamino hacia la puerta, sin embargo, algo llamó su atención, en uno de los cubículos, el 53, alguien aún trabajaba, y golpeaba las teclas de manera frenética maldiciendo entre dientes la máquina que tenía en frente.

De alguna manera Ricardo se sintió molesto, él era siempre quien se retiraba último, era la única cosa variable que había en su vida, pues dependía de la velocidad con que los otros se retirasen. Muy calladamente camino hacia su la entrada de su cubículo y esperó. Sin embargo, pese a su enorme paciencia, después de dos horas, la voz del cubículo 53 seguía maldiciendo entre dientes.

Estaba profundamente frustrado, lo cual era bastante extraño, decidió entonces interactuar con aquella persona, se dirigió decidido hacia el cubículo 53, y se detuvo en la entrada para que la persona notase su presencia y le dirigiese la palabra.

La persona lo miró con la cara desencajada y le pregunto violentamente:

– ¿Qué quieres Ricardo?

– Veo que tienes problemas, y quiero ofrecerte mi ayuda – Respondió el interpelado sin un ápice de emoción en su voz.

– OK! – Exclamó la mujer refunfuñado mientras se levantaba de su silla para dejarle el espacio al hombre.

Ricardo no la miró en ningún momento, se sentó y analizó el problema detenidamente, 20 minutos después se levanto y mirando al la pantalla y dijo:

– Ahora puedes irte. –y se fue a su cubículo.

La mujer atónita vio que estaba todo en orden, apagó su máquina y se retiró.

Respiró tranquilo, salió de la oficina detrás de la mujer y se dirigió a su pequeño departamento.

Ricardo caminó lentamente, el sol había caído ya bajo el horizonte, sin embargo una luz dorada llenaba aún el espacio con un brillo casi palpable, una sensación de estar nadando en un mar dorado y fresco le inundó y le dio un sentimiento de bien estar incomparable.

El aire lleno del aroma de las flores primaverales inflamaba sus pulmones y acentuaba la sensación de libertad, de tener absolutamente todas las posibilidades abiertas para elegir que hacer o que dejar de hacer, los 452 pasos exactos que le tomo llegar a su edificio fueron un deleite y también una tortura, por que sabía en el paso 245 que la sensación que estaba experimentando se desvanecería pronto, y aún que permaneciera quieto en ese lugar la luz del sol y el hermoso brillo y la frescura del atardecer desaparecerían para siempre, sentimientos como aquel solo eran fugaces muestras de como trabaja la naturaleza.

Hurgó en su bolsillo hasta palpar la pequeña llave de níquel color plateada, la introdujo en la cerradura, la giró dos veces hacia la derecha y abrió la puerta, cruzó el ambiente y llegó al sector de la cocina, que no era más que un mueble donde se podían preparar alimentos. Abrió el refrigerador, extrajo una lasaña congelada y la metió al microondas de cuerdo con las instrucciones que aparecían en la caja.

Mientras el microondas calentaba la comida se dirigió hacia el ventanal sin cortinas que daba hacia la avenida, en la cual había un bandejón central, jugaba tratando de buscar el punto medio entre su reflejo y el exterior para mezclar las dos imágenes en su cerebro. Tomó el control remoto del equipo de música y colocó una selección aleatoria de piezas clásicas.

La campana del microondas interrumpió la quinta de Beetoven sin ninguna vergüenza ni escrúpulo, Ricardo se dirigió a la cocina y masticó calmadamente la lasaña congelada.

Terminó de comer, lavó votó a la basura el servicio plástico y la bandeja de la lasaña, se dirigió al baño, se dio una ducha, y se acostó, cerró los ojos y se sintió feliz por que en su vida todo estaba bajo control.

La mañana siguiente transcurrió igual a todas las mañanas de su vida, entró a la oficina y saludo a la secretaría con la distancia de siempre y recibió la somnolienta y usual replica.

Buscó el cubículo 87, acomodó su maletita, se desembarazó de la chaqueta, se sentó, encendió su maquina y comenzó a teclear como todos los días, como todos los días a la 1: 00pm sacó los dedos del teclado, abrió su maletita, extrajo una manzana verde y la masticó exactamente 53 veces.

Ricardo se había relajado, se separó del teclado y tomo su maletita de cuero azul para sacar su manzana, en ese momento, una mano delgada pero decidida lo sostuvo del brazo y lo arrastro fuera de su cubículo.

-Vamos – dijo ella en tono imperante – Si no llegamos pronto ocuparan los mejores puestos.

La mujer lo agarro firme de la manga y literalmente lo arrastró fuera del edificio, caminaron dos cuadras y bajaron una escalera que llevaba a un sótano enorme bien iluminado, decorado con pinturas impresas en offset de autores de renombre, las mesas eran rectangulares con manteles con cuadritos rojos blancos y rosados, en el centro un florero plástico, de esos que venden en las tiendas de descuento chinas rematados por flores también de plástico le hacían compañía a una alcuza grasienta y una panera vacía llena de migajas.

– Sentémonos aquí –  La mujer lanzó al hombre en la silla y se sentó frente a él. Ricardo aún no salía de su asombro, no sabía que diablos hacía él sentado en un restaurant insalubre lleno de olores de comidas condimentadas mezcladas con olores de cuerpos que él no deseaba aspirar.

-Ahí viene la niña, yo siempre pido el menú – Comenzó a disparar la mujer – pero tu eres mi invitado y puedes comer lo que quieras, lo que pasa Ricardo es que yo quería agradecerte por que me ayudaste la otra noche por que resulta que mi hija estaba enferma y tenía que comprar unos remedios que me recetó el doctor que no fui ayer si no que llamé por teléfono y el que están amoroso, el doctor Gonzalez, uno que atiende ahí en esos edificios nuevos que construyeron, tu debes conocerlos, unos que están pintados de verde bien altos a cuatro cuadras de la oficina viniendo por la avenida principal , bueno lo llamé y le conté los síntomas y el me dijo lo que tenía que comprar es tan amoroso él con migo siempre que voy me dice cosas lindas, y luego fui a  comprar el remedio, pero estaba tan caro entones fui a la farmacia del frente…

 

La mujer no paraba de hablar mientras la “niña” recitaba el menú ejecutivo de hoy con un aburrimiento inconmensurable.

– yo quiero lo de siempre – dijo la mujer haciendo un paréntesis en su historia,  -¿y tu Ricardo que vas a querer?.

– Yo estoy bien gracias, no voy a almorzar aquí.

– Nada de eso Ricardo, tu fuiste amable conmigo y ahora vas a dejar que te devuelva el favor – dijo mirándolo fieramente, luego se dio vuelta y miro a la “niña” – Tráele tallarines con carne mechada eso le va a gustar.

La “niña” que debía rondar los 40 años giró su obeso cuerpo y su grasoso cabello y se dirigió a una bandeja enorme llena de servicios, los cuales luego deposito en pares a cada lado de la mesa, luego fue a tomar otros pedidos y se volvió a perder en los que se supone era la cocina.

Ricardo estaba cada ves más atónito, cuando pensaba que todo volvería a la normalidad las cosas se ponían cada ves más y más extrañas, así que decidió seguirle el juego a la mujer, la miro a los ojos e hizo como que escuchaba su perorata cuando en realidad se deleitaba con sus enormes redondos y voluptuosos y turgentes pechos que se movían juguetones de acá para allá cada ves que la mujer gesticulaba, luego recorría sus labios carnoso pintados con un rouge de mala calidad, sus dientes eran parejos y sus grandes ojos café, le permitían recorrerla con agrado, mientras asentía y repetía fingiendo asombro ante algunas de las ultimas frases o palabras, cuando ella hacía un alto.

Les sirvieron la comida al cabo de unos tres minutos, el sabor no pasaba de decente, sin embargo él sabía que esa cocina debía ser completamente insalubre, cada trago fue un suplicio por el cual maldecía el momento en que se le había ocurrido ayudar a la fémina que estaba frente a él, y decidió que mirarle los pechos y entretenerse con su bello pero cansado rostro no valía la pena, sin embargo no quería ser grosero para no tener más problemas en su trabajo, así que decidió usar un subterfugio un poco más elaborado.

Ricardo comió como pudo los tallarines aceitosos mientras escuchaba las vicisitudes de la mujer, con la punta de los labios en el borde del baso estiró la lengua y probó el jugo desabrido y descolorido, apretó los ojos y tomó un trago.

La mujer no se había casado, pensando que eso le ayudaría a retener a su pareja, era hija de padres separados y no quería repetir la historia, por lo tanto había evitado el escenario del divorcio, sin embargo su hombre la había abandonado de todas formas, él era un oficinista como ella, trabajaba un par de edificios más abajo que ellos, cuando la mujer quedó embarazada y se negó a darle sexo, él empezó a salir con mujeres de su trabajo, varias veces ella descubrió las fotos y videos que él hacía, de sus encuentros furtivos grabándolos con su aparato móvil, mientras estuvo embarazada, ella no dijo nada, pero después de nacer la bebé, y después de los cuarenta días que recomienda el ginecólogo, ella reclamo lo que le correspondía.

Sin embargo su pareja no respondía como solía hacerlo,  por lo cual, comenzó a desesperarse, y a hablarle sucio al oído mientras ejecutaban el coito, vio que esto daba resultados parciales y su desesperación creció, pero con ella también la esperanza de retener a su hombre, así que decidió dejar que él invitara a sus amantes a tener sexo y se permitió realizar todo tipo de orgías en las cuales su hombre respondía de forma maravillosa, este tipo de encuentros sexuales sin embargo la habían pervertido, disfrutaba lamiendo otras vulvas y anos para que su marido las penetrase luego, ella misma empezó a enviciarse con el sexo, y no solo invitaron mujeres sino también otras parejas, luego otros hombres, no solo uno, llego a entregar su cuerpo a cinco hombres al mismo tiempo, el frenesí sexual había llegado a limites insospechados, los placeres que había experimentado eran increíbles, mejor que cualquier droga.

Un vacío comenzó carcomer el interior de la mujer, había perdido a su pareja para siempre en aquel torbellino de vulvas, escrotos y prepucios. Cuando él le pidió que se acostara con su jefe para conseguir un asenso, ella decidió que era suficiente y lo echó del departamento en que vivían, él le confesó que en verdad era una alivio, por que no deseaba estar con ella, nunca la había querido y estaba con ella solo por que era buena en la cama.

 

-¿Y tu? – pregunto ella después de terminar su relato susurrando, para que los comensales en las otras mesas no oyeran.

Ricardo tragó saliva sonoramente, tenía una erección que se le marcaba en el pantalón, pero estaba profundamente conciente de que todo aquel relato, cierto o falso, era una estratagema de la fémina que tenía en frente para involucrarlo, él debía ser más fuerte que su carne, su cerebro debía mantenerse calmado pues ahora le tocaba su turno de mover las piezas.

Ella lo miraba a los ojos mientras se mojaba los labios carnosos, movía las piernas una junto a la otra dando a entender lo mojada que se había puesto relatando su pasado, del cual decía no se arrepentía.

-Yo – Dijo Ricardo titubeando, se aclaró la garganta y tomo impulso para contraatacar.

– Escúchame bien amiga – Ricardo la miró detenidamente a los ojos hizo una pausa y continuó – por que después de lo que me revelaste no te puedo llamar de otra manera, y ya que has sido sincera conmigo, yo te contaré también mis más oscuros secretos.

– Mi nombre no es Ricardo, yo soy Kuthulu, un ser multiforme de la duodécima dimensión negativa, estoy en este mundo con un propósito definido pero borroso pues hasta los designios de nuestra especie son tenebrosos, como todo lo que hay en nuestros designios, nosotros nos alimentamos de la fuerza vital de los seres humanos de este planeta, hemos logrado abrir  portales en varios lugares propicios del mundo, stone henge, la torre Eifel, el cerro san cristobal, las torres gemelas, las cuales por cierto no fueron destruidas por terroristas sino por la unión e conciencias astrales que rige el multiverso, y lo hicieron para detener el paso de nuestras plantadoras. Desde los portales nosotros cruzamos a tu mundo para incubarnos en los cuerpos humanos que pululan las ciudades, alimentándonos poco a poco de los retazos de sus alma, de sus sueños y de sus desengaños, es por eso que mantenemos la ilusión del bien y de las ideas correctas, pues los conflictos son lo más apetitoso, no hay verdadera tristeza en un hombre que no ha conocido la felicidad, no hay mayor angustia que ver que todo en lo que creías cierto, se derrumba a pedazos, que el viejito pascuero no existe, que los hombres del amoroso y protector Dios corrompen a los más indefensos, que jamás serás rubia ni viajaras al caribe. Controlamos las noticias, controlamos los negocios, generamos estress y caos y ustedes bailan al compás de nuestro Waltz de la locura que nosotros desplegamos.

Los hombres que originalmente vivían en esta parte del mundo nos llamaban Wekufes, pero hemos tenido un centenar de nombres Sera, Hades, Loki, Baal, Marduk, Tamar, Amaterassu, Viracocha, Belial, Belcebú, Tiamát, Naga, Kuchulaín, Set, son algunos de ellos, nosotros somos los dioses de la antigüedad, fuimos gigantes y aterrorizamos y esclavizamos a su raza, pero ustedes se adaptaban muy rápido, lo disfrutamos durante milenios es cierto, sobre todo los corazones palpitantes y los sacrificios de niños de pecho.

El ultimo planeta lo agotamos demasiado rápido, este planeamos hacerlo durar, extraer hasta la ultima gota de ese delicioso elixir que es la crueldad, la miseria, la desesperación y el odio.

La unión de conciencias astrales que domina el multiverso sin embargo, ha enviado a los insectos de la nebulosa de Hercules de la segunda dimensión para tratar de rescatarlos, ellos son capaces de vernos y vibrar en nuestra inusual frecuencia, lo que los hace especialmente peligrosos para nosotros, los insectos están aquí para purgarnos, destruir nuestros portales y devorar nuestras larvas, las que se alojan en el hipotálamo comiendo con deleite los químicos que este genera, los insectos entran por el recto, escarban hasta la medula espinal y luego suben hasta el cerebelo, desde donde estiran sus tentáculos y exprimen nuestras larvas succionando sus deliciosos jugos.

Yo soy un guardián multiforme multidimensional de nivel azul, y mi deber es destruir a los insectos y cualquier otra criatura de la UCAM que desee retrasar nuestros planes a largo plazo, pues esta raza esta destinada a encontrar la manera de doblar el tejido espaciotemporal y mover bloques de materia y no de conciencia como las otras razas por todo el multiverso, de esa manera, la humanidad será la diáspora desde la cual dominaremos la creación y la sumiremos en una constante pugna entre la luz y la oscuridad y ese conflicto, esa tiniebla será el caldo de cultivo para nuestro mayor triunfo, la incubación de la gran larva que se tragará todas las dimensiones y todas las posibilidades pues ya solo existirá una voluntad doblando los caminos de las cuerdas metafísicas parasimpáticos quánticas, y la oscuridad reinará por fin sin necesidad de la luz.

Ricardo se detuvo mirándola muy serio a los ojos y luego agregó con toda frialdad.

– Paga, tenemos que volver a trabajar – Se levanto de la mesa sin esperar replica y volvió a la oficina.

Ricardo caminaba con un sonrisa de satisfacción, de esas que uno ve en los rostros de los niños pequeños que han hecho una maldad y han salido incólumes, estaba orgulloso de la historia inverosímil que había logrado desarrollar en tan poco tiempo, miró el reloj de pulsera que llevaba y se dio cuenta que solo tenía dos minutos para llegar a su cubículo, apretó el paso y se olvidó de la mujer confiando en que la burda historia la desanimara por completo.

Se sentó en su escritorio en el segundo exacto que el reloj marcaba las 13:00, sacó la maquina de la suspensión y comenzó a incrustar los dedos en el teclado de forma obsesiva, estaba feliz, el sonido de las teclas hundiéndose generaba un tecleteo rítmico y constante que le servía de mantra, las ondas sonoras golpeaban su tímpano y activaban su cloquea llevándole esos simples impulsos eléctricos que se convertían finalmente en ideas dentro de su cráneo y le permitían estar en su oficina y no estar al mismo tiempo, trabajar era un asunto que Ricardo se tomaba seriamente y seriamente, lo disfrutaba.

El reloj marcó las 17:00pm, Ricardo dejó de teclear, y apagó su máquina, era un armatoste metálico lleno de tubos por donde circulaba vapor, el cual movía una pequeña turbina que le daba energía al panel positrónico, en el cual los oficinistas almacenaban y procesaban la información, su interfaz eran el teclado DVORAK y una pantalla de ondas psicocerebrales de media distancia, todo hecho de acero inoxidable el cual un staff de mantenimiento mantenía siempre brillante.

Se paró en la entrada de su cubículo y esperó que los otros se levantasen de sus asientos y comenzaran a contarse sus planes para la tarde, ignoró todos y cada uno de los comentarios, todas y cada una de las intenciones, todas y cada una de las voluntades de los seres que lo rodaban.

Dio 14 pasos hacia la salida y súbitamente se encontró con ella, que lo estaba esperando, Ricardo se hizo a un lado para esquivarla y siguió caminando, la mujer caminó detrás de él como si la fueran arrastrando con una cuerda o como si estuviesen jugando al monito mayor, Ricardo comenzó a preocuparse pero pensó que si la ignoraba ella terminaría por olvidarse del asunto.

Salió de la oficina y decidió caminar por el bandejón central de avenida que lo llevaba a su departamento para disfrutar de la primavera, caminó lentamente respirando el aire fragante escuchando el crujir de las hojas secas bajo sus pies, se sentó en un banco de fiero forjado y madera y miró al horizonte.

– Por que me ignoras – Dijo la mujer.

– Yo te hice un favor, y tu me lo devolviste, no tenemos nada que hablar – dijo él.

– Yo me abrí contigo – respondió la mujer acercándose a él colocando la barbilla a la altura del hombro de Ricardo – y tu me cuentas esa interesante historia, ¿eres escritor acaso y estas probando si esa idea funciona? me pareció de lo más interesante quiero escuchar más.

– Vamos a mi departamento – Dijo Ricardo y te contaré todo lo quieres saber.

El living estaba a media luz, música de Puccini llenaba el aire tibio, la mujer estaba de pié desnuda mirando a la ventana, Ricardo estaba detrás de ella sin la camisa, él levantó su mano y toco suavemente su hombro con un dedo, ella se estremeció, movió la larga cabellera y dejó al descubierto la nuca de la mujer, acerco su boca lentamente y esta se abrió más de lo humanamente posible, un par de tentáculos abrazaron el cuello de la fémina asfixiándola hasta hacerla desmayar, mientras unas ventosas se pegaban a la medula espinal y otras probóscides comenzaban a hurgar en el cordón nervioso para abrirse paso hacia su objetivo.

 

Ricardo se levantó más animoso que de costumbre, apenas sonó el despertador salió de la cama de un salto y comenzó a pedalear en su bicicleta estática mientras meditaba tratando de poner su mente en blanco, las gotas de sudor comenzaron a perlar su rostro, sin embargo, no se sentía cansado, terminó la hora diaria de ejercicios matinales empapado por completo y extrañamente feliz.

Fue a la cocina llenó un vaso con agua de la cañería y bebió hasta saciarse, luego tomo sus vitaminas y encendió el calefón, después de una hora salió de entre una nube de vapor completamente vestido afeitado y perfumado, salió de su pequeño departamento con la maletita de cuero azul y se encerró en el ascensor que bajó lentamente hasta el piso 1.

Salió de su edificio y se encaminó hacia la oficina,  había caminado una cuadra cuando se le acercaron dos hombres con ternos grises, uno de pelo corto bien afeitado y otro de pelo desordenado y muy negro, con barba abundante, flaco y alto, a diferencia del otro macizo y de facciones redondas y nariz gruesa y plana, le pidieron que se detuviera para hacerle unas preguntas.

– Estoy en mi horario para llegar al trabajo, búsquenme en otro momento, ahora no puedo atenderlos, lo siento. – estaba diciendo Ricardo cuando uno de los hombres lo golpeó en el estomago, no supo decir cual, pero el más pequeño y fornido se lo hecho al hombro sin esfuerzo, una camioneta se estacionó delante de ellos, abrió la puerta los tragó y desapareció del lugar.

Ricardo no dijo nada, estaba en completo silencio esperando que los raptores dijesen algo que le permitiera entender qué estaba pasando en su vida para que unos extraños lo agarrasen en medio de la calle lo subieran a una camioneta y lo llevasen quien sabe donde.

 

– ¿Sabes por que no te vendamos los ojos? – le pregunto el flaco – Por que no vas a volver a ver la luz del día – contestó el mismo su pregunta.

A Ricardo le crujió el estomago, tragó saliva y empezó a pensar rápidamente como salir de ese embrollo, lo primero que se le ocurrió fue analizar la situación, en la camioneta habían cuatro personas, el conductor al cual solo le veía la nuca, el copiloto que había abierto la puerta y al cual tampoco había podido distinguir, el macizo que portaba una luger en la cartuchera derecha y un cuchillo de caza en la izquierda así como un revolver en la canilla, el flaco llevaba encima cuatro navajas bien escondidas entre las ropas, de esas que usan los barberos para rasurar que se abren como una mariposa, y dos smitty and weson calibre 45 con 15 tiros cada una mas media docena de cartuchos repartidos por las piernas.

Los dos hombres estaban sentados frente a él, ni siquiera se habían molestado en amarrarlo y parecían muy relajados, como si secuestrar personas fuera cosa de todos los días y él fuese una presa fácil, por lo tanto, se dijo,  solo debía esperar un momento de distracción para hacer su movimiento.

– Que yo sepa – Dijo Ricardo – La dictadura se acabó hace tiempo, los secuestros son ilegales. – Miró a sus captores fijamente a los ojos y agregó – ¿están concientes de eso?

Los hombres rieron al unísono con carcajadas tronantes y mientras se apretaban el estómago y comentaban el desquiciado e insulso comentario a los de la cabina, Ricardo vio entonces la ventana que había estado esperando, el vehículo se detuvo en una luz roja, estiró la mano y abrió la puerta corrediza de la van, y salto como un relámpago a la calle, corriendo como un energúmeno entre la gente y las cajas, empujando a los comerciantes ambulantes y sus cápsulas de vapor falsificadas, ropas robadas de las importaciones de la superficie, allí donde los hombres trabajaban como esclavos, día y noche solo por tener derecho a comida y agua, los proletarios, les llamaban, un mundo debajo del mundo, un infierno  creado a partir de las cenizas de la antigua civilización, una aberración que mantenía los lujos del mundo del cielo, el Asgard, la morada de los dueños de la tierra.

Su mente corría demasiado rápido, tanto como sus entrenadas piernas que lo mantenían a distancia de las enormes zancadas del flaco alto con el pelo desordenado, tuvo suerte de entrar al mercado negro, siempre había mucha gente en esos lugares, cercanos a los puertos de embarque y recepción de mercaderías, en ellos, los zánganos del sistema, los ilegales de Middgard, el nivel donde vivía él y los ejecutivos ý técnicos, los seres humanos que eran necesario mantener saludables, para mantener el sistema funcionando apropiadamente, se las arreglaban para escapar de la esclavitud y de los Malech, los mensajeros de Asgard, las fuerzas de seguridad de los magnates, esto en el fondo era una mera ilusión, los ilegales debían comprar su estadía y estaban siempre monitoreados por chips del tamaño de una lenteja implantados en su pituitaria, imposibles de extraer sin causar la muerte del paciente, estas personas eran elegidas según su pool genético, preservándolos para evitar los perjuicios de la endogamia.

Ricardo siguió corriendo y pensando en el lío que estaba metido, si los hombres eran Malech, estaba perdido, lo encontrarían y lo torturarían, hasta escuchar de él lo quisiesen saber, si pertenecían a alguna de las policías privadas y estaba metido en algún embrollo relacionado a los intereses de los magnates, estaba acabado de igual manera.

                Seguía corriendo y seguía pensando y sin embargo no encontraba explicación y sabía que tampoco tenía por que haber explicación, su mente seguía funcionando tan rápido como sus piernas y sin embargo no encontraba ninguna salida a la cuestión, saltaba por sobre los puestos de venta, y los ilegales comenzaron a abrirle paso y luego a correr desordenadamente cuando vieron a los dos hombres con sus armas de fuego desenfundadas, en ese momento, Ricardo encontró una salida.

Entró al baño público sintiendo los truenos y viendo los destellos por el rabillo del ojo, abrió la puerta del servicio de mujeres en el cual dos féminas, que se preguntban qué eran esas explosiones mientras otra estaba encerrada en el lavabo.

De repente y cuando la vio allí con la cara llena de estupor sintió un calor que crecía en su pecho y un pitido en los oídos, su cuerpo comenzó a hincharse y su boca se abrió de par en par, su vista se nubló y sintió como sus labios se rajaban dando paso a lo de dentro, la figura que había dejado ya de ser humana se abría rápidamente como una flor para dar paso a una maraña de tentáculos babosos que atraparon a las estupefactas mujeres por el cuello, una probóscide viscosa y gruesa les penetró la boca dejando una semilla en su interior, el capullo se cerro y Ricardo volvió en si.

Miró a las mujeres tiradas en suelo con convulsiones sin saber explicar como había pasado, pero sintiendo la urgencia de escapar se obligó a reflexionar en ello más adelante, vio la pequeña ventana abierta que daba al estacionamiento del galpón del mercado negro y sin dudarlo saltó y se coló por él, mientras forcejeaba para terminar de cruzar vio como entraban el flaco de pelo desordenado con sus dos smith and weson calibre 45 apuntando a todos lados y detrás de él, el fornido de cara redonda y nariz plana con un arma negra gruesa como un tronco con un cargador enorme, en ese momento las mujeres se levantaron del piso y comenzaron a hincharse, el flaco descargó sus cargadores para hacerlas retroceder, pero la carne absorbía los proyectiles sin problemas, el fornido descargó plomo con un enorme estruendo, enormes casquillos comenzaron a caer uno detrás del otro al suelo de cerámica blanca, las dos masas de carne hinchada retrocedieron ante los impactos de la ametralladora calibre 50 con balas de expansión.

Un gemido aterrador llenó el baño destrozado por el enfrentamiento, las amorfas, gelatinosas y semidespedazadas mujeres yacían en el piso manando sangre a borbones, los hombres caminaron sobre ella sin cuidado, el fornido cargo su arma nuevamente y comenzó a dispararle a la pared, hasta hacer un forado lo suficientemente grande como para pasar, pero cuando estaban saltando por sobre los cadáveres, una docena de tentáculos los jalaron hacia abajo aprisionándolos de brazos y piernas enroscándose por todo su cuerpo, los hombres forcejeaban sin éxito y bajo los tentáculos se abrió un enorme pico de loro que amenazaba con arrancarles las extremidades de un solo tarascón.

El flaco sacó entonces sus navajas, y el fornido su cuchillo de caza, y entre maldiciones lograron zafarse y eliminar la amenaza descargando todo una rasenal sobre la monstruosa y hedionda criatura.

Ricardo había logrado huir, no tenía la menor idea de lo que había pasado, lo había visto, lo había experimentado, sin embargo no sabía como explicar lo que sucedía con él, comenzó a pensar en experimentos genéticos perpetrados por los dioses magnates de Asgard, y en conspiraciones de los científicos que fueron relegados al infierno por no calificar como útiles para los dioses, en las míticas rebeliones de las cuales nunca se escuchaba nada, pues el primer nivel, el Infierno, solo lo visitan los Malech, y ellos no cuentan nada a los ciudadanos, pues tienen sus islas flotantes privadas donde viven en una comunidad de guerreros sagrados especialmente criados y amoldados socialmente para mantener a raya a los pocos humanos que viven en Middgard y a la no despreciable cantidad de humanos desnutridos ignorantes y esclavos que trabajan en el Infierno, la mayoría de los trabajos son realizados por máquinas, pero invariablemente se necesitan humanos para realizar muchas tareas, y los Malech no son amables con ellos.

Por otro lado, en el infierno, reinan grupos de pandillas y mafias que acaparan los recursos y esclavizan a la gente que esta atrapada entre los ángeles y los demonios, la falta de medicamentos y medicinas los hace que mueran como promedio a los 35 años pero también hace que las mujeres queden embarazadas a los nueve años, y si bien es cierto los induces de mortalidad infantil es altísimo (sobre todo teniendo en cuenta la costumbre de comer niños que han adquirido para obtener proteínas) la población del infierno se incrementa cada año, pues el instinto de supervivencia se agudiza, las mujeres son proclives a tener un hijo al año y en esas condiciones solo los más fuertes sobreviven, los dioses magnates saben de esta situación, y para ello crearon a los Malech.

Ricardo no concebía la idea de tener que escapara a Infierno, pero tampoco tenía idea de qué hacer, según sus conocimientos, si el flaco y el fornido eran agentes de Asgard, lo ubicarían fácilmente por medio del rastreador en su pituitaria, ahora bien, su cuerpo era tan diferente ahora que no sabía si el rastreador estaba ahí todavía, es más, tal ves era esa la razón por la cual los hombres habían ido a buscarlo, por que su rastreador había salido de alguna manera de su cuerpo y había dejado de funcionar, señal de que algo malo había ocurrido, y al escapar solo había hecho que la situación empeorara, o tal vez no, por que si lo llevaban a los laboratorios de Middgard lo hubiesen cercenado para saber como se extrajo el rastreador de la cavidad craneana sin morir, lo hubiesen torturado hasta el cansancio para averiguarlo.

Lo único que tenía claro mientras corría hasta su departamento para buscar dinero y algo de ropa antes de decidir que paso tomar, era que no debían encontrarlo por ningún motivo, de eso dependía su pellejo.

Ricardo corrió por las calles de pavimento por tres horas seguidas, de detuvo en una fuente de soda a tomar algo para hidratarse y descansar, pidió una Kro-k-Cola bien helada de un litro y medio, la bebió de apoco, disfrutando cada trago del elixir, que poseía cantidades ingentes de azúcar y potasio que sin embargo ahora necesitaba para seguir corriendo.

Estaba en terminando cuando se percató de que el boletín noticioso mostraba su rostro y los cadáveres de tres mujeres desaparecidas, se apresuró a pagar y salió del lugar rápidamente, se levanto las solapas de la chaqueta, se desordenó el pelo y caminó rápido evitando las miradas de los transeúntes.

Cuando llegó a su edificio, supuso que lo estarían esperando, por tanto esperó que uno de sus vecinos llegara en automóvil y entró después de él, antes de que el portón electrónico cerrase, sabía que los guardias eran siempre descuidados y nunca miraba las pantallas de seguridad, sin embargo, no era un guardia de seguridad el que en ese momento estaba en la recepción de su edificio, si no un Malech pelirrojo, el cual dio la alarma de que la presa había entrado, los otros dos Malech lo esperaban en el departamento con las ametralladoras apuntando a la puerta, tres más estaban en los ascensores y otros dos en las escaleras.

Ricardo subió por las escaleras para evitar la cámara de ascensor, estaba bastante cansado cuando llegó al piso 13 y se encontró de frente con los cañones calibre 45 que comenzaron a escupir plomo en su dirección en medio de fogonazos y pedazos de carne desprendiendo se de su cuerpo, Ricardo comenzó a caer escaleras abajo ya sin fuerzas sintiéndose incapaz de seguir adelante se dejó llevar y se entregó a la muerte.

Los Malech bajaron las escaleras tras el cadáver mientras recargaban sus armas, lo vieron ahí tirado, en un recodo lleno de agujeros pero con escasa sangre, su brazo se movió, solo y una probóscide proveniente de él penetró el zapato de uno de los agentes entre suela y cuero, perforó  la carne del dedo gordo bajo la uña y avanzó hacia el interior del agente que empezó a convulsionar y a gritar de desesperación y miedo por que sentía como se lo estaban comiendo desde dentro, su locura fue tal que comenzó a dispararse a sí mismo, la reacción de su compañero fue la de dispararle al supuesto cadáver de Ricardo, pero el dolor y los gritos de su compañero no cesaban.

Los Malech que estaban en los ascensores entraron en la escalera para ayudar a sus compañeros, cuando llagaron allí vieron dos cuerpos destrozados desde dentro como si hubiesen sido devorados completamente por pirañas.

Ricardo cayo desde el techo justo en medio de ellos bañado en sangre, su boca se abría desde una mitad a la otra de su cabeza y en ella habían tres corridas de dientes afilados, en ves de lengua exhibía unos tentáculos gruesos y otros delgados que jugueteaban con el aire, les mostró sus manos desarmadas y pudieron ver claramente como de debajo de las uñas aparecían raíces que ondularon en el aire y se enterraron los ojos de los tres hombres que comenzaron a gritar despavoridos y a disparar hacia cualquier lado, las extensiones nerviosas  con forma de raíz se habían enganchado a los nervios ópticos de sus victimas entregándoles visiones aterradoras, monstruosidades inefables, vaticinios del futuro, los que no murieron por el fuego amigo, lo hicieron de un ataque al corazón.

                Cuando por fin llegó al piso 17, buscó en su bolsillo hasta encontrar la pequeña llave de níquel, se puso frente a la puerta, enterró el pequeño pedazo de metal en la cerradura y giró lentamente.

La puerta se abrió y una ráfaga interminable destrozó el cuerpo de lo que había intentado entrar, el dintel de la puerta era irreconocible, las paredes tenían tremendos agujeros y a pesar del estruendo, ningún vecino salió a ver qué sucedía.

La verdad es que todos sospechaban que Ricardo era un espía de la revolución o de  la contrarrevolución o miembro de algún grupo subversivo, o que simplemente estaba bastante loco y se comentaba, cuando su nombre o el numero de su departamento salía a colación, que algo malo habría de pasarle tarde o temprano, por otro lado nadie osaría entrometerse en una operación de los mensajeros, los únicos en Middgard que estaban autorizados a portar armas de fuego, además quién levantase la vos, simplemente sería despachado o peor aún enviado al hades para trabajar como proletario, y eso era un castigo que ningún miembro de la burocracia ejecutiva deseaba, su mayor miedo era el trabajo con las manos y el cuerpo, ensuciándose, siendo tratado como escoria, viviendo en chozas inmundas llenas de ratones y pulgas y garrapatas y zancudos, dependiendo de energías a base de carbón respirando un aire altamente contaminado.

Los Malech se acercaron lentamente a revisar los restos de carne humeante que habían quedado esparcidos en la horadada pared de concreto, para cuando se dieron cuenta de que los restos del traje que el muerto había utilizado en vida pertenecía a uno de sus compañeros, un par de tentáculos los estaban estrangulando, de pronto, un tercer tentáculo apareció y se abrió, del centro apareció una manguera de cartílago que exudaba una sustancia lechosa que cayó directo en las gargantas de los hombres que luchaban por respirar, no paso mucho tiempo para que dejaran de luchar y entraran al departamento calmadamente, Ricardo entró detrás de ellos y se dirigió al baño.

Cerró la puerta y se bajó los pantalones, a continuación se sentó en la taza y descargó, sus fecas eran cremosas oscuras y hediondas por la ingesta de carne humana, se miró los ojos y se dio cuenta de que estaban amarillentos, su boca era enorme, pero si la apretaba bien podía disimular, ya que sus labios se dibujaban como siempre, sus manos estaban normales, pero sentía algo raro en su espalda, se sacó la chaqueta y la camisa y empezó a palparse, se dio cuenta de que tenía unos tubos cartilaginosos saliendo de ella, los cuales estaban empezando a formar una giba, tenía la sensación de que su cuerpo se estaba partiendo para dejar paso a otro ser, a otro ente que vivía dentro de él y que lo controlaba cuando él estaba muy cansado o casi muerto, en ese momento tenía plena conciencia de quien era él, de su historia y de sus recuerdos, sin embargo no entendía cómo había sido capaz de ir en contra de todas las convenciones de su mundo, desafiando el orden y condenándose a muerte a si mismo, por que después de las muertes que había perpetrado lo ejecutarían donde lo encontrasen.

Se levanto del baño, se limpió y se lavó las manos y sintió hambre, pero sabía que los alimentos comunes no servirán ahora, pensaba en ellos y sentía nauseas, fue donde guardaba las herramientas y sacó una galleta, abrió la boca y los tentáculos volvieron a darles ese liquido lechoso a los agentes, amarró a uno de ellos firmemente a una silla y comenzó a sacarle la tapa de los sesos, el hombre ni siquiera se inmuto ante el olor a pelo, hueso y carne quemada, debido al químico que había ingerido, tampoco sangró.

Ricardo destapó el cráneo del hombre y se relamió, fue a la cocina y saco un tenedor y un cuchillo para carne, de esos con dientes, se puso una servilleta de género en el cuello de la camisa y comenzó a comer.

Cuando terminó, el descerebrado aún respiraba y sus funciones vitales se mantenían, pues Ricardo no había tocado el cerebelo, abrió la boca una ves mas y de un tentáculo regurgitó una semilla que colocó donde antes había estado el cerebro del hombre, luego le cerró la tapa de los sesos y sintiéndose cansado y satisfecho, se fue a su cuarto a dormir.

Ricardo navegaba en su inconsciente, sabiendo que su cuerpo estaba cambiando, que ya no era él mismo, que su identidad se había desdibujado, no era conciente de lo que hacía cuando abría la boca y esos asquerosos tentáculos salían para estrangular a la gente o cuando comía sesos crudos y ponía semillas en los cráneos recién vaciados, su cuerpo se movía empujado por otra voluntad que no era la de él, no era Ricardo, y sin embargo no escuchaba ninguna otra voz ni estaba tampoco en desacuerdo ni trataba de impedir lo que se sucedía, las cosas pasaban frente él y él podía verlas, sin embargo así como la vida, las cosas pasaban sin que él diera cuenta de que el tiempo es la prisión de la existencia y no se detiene ante nada, los acontecimientos se sucedían uno tras otro como si fueran un mal sueño, ahora estaba soñando y aún así no veía nada más que un bosque, un bosque húmedo y tenebroso donde las hojas se podrían bajo sus pies y la luz moría entre el espeso follaje, y solo llegaba su inútil cadáver para dejarlo apreciar en medio de la penumbra del infinito, ese pequeño espacio donde se encontraba, en el suelo habían frágiles setas, y en el suelo se movían alimañas que oxigenan la tierra, las cortezas de los árboles eran gruesas y las hojas duras y multiformes, su cuerpo ya no estaba más, y él era parte del bosque, sus ojos eran las hojas y el aroma húmedo del bosque entraba por toda su piel, veía mil imágenes traspuestas y yuxtapuestas y mezcladas y repetidas desde diferentes ángulos y sus pies se  enterraban profundos en la tierra y buscaban agua y se saciaban y ciertos pájaros cantaban en su oído y le pedían que despertase por que ya era hora de conciliar sus naturalezas.

Despertó fresco como una lechuga, habían pasado solo diez minutos, y eso había sido suficiente, su pelo se había caído, en la almohada podía ver enormes mechones castaño oscuro, se sentía diferente, fue a mirarse al espejo del baño y se vio venoso como si tuviese várices en todo el cuerpo, su piel estaba pálida, sus uñas se habían desaparecido también y su panza estaba inflada y su ombligo sobresalía desanudado a punto de reventar.

– voy a dar luz – dijo aterrorizado hablándose a si mismo, a su reflejo, a lo que supuestamente era él.

Recordó entonces haber leído alguna vez una historia de un checo, acerca de un tipo que lentamente se transforma en cucaracha, y de comer comidas frescas pasaba a comer pan duro y queso rancio. Luego pensó en Checoslovaquia, un país que ya no existía, por que los países ya no existían, por que la superficie de la tierra era un campo de prisioneros, y solo las plataformas de Middgard y Asgard, que se encontraban en la estratosfera ofrecían confort a los seres humanos, el conocimiento era libre y estaba al alcance de todos, no era posible tener hijos por que todos eran esterilizados al nacer, un chip en la pituitaria le decía a los Malech, los mensajeros de los Dioses, Magnates que viven en Asgard, donde estabas todo el tiempo, las plataformas estaban unidas a la tierra por un cable de acero y fibra óptica y enormes mangueras tubos, y todo el conjunto formaba el Igdrasil, el árbol del mundo de la mitología de los que se hacían llamar Nórdicos por que vivian en el hemisferio norte.

Estaba mutando y no tenía idea que rol jugaba en la historia de un mundo que era controlado por los autoproclamados Dioses, aquellos seres humanos que habían por fin logrado el anhelo de la vida eterna, pues en Asgard estaba el jardín de las Elíades donde hay un durazno y sus frutos dorados entregan la facultad de vivir por siempre a quienes lo comen, y el néctar que es un elixir de la vida, que cura toda enfermedad fluye desde el centro del árbol del mundo hasta una pileta donde los dioses van todas las mañanas a beber para rejuvenecer sus rostros eternos.

Entonces comenzó a sentir los dolores de parto, y su ombligo se desenrolló por completo, y una luz venía del agujero que se formaba en su vientre, algo venía, algo estaba naciendo y él sería su madre padre.

Ricardo sentía ganas de vomitar, un olor acre llenó sus fosas nasales, sentía su estómago burbujear con una sensación jabonosa en el fondo, eructó con olor a podrido y luego aulló del dolor, su ombligo se estaba abriendo, estaba pariendo una luz que se materializaba lentamente, como suero de leche convirtiéndose en queso, cuajándose en el aire mientras sus esfínteres se abrían y las fecas y orina corrían por sus piernas como si su fuente se hubiese roto, seres de la menos doceava dimensión comenzaron a pasar  a través del ombligo de Ricardo, y se materializaban uno a uno lentamente dejando a lo que quedaba de hombre en ese cuerpo, en una agonía terrible, cada cierto tiempo sentía que perdía el conocimiento pero era solo una ilusión, solo ganas de no estar conectado a la masa de carne que era desgarrada, ganas de no poseer un alma, pues los seres la rasgaban cada vez que terminaban de salir, esos trozos de alma les servían a los nuevos ciudadanos de Middgard para mantenerse vibrando en la frecuencia adecuada. 

Finalmente, luego de dejar pasar a los inmateriales, el ombligo de Ricardo se fue cerrando de apoco con un dolor agudo y punzante, su cabeza palpitaba y lagrimas escurrían abundantes por sus mejillas, caminó lentamente hacía la ducha, abrió la llave, se sacó los jirones de ropa que traía puestos y se dejó caer bajo el chorro helado, su monstruoso cuerpo se fue enfriando lentamente, pero la barriga le dolía y le siguió doliendo mientras dormía.

Despertó con bastante hambre, así que se dirigió al living comedor cocina y tomó la galleta y abrió el cráneo del otro Malech, se comió su cerebro y plantó una semilla en su cráneo y lo tapó, el otro Malech había desaparecido, de los etéreos tampoco había rastros, y él seguía con hambre, así que se dirigió hacia el departamento de al lado.

Ya había devorado los cerebros de 4 departamentos cuando llegó la cuadrilla de Mensajeros, bajaron con cuerdas desde el techo de la estructura, rompieron las ventanas y descargaron plomo como si de año nuevo se tratase, las paredes quedaron horadadas, los muebles en desparramados en un estado caótico, astillas y un humo y una polvareda lo tapaban todo.

Solo la voz de Ricardo se escuchaba desde las tinieblas repitiendo un discurso inteligible, súbitamente, una luz atravesó la cortina de partículas en suspensión y el grito desgarrador de Ricardo rompió el aire y penetró los oídos de los Malech que solo atinaron a recargar las armas y volver a abrir fuego a la fuente de la luz, tapando los gritos con los truenos de las múltiples percusiones por segundo, de las poderosas ametralladoras que escupían casquillos como una catarata de vainas calientes que comenzaron a llenar el piso.

El cuerpo físico de Ricardo no fue más, pero el portal dimensional estaba abierto, el hombre había dado a luz y era padre madre de del Ragnarok, pues así lo bautizo Ricardo antes de morir, por que por aquél portal entraron los Jotun, los gigantes helados translucidos de la menos doceava dimensión a devorar las almas de los humanos de todo Igdrasil.